Las buenas madres CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

Los nombres

La librería organizó un club de lectura. Alicia insistió en que Clara lo llevara.

—No quiero.

—Precisamente por eso.

—Eso no tiene sentido.

—Tú dices que sí a todo lo que te da miedo desde que saliste.

Clara la observó un instante.

—No.

—Subiste a un avión.

—Para ir a ver a Nico.

—Fuiste a una boda.

—Era de mi hermana.

—Hablaste con Pilar.

—Eso no fue por miedo.

Alicia sonrió.

—Pues lleva el club.

Clara cerró una caja.

—No.

—Te doy diez euros más.

—Por sesión.

—Al mes.

—Vete a la mierda.

Alicia se rio. Clara aceptó.

***

El primer libro era una novela de misterio. Doce personas. Nadie habló del caso. Clara lo agradeció. Hasta el final. Una mujer de unos sesenta años levantó la mano.

—Quería preguntarte una cosa que no tiene que ver con el libro.

Clara se tensó. Alicia intervino.

—Entonces otro día.

La mujer negó.

—No es morboso.

—Diga.

—¿Te molesta que la gente os llame «las buenas madres»?

La sala quedó quieta. Clara midió la pregunta.

—Depende.

—¿De qué?

—De si lo dicen en serio.

La mujer sonrió.

—Yo creo que la gente lo usa para castigaros.

—Puede ser.

—Como si ser buena madre fuera incompatible con haber hecho algo terrible.

Clara apretó las manos.

—No sé si fui buena madre.

—Tu hijo te quiere.

—Eso no demuestra nada.

—Algo demuestra.

—Demuestra que mi hijo me quiere.

La mujer guardó silencio.

—¿Entonces no crees en eso?

—¿En qué?

—En las buenas madres.

Clara miró al grupo.

—Creo que hay madres que hacen cosas buenas y malas. Como todo el mundo.

—Pero por los hijos hacemos cosas que no haríamos por nadie.

Clara sintió el viejo mecanismo.

—Eso es verdad.

—Entonces.

—Entonces seguimos siendo responsables.

La mujer asintió.

—Sí.

Clara respiró.

—El problema empieza cuando usamos a los hijos como prueba de que todo lo que hacemos por ellos es correcto.

La sala quedó callada. Alicia miró a Clara. La mujer sonrió.

—Gracias.

Clara negó.

—No es una respuesta bonita.

—No la quería.

El club terminó. Alicia esperó a que todos se fueran.

—Ha ido bien.

—Hemos hablado diez minutos de mi caso.

—Y cincuenta del libro.

—Tienes una contabilidad curiosa.

—Cincuenta gana a diez.

Clara sonrió apenas.

—La próxima vez elige algo sin madres.

Alicia señaló una pila.

—Asesinos victorianos.

—Perfecto.

***

Nico empezó la universidad en otra ciudad. Clara lo acompañó a la residencia. Javier también. Elena fue. Los cuatro subieron cajas. Nico se quejaba.

—No necesito tanta ropa.

Elena abrió una maleta.

—Tienes seis calzoncillos.

—Puedo lavar.

Javier se rio.

—Este no sabe poner una lavadora.

—Sé ponerla.

Clara levantó una ceja.

—¿Qué programa?

Nico miró la máquina.

—El normal.

Todos rieron. Elena cogió detergente.

—Te dejo una nota.

—No necesito una nota.

—La necesitas.

Clara observó sin celos. Elena había estado en años que ella no, y aunque eso dolía, también agradecía que hubiera estado. Cuando terminaron, Javier y Elena bajaron. Clara se quedó un minuto.

—Mamá.

—Dime.

—No hagas cara.

—¿Qué cara?

—La de que me abandonas.

Clara soltó una risa.

—Tú me abandonas a mí.

—Es la universidad.

—Exacto.

Nico se sentó en la cama.

—Voy a volver.

—Lo sé.

—Y tú puedes venir.

—También.

—Entonces.

—Entonces nada.

Nico la miró.

—Te pasa algo.

—Estoy orgullosa.

—Eso suena fatal.

—Pues lo siento.

—No puedes decir lo siento por estar orgullosa.

Clara aceptó que tenía razón y sonrió.

—Tienes razón.

Nico se levantó. La abrazó.

—Voy a estar bien.

—Eso espero.

—No. Eso lo sé.

La seguridad con la que lo dijo le recordó a Adrián. Clara se separó.

—Llámame.

—Te llamaré.

—No todos los días.

—Eso iba a decir yo.

Clara le dio un golpe suave en el brazo.

—Imbécil.

Nico sonrió apenas. Clara salió y en el pasillo lloró un poco, lo suficiente.

***

Javier la esperaba abajo. Elena estaba comprando agua.

—¿Bien?

—Estoy bien.

—Has llorado.

—Tú también.

—No.

—Tienes los ojos rojos.

—Alergia.

A Clara le hizo gracia la excusa.

—En octubre.

—Polen universitario.

Se rieron. Elena volvió.

—¿Nos vamos?

Clara asintió. En el coche, Javier preguntó:

—¿Te llevo?

—No hace falta.

—Estamos a dos horas.

—Hasta la estación.

—Te llevo a casa.

Elena intervino.

—Déjate llevar.

Clara miró a Javier y después a Elena.

—Vale.

Durante el viaje hablaron de Nico. Del alquiler. De profesores. De comida. En un momento, Clara miró a Elena.

—Gracias.

Elena frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Por estar.

Elena entendió.

—No te voy a decir que no me des las gracias.

Pese a sí misma, Clara sonrió.

—Menos mal.

—Porque sí quiero.

Javier negó.

—Dos mujeres imposibles.

Clara miró por la ventana. La vida se había organizado sin pedir permiso. Eso ya no le parecía una traición.

***

Pilar murió tres años después. Samuel escribió a Clara.

«Mi abuela ha muerto.»

Clara se sentó. Leyó varias veces.

«Lo siento.»

Samuel respondió:

«Gracias.»

Clara dudó.

«¿Quieres que vaya?»

Samuel tardó en responder.

«Sí.»

Clara fue al funeral y se quedó en las últimas filas. Samuel la vio y se acercó después. Ya era un hombre adulto.

—Gracias por venir.

—Por supuesto.

Se abrazaron. Fue breve. Clara miró una fotografía de Pilar.

—Era increíble.

Samuel sonrió.

—Era insoportable.

—También.

—Te tenía cariño.

Clara sintió el golpe.

—No.

—Sí.

—No puede ser.

—No te perdonó.

—Eso lo sé.

—Pero te tenía cariño.

—Eso es peor.

Samuel sonrió.

—Ella decía algo parecido.

Clara miró al joven.

—¿Cómo estás?

—No sé.

—Buena respuesta.

Samuel asintió.

—Tengo una caja suya con cosas de mi padre.

Clara se tensó.

—Vale.

—Hay una carta para ti.

—No.

Samuel frunció el ceño.

—No la has leído.

—No importa.

—Mi abuela quería que te la diera.

—Entonces sí.

Samuel le entregó un sobre pequeño con su nombre. Clara lo guardó y esperó a llegar a casa para abrirlo. Pilar había escrito poco.

«Clara:

No quiero que hagas de Adrián una víctima perfecta porque no lo era.

Tampoco te conviertas en una culpable perfecta, porque eso tampoco existe.

Si alguna vez vuelves a pensar que todo empezó porque mentiste, acuérdate de que mi hijo también eligió el parque.

Las otras eligieron la nave. Cada persona tuvo una puerta.

Eso no te quita la tuya. Pilar.» Clara leyó.

Luego otra vez. Guardó la carta. Se sentó.

Durante años había intentado ordenar el caso buscando el punto exacto donde podía haberse detenido.

Había demasiados. Esa era la verdad: no había existido una única puerta, sino muchas, con personas distintas delante de cada una.

***

Teresa tenía cincuenta y tres años cuando su hijo mayor aceptó verla en una cafetería. Él tenía veintisiete. Llegó tarde. Teresa ya llevaba veinte minutos sentada. Se levantó. Él negó.

—No hace falta.

Teresa volvió a sentarse.

—Hola.

—Hola.

Pidieron café. Él no la miraba mucho. Teresa no intentó llenar cada silencio. Había aprendido a no hacerlo.

—Tu hermana dice que estás bien —dijo.

—Sí.

—Trabajo.

—Me alegro.

—Vivo con alguien.

—¿Pareja?

—Sí.

—Me alegro.

Él sonrió apenas.

—No sabes quién es.

—Me alegro de que tengas a alguien.

—Entiendo lo que dices.

—¿Qué quieres saber?

Él la miró.

—Nada.

—Entonces.

—Quería verte.

Teresa tuvo que contenerse antes de dar las gracias.

—Gracias.

—No lo estropees.

Teresa cerró la boca. Él bebió café.

—He leído el sumario.

Teresa sintió el cuerpo tenso.

—¿Todo?

—Mucho.

—No tenías por qué.

—Quería.

—¿Por qué?

—Porque durante años solo tenía tu versión y la de papá.

Teresa asintió.

—De acuerdo.

—Papá no me contó detalles.

—Mejor así.

—No sé si bien.

Teresa esperó.

—Le rompiste los dedos.

—Sí.

—Lo ataste.

—Sí.

—Quitaste el teléfono.

—Sí.

—No llamaste.

—Sí.

—Te quedaste el reloj.

—Sí.

Él respiró.

—¿Por qué contestas así?

—Porque son cosas que hice.

—Podrías explicar.

—Puedo si quieres.

—No.

Teresa asintió despacio.

—De acuerdo.

Él la miró.

—Eso es nuevo.

—¿Qué?

—Que pares.

Teresa sonrió con tristeza.

—He practicado.

Él casi sonrió.

—Se nota.

Pasaron unos minutos.

—¿Me quieres? —preguntó él.

Teresa quedó desarmada.

—Sí.

—¿Mucho?

—Mucho.

—¿Entonces por qué hiciste algo que podía dejarme sin madre?

Años atrás, Nico había formulado aquella pregunta de otras maneras. Esta era la única que importaba.

—Porque en ese momento pensé que protegerte era evitar que me detuvieran.

—Eso no es protegerme.

—Ahora lo sé.

—Ahora.

—Sí.

Él bajó la vista.

—¿Te arrepientes por nosotros o por él?

Teresa tardó.

—Por los dos.

—¿Cuál más?

Teresa sintió miedo de responder. No quiso mentir.

—Por vosotros.

Él asintió despacio.

—Eso me preocupa.

—A mí también.

—¿Por qué?

—Porque me gustaría decirte que Adrián está por encima de todo cuando pienso en lo que hice. No es verdad. Tú y tu hermana siguen estando primero.

Él se quedó callado. Teresa continuó.

—Pero ahora sé que eso no convierte en correcto lo que haga por vosotros.

Su hijo miró la taza.

—Supongo que es algo.

—Sí.

—No sé si suficiente.

—Yo tampoco.

Él levantó la vista.

—No te perdono.

Teresa sintió el golpe.

—Lo entiendo.

—Pero puedo verte otra vez.

—Gracias.

Él sonrió apenas.

—Eso también es nuevo.

Teresa soltó una risa. Esta vez no necesitó llorar.

***

Clara tenía cincuenta y siete cuando volvió a recibir una llamada de una editorial. Otra. Otra propuesta.

—No.

La mujer se rio.

—Todavía no le he dicho qué quiero.

—Perdón.

—No es sobre el caso.

—¿Entonces?

—Trabaja en una librería, coordina clubes, hace recomendaciones, ¿verdad?

—Sí.

—Nos han hablado de usted para una colección de lectura.

Clara tardó.

—¿De mí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque sabe vender libros.

Clara empezó a reír. Alicia la miró desde la otra punta.

—¿Qué?

Clara levantó una mano.

—Nada.

La mujer siguió.

—¿Podemos hablar otro día?

Clara suavizó la respuesta con una sonrisa.

—Sí, cuando quieras.

Colgó. Alicia se acercó.

—¿Qué?

—Trabajo.

—¿De verdad?

—Sí.

—¿No quieren que cuentes a quién mataste?

—No maté a nadie yo sola.

Alicia abrió los ojos. Después empezó a reír. Clara también.

—Joder.

—No puedo creer que haya dicho eso.

—Se te ha quedado.

Clara se tapó la cara.

—Qué horror.

—Pues úsalo en el club.

—Ni de coña.

Se rieron. Con los años, aquellas palabras habían perdido parte del veneno, aunque conservaban la verdad y el poder.

***

Nico apareció esa tarde con treinta años. Clara todavía esperaba verlo con dieciocho cada vez que entraba. Llevaba una niña de la mano.

—Abuela.

Clara se agachó.

—Hola, bicho.

—No soy bicho.

—Perdón.

—Soy Vega.

—Ya lo sé.

Vega tenía cuatro años. Pelo oscuro. Ojos de Nico. Clara la abrazó.

—¿Qué hacemos hoy?

—Parque.

Clara levantó la vista hacia Nico. Él sonrió.

—Quiere columpios.

—Ya veo.

Fueron al parque más cercano, no al mismo de la historia. Durante el camino, Vega saltaba las líneas del suelo. Nico llevaba una mochila y Clara vio asomar un bocadillo envuelto.

—¿Jamón?

—Pavo.

—Está bien.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Vega corría. Clara miró a Nico.

—¿Te da miedo?

Nico entendió.

—A veces.

—¿Mucho?

—Lo normal.

—Eso no existe.

—Pues el mío.

Clara asintió.

—Vale.

Llegaron. Vega fue al tobogán. Nico se sentó. Clara también.

—No la pierdas de vista —dijo.

Nico la observó un instante.

—Perdón.

—No pasa nada.

—Sí pasa. No quiero ser esa abuela.

—Eres esa abuela.

Clara se rio.

—Gracias.

—Pero puedes controlarte.

—Qué gracioso.

Nico señaló a Vega.

—Está ahí.

Clara miró cómo la niña subía, bajaba y corría. Una madre le ofreció una pelota y Vega la aceptó. El viejo impulso de levantarse reapareció, pero Clara lo dejó pasar. Nico la observó.

—De acuerdo.

—Cállate.

—Estoy orgulloso.

—Eso suena fatal.

Nico sonrió.

—Lo aprendí de ti.

Vega volvió.

—Agua.

Nico abrió la mochila. Sacó una botella. Después el bocadillo. Vega hizo una mueca.

—Tiene borde.

Clara se quedó con la mano a medio camino. Nico empezó a reír.

—No.

—¿Qué? —preguntó Vega.

Clara cogió el bocadillo. El pan tenía una parte más tostada. Durante un segundo vio otra tarde. Otro banco. Un niño de ocho años. Jamón cocido. Bordes oscuros. Un bocadillo aplastado dentro de una mano. Nico se fijó en ella. Clara arrancó el borde. Se lo dio a Vega.

—Toma.

La niña mordió.

—Mejor.

Nico seguía mirándola.

—No digas nada.

—No iba a.

—Mentira.

—Un poco.

Clara sonrió al ver correr de nuevo a Vega y la siguió con la vista por puro cariño, sin creer que mirar pudiera impedir nada.

Bastaba con eso. Ya no necesitaba convertir el miedo en una orden.

A unos metros, una mujer llamó a su hijo.

Otra discutió por una chaqueta. Un padre buscó una botella en una mochila.

Una niña lloró porque había perdido una goma.

El parque estaba lleno de madres cansadas, acertadas unas veces y equivocadas otras, demasiado humanas para caber en una etiqueta.

Clara pensó que quizá el nombre nunca había significado nada.

O significaba demasiado. Nico se inclinó.

—¿Estás bien?

Clara se volvió hacia su hijo.

—Estoy bien.

Clara había dicho la verdad. Vega volvió corriendo.

—Abuela, ven.

Clara se levantó.

—Voy.

Clara siguió a Vega.