Las buenas madres CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

Lo que se cuenta

Un año después, el grupo del parque volvió a reunirse de una forma inesperada: a través de algunos de sus hijos.

Nico tenía dieciocho. Alma, diecinueve. Lucas, dieciséis.

Las hijas de Mónica ya trabajaban y vivían en otra ciudad.

Los hijos de Teresa no fueron. La idea empezó con una fotografía vieja.

Alma la encontró en el móvil de su madre.

Cinco de los niños del parque. Pequeños. Sucios. Un columpio detrás.

—Deberíamos repetirla —dijo.

Rocío se negó. Luego aceptó. Eva dijo que no sabía si Lucas quería. Lucas quiso. Clara preguntó a Nico.

—Me da igual.

—Eso significa no.

—Significa me da igual.

—Nico.

—Vale. Voy.

Como Mónica no podía llevar a sus hijas, mandó una foto reciente.

El encuentro fue un sábado, en el mismo parque.

Clara llegó con Nico, Rocío con Alma y Eva con Lucas.

Mónica apareció sola. Después de tantos años sin reunirse las cuatro, se quedaron mirándose sin saber cómo empezar. Rocío levantó una bolsa.

—He traído galletas.

La risa de Clara contagió a Eva. Mónica, en cambio, rompió a llorar. Se abrazaron con torpeza, deprisa y sin necesitar más. Los hijos se apartaron.

—Qué intensas —dijo Alma.

Nico sonrió.

—Siempre.

Intentaron repetir la fotografía, aunque sabían que hacerla igual era imposible. Lucas ya casi medía como Eva. Nico era más alto que Clara. Alma no quiso ponerse en el mismo sitio. Mónica sostuvo el móvil.

—Una.

—Haz varias —dijo Rocío.

—Luego salís con los ojos cerrados y protestáis.

Tomó cinco. Cuando terminó, se sentaron a hablar de cosas pequeñas: trabajo, instituto y alquileres. Eva había empezado a estudiar otra especialidad sanitaria, lejos de urgencias. Rocío gestionaba parte del salón, Mónica llevaba una cartera de clientes desde casa y Clara trabajaba en una librería.

—Lo tuyo era inevitable —dijo Rocío.

—Cállate.

—Cinco años ordenando libros.

—Me explotaron.

Rocío sonrió. Mónica miró hacia la entrada.

—¿Sabéis algo de Teresa?

Las sonrisas desaparecieron. Eva negó. Rocío miró a Clara.

—La vi.

Mónica levantó las cejas.

—¿Cuándo?

—Hace meses.

—¿Cómo está?

Rocío pensó.

—Viva.

Clara recibió la respuesta con una sonrisa.

—Respuesta útil.

Eva miró a los niños.

—¿La invitaríais?

Nadie respondió al momento. Mónica fue la primera.

—No.

Rocío negó.

—Yo tampoco.

Clara miró a Nico.

—No.

Eva asintió.

—Entonces no.

En eso, al menos, ninguna sintió culpa.

***

Teresa llegó al parque una semana después, ajena a la reunión anterior. Fue con su hija porque la chica quería ver el sitio.

—Aquí fue.

Teresa señaló la entrada.

—¿Dónde estaba Nico?

—Por allí.

—¿Y vosotras?

—En esos bancos.

La hija miró.

—No parece gran cosa.

Teresa sonrió.

—No lo es.

Se sentaron. La chica abrió una botella de agua.

—Papá dice que no debería venir aquí contigo.

—¿Por qué?

—Porque cree que te hace mal.

—¿Y tú?

—Quería verlo.

—Por eso estamos aquí.

La hija miró el parque.

—¿Te acuerdas de todo?

—Mucho.

—¿De cuando decidiste meter a Adrián en el coche?

Teresa tardó.

—No recuerdo quién dijo la frase.

—Eso no he preguntado.

Teresa miró a su hija.

—Sí.

—¿Tú querías?

—En ese momento, sí.

—¿Por qué?

—Porque pensé que si hablábamos con él podríamos saber qué quería.

—¿Y luego?

—Luego tuvimos miedo.

—¿Y luego?

Teresa respiró.

—Luego me gustó controlar la situación.

La chica la miró.

—Eso nunca lo habías dicho.

—Lo sé.

—¿Te gustó pegarle?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Entonces qué te gustó?

Teresa pensó en Adrián sentado. En las llaves. En la botella. En el reloj.

—Que dependiera de nosotras.

La hija guardó silencio. Teresa sintió vergüenza. La vergüenza era distinta a la del juicio porque aquella vez era su hija quien escuchaba.

—¿Eso te pasa conmigo? —preguntó la chica.

Teresa abrió los ojos.

—No.

—¿Con mi hermano?

—No.

—¿Con papá?

Teresa tardó.

—A veces he querido controlar demasiado.

La chica asintió.

—Ya.

—No es lo mismo.

—No he dicho que lo sea.

Teresa sonrió con tristeza.

—Hablas como él.

—¿Papá?

—Tu hermano.

La chica miró el parque.

—Él no quiere verte.

—Lo sé.

—Creo que algún día sí.

Teresa sintió miedo de creerlo.

—No hace falta que me lo prometas.

—No te lo prometo.

Teresa asintió despacio.

—De acuerdo.

Se quedaron. Una madre llamó a su hijo para merendar y Teresa miró la hora en el móvil, ya sin reloj.

—Tenemos que irnos.

Su hija se levantó.

—¿Puedes comprarme algo?

—¿Qué?

—Un batido.

La chica la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Mamá.

—Nada.

Caminaron hasta la cafetería. Teresa pidió dos batidos sin sugerir chocolate.

Su hija eligió fresa y ella pidió café. Se sentaron.

La chica hablaba de clase y Teresa escuchaba cuando, al levantar la taza, vio a Clara al otro lado de la calle.

Clara iba sola y se detuvo. Teresa también la vio.

Durante unos segundos ninguna se movió. La hija siguió hablando.

Clara miró a la chica, después a Teresa y cruzó.

—Hola.

Teresa dejó la taza.

—Hola.

La chica miró.

—Mamá.

—Es Clara.

La adolescente se quedó quieta.

—Ah.

Clara sonrió apenas.

—Hola.

—Hola.

Teresa señaló una silla.

—¿Quieres sentarte?

Clara se quedó pensando.

—Un minuto.

Se sentó. Nadie sabía qué hacer con las manos.

—¿Cómo estás? —preguntó Teresa.

—Voy tirando.

—¿Nico?

—Está bien.

Teresa hizo un gesto de acuerdo.

—Me alegro.

Clara se volvió hacia la hija.

—¿Y tú?

La chica sonrió.

—Bien.

—Me alegro.

Otra pausa. Teresa miró el móvil sobre la mesa.

—Rocío me vio hace tiempo.

—Me lo dijo.

—Supongo.

Clara observó la muñeca de Teresa. Vacía. Teresa lo notó. Sonrió.

—Todos miráis.

Clara levantó los ojos.

—Sí.

—No está.

—Ya lo he visto.

Teresa apoyó las manos en la mesa.

—Nunca te pregunté qué hiciste con el grupo.

Clara dejó pasar unos segundos.

—Sigue ahí.

—¿PARQUE 17:30?

—Sí.

Teresa soltó una risa.

—Qué ridículo.

—Mucho.

—¿Por qué no lo borras?

Clara miró hacia el parque.

—Porque también existió antes.

Teresa entendió.

—Sí.

La hija miró a ambas.

—¿Puedo preguntar algo?

Teresa se tensó.

—Claro que sí.

—¿Erais amigas?

Teresa miró a Clara.

—No —dijeron casi a la vez.

La chica sonrió.

—Lo entiendo.

Clara también.

—Nos conocíamos.

Teresa añadió:

—Demasiado al final.

Clara siguió el gesto y dejó pasar el comentario. La chica volvió al batido. Clara se levantó.

—Me voy.

Teresa asintió.

—Clara.

Ella se volvió.

—¿Qué?

Teresa tardó.

—Lo siento.

Clara la miró sin preguntar por qué, sin ofrecer consuelo y sin decir que la perdonaba.

—Lo sé.

Clara caminó de nuevo hacia el parque y se sentó en otro banco.

Sacó el teléfono, abrió PARQUE 17:30 y leyó los cinco nombres: Mónica, Eva, Rocío, Teresa y el suyo.

Cinco mujeres que también eran cinco madres.

Cinco versiones de una historia que había empezado con miedo y terminado con un hombre muerto.

Abrió la información del grupo y encontró abajo el botón de eliminar, pero guardó el móvil sin tocarlo.

Al otro lado de la calle, la hija hablaba y Teresa escuchaba.

Parecían una madre y una hija cualquiera. Eso era verdad.

También era verdad todo lo demás. Clara miró hacia el barco de madera.

Una mujer llamó:

—¡Hugo, merienda!

Un niño corrió. La madre abrió una mochila. Sacó un bocadillo. Después miró su teléfono otra vez.

PARQUE 17:30.

Dejó el grupo intacto porque no necesitaba fingir que no había existido. Se levantó. Se fue andando. Detrás, el parque siguió lleno de madres.

***

Dos meses después de volver al parque, una editorial llamó directamente al móvil de Clara.

—¿Clara Robles?

—Sí.

—Me llamo Julia Sanmartín. Trabajo en Ediciones Ladera.

Clara apoyó una caja de novedades sobre el mostrador.

—No estoy interesada.

Hubo una pausa.

—No le he dicho para qué llamo.

—Da igual.

—Queríamos plantearle un libro.

—No.

—Una versión en primera persona de lo ocurrido. Con usted. Sin periodista fantasma visible. Podría controlar el relato.

Clara miró alrededor de la librería. Una mujer hojeaba una novela en la mesa de novedades. Un hombre preguntaba por un regalo para su hermana.

—No quiero controlar ningún relato.

—Entiendo que la expresión puede…

—No la entiende.

Julia guardó silencio.

—Perdone.

—No pasa nada.

—Sí pasa. Pero no con usted.

—Si cambia de idea…

—No voy a cambiar.

—¿Puedo enviarle la propuesta por correo?

—Prefiero que no.

La llamada terminó. Clara dejó el móvil bajo el mostrador. Su compañera, Alicia, apareció con una pila de libros.

—¿Otra entrevista?

—Un libro.

—¿Sobre ti?

—Sobre el caso.

Alicia hizo una mueca.

—Qué pereza.

Clara la miró.

—Gracias.

—¿Qué?

—Eso.

—No he hecho nada.

—Precisamente.

Alicia colocó los libros.

—¿Te ofrecen dinero?

—Sí.

—Mucho.

—No sé.

—Entonces poco.

Clara soltó una risa.

—No voy a hacerlo.

—Está bien.

—¿Por qué bien?

Alicia se encogió de hombros.

—Porque si lo hicieras tendría que leerlo.

Clara sonrió. Volvió a la caja. La conversación terminó. Le gustó que terminara.

***

A Rocío le ofrecieron dos mil quinientos euros por aparecer veinte minutos en un programa de tarde.

«Cómo reconstruye su vida una de las buenas madres.»

Rocío leyó el mensaje delante de Alma.

—¿Qué?

Rocío le enseñó el teléfono. Alma lo leyó.

—¿Dos mil quinientos?

—Sí.

—Mucho.

—Sí.

—¿Vas?

—No.

Alma levantó la vista.

—¿Por qué?

—Porque no.

—Eso no vale.

Rocío sonrió.

—Ahora resulta que tú quieres que vaya.

—No. Quiero saber por qué no.

Rocío dejó el móvil.

—Porque me van a sentar, van a poner una foto de Adrián detrás y me van a preguntar si me arrepiento. Después van a poner publicidad de champú.

Alma se rio.

—Eso sí.

—No quiero.

—Pues no.

Rocío cerró el mensaje.

—Dos mil quinientos me vendrían bien.

—También puedes trabajar.

—Qué hija más simpática.

—Lo has dicho tú toda la vida.

Rocío se acercó y le dio un beso en la cabeza.

—No siempre tenías razón.

—Ahora sí.

***

Eva recibió una petición distinta. Una universidad. Una jornada sobre ética sanitaria. Querían que hablara de la falta de auxilio, la responsabilidad profesional y la culpa fuera del contexto laboral. Eva leyó el correo tres veces. Nuria estaba delante.

—¿Qué piensas?

—Que es una barbaridad.

—¿Por qué?

—Porque no soy un caso práctico.