CAPÍTULO 16 #3
—¿Reconoció a Adrián cuando su hijo dijo su nombre?
—Sí.
—¿Y mintió?
—Sí.
—¿Desde ese momento?
—Sí.
La fiscal avanzó.
—¿Quién propuso secuestrarlo?
—Nadie.
—Sin embargo acabó en un coche.
—Sí.
—¿Quién dijo «mételo»?
—No lo recuerdo.
—¿Usted?
—No lo sé.
La fiscal dejó pasar.
—¿Quién podía abrir la puerta durante el cautiverio?
—Varias.
—¿Usted?
—Sí.
—¿La abrió?
—No.
—¿Por qué?
—Porque cada hora tenía más miedo de lo que ocurriría si salía.
—¿A Nico?
Clara negó con la cabeza.
—A mí.
La fiscal no necesitó insistir.
—¿Cuándo dejó de creer que Adrián podía ser una amenaza sexual para menores?
—Mucho antes de que muriera.
—¿Cuándo exactamente?
Clara dio una vuelta a la pregunta.
—Cuando conocimos la verdad sobre Samuel.
—¿Y aun así continuó retenido?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ya no estábamos protegiendo a nadie.
—¿Qué hacían?
Clara se volvió hacia la fiscal.
—Protegiéndonos.
La palabra ocupó toda la sala.
***
La defensa intentó reconstruir el miedo de Clara. El parque. Los cuarenta minutos. La obsesión de Adrián. Las fotografías. La orden incumplida. El agarre del brazo. Clara respondió. Todo era cierto.
El abogado terminó:
—¿Actuó usted con intención de matar a Adrián Montalvo?
—No.
—¿Quería que muriera?
—No.
—¿La caída fue deliberada?
—No.
—¿Sabe quién provocó exactamente la caída?
—No.
—¿Intentó Eva salvarlo?
—Sí.
—¿Usted estaba en shock?
Clara pensó antes de contestar.
—Sí.
—¿Pensó con claridad?
—No.
—¿Tenía miedo por su hijo?
Clara miró al abogado.
—Tenía miedo por mí.
El abogado se detuvo. No era la respuesta que buscaba.
—También por su hijo.
—Porque podía perderlo.
—Eso es miedo por él.
Clara negó.
—No. Es miedo a perder algo que yo necesito.
El abogado cerró la boca. Clara miró al tribunal.
—Llevo un año intentando no llamar amor a todo lo que hice por miedo.
Nadie le pidió que explicara más.
***
Teresa decidió declarar. Su abogado se opuso hasta la mañana anterior. Ella insistió. Se sentó. La fiscal empezó con el reloj.
—¿Por qué se lo llevó?
Teresa miró a la fiscal.
—Lo quité durante el traslado.
—¿Por qué?
—Para que no se enganchara.
—¿Y después?
—Me lo guardé.
—¿Por qué?
—Porque me gustaba.
Se oyó un movimiento en la sala. El abogado de Teresa cerró los ojos. La fiscal tardó un segundo.
—¿Le gustaba?
—El reloj.
—Era de un hombre muerto.
—Sí.
—Un hombre cuya muerte acababa de ayudar a ocultar.
—Sí.
—¿Y decidió ponérselo?
—Días después.
—¿Por qué?
—Porque estaba en mi casa.
La fiscal la miró.
—¿No sintió rechazo?
—No.
—¿Culpa?
Teresa tardó.
—Sí.
—¿Entonces cómo explica llevar el reloj?
—Una cosa no elimina la otra.
La fiscal cambió de tema.
—¿Disfrutó haciendo daño a Adrián?
Tras la protesta del abogado, la fiscal reformuló la pregunta.
—¿Experimentó satisfacción al ejercer control físico sobre él?
Teresa miró hacia Rocío. Luego a Clara.
—No sé.
La fiscal se acercó.
—¿No sabe?
—No.
—¿Le había ocurrido antes?
—No.
—¿Qué sintió cuando lo golpeó?
—Rabia.
—¿Cuando lo ató?
—Miedo a que escapara.
—¿Cuando le rompió los dedos?
—No quería romperlos.
—Usó una barra.
—Él intentaba quitarme las llaves.
—¿Y después?
—Me asusté.
—Los testigos dicen que estaba tranquila.
—Puedo estar tranquila y asustada.
—¿La muerte de Adrián la afectó?
Teresa tardó.
—Sí.
—¿Cómo?
Teresa miró al tribunal.
—Me hizo entender que ya no podíamos volver atrás.
La fiscal se quedó quieta.
—¿Eso fue lo primero que pensó?
Teresa frunció el ceño.
—No recuerdo el orden.
—¿Pensó en ayudarlo?
—Eva estaba ayudándolo.
—¿Pensó en llamar?
—Pensé en mis hijos.
—¿Antes que en Adrián?
—Sí.
—¿Se arrepiente?
Teresa miró a Pilar. Después a Samuel. Bajó la vista.
—De que muriera, sí.
—¿Y de lo anterior?
Teresa tardó demasiado.
—De algunas cosas.
La fiscal esperó.
—¿De cuáles?
Teresa respiró.
—De no abrir antes.
—¿Y de golpearlo?
—Sí.
—¿De llevárselo?
—Sí.
—¿De quedarse con el reloj?
—No.
El abogado cerró los ojos. La fiscal no preguntó más.
***
El juicio continuó dos semanas con peritos, forenses, cámaras y registros.
La medicina no dio una respuesta limpia.
La lesión podía haber sido mortal aun con asistencia.
También existía una posibilidad real de supervivencia con atención inmediata.
Nadie podía poner un porcentaje que arreglara nada.
El tribunal escuchó. Las familias esperaron.
La prensa eligió bandos. Clara dejó de leer.
El último día, antes de salir, Samuel se acercó.
Álvaro quiso interponerse. Clara levantó una mano.
—Está bien.
Samuel se quedó frente a ella.
—Quería preguntarte una cosa.
—Dime.
—¿Mi padre habló de mí cuando estaba allí?
A Clara le dolió que Samuel lo preguntara.
—Sí.
—¿Qué dijo?
Clara recordó la voz de Adrián: «Era mi hijo y no teníais derecho a acercaros a él».
—Que eras su hijo.
Samuel tragó saliva.
—¿Algo más?
—Que no quería que nos acercáramos a ti.
Samuel bajó la cabeza.
—Con eso me basta.
—También se enfadó mucho cuando Teresa encontró tu nombre.
—¿Por mí?
—Sí.
El chico asintió.
—Gracias.
La palabra no le correspondía.
—Samuel.
Él esperó.
—Lo siento.
Samuel la miró y se marchó sin responder. Clara no lo siguió. Había aprendido a no esperar perdón ni a pedirlo donde no le pertenecía.