Las buenas madres CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

La hora

Un reloj igual al de Adrián volvió a aparecer cuando nadie lo esperaba.

El original había sido devuelto a Pilar y después quedó en manos de Samuel.

Este era otro, con la misma esfera oscura y una correa parecida, encontrado en una tienda de segunda mano.

Samuel lo compró sin saber muy bien por qué.

Lo dejó varios meses en un cajón antes de ponérselo.

Al verse con él se sintió ridículo y se lo quitó.

Una semana después volvió a usarlo. Saber que no había pertenecido a Adrián marcaba una diferencia, aunque no tanta como había imaginado.

***

Clara lo vio en la muñeca de Samuel durante una comida. Habían pasado años desde el funeral de Pilar. Samuel estaba en la ciudad por trabajo. Propuso verse. Clara aceptó. Cuando levantó la mano para llamar al camarero, ella reconoció el modelo. Se quedó quieta. Samuel lo vio.

—No es el suyo.

—Ya lo sé.

—Lo compré.

—Ya.

—Puedes preguntar.

—¿Por qué?

Samuel sonrió.

—No sé.

—Buena respuesta.

—Me gustaba.

Clara soltó una risa.

—No me digas eso.

Samuel entendió.

—Joder.

Los dos se rieron. La risa dolió. También alivió.

—Perdón —dijo Samuel.

—No.

—Era sin pensar.

—Por eso.

Samuel miró el reloj.

—Supongo que quería saber cómo se sentía llevarlo.

—¿Y?

—Normal.

—Ya.

—Eso me molestó.

—¿Por qué?

—Esperaba algo.

Le vino a la cabeza Teresa.

—Los objetos no hacen tanto como pensamos.

—Lo entiendo.

Samuel giró la muñeca.

—Mi abuela me dejó el original.

Clara bajó la vista al reloj nuevo.

—Lo sé.

—Nunca me lo he puesto.

—¿Por Teresa?

—Un poco.

—Lo siento.

Samuel la miró.

—No lo hiciste tú.

Clara aceptó.

—No.

—También porque tiene sangre en una esquina.

Clara sintió náuseas antiguas.

—¿No lo limpiaron?

—Sí. Quedó una marca mínima.

—No tienes que contármelo.

—Ya.

Samuel bebió agua.

—Pensé en tirarlo.

—¿Por qué no?

—Era de mi padre.

—Eso puede no ser suficiente.

—Puede que no.

—Puedes guardarlo.

—Eso hago.

Clara miró el reloj nuevo.

—¿Y este?

—Este es mío.

Le gustó oírlo.

—Me alegro.

Samuel sonrió.

***

Meses después, Teresa recibió una carta. Sin remitente. Dentro había una fotografía. La muñeca de Samuel. El reloj.

Por detrás:

«Este no era suyo.»

Nada más. Teresa se quedó mirando. Ignoraba quién la había enviado.

Podía haber sido Samuel o Clara. Pilar ya no podía y quizá no importaba.

La fotografía existía. Eso bastaba. Teresa miró su muñeca vacía.

Durante años había sentido aquella ausencia y después había dejado de sentirla.

La fotografía volvió a abrir algo. Lo que apareció fue vergüenza, más limpia que el deseo antiguo de conservar aquel objeto.

Pensó en el reloj original, la caja, la cantera y su mano cerrada.

«Lo cogí porque podía» seguía describiendo una parte de la verdad, aunque ya no bastaba para explicarlo.

Teresa cogió un bolígrafo y escribió detrás de la foto.

«Y el otro tampoco fue mío.»

Se quedó mirando y, como no sabía a quién enviarlo, guardó la fotografía.

***

Su hija la encontró años después. Teresa había muerto. Nada dramático. Una enfermedad corta. Sesenta y ocho años. Su hija vaciaba un cajón. En el cajón había papeles, recibos, fotos y la imagen de una muñeca con un reloj y una frase escrita detrás.

«Y el otro tampoco fue mío.»

La hija entendió. Se sentó. Llamó a su hermano.

—He encontrado algo.

Él llegó esa tarde. Miró la fotografía.

—¿Qué es?

—El reloj.

—¿El de Adrián?

—No. Creo que es Samuel.

El hermano leyó. Cerró los ojos.

—Mamá.

La hermana sonrió triste.

—Sí.

—¿Qué hacemos?

Ella pensó.

—No sé.

—Podemos tirarlo.

—Sí.

—O mandárselo.

—¿A Samuel?

—Sí.

La hermana volvió a mirar la fotografía.

—Creo que no.

—¿Por qué?

—No es suyo.

El hermano entendió. Rompieron la fotografía para devolverla al tamaño de un objeto y no al de una reliquia. Los trozos fueron a la basura. Nadie hizo ceremonia.

***

Clara supo que Teresa había muerto por Rocío. Un mensaje.

«Teresa ha muerto.»

Clara estaba en la cocina. Sesenta y ocho años. Vega, ya adolescente, estudiaba en la mesa. Clara leyó. Al principio no sintió nada. Después llegaron recuerdos pequeños, uno detrás de otro. La bofetada. Las llaves. El reloj. El taller. La cafetería. La hija. El parque.

«¿Cómo?»

Rocío respondió.

«Cáncer. Poco tiempo.»

«Lo siento.»

Rocío:

«Yo también.»

Clara dejó el móvil.

—¿Quién?

—Una mujer que conocí.

—¿Amiga?

—No.

—Entonces.

—Importante.

Vega asintió, dejó la pregunta ahí y Clara lo agradeció.

***

El funeral fue privado y nadie del caso acudió: ni Clara, ni Rocío, ni Eva, ni Mónica, ni Samuel. Teresa fue enterrada con su familia. Su hija pidió que no hubiera prensa y durante unos días la petición se respetó. Después aparecieron artículos.

«Muere Teresa, una de las condenadas por el caso de las buenas madres.»

Clara abrió uno. La fotografía mostraba a Teresa joven, sonriendo en un parque, con café y niños alrededor.

Nada de la nave aparecía en ella. Después de cerrar la noticia, Clara pensó que era justo recordarla así.

Aquello no la absolvía, pero nadie debía quedar reducido al peor lugar en el que había estado: ni Adrián, ni Teresa, ni ella.

***

Una semana después, Clara abrió PARQUE 17:30. Seguía ahí después de décadas, teléfonos nuevos y números que ya no existían, conservado en una copia restaurada. Clara leyó el nombre de Teresa. La foto había desaparecido y solo quedaba una inicial. Rocío escribió.

«¿Lo borramos?»

Eva:

«No sé.»

Mónica:

«Yo pensaba que ya no existía.»

Clara miró.

Escribió:

«Creo que sí.»

Rocío:

«Sí qué.»

Clara sonrió apenas.

«Que lo borremos.»

Pasaron minutos.

Eva:

«Vale.»

Mónica:

«Sí.»

Rocío:

«Hazlo tú.»

Clara miró el botón. Durante años no había podido.

Ahora no sentía nada especial. Pulsó. Eliminar grupo.

La aplicación preguntó si estaba segura.

Clara sonrió. Esa pregunta ya no tenía poder.

Pulsó otra vez. El grupo desapareció de la aplicación.

La historia siguió donde estaba. Clara dejó el móvil.

Vega entró con una bolsa de pan y dejó las llaves en el cuenco de la entrada.

—He comprado demasiado.

Clara se fijó en la bolsa.

—Eso se arregla.

Vega empezó a guardar cosas en la cocina. Clara observó el teléfono apagado sobre la mesa. El grupo ya no estaba. Había dejado de necesitar aquella conversación abierta para recordar a los demás. Al borrar el grupo, nadie desaparecía con él. Se levantó y fue a ayudar a Vega con la compra.

***

Samuel cumplió cincuenta años con varias cajas de Pilar todavía sin abrir. No estaban en la casa, que se había vendido mucho antes, sino en un trastero que había ido aplazando vaciar. Una mañana llevó café, levantó la persiana metálica y empezó por la caja que llevaba el nombre de Adrián.

Había libros, una cartera vieja, entradas de cine, fotografías y el reloj original. Samuel lo sostuvo un momento y lo dejó donde estaba. Debajo encontró una carpeta que conocía por las imágenes del juicio.

NICO.

Se sentó en el suelo antes de abrirla. Las primeras páginas seguían siendo insoportables: capturas, horarios, imágenes de un niño saliendo del colegio, comparaciones físicas y fechas. Samuel pasó deprisa hasta llegar a varias notas escritas por su padre poco antes del parque.

«No ir al colegio.»

«No acercarme.»

«Preguntar a Clara una vez más y parar.»

Había otra hoja fechada tres semanas antes de la desaparición de Nico.

«Samuel tiene razón. No se entra en la vida de un niño porque uno crea que le pertenece.»

Más abajo, Adrián había escrito que esperaría a que Nico fuera mayor y que debía borrar la carpeta.

Samuel apoyó la espalda en una caja. Su padre no había cumplido aquella decisión. Tres semanas después se sentó frente al parque, vio a Nico fuera de la valla y volvió a creer que podía decidir por él. Las notas no arreglaban nada. Tampoco eran irrelevantes.

Llamó a Nico.

***

Esa misma semana, Nico aceptó verlo. Samuel llevó la carpeta dentro de una bolsa corriente y la dejó sobre la mesa de su casa. Tras abrir unas páginas, Nico volvió a cerrarlas.

—Qué mal rollo.

—Sí.

—¿Qué quieres que haga con esto?

—Pensaba que era tuyo.

Nico negó.

—Son fotos mías. La carpeta no.

Samuel dejó pasar unos segundos.

—Hay notas donde mi padre dice que quería parar.

—Me alegro.

—También volvió al parque.

—Ya.

Samuel sonrió sin ganas.

—Eres más práctico que nosotros.

—Mi madre lleva toda la vida complicándolo todo. Alguien tenía que salir normal.

Los dos se rieron. Después Nico volvió a abrir la carpeta.

—Las fotos, fuera.

—¿Todas?

—Todas.

—¿Y las notas?

Nico pensó.

—Quédate con las que hablen de tu padre. Las que demuestren que intentaba parar, si las necesitas. Lo demás no me sirve.

Samuel miró una fotografía de Nico entrando en el colegio.

—No quiero que parezca que estoy limpiándolo.

—No lo limpies. Tampoco lo ensucies más.

Samuel levantó la vista.

—Eso ha sonado a tu madre.

—Retíralo.

Volvieron a reír. Esa tarde destruyeron las fotografías y las copias de horarios. Samuel conservó tres notas. No hicieron ceremonia.

***

Años después, Samuel publicó un libro pequeño sobre filiación, pruebas genéticas y secretos familiares. A Adrián le dedicó unas páginas y a Clara, pocas. El nombre de Nico no aparecía.

Antes de enviarlo a imprenta, Samuel le mandó el capítulo a Nico.

Una frase decía: «Mi padre perdió la posibilidad de conocer a otro hijo».

Nico la devolvió corregida.

«Mi padre perdió la posibilidad de saber si tenía otro hijo.»

Samuel llamó.

—¿De verdad importa tanto?

—Sí.

—Explícame.

—Yo nunca fui suyo.

Samuel guardó silencio.

—Tienes razón.

—Puedes quererlo sin inventarle derechos.

—También tienes razón.

—No te acostumbres.

Samuel rio.

El libro salió sin ruido. A Samuel le gustó así. En una presentación, alguien le preguntó si podía querer a un hombre que había seguido a un niño y después se lo había llevado sin permiso.

Samuel respondió que llevaba años intentando exactamente eso.

—Necesito que mi padre sea una persona. Si convierto lo que hizo en algo aceptable, invento a otro hombre. A mí me tocó querer al que había.

Nico, sentado al fondo, esperó a que terminara para aplaudir.

***

Clara murió a los ochenta y dos años, en casa, acompañada por Nico y Vega. En la habitación había una manta, un vaso de agua que ya no quería y una respiración cada vez más lenta.

Nico le sostenía la mano.

—Mamá.

Clara abrió los ojos.

—Dime.

—Estamos aquí.

Clara miró a Vega y después a él.

—Ya lo veo.

Fue lo último que dijo. Murió un rato después.

***

El funeral fue pequeño. Con un bastón, Eva se sentó junto a Nico. Samuel llegó solo. Javier había muerto unos años antes, y Elena mandó flores con una nota para Nico.

Después, en casa, Vega ayudó a su padre a vaciar un armario. Encontraron una caja con la taza de MAMÁ Nº1, la fotografía del parque, una carta de Pilar y otra que Clara había escrito en prisión y nunca llegó a enviar.

Vega cogió la fotografía.

—¿La guardamos?

Nico la miró.

—Si quieres.

—¿Tú no?

—He pasado media vida guardando cosas para demostrar que no olvido.

Vega volvió a mirar la imagen. Clara joven. Rocío. Eva. Mónica. Teresa. Los niños delante.

—La querías mucho.

—Muchísimo.

—Y aun así dices que hizo algo terrible.

Nico cerró la caja.

—Una cosa no borra la otra.

—Eso parece fácil cuando lo dices tú.

—Tardé años en poder decirlo así.

Vega dejó la fotografía con los álbumes familiares, no en la caja del caso. Nico guardó la taza. Las cartas fueron a un cajón.

Durante los meses siguientes hablaron de Clara menos de lo que Vega esperaba.

Recordaron que odiaba conducir de noche, que quemaba las tortillas por distraerse y que corregía a cualquiera que doblara la esquina de una página.

La nave aparecía algunas veces. El parque, otras.

Ninguno de los dos lugares ocupaba todo.