CAPÍTULO 16
La sala
El juicio tardó casi un año en señalarse.
Durante ese tiempo, la historia dejó de pertenecerles.
Hubo podcasts. Vídeos. Hilos. Documentales que prometían «la verdad de las cinco madres».
Fotografías de la nave. Mapas. Capturas del grupo.
Reconstrucciones con música triste. Clara aprendió a no buscar su nombre.
A veces lo hacía. Siempre se arrepentía.
Una mujer había publicado un vídeo de veinte minutos explicando que Clara y Adrián habían formado parte de una secta años atrás.
Otro aseguraba que Nico no existía. Una cuenta decía que todo había sido un montaje promocional.
La mentira más absurda resultaba casi agradable. Las reales dolían más.
«Cinco madres torturan y asesinan al supuesto secuestrador de un niño.»
Supuesto. Cada titular elegía una palabra. Clara descubrió que una palabra podía cambiar el bando del lector.
***
El día que llegó la citación definitiva estaba con Nico haciendo deberes.
—¿Es del juicio? —preguntó él.
Clara miró el sobre.
—Sí.
Nico ya tenía nueve años. Había crecido. Le quedaban cortos unos pantalones que seis meses antes le sobraban.
—¿Cuándo?
—En dos meses.
—¿Vas a ir todos los días?
—No sé.
—Papá dice que puede durar mucho.
—Es posible.
Nico siguió escribiendo.
—¿Puedo ir?
—No.
—¿Por qué?
—Porque no es un sitio para ti.
—Hablan de mí.
—Lo sé.
—Entonces también es mío.
Clara dejó la carta.
—Nico.
—No quiero entrar, solo verlo.
—¿Para qué?
El niño frunció el ceño.
—Porque todos saben cosas menos yo.
Clara sintió un dolor limpio.
—No todos saben la verdad.
—Pues yo tampoco.
—Sabes lo que puedes saber con tu edad.
—Eso es lo que decís siempre.
—Hay cosas que te contaré cuando seas mayor.
—¿Y si no quiero esperar?
—Tendrás que hacerlo.
Nico se enfadó.
—Entonces no digas que no me ocultas cosas.
El niño recogió el cuaderno.
—Voy a casa de papá.
—Hoy duermes aquí.
—Quiero ir.
—Nico.
—Quiero ir.
Clara sintió la tentación de imponer. Una frase. Una orden. Porque soy tu madre. La dejó pasar.
—Llama a papá.
Nico la miró sorprendido.
—¿Puedo?
—Sí.
Marcó. Javier vino media hora después. No preguntó delante del niño. Cuando Nico salió con la mochila, Javier miró a Clara.
—¿Qué ha pasado?
—Le ha llegado el juicio.
—A ti.
—Para él también.
—¿Qué te ha dicho?
—Que quiere ir.
—No.
—Eso he dicho.
—Me parece lo correcto.
Clara negó despacio.
—Se ha enfadado porque dice que seguimos decidiendo qué verdad puede soportar.
Javier se fijó en ella. Aquellas palabras arrastraban demasiada historia.
—Tiene nueve años.
—Lo sé.
—No vamos a enseñarle fotos de una autopsia para ser transparentes.
—No hablo de eso.
—Entonces ¿de qué?
Clara apoyó una mano en la puerta.
—De que quizá le contamos demasiado poco.
Javier pensó.
—Hablaré con la psicóloga.
—Gracias.
—Eso sí ha sido un vale de verdad.
Clara sonrió un poco.
—Estoy aprendiendo.
Javier casi sonrió. Nico llamó desde el ascensor.
—¡Papá!
—Voy.
Antes de irse, Javier miró a Clara.
—No te prometo nada.
—No te lo he pedido.
—Lo entiendo.
Clara cerró la puerta. Se quedó mirando el sobre del juicio.
***
La Fiscalía construyó el caso en capas y lo ordenó alrededor de la detención ilegal, las lesiones, la muerte de Adrián, la falta de auxilio y la ocultación posterior del cuerpo.
Cada acusada ocupaba un lugar distinto. Clara y Teresa se enfrentaban a las peticiones más graves.
Eva cargaba con una contradicción profesional que la acusación sabía utilizar.
Mónica aparecía como facilitadora logística.
Rocío era la colaboradora temprana. Los abogados discutían terminología.
«Retención».
«Privación de libertad».
Los abogados discutían palabras como «interrogatorio», «cautiverio», «accidente», «resultado previsible» y «omisión».
«Miedo insuperable».
Clara escuchaba. A veces pensaba que ninguna palabra alcanzaba. Otras pensaba que algunas la hacían parecer peor de lo que se sentía. Eso también le daba vergüenza.
***
Rocío se reunió con Clara después de que modificaran la prohibición de contacto para preparar el juicio con sus defensas. Las acompañaban dos abogados en una sala demasiado pequeña para todo lo que había entre ellas. Aun así, verse de frente fue extraño. Rocío parecía mayor.
—Hola.
Clara lo miró.
—Hola.
Los abogados empezaron. Reconstrucción de tiempos. Quién llegó. Quién salió. Quién volvió. Rocío respondió. Clara corrigió un detalle.
—No. Eva llegó antes.
Rocío frunció el ceño.
—Eva llegó después de Teresa.
—La mañana siguiente sí.
—Hablo del segundo día.
—Yo también.
Los abogados se miraron.
—Esto es importante —dijo uno.
—No me acuerdo.
Clara recordó otra discusión.
—Llegó con la bolsa de farmacia.
—Eso fue otro día.
—No.
—Clara.
—Estoy segura.
Rocío se fijó en ella.
—Tú estabas entrando y saliendo.
A Clara le dolió el reproche.
—Y tú también.
—No he dicho que no.
Los abogados intervinieron.
—No estamos aquí para discutir culpa.
Rocío soltó una risa.
—¿Entonces para qué estamos?
Nadie respondió al momento.
—¿Cómo está Alma?
Rocío levantó los ojos.
—Está bien.
—Me alegro.
—Nico.
—También.
Hubo un silencio. Rocío apretó los labios.
—Lo siento.
El cuerpo reaccionaba.
—¿Por qué?
—Por no haber abierto antes.
Clara bajó la mirada.
—Yo también podía.
—Tú tenías más miedo.
Clara levantó la cabeza.
—No me protejas.
—No lo hago.
—Sí.
—De acuerdo.
Los abogados volvieron a los papeles. Al terminar, Rocío esperó a que Clara recogiera.
—Teresa me llamó.
Clara levantó la cabeza.
—¿Cuándo?
—Hace un mes.
—No debería.
—Número oculto.
—¿Qué quería?
—Saber si iba a declarar que disfrutaba.
El frío le recorrió los brazos.
—¿Qué le dijiste?
—Que iba a contar lo que vi.
—¿Y qué viste?
Rocío la miró.
—No sé.
—Rocío.
—Vi que estaba tranquila. Vi que volvía. Vi que buscaba motivos para seguir. Vi que cuando Adrián tenía miedo ella no apartaba la mirada.
Clara tragó saliva.
—Eso no demuestra nada.
—Ya.
—¿Y el reloj?
Rocío miró a los abogados.
—Eso sí demuestra algo.
—Que lo cogió.
—Y que se lo puso.
Rocío bajó la voz.
—Tengo miedo de ella.
—Yo también.
—¿Crees que podría hacer algo?
Clara recordó la barra. La llamada. Los hijos. La muñeca con el reloj.
—No lo sé.
Rocío soltó una risa amarga.
—Otra vez.
—Esta vez de verdad.
Se despidieron sin abrazarse.
***
Teresa preparó el juicio como quien prepara una oposición, con carpetas con fechas, notas y declaraciones. Su abogado se desesperaba.
—No memorices.
—Quiero saber qué dije.
—Precisamente.
—¿Por qué?
—Porque si recitas tu declaración parecerá preparada.
—Está preparada.
—No para sonar preparada.
Teresa frunció el ceño.
—Eso es absurdo.
—Bienvenida a un juicio.
El abogado apartó una carpeta.
—Hay un problema con el reloj.
—Ya lo sé.
—La Fiscalía lo va a usar como símbolo.
—No prueba nada.
—No necesita probar la muerte. Necesita construir cómo eras después.
—Mi estado de ánimo no es delito.
—No.
—Entonces.
—Un jurado escucha historias.
Teresa apoyó los brazos.
—No hay jurado.
—El tribunal también es humano.
Teresa miró los papeles.
—¿Qué quieres que diga?
—La verdad.
—Lo cogí porque estaba allí.
—¿Por qué te lo pusiste?
—Porque me gustó.
El abogado se quedó inmóvil. Teresa lo miró.
—¿Qué?
—No digas eso.
—Es verdad.
—Teresa.
—Me gustó el reloj.
—Después de quitárselo a un muerto.
—El reloj no hizo nada.
El abogado cerró los ojos.
—Necesito que entiendas cómo suena.
—Lo entiendo.
—No lo parece.
Teresa se inclinó.
—Todo el mundo quiere que diga que lo cogí porque estaba en shock.
—¿Lo estabas?
—Sí.
—Entonces.
—Pero también me gustó.
El abogado se quedó callado. Teresa continuó.
—No voy a inventar una crisis mística para que parezca mejor.
—Lo que describes es humano, no místico.
—También es humano ver un reloj y pensar que es bonito.
—No cuando lo acabas de quitar de la muñeca de un cadáver.
Teresa no apartó los ojos.
—Pues eso pasó.
El abogado se frotó la frente.
—A veces eres tu peor testigo.
—Entonces no declararé.
—Eso puede ser lo mejor.
Teresa cerró la carpeta.
—Perfecto.
***
Pilar no quería asistir a todas las sesiones. Samuel sí.
—No tienes por qué —le dijo.
—Quiero.
—Vas a escuchar cosas.
—Ya he leído cosas.
—No es igual.
Samuel miró una fotografía de Adrián.
—Quiero verlas.
Pilar entendió que no hablaba de fotos.
—¿A ellas?
—Sí.
—¿Para qué?
Samuel se encogió de hombros.
—Para saber si parecen monstruos.
Pilar apartó la mirada un momento.
—No esperes eso.
—No lo espero.
—La gente no parece lo que hace.
Samuel miró la fotografía.
—Él tampoco.
Pilar sintió dolor.
—Tu padre hizo algo terrible.
—Lo sé.
—No quiero que su muerte te haga convertirlo en otra persona.
—No lo hago.
—Bien.
Samuel guardó la foto.
—Pero tampoco quiero que ellas lo conviertan.
Pilar le cogió la mano.
—Eso sí podemos evitarlo.
***
El primer día del juicio, Clara llegó una hora antes con la intención de evitar las cámaras, pero ya estaban allí. Álvaro la acompañó.
—Mira al frente.
—No pensaba esconderme.
—Evitar regalarles titulares no es esconderte.
Clara caminó entre preguntas sin responder.
Dentro olía a café y papel. La sala era más pequeña de lo que esperaba, sin nada cinematográfico: bancos, micrófonos, pantallas y varias personas organizando carpetas.
Clara vio a Pilar y ambas se quedaron quietas, a distancia.
Samuel estaba junto a ella, más alto de lo que Clara había imaginado y con algo de Adrián en la forma de las cejas.
Clara apartó la vista. Las cinco entraron por separado: Rocío, Eva, Mónica, Teresa y ella.
Clara observó a Teresa, con traje oscuro, el pelo recogido y la muñeca sin reloj. Teresa miró a Pilar y después a Samuel.
Teresa sostuvo la cabeza alta y a Clara le subió la rabia de golpe. Ni siquiera sabía qué gesto esperaba de ella. Tampoco supo si lo que sentía era vergüenza, miedo o algo que todavía no podía nombrar. Teresa se sentó y el juicio empezó.
***