Las buenas madres CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

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Al quinto mes, durante un taller autorizado entre módulos, Clara vio a Teresa. Nada importante. Entró en una sala con mesas y la encontró sentada al fondo. La reconoció antes de que levantara la cabeza. Clara se detuvo. Una funcionaria señaló una silla.

—Por allí.

Clara se sentó lejos. El taller trataba de escritura. Una voluntaria explicó que podían escribir una carta que no fueran a enviar. Clara casi se rio. Clara no necesitaba más cartas y Teresa tampoco parecía interesada en escribir. La voluntaria repartió papel.

—No hace falta que sea a una persona. Puede ser a un lugar, a una versión de vosotras, a una decisión.

Clara se fijó en la hoja. Teresa levantó la vista y sus miradas se cruzaron.

Clara volvió al papel. Escribió «Puerta» y la tachó.

Hizo lo mismo con «Nico». Cuando escribió «Adrián», dejó el nombre intacto y se quedó mirándolo.

La voluntaria recordó que nadie tenía obligación de leer en voz alta.

Clara lo agradeció. Durante veinte minutos escribió una carta que no pretendía ser una disculpa, porque todavía no sabía pedir perdón sin esperar algo a cambio.

Se limitó a los hechos que ya no quería deformar: lo había reconocido, había mentido, había permitido que las demás imaginaran cosas, no había abierto la puerta ni llamado a emergencias y había ayudado a mover el cuerpo.

Adrián no era el padre de Nico y sí el de Samuel.

Clara dejó el bolígrafo. La carta terminaba ahí y le pareció suficiente.

Cuando el taller terminó, Teresa se acercó.

—Clara.

Se le tensó el cuerpo.

—Hola.

—¿Podemos hablar?

—No sé.

—Cinco minutos.

Clara la miró. Teresa entendió.

—Perdón.

La palabra produjo una pequeña sacudida.

—No uses esa medida.

—Tienes razón.

Clara guardó la hoja.

—¿Qué quieres?

Teresa miró alrededor.

—Nada especial.

—Entonces no.

—Quiero saber cómo está Nico.

Clara la miró.

—Está bien.

—Mis hijos no vienen.

—Lo siento.

Teresa apretó los labios.

—El mayor no quiere.

—Dale tiempo.

—Eso dice todo el mundo.

—Puede que todos tengan razón.

Teresa soltó una risa breve.

—Qué raro oírte decir eso.

Clara se quedó callada. Teresa miró la hoja.

—¿Has escrito sobre él?

—Sí.

—Yo no.

—¿Sobre quién?

—Adrián.

—¿Entonces?

—Sobre mis hijos.

Clara asintió.

—Tiene sentido.

Teresa se sentó frente a ella sin pedir permiso.

—¿Tú crees que soy peor que vosotras?

El cansancio cayó sobre ella.

—No quiero responder a eso.

—Rocío sí lo cree.

—No estoy hablando por Rocío.

—Eva también.

—Teresa.

—Solo te pregunto.

Clara la observó un instante.

—Creo que hiciste cosas que yo no hice.

—Y tú cosas que yo no hice.

—Sí.

—Entonces.

—No es una cuenta.

—La sentencia sí.

—La sentencia reparte delitos. No personas.

Teresa sonrió apenas.

—Te ha sentado bien la biblioteca.

Clara se quedó seria.

—¿Por qué te quedaste el reloj?

Teresa levantó la cabeza.

—Ya lo dije.

—Porque te gustaba.

—Sí.

—No te creo.

Teresa frunció el ceño.

—¿Qué quieres que diga?

—La verdad.

—Esa es la verdad.

—Entonces es peor.

Teresa no apartó los ojos.

—¿Por qué?

—Porque no necesitabas una razón.

Teresa necesitó unos segundos.

—Es posible.

Clara notó una incomodidad inmediata y se odió por haber pensado en ella con una fórmula que ya no soportaba. Teresa apoyó las manos.

—Pensé que si lo dejaba allí alguien lo cogería.

—¿Y?

—Lo cogí yo.

—Después te lo pusiste.

—Sí.

—¿Para recordar?

—No.

—¿Como trofeo?

Teresa se enfadó.

—No.

—¿Entonces?

—Me gustaba.

Clara negó despacio.

—Sigues diciendo lo mismo.

—Porque es lo que hay.

—Eso es lo que me da miedo.

Teresa la miró.

—¿Todavía?

—Sí.

—Estoy aquí dentro.

—No me da miedo que me hagas algo.

—¿Entonces?

Clara se quedó pensando.

—Que no necesites explicarte.

Teresa guardó silencio.

—Tú llevas años explicándote.

—Y me ha destruido.

—Pues igual no es mejor.

Clara la miró.

—¿Te arrepientes?

Teresa bajó la cabeza un instante.

—De cosas.

—Eso dijiste en el juicio.

—Porque es verdad.

—¿De no llamar?

—Sí.

—¿De los dedos?

—Sí.

—¿De atarlo?

—Sí.

—¿De la bofetada?

—Sí.

—¿Del reloj?

Teresa abrió los ojos.

—No.

—No entiendo.

—No tienes que.

—Eso es lo que siempre dices.

—Porque es cierto.

Clara se levantó.

—Me voy.

Teresa no la detuvo.

—Clara.

Ella se volvió.

—¿Qué?

A Teresa le costó responder.

—Yo también tuve miedo.

—Nunca he dicho que no.

—Las otras sí.

—No estoy hablando por ellas.

Teresa bajó la vista.

—Cuando murió pensé en mis hijos.

—Todas.

—Yo primero.

Teresa continuó.

—Eso es lo que no puedo dejar de pensar.

—¿Por qué?

—Porque no sé si fue amor o egoísmo.

Clara tardó en responder.

—Las dos cosas pueden parecerse mucho.

—Tú lo sabes.

—Sí.

La funcionaria llamó.

—Vamos.

Clara recogió el papel. Teresa hizo lo mismo. Salieron por puertas distintas sin abrazarse ni fingir que se habían perdonado.

***

Esa noche Clara releyó la carta que había escrito. Añadió una línea.

«Durante mucho tiempo creí que ser madre convertía el miedo en una razón.»

La leyó, no le gustó y la tachó antes de escribir otra.

«Tu muerte no protegió a Nico de nada.»

La dejó.

***

Cuatro años y siete meses después, Clara salió.

Su condena continuaba, aunque el encierro terminaba aquel día.

Fuera de prisión aún le quedaban firmas, controles y normas, pero había una puerta que se abría hacia la calle.

Allí la esperaban Javier y Nico, ya con quince años.

A Clara le costó reconocer el cuerpo de su hijo antes que la cara: más alto, los hombros distintos, el pelo más largo.

Seguía teniendo la misma forma de mirar cuando intentaba no llorar.

Dejó la bolsa y ambos caminaron hasta abrazarse sin decir nada. Javier se acercó. Tenía más canas.

—Hola.

—Hola.

Él la abrazó. Fue breve. Suficiente.

—¿Dónde vamos? —preguntó Clara.

Nico cogió su bolsa.

—A comer.

—¿Qué?

—Pizza.

Clara se rio antes de responder.

—Por supuesto.

—Barbacoa.

—Con piña no.

—Han pasado casi cinco años y sigues equivocada.

Javier sonrió. Subieron al coche. Clara miró por la ventanilla. La calle parecía enorme. Los coches demasiado rápidos. Los escaparates demasiado brillantes. El teléfono que Javier le había comprado vibró. No sabía usar la mitad de las cosas. Nico había prometido enseñarle.

—Tienes mensajes —dijo él.

—Luego.

—Eso decías antes.

Clara lo observó un instante.

—He cambiado.

—Ya veremos.

La pizza fue en un sitio pequeño. Nadie la reconoció al principio. O fingieron. Clara lo agradeció. Nico habló sin parar. Instituto. Amigos. Una chica llamada Vera. Javier levantó las cejas.

—No tenías que decir eso.

—Mamá se ha perdido cinco años.

—No necesita un documental.

A Clara se le escapó una sonrisa.

—Quiero el documental.

Nico se tapó la cara.

—Papá.

—Yo no he dicho nada.

Comieron. Clara observó a los dos. Javier y ella no habían vuelto a ser pareja.

Durante años habían mantenido un vínculo distinto, hecho de visitas, cartas, decisiones compartidas y Nico.

Javier tenía una relación con otra mujer.

Clara lo sabía. Se llamaba Elena. Elena no estaba allí porque habían decidido que ese día perteneciera a los tres.

Clara agradecía la elección. No la confundía.

—¿Quieres verla mañana? —preguntó Javier.

Clara levantó la vista.

—¿A Elena?

—Sí, a Elena.

—Claro.

Nico sonrió.

—Te cae bien.

—No la conozco.

—Te va a caer bien.

—Eso dices porque quieres que todo sea fácil.

Nico la miró.

—No. Porque hace una tortilla buenísima.

***

Después de comer, Nico pidió conducir. Javier negó.

—Tienes quince.

—En un camino.

—No.

—Mamá.

Clara levantó las manos.

—Yo acabo de salir. No voy a volver por dejar conducir a un menor.

Nico soltó una carcajada y Javier lo imitó. Clara notó algo extraño: había hecho un chiste sobre la prisión sin que nada se rompiera.

***

Llegaron al piso donde viviría Clara. Pequeño. Alquilado. Javier había ayudado. Nico había elegido unas plantas.

—Esta se muere fácil —dijo.

—Gracias por la confianza.

—Es para ver si te acuerdas de regar.

—He cuidado personas.

Nico la miró y Clara entendió que sus palabras podían sonar peor de lo que pretendía.

—Antes.

—Ya lo sé.

Javier intervino.

—Yo me voy.

—¿Ya?

—Os dejo.

Clara sintió el miedo de quedarse sola en aquel piso.

—Vale.

Javier se fijó en ella.

—Puedo quedarme.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

Javier asintió. Se marchó. Nico se quedó. Abrió armarios. Criticó la nevera. Conectó la televisión. Le enseñó a usar el móvil.

—Esto es WhatsApp.

—Sé usar WhatsApp.

—No parece.

La broma le devolvió la sonrisa.

—Tengo cincuenta años, no ciento veinte.

—Tienes cuarenta y uno.

—Eso.

Nico abrió una aplicación.

—Mira.

Clara vio antiguos contactos. Algunos recuperados. Otros no. Había un grupo archivado.

PARQUE 17:30.

Clara dejó de mover el pulgar sobre la pantalla. Nico no lo vio.

—¿Quieres que te quite cosas viejas?

—No.

—Hay grupos de hace años.

—Déjalos.

—Está bien.

Nico siguió. Clara miró el nombre. El parque. Las cinco. No abrió.

***

Eva había salido antes y vivía sola. Aunque Nuria no había vuelto como pareja, seguían criando a Lucas.

En una residencia privada, lejos de las urgencias, Eva ocupaba ahora un puesto que podía soportar.

Meses después salió Mónica. Llevaba cuentas pequeñas desde casa y sus hijas ya eran adultas.

Antes que las otras había salido Rocío, que reconstruyó el salón mientras Alma cumplía dieciséis años.

Clara supo de ellas por cartas. Teresa seguía dentro, con una pena más larga y pocas visitas.

Su hija acudía alguna vez. El mayor, nunca.

Clara ignoraba si eso había cambiado y todavía no quería preguntar.

***

La primera noche fuera, a Clara la mantuvo despierta el silencio, más que cualquier ruido.

Fue a la cocina y abrió la nevera: yogures, queso, leche, una botella de agua.

Nada extraordinario. Cerró la puerta y volvió a abrirla con una sonrisa.

Libertad era poder hacerlo a las tres de la mañana y también decidir que no quería nada.

Después se sentó en el sofá. El móvil vibró con un mensaje de Rocío.

«Me han dicho que hoy.»

El mensaje hizo sonreír a Clara.

«Sí.»

Rocío:

«¿Cómo estás?»

Clara pensó.

«Rara.»

Rocío:

«Normal.»

Clara:

«¿Alma?»

Rocío:

«Gigante.»

Una foto. Alma, adolescente. Rocío se secó los ojos antes de responder.

«Nico también.»

Envió una. Rocío respondió con un corazón.

Después:

«Cuando quieras café.»

Clara escribió:

«Sí, tomamos café.»

Dejó la fecha abierta porque no necesitaban precipitar nada.

***

A las nueve de la mañana, Nico llamó.

—¿Has dormido?

—Poco.

—Papá dice que no vayas sola a comprar porque te vas a agobiar.

—Tu padre sigue organizándome.

—Dice que no.

—Claro que sí.

—Voy contigo.

—Tengo cuarenta y un años.

—Y cinco años sin ir a un supermercado.

A Clara se le curvaron los labios.

—Tienes razón.

—A las diez.

—De acuerdo.

Nico colgó. Clara se duchó, se vistió, eligió una camisa, la cambió y volvió a la primera.

Se miró al espejo. Era ella, más vieja y más delgada, con una cicatriz pequeña en la barbilla que no recordaba de antes, canas y los mismos ojos.

Pensó en la mujer del parque, la del bocadillo.

Aquella versión de sí misma no le provocó ternura ni desprecio.

Seguía siendo ella, la misma persona, con más hechos encima.

***

Nico llegó puntual. Fueron al supermercado. Clara se perdió buscando arroz. Nico se rio.

—No han cambiado tanto.

—Yo sí.

—Eso dicen todos los adultos cuando envejecen.

—Gracias.

Hicieron la compra.

Al salir, Nico preguntó:

—¿Quieres ir al parque?

Clara se detuvo.

—¿Hoy?

—Sí.

—¿Al mismo?

—Sí.

Clara miró las bolsas.

—Tenemos congelados.

—No hemos comprado congelados.

—Podíamos haberlo hecho.

Nico sonrió.

—Mamá.

Clara respiró.

—Vamos.

Caminaron. El parque estaba a quince minutos. Clara reconoció las calles. Algunas tiendas habían cambiado. La farmacia seguía. La heladería tenía otro nombre. La puerta lateral seguía en el mismo sitio. Clara se detuvo antes de entrar. Nico esperó.

—¿Quieres irte?

Clara miró el banco.

—No.

Entraron. Los niños de entonces habían crecido y el parque estaba lleno de otros. Una madre preparaba un bocadillo. Una punzada breve le atravesó el pecho.

—¿Bien?

—Sí.

Se sentaron.

—Aquí fue.

—Lo sé.

—No me acordaba tan pequeño.

—Tú eras más pequeño.

—También.

Clara se fijó en la entrada.

—¿Te acuerdas de Adrián?

Nico tardó.

—Sí.

—¿Mucho?

—De cosas.

—¿Cuáles?

Nico miró hacia el barco.

—Del batido.

Clara sonrió apenas.

—Siempre el batido.

—Estaba bueno.

—Eso ya me lo dijiste.

—De que me preguntó por papá.

—Sí.

—De que estaba nervioso.

—Nunca me dijiste eso.

—No me lo preguntaste.

Clara aceptó.

—¿Tenías miedo?

—Un poco.

—¿De él?

Nico pensó.

—De que mamá se enfadara porque había salido del parque.

—Por supuesto.

Nico se fijó en ella.

—Luego cuando vi la policía sí me asusté.

—De eso me acuerdo.

—Pero Adrián me caía un poco bien.

Clara sintió el golpe antiguo.

—Me lo imaginaba.

—¿De verdad?

—Sí.

—Nunca te lo había dicho.

Clara miró al niño. Al adolescente.

—No hacía falta.

Nico apoyó los brazos en las rodillas.

—¿Tú lo odiabas?

Clara buscó la respuesta.

—A ratos.

—¿Ahora?

—Ahora no.

—¿Lo perdonaste?

—No sé si esa palabra sirve.

—Siempre dices eso.

—Porque algunas palabras sirven poco.

Nico miró a unos niños jugando.

—Yo creo que hizo una cosa muy mala.

—Sí, hizo algo muy malo.

—Y que vosotras hicisteis otra peor.

Le dolió.

—Y nosotras hicimos algo peor.

—Eso no hace que él fuera bueno.

—Tampoco lo hace bueno.

—Ni que tú seas mala siempre.

—No quiero que tengas que arreglarme.

Nico frunció el ceño.

—No te estoy arreglando.

—Ya.

—Solo estoy diciendo lo que pienso.

Clara aceptó con una sonrisa.

—Entonces sigue.

Nico levantó los hombros.

—Ya está.

La sequedad de Nico le hizo gracia y los dos rieron por lo bajo. Se quedaron en el banco mientras el parque continuaba a su alrededor: una pelota pasó cerca, un niño gritó y una madre llamó para merendar. Clara escuchó el nombre. Era otro. Por entonces, aquella certeza le bastó para sentir paz.