Las buenas madres CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Las otras

Rocío fue la primera en quedar fuera. La esperaban su madre y Alma, sin fotógrafos ni prensa alrededor. Alma tenía dieciséis años y una paciencia nueva que Rocío no conocía.

—Estás muy blanca —dijo.

—Cinco minutos fuera y ya empiezas.

—Es verdad.

Su madre abrazó a Rocío sin decir nada. El olor a colonia de su madre le pareció demasiado intenso. Todo fuera era demasiado. Los coches. Los anuncios. La gente andando sin contar puertas.

—¿Vamos? —preguntó Alma.

Rocío miró a su hija.

—Donde quieras.

—A casa.

La palabra le dolió. Subieron al coche. Alma iba delante. Rocío atrás. Durante unos minutos nadie habló.

—He aprobado todo —dijo Alma.

Rocío sonrió.

—Lo sabía.

—No lo sabías.

—Me lo contaste.

—Eso no es saber. Eso es confiar.

Rocío se rio.

—Ya.

Su madre la miró por el retrovisor.

—No os pongáis filosóficas ahora.

Alma sonrió.

—La abuela odia hablar de sentimientos.

—No los odio. Me dan pereza.

Rocío se echó a reír. La risa le salió extraña. Se tapó la boca. Alma se volvió.

—¿Qué?

—Nada.

—Mamá.

Rocío empezó a llorar.

—Nada.

Su madre siguió conduciendo. Alma estiró una mano hacia atrás y Rocío la agarró sin pedir perdón. Había aprendido que, a veces, el amor podía estar ahí sin una disculpa previa.

***

El salón ya no era el mismo. Habían cambiado el cartel. El color. Parte del mobiliario. La dueña la recibió con un abrazo.

—No tienes que volver si no quieres.

—Quiero.

—No esta semana.

—No puedo quedarme en casa.

—Entonces ven a tomar café.

Rocío miró las mesas. Las lámparas. Los esmaltes. Todo le parecía pequeño. Concreto. Agradable.

—Puedo empezar limpiando.

La dueña la miró.

—No eres una becaria.

—Quiero hacer algo.

—Pues ordena los colores.

Rocío sonrió. Pasó dos horas ordenando esmaltes. Le gustó más de lo que esperaba. La tarea era pequeña y precisamente por eso resultaba descansada: nadie dependía de una mentira.

***

Eva salió dos meses después. Lucas tenía doce años. Ya no era el niño que había ido a despedirla. Nuria estaba. Eva la vio y tuvo que frenar el paso.

—Hola.

Nuria sonrió.

—Hola.

Lucas la abrazó. Fuerte.

—Pesas más.

Eva se rio.

—Tú también.

—Es que he crecido.

—Ya veo.

Nuria cogió la bolsa.

—Vamos.

Eva la miró.

—¿A dónde?

—A comer.

—¿Los tres?

Nuria levantó una ceja.

—Si no te molesta.

Eva notó algo menos peligroso que la esperanza.

—No.

Comieron y hablaron. Nuria tenía otra vida y Eva también tendría que construir una. Evitó preguntar si volverían porque no quería forzar una respuesta. Lucas enseñó fotos del instituto, del fútbol y de una excursión. Eva se quedó mirando una imagen.

—¿Ese es Nico?

—Sí.

—Está enorme.

—Sale con Alma a veces.

—¿Rocío lo sabe?

—Todo el mundo lo sabe.

Nuria sonrió.

—Menos tú.

Eva aceptó. Había años que ya no le pertenecían.

***

Mónica salió después. Sus hijas la recogieron. La mayor conducía. Mónica se sentó atrás por costumbre. La menor se volvió.

—Puedes ir delante.

—Estoy bien.

—Mamá.

—Vale, voy delante.

Cambió de sitio. La mayor arrancó.

—Tengo una entrevista mañana —dijo.

—¿De trabajo?

—Sí.

—¿Dónde?

—En una asesoría.

Mónica sonrió.

—Buena elección.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Se te nota en la cara.

La menor se rio.

—Es verdad.

Mónica miró a sus hijas. Habían crecido sin ella muchos días. Eso no podía recuperarlo. Podía estar ahora. Se aferró a esa medida. No más grande.

***

Clara se reunió con Rocío tres semanas después de salir. La cafetería era nueva. El café no. Rocío llegó con el pelo más corto.

—Te queda bien.

—No sé.

—Sí.

—Gracias.

Rocío se sentó.

—¿Cómo está Nico?

—Está bien.

—¿Y Javier?

—También.

—¿Elena?

Clara levantó una ceja.

—Veo que sabes todo.

—Alma habla con Nico.

—Ya veo.

Rocío sonrió.

—¿Te cae bien?

—Sí.

—Eso debe de ser raro.

—Mucho menos de lo que pensaba.

—Qué bien.

—¿Tú?

—Trabajo. Mi madre. Alma. Terapia. Lo típico.

—Prisión y terapia. Una vida de influencer.

Rocío soltó una carcajada.

—No hagas chistes.

—Llegas tarde.

Rocío se limpió una lágrima de risa.

—Me alegro de verte.

Las palabras se le quedaron dentro.

—Yo también.

Hubo un silencio.

—¿Has hablado con Eva?

—Una vez.

—¿Mónica?

—Por mensaje.

—¿Teresa?

Clara negó con la cabeza.

—Sigue dentro.

—Lo sé.

—¿Sabes cuándo sale?

—No exacto.

Rocío miró el café.

—Me da miedo que salga.

—A mí también.

—¿Crees que sigue igual?

—No sé.

—Odio esa respuesta.

—Yo también.

—¿Tú crees que disfrutó?

En el reloj. En la forma de Teresa de hablar de sus hijos.

—Creo que descubrió algo de sí misma que no sabía.

—Eso suena peor.

—Sí.

—¿Y si sigue ahí?

Clara miró a Rocío.

—Estará.

—No me tranquiliza.

—No pretendía.

—A veces pienso que quiero verla.

—¿Para qué?

—Para saber.

—No vas a saber mirándola.

—Ya lo sé.

Clara se inclinó.

—No necesitamos saber todo.

Rocío sonrió con tristeza.

—Eso sí que ha cambiado.

—Mucho.

***

Pilar pidió ver a Clara. El mensaje llegó a través de Álvaro.

—No tienes obligación.

—Quiero.

Se encontraron en una cafetería lejos del barrio. Pilar había envejecido. Clara supo que ella también.

—Gracias por venir.

—No te acostumbres.

Clara asintió.

—Samuel no sabe que estoy aquí.

—Lo entiendo.

Pilar pidió té. Clara café. Durante unos minutos hablaron de nada. El tiempo. El sitio. El tráfico. Después Pilar sacó una fotografía. Adrián. Solo. Tendría treinta años.

—Quiero que la veas.

Clara la miró.

—¿Por qué?

—Porque llevo años intentando no dejar que su muerte se convierta en lo único que era.

A Clara le dolió oírlo.

—No lo era.

—Ya lo sé.

—Yo también.

Pilar la miró.

—Eso me importa más de lo que debería.

—Adrián hizo cosas que no estaban bien.

—Sí.

—Yo también.

—Sí.

—No sé qué espera de mí.

Pilar guardó la foto.

—Nada.

—Entonces.

—Quería verte.

Clara la observó un instante.

—¿Para qué?

Pilar tardó.

—Para comprobar si te odiaba.

Clara recibió la pregunta de lleno.

—¿Y?

Pilar respiró.

—No.

Clara no sintió alivio.

—Eso no significa perdón.

—Lo sé.

—Ni cariño.

—Eso lo sé.

—Solo que estoy cansada de gastar una parte de mi vida en vosotras.

Clara asintió.

—Lo entiendo.

—No. Espero que no.

Clara sonrió con tristeza. Pilar la observó.

—Samuel está bien.

—Me alegro.

—Tiene pareja.

—Me alegro.

—Estudia fuera.

—Qué bien.

Pilar apretó la taza.

—No te contaré más.

—No hace falta.

—Gracias.

Respondió al agradecimiento con una sonrisa.

—Por eso sí.

Pilar casi sonrió. Se marcharon. No volvieron a verse.

***

Aquella noche Clara abrió PARQUE 17:30. Los mensajes seguían allí, con años de historia: las galletas, las sudaderas, los horarios y, más tarde, el miedo, las fotografías, los nombres, la nave y el silencio.

Clara empezó a leer desde el principio para recordar quiénes habían sido, no para castigarse.

«¿Bajáis hoy?»

«Llevo galletas.»

«Alma ha perdido una sudadera rosa.»

«Nico tiene deberes.»

«Lucas llega tarde.»

Clara sonrió apenas. Al llegar al día de la desaparición, cerró la conversación y dejó el grupo sin borrar. Aún no estaba preparada para hacerlo.

***

Teresa salió dos años después de Clara, sin cámaras porque la historia ya era vieja y otra había ocupado su sitio. Fuera esperaban su abogado y su hija, que ya tenía catorce años. Teresa se detuvo.

—Hola.

La chica se acercó.

—Hola.

Su hija evitó abrazarla y Teresa no forzó el gesto.

—¿Tu padre?

—Esperando en el coche.

—Está bien.

Caminaron. El hijo mayor no había ido. Teresa no preguntó. Subió atrás. Su exmarido condujo.

—¿Dónde quieres ir?

—A casa.

—¿Cuál?

A Teresa le dolió la pregunta. Miró por la ventana.

—La mía.

—El piso.

—Sí.

Él asintió. La hija miraba el móvil. Teresa quiso preguntar por el instituto. Por amigos. Por todo. No sabía por dónde empezar.

—¿Qué tal?

La chica levantó la vista.

—De acuerdo.

—¿El curso?

—También bien.

—¿Sigues con danza?

—No.

Teresa asintió despacio.

—Ya.

La hija volvió al móvil. Teresa miró su muñeca. Vacía. Durante años lo había estado. Pensó en el reloj. No había recuperado el reloj y sabía que tampoco lo haría. Le molestó. Después sintió vergüenza. No tanta como creía que debería.

***

El piso era pequeño. Su hermano había pagado la fianza. Había muebles usados. Una cama. Un sofá. Una mesa. Teresa dejó la bolsa. Su hija permaneció en la puerta.

—¿Quieres entrar?

—Un rato.

Entró. Miró.

—Está bien.

—Sí.

Teresa abrió la nevera. Vacía. Su hija sonrió.

—Papá dice que tienes que hacer compra.

—Tu padre tiene razón.

—Qué raro oírte decir eso.

Teresa la observó sin hablar.

—Todos decís lo mismo.

La chica se encogió de hombros.

—Será verdad.

Teresa sonrió.

—Puede ser.

La hija se sentó.

—¿Mamá?

Hacía años que no escuchaba la palabra tan cerca.

—Dime.

—Mi hermano no quiere verte.

Teresa cerró la nevera.

—Lo sé.

—Dice que no va a cambiar.

—Es posible.

—¿Te da igual?

Teresa bajó la vista.

—No.

—No parece.

Teresa se sentó enfrente.

—¿Qué quieres que haga?

—No sé.

—Yo tampoco.

La chica la miró.

—Siempre sabías.

Teresa sintió el golpe.

—Ya no.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

Teresa sonrió con tristeza.

—Entonces algo hemos ganado.

La hija bajó la vista.

—No sé si quiero quedarme a dormir nunca.

—No tienes que.

—Papá dice que puedo decidir.

—Sí.

—¿Y si no vengo?

Teresa sintió el miedo.

—Seguiré aquí.

La chica levantó los ojos.

—Vale.

Estuvieron una hora. Después la hija se marchó.

Teresa cerró la puerta y se quedó sola. Abrió un armario y después otro.

Los dos estaban vacíos. No había nada que ordenar ni nada que controlar.

Se sentó. Desde que había salido, no había entendido hasta entonces que la libertad podía parecerse bastante a una habitación sin testigos.

***

Encontró trabajo rápido, una media jornada de administración fuera del mismo sector. La empresa sabía quién era y el dueño lo dijo en la entrevista.

—No me gustan las sorpresas.

Teresa asintió.

—A mí tampoco.

—¿Va a haber periodistas?

—No creo.

—¿Problemas?

—No.

—¿Puede trabajar con gente?

Teresa se irritó.

—Sí.

—No se ofenda.

—No me ofendo.

Se estaba ofendiendo. La contrataron. Era buena. Lo había sido siempre. Teresa seguía siendo puntual, ordenada y rápida. A las dos semanas ya corregía errores ajenos. A la tercera empezó a llevar calendarios. A la cuarta, una compañera dijo:

—Menos mal que has venido.

Teresa sonrió. Le gustó oírlo. Demasiado. Se obligó a no pensar más.

***

Clara supo que Teresa había salido por Rocío. Mensaje.

«Ha salido.»

Clara se fijó en la pantalla. No respondió al momento. Nico estaba haciendo café en la cocina. Diecisiete años. Había aprendido a beberlo sin azúcar. Clara odiaba ese detalle.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Nico la miró.

—Esa palabra nunca funciona contigo.

Clara no pudo evitar una sonrisa.

—Ha salido Teresa.

Nico dejó la taza.

—Ah.

—Rocío me lo ha dicho.

—¿Te preocupa?

—Un poco.

—¿Crees que va a hacer algo?

—No lo creo.

—Entonces no pasa nada.

Clara se volvió hacia su hijo.

—No sé qué siento.

Nico cogió el café.

—Pues no lo sepas.

A Clara le hizo gracia su brusquedad.

—Qué fácil.

—A veces sí.

—No siempre.

—Ya.

Nico se sentó.

—¿Quieres verla?

—No.

—Pues listo.

La explicación resultó demasiado sencilla y, a la vez, correcta.

***

Rocío sí quiso verla, aunque no la buscó. Se encontraron por casualidad en un supermercado, entre dos carros y un pasillo de productos de limpieza. Teresa levantó la vista y Rocío frenó. Habían pasado años. Aun así la nave apareció completa.

—Hola —dijo Teresa.

Rocío apretó el asa.

—Hola.

—¿Cómo estás?

—Bien.

—Me alegro.

—Tú.

—Está bien.

Las dos supieron que mentían un poco. Teresa miró el carro.

—Tienes suavizante del caro.

Rocío soltó una risa nerviosa.

—Alma dice que el otro huele a hospital.

—Entiendo lo que dices.

Rocío se fijó en ella.

—¿Y tus hijos?

Teresa bajó la vista.

—La pequeña viene a veces.

—El mayor.

—No.

Rocío sintió algo parecido a pena. La odiaba por sentirlo.

—Lo siento.

Teresa asintió.

—Gracias.

Rocío miró la muñeca vacía antes de poder evitarlo y Teresa lo notó.

—No tengo el reloj.

Rocío se tensó.

—No he preguntado.

—Lo estabas mirando.

—No.

—Sí.

—¿Por qué te lo pusiste?

Teresa sonrió con cansancio.

—Clara me preguntó lo mismo.

—¿Y?

—Me gustaba.

Rocío bajó la cabeza un instante.

—Sigues igual.

Teresa se quedó seria.

—No.

—Pues parece.

—Eso es distinto.

Rocío agarró el carro.

—Me tengo que ir.

—De acuerdo.

Rocío dio dos pasos.

—Teresa.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—¿Te gustaba hacerle daño?

Teresa no respondió al momento. Una mujer pasó con un niño. El carrito chirrió. Teresa miró a Rocío.

—A veces me gustaba que tuviera que hacerme caso.

Rocío sintió el cuerpo frío. Teresa continuó.

—Eso no es lo mismo.

—No sé.

—Yo sí.

—¿Y te da miedo?

Teresa miró su carro.

—Ahora sí.

No esperaba esa respuesta.

—Me alegro.

Teresa sonrió sin humor.

—No sé si bien.

Rocío se marchó. En el coche llamó a Clara.

—La he visto.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Qué ha pasado?

Rocío tardó.

—Me ha dicho la verdad.

Clara guardó silencio.

—¿Cuál?

—Que a veces le gustaba que Adrián tuviera que hacerle caso.

Clara cerró los ojos al otro lado.

—¿Y?

—Dice que ahora le da miedo.

—Eso es algo.

—No sé si me tranquiliza.

—A mí tampoco.

Rocío dejó caer la cabeza sobre el volante.

—Pero nunca le había creído así de verdad.

Clara no encontró nada que decir.