Las buenas madres CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

Los hijos

La fotografía apareció en casa de Nico cuando Vega tenía seis años. Una caja vieja. Papeles. Entradas de cine. Fotos impresas que nadie recordaba haber revelado. Vega sacó una.

—Papá.

Nico estaba montando una estantería.

—¿Qué?

—Mira.

Clara estaba en el sofá con un libro. Levantó la cabeza.

Vega sostenía la imagen de cinco niños pequeños y sucios en un parque.

Uno era Nico. Clara reconoció la fotografía antes de verla completa: Alma, Lucas, las hijas de Mónica y Nico, con las cinco madres detrás.

Teresa era la única que miraba directamente a cámara. Clara sintió el cuerpo endurecerse.

—¿Quiénes son? —preguntó Vega.

Nico dejó el destornillador.

—Amigos de cuando era pequeño.

—¿Y esas señoras?

Clara cerró el libro. Nico miró a su madre.

—Amigas de la abuela.

Clara no corrigió. Vega señaló.

—¿Esta eres tú?

—Sí, esa soy yo.

—Estás joven.

El cumplido le hizo gracia.

—Gracias.

—Y esta.

La niña señaló a Teresa. Clara tardó en decir el nombre.

—Teresa.

—¿La conoces?

—Sí.

—¿Es la señora mala?

Nico levantó la cabeza.

—Vega.

La niña lo miró.

—Dime.

—No digas así.

—Mamá dijo que una señora hizo daño a un señor.

La conversación se abría antes de que pudiera prepararse.

—Vega.

La niña miró a su abuela.

—¿Qué?

Clara respiró.

—Teresa hizo cosas malas.

—Entonces es mala.

—No es tan fácil.

Vega frunció el ceño.

—Todo decís que no es fácil.

Nico soltó una risa.

—Eso también se hereda.

Clara lo miró. Vega volvió a la fotografía.

—¿Y tú?

Clara no esperaba que la niña se volviera hacia ella.

—Yo también hice cosas malas.

La niña levantó la vista.

—¿Muy malas?

—Sí.

Nico se acercó.

—Vega, deja la foto.

—Quiero saber.

Clara levantó una mano.

—Vale.

Nico la miró.

—Tiene seis años.

—Lo sé de sobra.

—No tiene que saber esto ahora.

Durante un instante pensó en todos los adultos que habían decidido qué verdad podía soportar un niño. Pensó en ella, en Adrián, en Javier, en Pilar, en los abogados y en los jueces que habían decidido qué podía saber un niño. No quería convertir la sinceridad en otra violencia.

—No hace falta contarlo todo —dijo.

Clara miró a Vega.

—Hace muchos años, tu padre era pequeño. Un hombre hizo una cosa que no estaba bien. Las madres del parque pensaron que era peligroso.

—¿Lo era?

Clara pensó antes de contestar.

—Había hecho algo peligroso.

Vega aceptó.

—Y después.

—Después nos equivocamos mucho.

—¿Tú también?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Clara miró a Nico. Él no intervino.

—El hombre murió.

Vega bajó la fotografía.

—Ah.

El «ah» apenas se oyó. Clara esperó.

—¿Tú lo mataste?

Nico apartó la mirada un momento. Hasta entonces, nadie se la había formulado a Clara de aquella manera.

—No sola.

Al escucharse, Clara se llevó una mano a la boca. Nico abrió los ojos y Vega frunció el ceño.

—¿Qué significa?

Nico empezó a reír. Clara también. Lo que la golpeó fue la frase, más que la muerte. Por haber sobrevivido a ella.

—Significa que la abuela a veces habla fatal —dijo Nico.

Vega sonrió.

—Entonces sí.

—Significa que varias personas hicimos cosas que llevaron a algo terrible.

—¿Fuiste a la cárcel?

—Sí.

Vega la miró con atención.

—¿Dormías allí?

—Sí.

—¿Había tele?

Clara se echó a reír.

—Sí.

—Entonces no era tan mala.

Nico se tapó la cara.

—Vega.

—Qué pasa.

Clara sonrió apenas.

—Había tele. Seguía siendo mala.

La niña dejó la fotografía sobre la mesa.

—¿Puedo quedármela?

Clara miró la fotografía.

—¿Para qué?

—Porque sale papá pequeño.

Nico la cogió.

—Te hago una copia.

—Quiero esta.

Clara se volvió hacia Teresa. A las otras. A ella misma.

—Quédate esta.

—Mamá.

—Es una foto.

—Ya lo sé.

Clara entendió. Había cargado con demasiadas cosas, pero en manos de Vega aquella imagen podía volver a ser una simple fotografía.

—Que se la quede.

Vega sonrió apenas. Guardó la imagen entre sus cosas. Tuvo miedo de que un objeto pequeño pudiera arrastrar a la niña hacia toda la historia. Después vio a Vega guardar también una pegatina, una piedra y una entrada de cine. La fotografía quedó entre basura preciosa de una niña. Eso la tranquilizó.

***

Semanas después, Vega llevó la fotografía al colegio. Una actividad sobre familia. Nico llamó a Clara.

—Tenemos un problema.

—Qué ha pasado.

—Vega ha llevado la foto del parque.

—Vale.

—La profesora la ha reconocido.

—Claro que sí.

—Ha preguntado quién es Teresa.

—¿Y Vega?

—Ha dicho «una señora que hizo algo malo con la abuela».

Clara se tapó la cara. Nico se rio.

—No te rías.

—Es un poco gracioso.

—No.

—Sí.

Clara respiró.

—¿Qué quiere la profesora?

—Hablar.

—Contigo.

—Con nosotros.

Clara sintió el viejo cansancio.

—Voy.

—No tienes que.

—Quiero.

—Mamá.

—No quiero que Vega aprenda que todo esto es un secreto vergonzoso.

Nico guardó silencio.

—No lo es.

—Es vergonzoso. No secreto.

—Exacto.

Clara sonrió ante la coincidencia.

—Eso.

***

La profesora era joven. Demasiado joven para recordar el caso de primera mano. Lo conocía por internet. Notó un alivio inmediato. Después incomodidad.

—No quería molestar —dijo la mujer.

—No molesta.

—Solo necesitaba saber cuánto conoce Vega.

Nico respondió.

—Poco.

—Lo básico.

Clara asintió. La profesora miró la fotografía.

—Ella quería ponerla en un mural.

La observó un instante.

—Por mí sí —dijo Clara.

Nico levantó las cejas.

—¿Seguro?

—Sí.

La profesora se quedó quieta.

—No quiero exponerla.

—La foto ya existe.

—Pero otras familias pueden preguntar.

—Preguntarán.

Nico la miró.

—¿Y Vega?

—Que diga lo que sabe.

—¿Y si le dicen que su abuela mató a alguien?

La profesora bajó la voz.

—Eso me preocupa.

Clara se quedó pensando.

—Entonces enséñele a Vega que no tiene que defenderme.

La profesora también.

—¿Qué quiere decir?

—Que si otro niño dice algo, no tiene que convencerlo de que yo soy buena.

La profesora asintió despacio.

—Puedo trabajar eso.

—Y si quiere quitar la foto, que sea Vega quien decida.

Nico miró a su madre.

—Has cambiado mucho.

El comentario la hizo sonreír.

—A veces.

—No te emociones.

La profesora sonrió. La fotografía terminó en el mural. Familias. Una semana. Después la guardaron. Nada explotó. Clara aprendió otra cosa. El pasado podía aparecer en una pared de colegio y seguir siendo pasado.

***

Los hijos crecieron de manera desigual, sobre todo en la relación que cada uno mantuvo con la historia.

Alma quería saber. Lucas no. Las hijas de Mónica evitaban cualquier entrevista, cualquier documental, cualquier aniversario.

Nico hablaba cuando le preguntaban. Los hijos de Teresa no hablaban. Eso también era una forma.

***

Alma estudió Derecho. Rocío se enteró el día de la matrícula.

—¿Derecho?

—Sí.

—¿Por qué?

Alma levantó una ceja.

—Porque me gusta.

—Seguro.

—Mamá.

—Pregunto.

—No todo es por ti.

Rocío cerró la boca.

—Tienes razón.

Alma sonrió.

—Gracias.

—¿Penal?

—No sé.

—Ni se te ocurra.

Alma se rio.

—Ahora sí es por ti.

Rocío negó.

—Haz lo que quieras.

—Eso pienso.

A los dos años, Alma empezó prácticas en un despacho civil. Rocío sintió un alivio que no confesó. Una noche, Alma volvió cansada.

—He leído una sentencia tuya.

Rocío dejó de cortar tomate.

—¿Qué?

—En una asignatura.

—No.

—Sí.

—¿La nuestra?

—Parte.

—Dios.

—Era sobre coautoría y omisión.

—Maravilloso.

Alma sonrió.

—El profesor no sabía quién era yo.

—Menos mal.

—Yo tampoco dije nada.

—¿Te molestó?

Alma pensó.

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque os convertían en nombres.

Rocío frunció el ceño.

—Eso hacen las sentencias.

—Lo sé.

—¿Qué querías?

—No sé. Que alguien dijera que teníais hijos.

Rocío sintió una punzada.

—Eso no cambia el delito.

—Lo sé.

—Entonces.

Alma cerró los ojos.

—No digo que lo cambie. Digo que me daba rabia que pareciera que todo cabía en páginas.

Rocío dejó el cuchillo.

—No cabe.

—Claro.

Alma la miró.

—¿Te arrepientes de colaborar?

—No.

—¿Aunque Teresa diga que la señalaste?

—Sí.

—¿Te da pena?

Rocío tardó.

—A veces.

—¿Por ella?

—Por todos.

Alma asintió.

—Eso no te hace traidora.

Rocío sonrió.

—No necesito que me defiendas.

—No te defiendo.

—Está bien.

Alma cogió tomate.

—Solo digo lo que pienso.

Rocío la miró.

—Eso también lo dice Nico.

—Será que somos hijos de madres intensas.

Rocío se rio.

—Cállate.

***

Lucas eligió música, lejos de la sanidad, y Eva se sintió culpable por alegrarse.

—No me mires así —dijo Lucas.

—¿Así cómo?

—Como si hubiera escapado.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Sí pasa.

Lucas sonrió.

—No empieces.

Eva se rio. El chico tocaba batería. Nuria odiaba el ruido. Eva lo soportaba. Le gustaba que algo golpeara fuerte sin que fuera una emergencia. Una noche, después de un concierto pequeño, Lucas preguntó:

—¿Crees que si no hubieras sido enfermera habría pasado distinto?

Eva permaneció inmóvil un instante.

—No sé.

—Tú sabías cosas.

—Sí.

—Entonces quizá gracias a ti estuvo vivo más tiempo.

Eva sintió un golpe.

—No quiero que pienses así.

—¿Por qué?

—Porque parece que compensa.

—No estoy compensando.

Eva miró a su hijo.

—Qué quieres decir.

—Que hiciste cosas malas y también cosas que evitaron que fueran peores.

—No sé.

Lucas sonrió.

—Esa respuesta te la copié.

Eva se rio.

—Se nota.

***

Las hijas de Mónica tardaron años en volver a hablar de la nave. La mayor lo hizo después de tener un bebé. Mónica estaba cambiando un pañal.

—Mamá.

—Dime.

—¿Tú pensabas en nosotras cuando pasó?

—Mucho.

—¿Todo el tiempo?

—Casi.

—¿Eso te hizo hacerlo?

—Me ayudó a justificarlo.

Su hija esperó.

—No es lo mismo.

—No.

—¿Y cuando movisteis el cuerpo?

Mónica dejó el pañal.

—Pensaba que si me detenían, vuestro padre pediría la custodia.

—La pidió igual.

—Sí.

—Entonces fue inútil.

Mónica sintió dolor.

—Sí.

La hija miró al bebé.

—Tengo miedo todo el rato.

Mónica entendió.

—Es normal.

—No quiero ser como tú.

Mónica recibió las palabras sin defenderse. Respiró.

—Espero que no.

Su hija levantó la vista.

—No quería decirlo así.

—Yo sí.

—Mamá.

—No quiero que uses mi miedo como modelo.

La hija cerró los ojos.

—¿Cómo sabes cuándo proteger y cuándo controlar?

Mónica pensó.

—No siempre sé.

—Muy útil.

—Lo siento.

La hija sonrió.

—Eso sí te sale rápido.

Mónica se rio.

—Tengo práctica.

—¿Y entonces?

Mónica miró al bebé.

—Creo que cuando la decisión sirve más para calmarte a ti que para cuidar al otro, hay que sospechar.

Su hija asintió.

—Eso sí sirve.

Mónica sonrió.

—Apúntalo. He pagado caro por esa frase.

Las dos rieron.

***

Nico fue el único que conoció a Samuel de adulto. Se encontraron por casualidad en una conferencia. Samuel participaba en una mesa sobre privacidad genética y filiación. Nico había ido por curiosidad. Clara se enteró después.

—¿Has hablado con él?

—Sí.

—¿Cómo?

—Normal.

—Eso no explica.

—Nos tomamos una cerveza.

—Nico.

—Te escucho.

—¿De qué hablasteis?

—De cosas.

—Hijo.

—De nuestros padres.

—Eso quería saber.

—No te pongas nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

Nico pensó.

—Que su padre era bastante pesado.

Clara soltó una risa.

—Eso lo decía Pilar.

—También que habría querido conocerlo más.

—Por supuesto.

—Me preguntó si yo recordaba mucho.

—¿Y?

—Le dije que poco.

—¿Te preguntó por mí?

Nico levantó una ceja.

—Todo acaba en ti.

Clara perdió la sonrisa.

—Tienes razón.

—No.

Nico sonrió.

—Era broma.

Clara le dio un golpe en el brazo.

—Imbécil.

—Me preguntó cómo estabas.

—¿Qué dijiste?

—Que estabas bien.

—Eso no dice nada.

Nico sonrió.

—Lo he aprendido de ti.

***

Samuel escribió a Clara esa noche.

«Nico es buena gente.»

«Lo sé.»

Samuel:

«Eso sí puedes decirlo.»

Clara dejó pasar unos segundos.

«Sí.»

Samuel:

«Me contó que Adrián le caía un poco bien.»

El recuerdo volvió.

«Lo dijo de niño.»

Samuel:

«Me alegra.»

Clara se tomó unos segundos.

«¿Por qué?»

Samuel:

«Porque durante años solo pude imaginar a mi padre como el hombre que se llevó a un niño y murió.»

Clara apartó la mirada un momento. Samuel continuó.

«Saber que durante esos cuarenta minutos también consiguió caerle un poco bien a alguien me ayuda.»

Se le llenaron los ojos.

«Nico no lo recuerda como algo bonito.»

Samuel:

«Ya.»

«Pero tampoco como un monstruo.»

Samuel:

«Eso.»

Clara dejó el móvil. Un batido, una conversación y un recuerdo imperfecto bastaban para devolver a una persona a una escala humana. Nada de eso borraba lo ocurrido ni tenía que hacerlo.