Las buenas madres CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

La voz de Nico deshizo lo poco que Clara había logrado preparar.

—Hola, cariño.

—¿Qué tal?

Clara se rio.

—Qué formal.

—Papá dice que no pregunte tonterías.

—Puedes preguntar lo que quieras.

—¿Tienes compañera?

—Sí, tengo compañera.

—¿Es mala?

—No, no es mala.

—¿Hay tele?

—Sí, también hay tele.

—¿Comida mala?

—Depende.

—¿Qué has comido hoy?

—Lentejas.

—Entonces mala.

Clara bajó la cabeza un instante.

—A ti te gustan.

—En casa.

—Claro.

Nico siguió.

—¿Has llorado?

Clara se tomó unos segundos.

—Sí, he llorado.

—Yo también.

Ella apretó el teléfono.

—Lo siento.

—No.

Nico respondió con firmeza y continuó.

—No lo sientas por eso.

Las lágrimas llegaron sin aviso.

—Ya.

—Papá dice que puedo ir el sábado.

—Si quieres.

—Quiero ir.

—No hace falta que vengas todas las semanas.

—Lo sé de sobra.

—Haz tus cosas.

—Mamá.

—Dime.

—No me organices desde la cárcel.

Clara empezó a reír. Una funcionaria miró. Clara bajó la voz.

—Perdón. Hablaré más bajo.

—¿A quién?

—A nadie.

Nico se rio. La llamada terminó pronto. Clara dejó el teléfono. Se quedó sentada. La mujer de detrás esperaba.

—¿Tu hijo?

—Sí, es mi hijo.

—¿Cuántos años?

—Diez.

—El mío doce.

A Clara le hizo gracia la comparación.

—¿Viene?

—Cuando le da la gana.

La mujer cogió el teléfono.

—Es mejor.

Clara entendió. La idea era sencilla: no obligar a Nico ni convertir el amor en una deuda. Se levantó.

***

Rocío entró dos semanas después. Clara no lo supo hasta verla. No estaban en el mismo módulo al principio. Coincidieron en enfermería. Rocío llevaba una bolsa pequeña.

—Hola.

Rocío sonrió.

—Hola.

Una funcionaria las miró.

—¿Os conocéis?

Rocío respondió.

—Sí, nos conocemos.

—¿Del caso?

—Sí, del caso.

—No podéis quedaros hablando aquí.

Clara asintió.

—Claro que sí.

Rocío caminó hacia otra puerta. Antes de pasar se volvió.

—Alma está bien.

Al oír el nombre de Alma, Clara recuperó la sonrisa.

—Nico también.

—Me alegro.

La funcionaria abrió. Rocío desapareció. El encuentro duró menos de un minuto. Le vino a la cabeza el café. En el parque. En la nave. En que ahora compartían un lugar al que ninguna había imaginado llegar.

***

Eva entró después y pasaron semanas sin coincidir.

Mónica llegó más tarde. Teresa ya estaba en otro módulo cuando Clara ingresó, y Clara agradeció no verla.

Durante el primer mes aprendió horarios, colas, nombres, qué funcionaria no soportaba que hablaran mientras contaba, qué mujer prestaba champú, quién no devolvía nada y dónde sentarse para tener un poco de sol.

La vida se volvió pequeña y eso tenía algo de alivio.

Las decisiones dejaron de ser enormes. Todo se redujo a levantarse, comer, llamar, esperar, leer y dormir.

Encontró trabajo en la biblioteca. La ironía del castigo hizo reír a Lucía.

—¿Por qué?

—Siempre dije que no tenía tiempo para leer.

—Pues toma.

Clara ordenaba devoluciones. Preparaba préstamos. A veces alguien le pedía recomendaciones.

—Algo que no sea triste.

Clara miraba estanterías.

—Aquí cuesta.

—Entonces uno corto.

Le dio una comedia romántica. La mujer volvió dos días después.

—Era una mierda.

—Lo siento.

—Me la terminé.

Clara sonrió apenas.

—Entonces tan mala no era.

—Era corta.

Disfrutó la conversación porque durante cinco minutos nadie hablaba de Adrián ni del caso.

***

La primera visita de Nico fue peor que la llamada. Entró intentando parecer tranquilo, con Javier detrás. En cuanto Clara se levantó, el niño corrió a abrazarla.

—Estás más alto.

—Han pasado tres semanas.

—Muchísimo.

—No tanto.

Javier se sentó. Clara miró al niño.

—¿Cómo va el cole?

—Como siempre.

—Eso no dice nada.

—Entonces no preguntes como adulta.

Clara cedió con una sonrisa.

—Cuéntame algo.

Nico habló de fútbol. De una profesora. De un compañero. Después se quedó callado.

—¿Qué pasa?

—Nada.

Clara esperó. Nico jugueteó con los dedos.

—Una madre dijo que no puedo ir a su casa.

Clara recibió la noticia sin defensa. Javier se tensó.

—¿Qué madre?

—Da igual.

—Nico.

—La de Marcos.

Clara respiró.

—¿Por mí?

Nico levantó los hombros.

—Dice que no quiere problemas.

Javier habló.

—Ya lo hemos hablado.

—Quiero saberlo.

—No sirve.

Clara se volvió hacia Nico.

—Lo siento.

El niño se enfadó.

—No digas eso.

Clara cerró la boca.

—Tú estás aquí. Yo no he hecho nada.

—Lo sé.

—Entonces no pidas perdón como si yo estuviera castigado contigo.

A Clara le pareció una frase demasiado adulta.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Nadie me lo ha dicho.

Javier miró al niño.

—Lo ha pensado.

Nico se acercó.

—Mamá.

—Dime.

—No quiero que todo sea por ti.

Clara asintió.

—Tienes razón.

—Si Marcos no me invita, me voy con Lucas.

Javier levantó una ceja.

—Lucas vive bastante lejos.

—Pues con Alma.

El nombre de Alma volvió a hacerla sonreír.

—¿Sigues hablando con Alma?

—Sí, seguimos hablando.

La noticia le produjo una alegría inesperada.

—Eso sí me gusta.

Nico se fijó en ella.

—No hagas cara rara.

—No pongo ninguna cara.

—Sí que la pones.

Javier sonrió. La visita terminó demasiado pronto. Clara aguantó el llanto hasta volver al módulo, donde Lucía estaba leyendo.

—¿Bien?

—Sí, ha ido bien.

Lucía la miró.

—Pues tienes una cara horrible.

Clara se rio mientras lloraba.

—También.

***

A los dos meses, Clara recibió otra carta inesperada de Pilar y la abrió en la biblioteca.

«Samuel ha empezado terapia. Pregunta menos por el caso. Eso me parece bueno.»

Continuó leyendo.

«No te escribo para tranquilizarte. Tampoco para castigarte.

Hay algo que quizá debas saber. Adrián había decidido dejar de mirar las redes de Nico.

Lo había hablado conmigo después de conocer a Samuel.

Dijo que ya había llegado tarde a una paternidad y que no quería entrar en otra rompiendo una familia.

No sé si lo habría cumplido. A veces prometía cosas que luego no podía dejar quietas.

El día del parque fue un fracaso de esa decisión. »

Dejó de leer, respiró y continuó.

«Nada de eso cambia lo que hizo ni lo que hicisteis. Quería que supieras que estaba intentando dejarlo, no preparando un plan para llevarse a Nico.»

Pilar había terminado con una línea.

«No hace falta que contestes.»

Clara guardó la carta y no respondió. Había entendido que algunas cosas podían existir sin exigir una respuesta.