Las buenas madres EPÍLOGO
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EPÍLOGO

Cinco y media

Eva, la última de las cinco que seguía viva, murió a los noventa y cuatro años. Lucas estaba con ella. Se quedó dormida y dejó de respirar sin decir nada especial.

El funeral reunió a gente que no se veía desde hacía años. Alma llegó temprano. Las hijas de Mónica se sentaron juntas. Los hijos de Teresa aparecieron por separado. Vega reconoció a casi todos por fotografías y por una manera familiar de mirar antes de hablar.

La nave apenas apareció en la conversación. Recordaron a Eva por la residencia donde trabajó después de salir, por su costumbre de corregir a los médicos aun jubilada y por una paella horrible que preparó una vez y obligó a todos a comer.

Lucas levantó una copa durante la comida.

—Por mi madre.

Brindaron por Eva.

***

Vega se marchó andando. El día estaba templado y, sin buscarlo, terminó cerca del parque. Lo reconoció cuando vio los árboles de la entrada. Podía seguir de largo, pero entró.

Había juegos nuevos, una fuente y un puesto de café. Vega compró agua y se sentó. Miró la hora. Las cinco y veintidós.

Una mujer joven ocupaba el banco cercano con un bebé en el carrito. Otro niño, de unos siete años, corría detrás de una pelota. La madre lo comprobaba cada pocos segundos.

El niño desapareció detrás de un grupo.

—Hugo.

Al no recibir respuesta, la mujer se levantó.

—¡Hugo!

Vega miró también. Sintió una reacción antigua que ni siquiera le pertenecía del todo.

A los pocos segundos el niño apareció con la pelota.

—Estaba ahí.

La madre lo agarró por los hombros.

—No te veía.

—Pues mírame.

La mujer cerró los ojos un instante, lo abrazó y lo dejó volver a jugar.

Cuando regresó al banco, se secó una lágrima y sonrió a Vega con vergüenza.

—Qué susto. Han sido veinte segundos.

—A veces bastan.

—Mi marido dice que exagero.

Vega miró al niño, que ya corría otra vez.

—A veces veinte segundos se hacen largos.

La mujer soltó una risa.

—Eso seguro.

El niño volvió a pedir agua. Su madre sacó una botella y después un bocadillo.

Vega miró la hora. Las cinco y media.

La coincidencia no le produjo nada especial. Agradeció que fuera así.

Se levantó.

—Que vaya bien.

—Igualmente.

Vega caminó hacia la salida. A sus espaldas, una madre llamó a su hijo. El niño respondió.

Y esta vez no pasó nada.