Las buenas madres CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Dentro

El recurso tardó ocho meses. Clara cumplió treinta y siete años durante la espera. Nico le regaló una taza.

Clara la miró demasiado tiempo.

—Es broma —dijo Nico.

Ella levantó la vista.

—¿Qué?

—Que pone número uno.

—Ah, claro.

—Había otra que ponía «mamá perfecta», pero esa sí que era demasiado.

Clara empezó a reír. Nico también. Javier, desde la cocina, negó con la cabeza.

—Humor negro a los diez años. Perfecto.

—Lo he aprendido de vosotros —respondió Nico.

Clara sostuvo la taza.

—Me encanta.

—Aunque sea mentira.

—Precisamente.

Nico la abrazó.

***

El recurso redujo algunas penas. No eliminó las condenas.

La entrada en prisión dejó de ser una posibilidad abstracta y se convirtió en una fecha.

A Clara le quedaban cuarenta y tres días.

Rocío tenía algo más de margen y Mónica, un plazo parecido.

Eva consiguió una suspensión parcial de una parte menor pero no evitó el ingreso.

Teresa entraría antes. Su pena seguía siendo la más alta.

Los medios publicaron las fechas. Clara dejó de salir durante dos días. Al tercero, Javier fue a buscarla.

—Vístete.

—No.

—Sí.

—¿Para qué?

—Nico quiere ir a la playa.

—Hace frío.

—Le da igual.

Clara se fijó en el sofá.

—No quiero cámaras.

—No hay cámaras en todas partes.

—Parece que sí.

—Pues que hagan fotos.

Clara lo miró.

—No quiero que Nico salga.

—Nico lleva un año saliendo.

Clara se quedó quieta. Javier continuó.

—La que está encerrada antes de entrar eres tú.

Se enfadó.

—Qué frase tan bonita.

—No era para que te gustara.

Clara se levantó.

—Lo entiendo.

Fueron a la playa. Nico corrió. El agua estaba fría. Se mojó los pantalones. Javier protestó. Clara se echó a reír. Comieron bocadillos sentados en una toalla. Nico preguntó si en prisión había mar cerca. Clara hizo un gesto negativo.

—No sé.

—Podemos mirarlo.

—No hace falta.

—Yo quiero saber dónde vas.

Clara se frotó los párpados.

—Vale, lo miramos.

Javier sacó el móvil. Buscaron. Distancia. Fotos del exterior. Normas de visita. Horarios. Nico leyó.

—Puedo ir.

—Claro que puedes.

—¿Cuántas veces?

—Depende de las normas.

—Pues iré.

Se le llenaron los ojos.

—No tienes que ir siempre.

—Ya sé.

—Puedes quedarte con papá.

—También puedo hacer eso.

—No quiero que tu vida gire alrededor de verme.

Nico la miró.

—Mi vida gira alrededor de mí.

Javier soltó una carcajada. Clara rio por lo bajo.

—Eso espero.

Nico mordió el bocadillo.

—Pero tú estás dentro.

Clara no necesitó oír más.

***

Tres semanas antes del ingreso llegó una carta de Pilar. Clara tardó un día en abrir el sobre. Había cinco líneas.

«Samuel ha pedido que te haga llegar esto para que lo tengas, sin pretender perdonarte.»

Dentro había una fotografía de Adrián y Samuel en la misma mesa del restaurante.

Se veía la mano con el reloj y, esta vez, el rostro completo.

Ambos sonreían. Detrás habían escrito una fecha: cuatro meses antes del parque.

Clara se sentó, lloró y después guardó la foto en una caja con documentos del caso, sin querer convertirla en reliquia ni tirarla.

***

Rocío visitó a Clara una semana antes de entrar. Ya podían comunicarse. La medida había desaparecido con la sentencia firme. Se encontraron en una cafetería. No en el parque.

—Estás delgada —dijo Clara.

Rocío sonrió.

—Todas hemos adelgazado.

—Teresa no.

—¿La has visto?

—En televisión.

—Yo en una vista.

—¿Cómo está?

Rocío se encogió de hombros.

—Como Teresa.

—Eso ya significa algo.

Rocío asintió.

—Alma sabe todo.

—¿Todo?

—Lo que puede.

—¿Te odia?

Rocío sonrió con tristeza.

—A ratos.

—Nico también.

—Es normal.

—Sí.

Rocío apoyó los brazos.

—He pensado mucho en una cosa.

—Cuál.

—Quién dijo «mételo».

—¿Te acuerdas?

—No.

—Yo tampoco.

—Creo que nunca nos acordaremos.

—Puede ser.

—Y da igual.

Entendió cada palabra.

—Sí.

—Durante meses pensé que si recordaba que lo dijo Teresa podría quitarme una parte.

Clara miró a Rocío.

—Yo también.

—Pero aunque lo dijera ella, yo empujé.

—Sí.

—Tú también.

—Sí.

—Mónica abrió.

—Sí.

—Eva ayudó.

—Sí.

—Éramos nosotras.

Clara asintió.

—Sí.

Rocío la miró.

—Qué mierda.

Clara soltó una risa breve.

—Muchísima.

Se quedaron allí dos horas. Hablaron de los hijos, del miedo, de la prisión, de ropa, de libros y de cosas prácticas.

Cuando se despidieron, se abrazaron. Nunca había ocurrido así.

Ya no se miraban solo como las madres del parque ni como cómplices, sino como dos mujeres que iban a cumplir condena por algo que habían hecho juntas.

No supieron si aquello era amistad y tampoco necesitaron ponerle nombre.

***

Eva entró tres días antes que Clara. Nuria fue con Lucas. El niño tenía siete años. Eva se agachó.

—Me vas a escribir.

—Sí, te escribiré.

—Y me dibujas cosas.

—Ya no dibujo.

—Pues escribes.

—Trato hecho.

Nuria miró a Eva.

—Te llamo cuando pueda.

—No tienes obligación.

—Eva.

—Lo sé.

Nuria la abrazó. Eva empezó a llorar.

—No sé si vamos a volver.

Nuria cerró los ojos.

—Yo tampoco.

—Gracias por no decirme que sí.

—He aprendido.

Eva sonrió. Lucas abrazó a su madre.

—¿Te vas por el señor?

—Sí, por eso.

—¿Porque no llamaste?

—También por no llamar.

El niño asintió.

—Pues la próxima llama.

Eva lloró.

—La próxima llamo.

Nuria la miró. No corrigió la imposibilidad de esa frase. Eva entró.

***

Mónica tuvo una despedida distinta. Sus hijas no quisieron ir a la puerta. Se despidieron en casa. La mayor estaba enfadada.

—No quiero verte entrar.

—Lo entiendo.

—Te llamaré.

—Está bien.

—No llores.

Mónica sonrió.

—No puedo prometerlo.

La pequeña la abrazó.

—¿Cuándo vuelves?

Mónica le dio la cifra que su abogado consideraba posible con beneficios. No la pena completa.

—¿Es mucho?

—Bastante.

—¿Me voy a acordar de ti?

A la niña se le quebraba la voz.

—Claro que te acordarás.

La niña empezó a llorar.

—Era broma.

Mónica la abrazó.

—Pues no hagas bromas de mierda.

Su exmarido sonrió triste.

—Lenguaje.

—Me queda una hora para entrar. Déjame.

Todos rieron. Mónica se aferró al sonido. Después se marchó.

***

Teresa entró primera. A Teresa la esperaba su abogado, sin familia en la puerta. Dos cámaras. Una periodista. Teresa caminó con una bolsa.

La periodista gritó:

—¿Se arrepiente de lo ocurrido con Adrián?

Teresa se detuvo.

El abogado dijo:

—No.

Ella levantó una mano. Miró a la periodista.

—Sí.

—¿De qué?

El abogado cerró los ojos. Teresa pensó. Podía decir de todo. Sonaría bien. Podía decir de su muerte. Era verdad. Podía decir de no llamar. También.

—De no abrir la puerta cuando todavía podíamos hacerlo.

La periodista siguió.

—¿Se considera una buena madre?

Teresa miró a cámara. Durante un segundo, Clara habría querido verla.

—No sé.

La periodista no esperaba aquel «no sé». Teresa continuó caminando hasta entrar.

***

El día de Clara llegó después de una noche en vela. Nico, que se había quedado con ella, sí había dormido y apareció en el salón a las seis de la mañana.

—¿Ya?

—Sí, ya es la hora.

Nico se sentó a su lado.

—No quiero ir.

—No tienes que.

—Quiero despedirme aquí.

—Claro, cariño.

Javier llegó a las siete. Nico abrazó a Clara. Fuerte.

—Te voy a llamar.

—Yo a ti.

—No llores.

La sonrisa de Clara tembló entre las lágrimas.

—Eso lo habéis aprendido todos.

—Es que lloras mucho.

—Últimamente sí.

Nico la observó un instante.

—Mamá.

—Dime.

—Cuando vuelvas, ¿vamos al parque?

A Clara se le cerró el pecho.

—Si quieres.

—Al mismo.

—De acuerdo.

Nico la abrazó otra vez. Javier lo llevó fuera. Volvió. Clara estaba de pie con la bolsa.

—¿Lista?

—No, todavía no.

—Normal.

Ella sonrió.

—Gracias.

Javier la observó en silencio.

—Por esto sí puedes.

Clara soltó una risa. Salieron. En casa no había prensa, pero sí en la entrada del centro penitenciario. Clara no miró. Javier aparcó.

—Te espero hasta que entres.

—No hace falta.

—Entiendo lo que dices.

Clara bajó. Se acercó a la entrada. Se volvió. Javier seguía allí. Clara levantó una mano. Él también. Entró. La puerta del centro penitenciario se cerró detrás de ella. No tenía nada que ver con la de la nave, aunque Clara pensó en Adrián al oírla. No pidió que nadie la abriera.

***

La primera noche Clara no durmió. La mantuvieron despierta las puertas, los pasos, una cisterna, alguien llorando lejos y una mujer que tosía cada diez minutos.

Clara permaneció boca arriba mirando un techo que no conocía.

Llevaba imaginando la prisión desde que leyó la primera condena, pero nunca acertó.

No había música triste. La llegada había consistido en formularios, una bolsa para sus cosas y una revisión.

Una funcionaria cansada que le explicó dónde tenía que colocar cada cosa.

Un colchón duro. Una manta. Una compañera de celda llamada Lucía que apenas levantó la vista cuando entró.

—La cama de arriba.

Clara dejó la bolsa.

—Vale.

Lucía volvió a leer. Clara subió. Diez minutos después bajó para ir al baño. Lucía señaló una cortina.

—Ciérrala bien porque se engancha.

—Gracias.

—No me des las gracias por todo.

Lucía levantó la vista.

—Es broma.

—Me persigue esa frase.

—Pues aquí te van a curar rápido.

La mujer volvió al libro sin preguntar quién era. El anonimato duró menos de un día. A la mañana siguiente, alguien la reconoció en el comedor.

—Tú eres una de las madres.

Sin detenerse, Clara siguió caminando mientras la mujer se acercaba.

—La del niño.

—Sí, soy una de ellas.

—La que mató al secuestrador.

Dejó la bandeja.

—No lo maté yo sola.

Se arrepintió nada más oírse. La mujer sonrió.

—Entonces sí.

Clara sostuvo la mirada de la mujer.

—Sí.

Cogió la bandeja y se sentó sin explicar nada. Lucía apareció frente a ella.

—No hables de tu caso con nadie.

—Ya me lo han dicho.

—No, ya no. No hables.

Clara la miró.

—¿Por qué me ayudas?

—Porque compartimos váter.

Clara soltó una risa. Lucía señaló el pan.

—¿Te lo comes?

—Sí, me lo como.

—Entonces peor.

Clara sonrió. Durante unos segundos solo estuvo allí, comiendo pan duro en una mesa, lejos del juicio y de la nave.

***

La primera llamada a Nico llegó dos días después. Clara había preparado frases. No usó ninguna.

—Hola.

—Mamá.