Las buenas madres CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

La sentencia

El juicio terminó un jueves. La sentencia no llegaría ese día.

Tampoco el viernes. Álvaro le explicó que podían pasar semanas.

Clara salió del edificio sin saber qué hacer con una tarde libre.

Durante meses había vivido pendiente de fechas, reuniones, declaraciones, informes y sesiones.

El juicio ocupaba el centro. Ahora solo quedaba esperar. Javier escribió a las seis.

«Nico quiere cenar contigo.»

Clara leyó el mensaje dos veces.

Respondió:

«Vale.»

No añadió nada. Nico llegó con una mochila y una bolsa de deporte.

—He traído ropa para mañana.

Clara lo miró.

—¿Duermes aquí?

—Papá dice que sí si tú quieres.

Clara miró a Javier. Él se encogió de hombros.

—Lo ha pedido.

—Claro que quiero.

Nico entró. Dejó la mochila en el suelo.

—¿Qué cenamos?

Sonrió ante aquella pregunta de todos los días.

—Lo que quieras.

—Eso nunca funciona. Luego digo pizza y dices que no.

—Hoy pizza.

Nico levantó una ceja.

—¿De verdad?

—De verdad.

Javier se quedó en la puerta.

—Mañana lo recojo a las diez.

—Perfecto.

—Tiene entrenamiento a las once.

—Lo sé.

—La camiseta está en la mochila pequeña.

Clara asintió. Javier no se marchó. Nico ya estaba en el salón.

—¿Algo más?

Javier bajó la voz.

—¿Cómo ha ido hoy?

—Ha terminado.

—Ya.

—No sé qué decirte.

—Lo que quieras.

Clara soltó una risa pequeña.

—Me parece que he pasado un año aprendiendo a no decir lo que quiera.

Javier casi sonrió.

—Entonces lo que puedas.

Clara miró hacia el salón.

—Samuel me habló.

—¿Qué quería?

—Saber si Adrián hablaba de él.

—¿Y?

—Sí.

—Vale.

Antes de salir, Clara mantuvo una mano en la puerta.

—No sé si eso está bien.

—Para Samuel, quizá sí.

—Supongo.

Javier miró a Nico.

—¿Ha preguntado por el juicio?

—Aún no me ha preguntado.

—Lo hará.

—Lo sé.

—No le ocultemos más de lo necesario.

Clara se fijó en él.

—Eso suena a algo que diría él.

Javier entendió.

—Adrián.

—Sí.

Hubo un silencio.

—No todo lo que decía estaba mal —respondió Javier.

A Clara le llegó una verdad incómoda que no era defensa ni perdón.

—Lo sé.

Javier se marchó. Clara cerró la puerta. Nico apareció.

—¿Has pedido la pizza?

—Todavía no.

—Pues entonces no era verdad.

Clara cogió el móvil.

—Margarita.

—Barbacoa.

—Eso lleva piña.

—La piña es comida.

—No en una pizza.

Nico la miró.

—¿Vas a empezar ahora a controlar lo que como?

Nico sonrió.

—Era broma.

La risa le salió antes de poder frenarla. Le sorprendió.

—No hagas chistes de esos.

—Entonces barbacoa.

—Vale, barbacoa.

Pidieron la pizza. Cenaron en el sofá. Nico habló de un compañero que hacía trampas en fútbol. De una profesora que siempre llevaba el mismo collar. De Saturno. De un videojuego. Clara escuchó. A las diez, mientras buscaba un pijama, Nico preguntó:

—¿Qué pasa si vas a la cárcel?

Clara se quedó con una camiseta en la mano.

—No lo sé todavía.

—¿No saben si hiciste algo?

—Sí saben.

—Entonces.

Clara se sentó en la cama.

—Saben qué hice. Lo que tienen que decidir es qué significa legalmente.

Nico frunció el ceño.

—Eso suena a trampa.

—A veces lo parece.

—¿Tú crees que deberías ir?

Clara no esperaba esa pregunta de Nico.

—No sé.

—Papá dice que una condena no hace que una persona sea buena o mala.

Clara sonrió un poco.

—Papá está muy sabio últimamente.

—Siempre habla raro cuando está preocupado.

Clara miró al niño.

—¿Tú qué piensas?

Nico se encogió de hombros.

—Que hiciste algo malo.

—Sí.

—Y que eres mi madre.

Tuvo que pestañear para contener las lágrimas.

—También.

—Pues las dos cosas.

Clara asintió, herida por la sencillez de la conclusión.

—Las dos cosas.

Nico se metió en la cama.

—¿Puedo dormir con la luz del pasillo?

—Sí.

—No porque tenga miedo.

—Claro que sí.

—Es porque si me despierto veo mejor.

—Por supuesto.

Clara dejó la puerta entreabierta.

—Mamá.

—Dime.

—¿Adrián sabía que no era mi padre cuando murió?

—Sí.

—¿Se puso triste?

Clara recordó la risa. Las lágrimas. Nueve años.

—Sí.

—¿Y también contento?

—Un poco.

Nico frunció el ceño.

—Qué raro.

—Mucho.

—¿Te enfadaste?

—No.

—¿Entonces?

—Me di cuenta de que podía haber evitado muchas cosas.

Nico pensó.

—¿Con la prueba?

—Sí.

—¿Por qué no la hiciste antes?

Clara se sentó otra vez.

—Porque tenía miedo de que saliera algo que no quería.

—¿Y salió lo que querías?

—Sí.

—Entonces te preocupaste para nada.

Clara sonrió con tristeza.

—Exacto.

—Qué tontería.

Clara le acarició el pelo.

—Sí.

Esta vez no intentó convertirlo en algo más complicado.

***

Rocío vivió la espera de otra manera. Trabajaba. Volvía a casa. Cenaba con Alma. Leía mensajes del abogado. Dormía poco. Su madre dejó de preguntarle cuándo llegaría la sentencia. Alma sí.

—¿Hoy?

—No.

—¿Mañana?

—Puede ser.

—Siempre puede.

—Sí.

—Qué rollo.

Rocío sonrió.

—Mucho.

Una noche, Alma dejó el tenedor.

—Si vas a la cárcel, ¿puedo ir a verte?

A Rocío se le cerró el pecho.

—Sí.

—¿Hay niños?

—No viviendo.

—¿Y juegos?

—No sé.

—¿Tele?

—Supongo.

Alma pensó.

—¿Puedes tener móvil?

—Creo que no como aquí.

—Pues fatal.

Rocío soltó una risa. La niña siguió comiendo.

—No quiero que vayas.

—Yo tampoco.

—Abuela dice que si pasa, no es para siempre.

Rocío sintió gratitud hacia su madre.

—Abuela tiene razón.

—¿Cuánto es para siempre?

—Muchísimo.

—¿Diez años?

Rocío tragó saliva.

—Sí.

—¿Tú estarías diez?

—No creo.

—¿Uno?

—No sé.

Alma hizo una mueca.

—Entonces no sabes nada.

Rocío sonrió.

—Ahora mismo, poco.

Alma siguió.

—Pero sí sabes que ese señor murió.

Rocío dejó el tenedor.

—Sí.

—Y que tú estabas.

—Sí.

—Entonces sabes bastante.

Rocío miró a su hija.

—Sí.

No añadió nada.

***

Eva regresó al hospital una tarde únicamente para recoger sus cosas.

La taquilla seguía con su nombre. La dirección había dicho que podía vaciarla.

Entró por un pasillo lateral. Dos compañeros la saludaron.

Uno no. Eva aceptó las tres reacciones. Abrió la taquilla.

Una taza. Zapatillas. Un paquete de chicles.

Una foto de Lucas. Un fonendo barato que usaba por comodidad.

Guardó todo en una bolsa. Una enfermera llamada Carolina entró.

—¿Necesitas ayuda?

—No.

—Vale.

Eva siguió. Carolina se apoyó en una taquilla.

—Te echo de menos.

—No digas eso.

—Es verdad.

—No debería volver.

—Eso no lo decido yo.

—Yo sí puedo decidirlo.

Carolina miró la bolsa.

—¿Qué vas a hacer?

—No sé.

—Eres buena enfermera.

Eva soltó una risa.

—No.

—Sí.

—Una buena enfermera llama a emergencias.

—No estabas trabajando.

Eva cerró la taquilla de golpe.

—No uses eso para perdonarme.

Carolina se quedó quieta.

—No intento perdonarte.

—Pues no me digas que soy buena.

—Te digo que eras buena aquí.

Eva sintió rabia.

—No quiero compartimentos.

—Pues los humanos estamos llenos.

Eva la miró. Carolina se acercó.

—Hiciste algo horrible. También has salvado gente.

—Eso no compensa.

—No he dicho que compense.

Eva bajó la mirada.

—Todo el mundo habla como la psicóloga.

—Será por algo.

Eva sonrió apenas. Carolina la abrazó. Eva tardó. Después correspondió. Cuando salió del hospital, lloró en el coche durante diez minutos. No supo si de pena o alivio.

***

Mónica recibió la sentencia primero por una filtración. Una periodista llamó a su abogado. El abogado la llamó a ella.

—Todavía no es oficial.

—¿Qué dice?

—Mónica.

—Dime qué dice.

—Hay condena.

—¿Cárcel?

—Sí.

—¿Cuánto?

El abogado tardó. El tiempo se estiraba.

—Más de lo que pedíamos.

Ella dejó de respirar.

—¿Cuánto?

—Te llamo en cuanto tenga el documento completo.

—No.

—Necesito leerlo.

—Dime el número.

El abogado lo hizo. Mónica se sentó frente a la pared, sin llorar, y pensó en sus hijas. Clara evitó quedarse atrapada en la nave y en Adrián. Después se obligó a volver al presente. Adrián, el hombre que había convertido en logística. Cerró los ojos.

—¿Cuándo tengo que entrar?

—Todavía no sabemos ejecución.

—Entiendo.

—Mónica.

—Dime.

—No estás sola.

Ella sonrió con tristeza.

—Eso fue parte del problema.

La llamada terminó.

***

La sentencia se notificó oficialmente esa tarde.

No fue igual para todas. Rocío recibió la pena menor por colaboración y por su papel más limitado en la violencia.

Eva fue condenada por su participación en la detención ilegal y las lesiones, además de por no procurar auxilio a Adrián cuando su estado era crítico.

Su condición de enfermera pesó en la valoración del tribunal, aunque no del modo más grave que había pedido la acusación.

Mónica cargó con la logística de la retención y la ocultación.

Clara recibió una pena elevada por su papel central, las mentiras, la prolongación del cautiverio y la decisión de no auxiliar.

Teresa recibió la más alta. El tribunal no pudo afirmar que ella hubiera provocado sola la muerte, pero sí valoró la acumulación de violencia: el uso de bridas, los golpes, la fractura de los dedos, el impedimento inicial de la llamada, la ocultación posterior y el hecho de que Teresa se quedara con el reloj.

La sentencia dedicaba páginas enteras a separar responsabilidad física y moral.

Clara leyó poco. Se quedó con la cifra. No era definitiva.

Había recursos, pero era real. Javier llegó a casa de Clara una hora después y entró con la llave que todavía conservaba.

—¿Lo sabes?

—Sí.

—¿Álvaro?

—Está preparando recurso.

Javier se sentó.

—¿Cómo estás?

Clara volvió a la sentencia.

—No sé.

—¿Quieres que me quede?

—Sí.

Él se quedó. No hablaron durante diez minutos.

Después Clara preguntó:

—¿Nico?

—Con mi madre.

—¿Sabe?

—Todavía no se lo hemos dicho.

—Quiero estar cuando se lo digamos.

—Por supuesto.

Clara apartó la mirada un momento.

—No quiero despedirme como si fuera mañana.

—No es mañana.

—Lo sé.

—Y hay recurso.

—No me digas eso para tranquilizarme.

Javier asintió.

—Entiendo lo que dices.

Clara lo miró.

—¿Me odias?

Javier tardó.

—A veces.

La sinceridad de Javier dolió y le pareció justa.

—¿Y otras?

—Otras no.

Clara bajó la vista.

—Gracias por no mentir.

Javier se apoyó en el sofá.

—No sé qué vamos a ser.

—Yo tampoco.

—Pero Nico necesita que sepamos ser algo.

Clara hizo un gesto de acuerdo.

—Eso sí.

Javier la miró.