CAPÍTULO 21 #2
—Tú sí.
Eva la miró. Nuria sonrió.
—No lo digo mal.
—Ya.
—Puede servir.
Eva se levantó.
—No quiero servir.
—No tienes que.
—Todo el mundo quiere que de esto salga algo.
Nuria guardó silencio.
—Un aprendizaje. Una charla. Una campaña. Un libro. Algo útil. Como si un hombre muerto tuviera que amortizarse.
—No lo hagas.
Eva miró el correo.
—Pero hay una parte que quiere.
—¿Por qué?
—Porque si una enfermera escucha que yo tuve un minuto y no llamé…
Nuria esperó.
—Quizá llame.
—Eso no convierte a Adrián en una lección.
—No.
—Ni te convierte en experta.
—No.
—Entonces si vas, ve diciendo eso.
Eva miró a Nuria.
—¿Vendrías?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque quiero escucharte cuando no estés hablando con un juez.
Eva sonrió. Aceptó.
***
La charla fue pequeña. Cincuenta personas. Nada de cámaras. Eva pidió que no la grabaran. Empezó leyendo una frase.
«Yo sabía qué había que hacer y no lo hice.»
Después explicó únicamente la parte de la historia que le correspondía. Evitó usar a Teresa o a Clara como coartadas y tampoco habló de la maternidad como si fuera una enfermedad capaz de anular decisiones.
—Pensé que podía perder a mi hijo —dijo—. Eso explica el miedo. No convierte la omisión en otra cosa.
Una estudiante levantó la mano.
—¿Cree que una persona sin formación sanitaria habría actuado igual?
—No sé.
—Pero usted sabía que el tiempo importaba.
—Sí.
—¿Eso la hace más responsable?
Eva bajó la vista.
—A mí me hace sentir más responsable.
—¿Y legalmente?
—Eso ya lo decidió un tribunal.
La estudiante asintió.
Otra preguntó:
—¿Ha vuelto a trabajar como enfermera?
—Sí. No en urgencias.
—¿Por elección?
—Sí.
—¿Cree que no debería?
Eva tardó.
—Durante mucho tiempo pensé que no tenía derecho.
—¿Y ahora?
Eva miró al público.
—Ahora creo que una cosa que hice no borra todo lo que sé. Pero tampoco puedo usar todo lo que hice bien antes para reducir lo que hice mal.
Nuria estaba al fondo. Eva la vio. Continuó.
—No hay una cuenta que se equilibre.
Al terminar hubo un silencio que Eva agradeció. El aplauso llegó cuando ya estaba bajando del escenario: breve, sin entusiasmo, humano.
***
Mónica recibió una oferta de trabajo estable. Una asesoría. Nada grande. La entrevista fue incómoda. El dueño conocía el caso.
—No voy a fingir que no sé quién eres.
Mónica asintió.
—Mejor.
—Tienes experiencia.
—Sí.
—Y una condena.
—También.
—Trabajarías con datos sensibles.
Mónica esperó.
—¿Por qué debería confiar?
Mónica admitió que la desconfianza era justa. Se le ocurrieron muchas respuestas: ya he pagado, no volverá a ocurrir, soy otra persona. No dijo ninguna.
—No tiene por qué.
El hombre frunció el ceño.
—No es una buena respuesta.
—Es la verdad.
—Entonces ¿para qué has venido?
—Porque sé hacer el trabajo.
—¿Y?
—Si me contrata, tendrá que decidir si mi condena invalida todo lo demás.
El hombre la miró.
—¿Tú qué crees?
Mónica respiró.
—Que no. Pero entiendo que usted pueda creer que sí.
La entrevista terminó. La contrataron. Mónica tardó una semana en dejar de esperar que alguien dijera que había sido un error.
***
Teresa no recibió ofertas. Recibió curiosidad. En el trabajo, una compañera nueva no sabía quién era. Duró tres días. Después entró en la cocina con el teléfono en la mano.
—Eres tú.
Teresa siguió removiendo el café.
—Sí.
—La de las madres.
—Sí.
—No tenía ni idea.
—Me lo imaginaba.
La mujer la miró.
—¿Te molesta que pregunte?
—Depende.
—¿De verdad os lo llevasteis entre cinco?
Teresa dejó la cucharilla.
—Sí.
—¿Y estuvo días?
—Sí.
—Madre mía.
Teresa cogió la taza.
—Tengo que volver.
—Espera.
Teresa se quedó.
—¿Qué?
—¿Tú eras la del reloj?
Teresa sintió una incomodidad inmediata.
—Sí.
—Qué fuerte.
—Ya lo sé.
—¿Por qué te lo quedaste?
Teresa miró a la mujer.
—No quiero hablar de eso.
—Claro. Perdona.
De vuelta en el escritorio, Teresa intentó trabajar, pero la pregunta la persiguió.
Ni la prisión, ni la terapia, ni la confesión a su hija le habían dado una respuesta mejor.
Le había gustado. Durante unas horas Adrián había dependido de ella y coger el reloj había sido fácil, casi una extensión de aquella sensación de poder.
Tal vez lo hizo porque nadie la vio o porque quiso quedarse con algo.
Ninguna explicación bastaba. Cerró el documento, fue al baño y se miró en el espejo.
Le habría resultado más sencillo encontrar un monstruo.
***
Una noche recibió un mensaje de un número desconocido.
«Soy Samuel.»
Al leer el mensaje por segunda vez, Teresa se quedó inmóvil. Dejó el primero sin responder y llegó otro.
«No quiero hablar del juicio.»
Acabó sentándose.
Escribió:
«¿Cómo tienes mi número?»
Samuel:
«No importa.»
Teresa borró una respuesta.
Escribió:
«Dime qué quieres.»
Pasaron varios minutos.
«Quiero saber por qué te quedaste el reloj de mi padre.»
Teresa cerró los ojos. Años después, la misma pregunta volvía a alcanzarla.
Escribió:
«No tengo una buena respuesta.»
Samuel:
«Quiero la verdadera.»
Teresa dejó el teléfono. Caminó por el salón. Volvió.
«Me gustaba.»
Samuel contestó casi al instante.
«Eso ya lo dijiste.»
Teresa:
«Es verdad.»
Samuel:
«No te creo.»
Teresa sintió rabia. La dejó pasar.
«Yo tampoco durante mucho tiempo.»
Samuel tardó.
«Entonces piensa.»
Teresa miró la pantalla. No escribió.
Diez minutos después:
«No quiero hacerte terapia.»
Teresa sonrió sin humor.
«No te la he pedido.»
Samuel:
«Solo quiero saber qué hiciste con algo de mi padre.»
Escribió:
«Lo quité para que no se enganchara. Después lo cogí. En ese momento pensé que si lo dejaba allí se perdería.»
Lo borró porque no bastaba y escribió otra cosa.
«Lo cogí porque podía.»
Miró la frase. La envió. Samuel no respondió durante varios minutos.
Después:
«Eso sí te lo creo.»
Teresa sintió frío. Siguió leyendo.
«Gracias.»
Teresa apretó el teléfono.
Escribió:
«Lo siento.»
Samuel:
«No te he escrito para eso.»
Teresa:
«Ya.»
Samuel:
«Buenas noches.»
Teresa respondió:
«Buenas noches.»
La conversación terminó. Teresa no borró el número. Tampoco lo guardó.
***
Clara supo de aquel mensaje meses después. Pensó en Samuel, no en Teresa. Él le escribió. Se escribían de vez en cuando, sin llegar a tener una relación cercana.
«Hablé con Teresa.»
Clara tardó un instante en reaccionar.
«¿Estás bien?»
Samuel:
«Sí.»
«¿Por qué?»
«Quería preguntarle lo del reloj.»
Clara sintió inquietud.
«¿Y?»
Samuel:
«Me dijo que lo cogió porque podía.»
Clara se quedó sin respuesta.
Samuel añadió:
«Es la primera explicación que no me parece preparada.»
Clara escribió:
«A mí también.»
Pasaron unos minutos.
Samuel:
«No sé si eso es peor.»
Clara pensó.
«Puede ser.»
Samuel:
«Mi abuela dice que deje de buscar una respuesta que me haga sentir mejor.»
El mensaje le hizo sonreír.
«Tu abuela suele tener razón.»
Samuel:
«Es insoportable.»
Clara soltó una risa. Apenas se conocían para compartir algo así y, aun así, le gustó.
«También.»
Samuel envió un pulgar. La conversación terminó. Clara dejó el móvil. Pensó en Adrián. En el reloj. En cuántas cosas había querido convertir en señales. Al final, quizá algunas decisiones se explicaban solas y mostraban a la persona que las tomó.