Las buenas madres CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

Rocío apoyó la frente en las manos. Su madre estaba fuera con Alma. La niña creía que su madre hablaba con un abogado por problemas de trabajo. Cada semana era más difícil sostenerlo.

—Quiero aceptar.

El abogado la miró.

—Piénsalo.

—Llevo meses pensando.

—Aceptar implica reconocer hechos que después no puedes borrar.

—Los hice.

—También implica declarar contra otras personas.

Rocío levantó la cabeza.

—No quiero declarar contra Clara.

—No eliges contra quién sirve tu declaración.

—Clara intentó soltarlo.

—Tarde.

—Lo sé.

—Y tú también.

—Tarde.

El abogado asintió.

—Eso es.

Rocío miró el documento.

—Acepto.

—No hace falta firmar hoy.

—Quiero hacerlo hoy.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que dejo algo para mañana termino haciendo algo peor.

El abogado no respondió. Le acercó el bolígrafo. Rocío firmó.

***

Mónica no aceptó todavía. Su abogado quería esperar.

—Tu papel logístico es grave, pero tu intervención física es menor que la de otras.

Mónica lo miró.

—Moví el cuerpo.

—Sí.

—Conseguí la nave.

—Sí.

—La furgoneta.

—Sí.

—Sabía que no había cámaras en algunos accesos.

—Eso último no lo digas así.

—Pero es verdad.

—Lo explicaremos de otro modo.

—¿De qué modo?

—Conocías la zona por motivos profesionales. No elegiste la ruta para evitar cámaras desde el principio.

—Después sí.

El abogado guardó silencio. Mónica se inclinó.

—No quiero salir de aquí pensando que si uso la frase correcta soy menos culpable.

—No estoy hablando de culpabilidad moral.

—Todo el mundo dice eso.

—Porque estamos en un procedimiento penal.

Mónica se frotó la cara.

—No sé cuánto más aguanto.

—Por eso te digo que esperes.

—Esperar me trajo hasta aquí.

El abogado cerró la carpeta.

—Mónica, una mala decisión no convierte la prisa en virtud.

Ella lo miró, molesta ante unas palabras que también tenían sentido.

—Tienes razón.

—Vete a casa.

—No tengo casa.

—A donde estés viviendo.

Mónica sonrió con tristeza.

—Eso sí.

Vivía temporalmente en un piso de alquiler pequeño. Sus hijas estaban con su padre. Podían dormir con ella algunos fines de semana. La primera noche que regresaron, la menor abrió un armario y preguntó:

—¿Aquí vamos a quedarnos?

Mónica no supo responder.

—Por ahora.

—Papá dice que no sabe.

—Papá tiene razón.

La niña cerró el armario.

—No me gusta.

Mónica se sentó en la cama.

—A mí tampoco.

Su hija la miró.

—¿Tú hiciste eso que dicen?

—¿Qué dicen?

—Que mataste a un hombre.

La habitación se hacía más pequeña.

—No lo maté yo sola.

Mónica habló antes de pensar. La niña palideció. Mónica comprendió el horror de lo que acababa de decir.

—Perdona. No quería decirlo así.

—¿Entonces sí?

Su hija empezó a llorar. Mónica la abrazó.

—Yo estaba allí. Hice cosas muy malas. Los adultos lo están investigando.

—¿Vas a ir a la cárcel?

—No lo sé.

—No quiero.

—Yo tampoco.

—Papá dijo que puede pasar.

Mónica sintió rabia hacia su exmarido. Después pensó que él no había mentido.

—Puede pasar.

La niña lloró más. Mónica la sostuvo. No prometió que no ocurriría. Entendió que decir la verdad también podía ser una forma de cuidar.

***

Eva acudió a terapia por obligación del colegio profesional. La psicóloga no le cayó bien. Eso la tranquilizó. No quería necesitar que le cayera bien.

—¿Por qué enfermería? —preguntó la mujer.

Eva la miró.

—¿Vamos a buscar que mi madre no me quería y por eso cuido gente?

—No.

—Perfecto.

—Pregunto por qué elegiste enfermería.

Eva se encogió de hombros.

—Se me daba bien.

—¿Qué?

—Estar cuando las cosas se ponen feas.

—¿Y en la nave?

—También.

—¿Entonces?

—Me quedé.

—Eso no responde.

—Sí responde.

La psicóloga esperó. Eva se irritó.

—Estoy acostumbrada a que cuando alguien sangra yo hago algo.

—Lo hiciste.

—Hasta que no lo hice.

—¿Qué momento es ese?

Eva apartó la mirada un momento. Eva recordó el teléfono, las caras de Clara, Rocío y Teresa, y a Adrián en el suelo.

—Cuando pensé en Lucas.

—¿Qué pensaste?

—Que podía perderlo.

—¿Y eso cambió tu conducta?

—Sí.

—¿Durante cuánto?

—Segundos.

—¿Te parece poco?

Eva abrió los ojos.

—En urgencias, sí.

—¿Y fuera?

—También.

La psicóloga guardó silencio.

—No quiero perdonarme.

—No te he pedido eso.

—Todo el mundo acaba llegando ahí.

—Yo no.

Eva frunció el ceño.

—¿Entonces para qué sirve esto?

—Para que puedas vivir con lo que hiciste sin tener que mentirte.

Eva soltó una risa breve.

—Eso suena peor.

—Puede ser.

—Ya.

La psicóloga anotó. Eva la odiaba un poco menos.

***

Teresa empezó a recibir cartas. Algunas de apoyo. Otras de odio. Una llegó sin remitente.

«Ojalá alguien haga con tus hijos lo que tú hiciste.»

Teresa rompió la carta por rabia. Pensó en sus hijos, ajenos a todo aquello, y entonces reconoció las palabras: Adrián había usado las mismas. Deja a los hijos fuera. Tiró los trozos. Su marido entró.

—¿Qué era?

—Basura.

Él recogió uno del suelo. Leyó dos palabras.

—Otra.

—Sí.

—Tenemos que denunciar.

—No sirve.

—No puedes acostumbrarte.

Teresa lo miró.

—Puedo.

Su marido dejó el papel.

—Eso me preocupa.

—¿Qué?

—Que puedas.

Teresa cruzó los brazos.

—¿Qué quieres que haga? ¿Llorar cada vez que alguien escribe?

—No.

—¿Dormir mal?

—No.

—¿Dejar de comer?

—Teresa.

—Las otras están destruidas y todo el mundo parece sentirse más cómodo con ellas.

Su marido la miró.

—Porque parece que entienden lo que pasó.

Teresa se quedó mirándolo.

—Yo también.

—No lo parece.

—¿Qué quieres ver?

—Algo.

Teresa sintió irritación.

—Estuve allí.

—Ya.

—Vi morir a un hombre.

—Ya lo sé.

—Van a juzgarme.

—Sí.

—Puedo ir a prisión.

—Sí.

—¿Qué parte te parece que no entiendo?

Su marido bajó la voz.

—La de él.

Teresa lo miró.

—¿Qué?

—A Adrián.

—No lo conocías.

—Tú tampoco.

Teresa sintió el golpe.

—Lo suficiente.

—Eso es lo que me da miedo.

Se marchó de la cocina. Teresa se quedó sola. Miró los trozos de la carta. No los recogió.