CAPÍTULO 17 #2
—¿Te acuerdas de cuando discutíamos por quién sacaba la basura?
Clara soltó una risa.
—Tú nunca la sacabas.
—Eso es falso.
—Mentira.
—Vale. A veces no.
Clara se rio otra vez. Después lloró. Javier la abrazó como alguien que había compartido demasiada vida con ella para limitarse a mirar, aunque aquel gesto ya no perteneciera del todo a una pareja. Clara apoyó la cara en su hombro.
—Tengo miedo.
—Eso lo sé.
—Mucho.
—Lo sé.
—No quiero dejar a Nico.
—No lo vas a dejar.
Clara se separó.
—Si entro, sí.
—No.
Javier la miró.
—Vas a estar lejos. No es lo mismo que dejarlo.
—Díselo tú cuando me odie.
—Se lo diremos los dos.
***
Teresa leyó su sentencia entera. Doscientas ochenta y siete páginas. Subrayó. Anotó. Marcó contradicciones. Su abogado la encontró así a las nueve de la noche.
—¿Llevas horas?
—Sí.
—Para.
—Hay errores.
—Habrá recurso.
—Dice que yo impedí la llamada durante más tiempo del que consta.
—Lo discutiremos.
—Dice que la fractura de los dedos fue una agresión consciente.
—Lo fue.
Teresa levantó la vista.
—No quería romperlos.
—Golpeaste con una barra.
—La intención importa.
—Sí. Y por eso no te han condenado por algo peor.
Teresa cerró el documento.
—La prensa dice que soy la cabecilla.
—No leas.
—No me importa.
El abogado la miró.
—Sí te importa.
—Me molesta que sea incorrecto.
—¿Qué parte?
—No había cabecilla.
—Tú llevabas el ritmo muchas veces.
—Porque las otras no decidían.
—Eso es liderar.
—No.
—Teresa.
Ella apoyó las manos.
—No les dije que vinieran.
—No.
—No les dije que cerraran.
—A veces sí.
—No les dije que volvieran.
—No.
—No les dije que ocultaran el cuerpo.
El abogado la miró.
—Empezaste a recoger.
Teresa apretó los labios.
—Alguien tenía que hacer algo.
—Esa frase sale cuatro veces en tu declaración.
—Porque era verdad.
—Es también tu problema.
Teresa se levantó.
—¿Qué quieres decir?
—Que siempre hay algo que hacer antes de pensar si debes hacerlo.
Teresa permaneció inmóvil un instante.
—Eso es una frase bonita.
—No lo pretendía.
—Pues te ha salido.
El abogado cerró su carpeta.
—Hay otra cosa.
—¿Qué?
—Tu marido ha pedido hablar conmigo.
Teresa frunció el ceño.
—¿Para qué?
—Sobre los niños.
—No.
—No sé qué quiere.
—Yo sí.
—Teresa.
—No.
Cogió el teléfono. Llamó a su marido. Contestó.
—¿Has hablado con mi abogado?
La pausa se alargó.
—Sí.
—¿Por qué?
—Tenemos que hablar.
—Habla.
—No por teléfono.
—Estoy con él.
El abogado levantó las manos.
—Me voy.
Teresa negó.
—Quédate.
Su marido respiró.
—Quiero que los niños estén conmigo si entras.
—Claro que estarán contigo.
—Me refiero a la custodia.
Teresa se quedó inmóvil.
—¿Qué custodia?
—Completa.
—No.
—Teresa.
—No.
—Tenemos que prepararlo.
—Soy su madre.
—Y yo su padre.
—No puedes quitármelos porque me condenen.
—No quiero quitártelos.
—Es exactamente lo que estás diciendo.
Su marido bajó la voz.
—Quiero que haya una decisión clara antes de que entres.
—Hay recurso.
—Y si no prospera.
—Prosperará.
—No lo sabes.
Teresa miró la sentencia.
—Mi abogado dice…
El abogado cerró los ojos.
—No me metas.
Teresa continuó.
—Hay base.
Su marido respiró.
—También quiero separarme.
Teresa dejó de hablar. El abogado miró hacia otro lado.
—¿Qué?
—No puedo seguir.
—¿Por la condena?
—Por todo.
Teresa sintió una rabia fría.
—Has esperado un año para decirlo.
—He esperado un año intentando entenderte.
—¿Y?
—No puedo.
—Pues no hace falta.
—Sí hace.
—Para ti.
—También para los niños.
—No los uses.
Teresa contestó demasiado deprisa. Su marido guardó silencio. Teresa reconoció la frase. No la retiró.
—No los estoy usando —dijo él—. Estoy pensando en ellos.
—Yo también.
—Ese es el problema. Todo lo justificas así.
Lo que se abrió dentro de Teresa fue rabia.
—No sabes nada de aquella nave.
—Sé suficiente.
—No estabas.
—Exacto.
—Entonces no opines.
—No necesito estar en una nave para saber que un hombre vivo merece una ambulancia.
Teresa apretó el teléfono.
—Murió muy rápido.
—No cambia nada.
—Sí cambia.
—Para ti todo cambia si encuentras la frase correcta.
—Vete a la mierda.
Colgó. El abogado seguía allí.
—Puedes irte.
—¿Estás bien?
Teresa lo miró.
—No me preguntes eso.
—De acuerdo.
—Prepara el recurso.
—Lo haré.
Se marchó. Teresa se quedó sola. Miró la sentencia.
Las páginas. Las marcas. El reloj ya no estaba en casa.
La policía se lo había llevado. Pensó que eso la molestaba más de lo razonable.
Se odiaba por pensarlo. Teresa lo había escondido porque sabía cómo sonaría al contarlo, no por ningún significado profundo.
***
Al día siguiente, Teresa fue al colegio. Sus hijos salieron. El mayor tenía once años. La pequeña, siete. La niña corrió hacia ella.
—Mamá.
Teresa la abrazó. El mayor se acercó más despacio.
—Papá dice que vamos a vivir con él.
Teresa miró al niño.
—Por ahora.
—Dice que para siempre.
—Eso lo decidirán adultos.
—Siempre decidís todo.
A Teresa le dolió la acusación.
—Tienes razón.
El niño la miró sorprendido.
—¿Entonces puedo vivir contigo?
Teresa tardó.
—No lo sé.
—Pues no decides nada.
La pequeña tiró de su mano.
—¿Vamos al parque?
Teresa miró a ambos.
—Sí.
Fueron a otro parque, distinto del de Clara. Teresa compró helados. Se sentó. Los niños jugaron. Una madre la reconoció. Se levantó y se marchó. Teresa fingió no verlo. El mayor sí.
—Se ha ido por ti.
—Es posible.
—¿Por lo del señor?
—Sí.
El niño miró al suelo.
—En clase dicen que lo mataste.
Teresa sintió el cuerpo tensarse.
—No fue así.
—¿Entonces cómo?
—Fue un accidente.
—Papá dice que no ayudaste.
Teresa se frotó los párpados.
—Tu padre habla demasiado.
—¿Es mentira?
Teresa miró a su hijo.
—No.
El niño se quedó quieto.
—Entonces sí lo dejaste morir.
Teresa quiso corregirlo. Explicar. Eva estaba allí. Había sangre. Todo pasó rápido. La lesión. El miedo. Los teléfonos. Las otras también. No dijo nada.
—Sí —respondió.
El niño bajó la vista.
—No quiero helado.
Se levantó. Teresa lo siguió.
—Espera.
—Quiero ir con papá.
—Ahora no está.
—Pues llámalo.
Teresa sacó el teléfono. La pequeña seguía con su helado sin entender. Teresa llamó. Su marido contestó.
—Ven a por ellos.
—¿Qué ha pasado?
—Ven.
—Teresa.
—Por favor.
La palabra le costó. Él tardó.
—Voy.
Teresa colgó. Se sentó. Su hijo no quiso acercarse. La niña terminó el helado. Cuando su marido llegó, el mayor fue directo al coche. La pequeña abrazó a Teresa.
—¿Vienes mañana?
—Si papá puede.
—Está bien.
La niña se marchó. Su marido se quedó.
—¿Qué ha pasado?
—Me ha preguntado.
—¿Y?
—Le he dicho la verdad.
Se fijó en ella.
—¿Cuál?
Teresa recibió la pregunta como un insulto.
—Que no llamé.
Su marido asintió.
—Al menos no me has mentido.
—No me felicites.
—No lo hago.
—Se ha ido.
—Es un niño.
—Ya lo sé.
—Dale tiempo.
Teresa miró el coche.
—No quiero que me odie.
Su marido la miró.
—Eso sí lo entiendo.
Teresa sintió lágrimas. No llegaron.
—¿De verdad quieres separarte?
—Sí.
—¿Por qué ahora?
—Porque ahora sé que no es una fase.
Teresa frunció el ceño.
—¿Qué?
—Esperaba que en algún momento dijeras algo que me hiciera reconocerte.
—Soy la misma.
Su marido negó.
—Ese es el problema.
Subió al coche. Teresa se quedó en el parque. Sola.
***
Esa noche abrió un cajón aunque sabía que el reloj no estaba. Aun así lo buscó. Se sentó en la cama y pensó en Adrián vivo, en la nave y en la forma en que la miraba.
«Ya no importa.»
Volvió aquel «Ya no importa». Teresa había querido decir que su inocencia respecto a Samuel no borraba el hecho de que se hubiera llevado a Nico, y eso era verdad.
También había querido decir que ya no importaba porque soltarlo las destruía.
Eso también era cierto. Teresa siguió sentada.
Deseó poder llorar, pero las lágrimas no llegaron.