Las buenas madres CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

Pardo obtuvo la orden para registrar la casa de Teresa.

Encontraron el reloj. Estaba dentro del cajón de la mesilla.

Limpio. Envuelto en un pañuelo. Teresa declaró que lo había recogido para evitar que se perdiera durante el traslado y que después olvidó entregarlo.

La explicación no convenció a nadie. El reloj pasó a evidencia.

Cuando Pardo se lo comunicó a Clara, ella cerró los ojos.

—Sabía que lo tenía.

—¿Por qué no lo dijo antes?

—Lo dije.

—Dijo que sospechaba.

—No lo vi.

—Eso es correcto.

Clara apretó el teléfono.

—¿Por qué se lo quedó?

—Eso tendrá que explicarlo ella.

—No lo explicará.

—Ya veremos.

Clara pensó en Teresa. En las manos. En la tranquilidad.

—¿Cree que disfrutó?

Pardo guardó silencio.

—Eso no es una pregunta policial.

—Lo sé.

—Y no puedo responderla.

Clara hizo un gesto de acuerdo.

—Yo tampoco.

***

Samuel pidió declarar. La Fiscalía no lo necesitaba para reconstruir el crimen.

Él insistió. Quería que constara quién era Adrián para él.

Samuel hablaba de su padre, no de la caricatura de un hombre que rondaba menores.

Lo había conocido tarde. No sabía qué lugar habría ocupado Adrián en su vida, aunque seguía siendo su padre.

Pilar lo acompañó. Clara supo de aquella declaración por Álvaro.

—Ha pedido que se incorpore.

Clara bajó la cabeza un instante.

—¿Qué ha dicho?

—Que Adrián cometió un delito llevándose a Nico y que eso no convierte lo que le pasó después en justicia.

Clara apretó los labios.

—Tiene quince años.

—Sí.

—Habla mejor que nosotros.

Álvaro no respondió.

***

La primera vista importante llegó dos meses después.

Prensa. Cámaras. Cinco mujeres entrando por puertas distintas.

No podían hablar. Clara vio a Rocío al otro lado del pasillo.

Más delgada. Eva llevaba el pelo recogido.

Mónica miraba al suelo. Teresa iba impecable.

Clara observó su muñeca. Vacía. Teresa levantó los ojos.

La vio. Durante un segundo se miraron. Entre las dos no hubo sonrisa ni amenaza, solo reconocimiento.

Después Teresa entró en la sala. El reloj apareció en su cabeza.

En que ya no estaba en su muñeca porque ahora estaba dentro de una bolsa numerada.

Le produjo alivio. Y algo parecido a miedo.

Porque el objeto ya no la protegía de nada.

***

La vista no resolvió el caso. Fijó cargos provisionales.

La resolución provisional hablaba de detención ilegal, lesiones y posibles responsabilidades por no auxiliar a Adrián y por las actuaciones posteriores destinadas a ocultar lo ocurrido.

Las responsabilidades variarían. La muerte seguía pendiente de encaje definitivo.

Los peritos no podían asegurar que una ambulancia hubiera salvado a Adrián.

Tampoco podían descartarlo. Clara escuchó la frase con el estómago cerrado.

Probablemente nunca sabrían. La incertidumbre era una condena propia. Al salir, una periodista gritó:

—¡Clara! ¿Se considera una buena madre?

Clara se detuvo. Álvaro la agarró del brazo.

—Sigue.

Ella miró a la periodista y subió al coche sin responder. Durante todo el trayecto pensó en la pregunta. Cuando llegó a casa de su hermana, Nico estaba allí con los deberes.

—Mamá, tengo que hacer un trabajo de los planetas.

Clara dejó el bolso.

—¿Cuál te ha tocado?

—Saturno.

—El fácil.

—No es fácil.

—Tiene anillos. Ya llevas media exposición hecha.

Nico dejó ver una sonrisa. Clara se sentó a su lado. Ayudaron a recortar cartulina. Durante una hora hablaron únicamente de planetas y dejaron fuera a Adrián, los juicios y todo lo demás. Nico pegó un aro torcido alrededor de una bola amarilla.

—Parece una patata.

Clara soltó una risa.

—Una patata espacial.

Nico también. Javier apareció en la puerta a las siete.

—¿Todo bien?

—Estamos salvando Saturno —dijo Nico.

Javier miró la maqueta.

—Necesita ayuda.

—Papá.

Clara sonrió. El momento duró poco. Fue suficiente. Esa noche, al quedarse sola, abrió el grupo PARQUE 17:30. Seguía ahí. El último mensaje era antiguo.

Teresa:

«Como queráis.»

Clara no lo borró. Todavía no. Cerró la aplicación.

Se acostó. Pensó en el juicio. En Nico. En Adrián.

En el reloj dentro de una bolsa. Y entendió algo que no servía para salvarla.

La maternidad le había dado alguien a quien temer perder, pero no la había hecho mejor persona.

Cada decisión posterior había sido suya.

***

Casi cuatro meses después, Clara volvió al parque sin Nico y tardó diez minutos en bajar del coche.

El barco de madera seguía en el mismo sitio.

Una esquina tenía una tabla nueva. El columpio de los pequeños estaba ocupado por una niña con abrigo rojo.

Dos madres hablaban junto a la entrada mientras vigilaban a sus hijos sin mirarlos realmente.

Clara reconoció a una y la mujer también la reconoció, aunque evitó saludarla. Clara apagó el motor.

Había ido porque Álvaro le había recomendado aceptar la entrevista con la trabajadora social en un lugar cotidiano.

La mujer quería ver cómo hablaba del entorno en el que había ocurrido la desaparición de Nico.

No entendía qué podía aportar un banco y un tobogán a un procedimiento judicial, pero había dejado de discutir cada paso.

Bajó. La trabajadora social la esperaba junto a la heladería.

Se llamaba Marta Salas y era más joven de lo que Clara había imaginado.

—Gracias por venir.

—No hay mucho que agradecer.

Marta no reaccionó.

—Podemos caminar.

—Prefiero sentarme.

Eligieron un banco distinto al de siempre. Clara evitó mirar el lugar exacto donde había preparado el bocadillo. Marta sacó una libreta.

—No es un interrogatorio.

—Todo el mundo dice eso antes de hacer preguntas.

—Yo no trabajo para la policía.

—Lo sé de sobra.

Marta guardó la libreta.

—Si te incomoda, no la saco.

Clara la miró.

—No. Da igual.

La mujer volvió a ponerla sobre las rodillas.

—¿Has venido desde entonces?

—Una vez con Nico.

—¿Cómo fue?

—Mal para mí. Bien para él.

—¿Lo pidió?

—Sí.

Marta asintió.

—¿Él sigue jugando con los mismos niños?

Clara miró hacia el parque.

—Con algunos. Javier lo trae a otro sitio muchas veces.

—¿Porque quiere evitarte recuerdos?

—Porque quiere evitar periodistas.

—¿Siguen viniendo?

—Menos.

Marta tomó una nota.

—¿Te preocupa que Nico te asocie con lo ocurrido?

—Ya me asocia.

—No necesariamente del modo que imaginas.

—Sabe que hice daño a Adrián.

—¿Qué entiende por daño?

—No sé.

—¿Se lo has preguntado?

—No quiero obligarlo a pensar en eso.

Marta guardó silencio. Un niño cayó del tobogán y empezó a llorar. Su padre corrió. Clara se fijó en el gesto. El hombre comprobó rodillas, manos, cara. El niño se calmó rápido.

—¿Qué recuerdas de los cuarenta minutos? —preguntó Marta.

Clara apretó los dedos.

—Todo y nada.

—Elige una cosa.

—El bocadillo.

—¿Por qué?

—Porque lo llevaba en la mano.

—Eso me lo han contado.

Clara la observó un instante.

—¿Quién?

—Está en tu declaración.

—Ah.

Marta esperó.

—Lo apreté tanto que lo destrocé.

—¿Y después?

—No sé dónde acabó.

—¿Eso importa?

—No.

—Entonces ¿por qué lo recuerdas?

Clara miró hacia la heladería.

—Porque mientras lo tenía pensaba que todavía era una madre normal.

Marta no escribió.

—¿Y cuándo dejaste de serlo?

Clara soltó una risa breve.

—No sé si esa pregunta forma parte de su informe.

—No de esa manera.

—Pues no sé.

—Inténtalo.

Clara respiró.

—Cuando mentí sobre Adrián.

—Eso fue antes de la nave.

—Sí.

—¿Por qué sitúas ahí el cambio?

—Porque todo lo demás nació de esa mentira.

—No todo.

Clara la miró. Marta continuó.

—Adrián decidió llevarse a Nico.

—Sí.

—Teresa decidió golpear.

—Sí.

—Rocío, Eva y Mónica tomaron sus decisiones.

—Sí.

—Que tú mintieras no convierte el resto en algo que controlabas.

Clara sintió una irritación inmediata.

—No quiero que me quite culpa.

—No intento hacerlo.

—Suena así.

—Intento separar responsabilidad de omnipotencia.

—No eres responsable de cada decisión que tomaron las otras cuatro.

—Pero sí de muchas cosas.

—Por supuesto.

—Entonces.

—Entonces tendremos que saber cuáles.

Una madre repartía galletas. Otra limpiaba una nariz con un pañuelo. La escena podía haber ocurrido antes de todo.

—Me preguntaron por qué Adrián guardaba fotos de Nico.

—¿Y?

—Yo sabía que podía ser por la paternidad.

—¿Lo dijiste?

—No.

—Eso es tuyo.

—Cuando Rocío quiso soltarlo…

—¿Qué hiciste?

—Pedí tiempo.

—Eso es tuyo.

—Cuando Eva dijo que llamáramos al 112…

—No llamé.

—Eso es tuyo.

Precisamente porque no la consolaba, le pareció útil.

—¿Y ser buena madre?

Marta la miró.

—¿Qué pasa con eso?

—Una periodista me preguntó si me consideraba una buena madre.

—¿Qué contestaste?

—Nada.

—¿Qué habrías contestado?

Clara buscó la respuesta.

—Que no sé qué significa.

Marta escribió.

—Eso puede ser una buena respuesta.

Clara soltó una risa.

—No me sirve de mucho.

—A mí sí.

—Ya veo.

Marta cerró la libreta.

—¿Quieres entrar?

Clara miró el parque.

—No.

—Vale.

—¿Ya está?

—Por hoy.

Clara se levantó. Antes de irse miró el banco de siempre. Estaba ocupado por una mujer que daba un yogur a un niño pequeño. Clara no sintió nada especial. Eso le dio más pena de la que esperaba.

***

Rocío recibió la propuesta de la Fiscalía dos semanas después. Colaboración plena. Reconocimiento de hechos. Reducción de petición en determinados cargos. Su abogado lo explicó tres veces. Rocío seguía mirando el mismo párrafo.

—¿Significa cárcel?

El abogado dejó el bolígrafo.

—Puede significarla.

—¿Cuánto?

—No voy a darte una cifra como si fuera una factura. Depende de cómo se califiquen los hechos, de lo que se admita, de la responsabilidad en la muerte, de la omisión…

—Quiero saber si Alma puede tener dieciséis años cuando yo salga.

El hombre se quedó callado.

—No es el escenario que considero más probable.

—Eso no es una respuesta.

—Es la única honesta.