CAPÍTULO 15
El precio
***
Clara perdió el trabajo. La empresa lo llamó suspensión mientras se resolvía el procedimiento. Ambos sabían que no volvería. Javier pidió tiempo. No utilizó la palabra separación durante varios días. Al final la dijo.
—Necesito que vivamos separados.
Clara asintió.
—Lo entiendo.
—Nico puede verte.
—Gracias.
Javier se enfadó.
—Deja de darme las gracias por dejarte ver a tu hijo.
Clara bajó la cabeza.
—Vale.
—No quiero que esto se convierta en que yo soy bueno porque no te he quitado al niño.
—No lo estaba diciendo.
—Pues no lo pienses.
—¿Quieres quitarme a Nico?
Javier tardó.
—No quiero.
Clara entendió que Javier hablaba de deseo, no de decisión.
—¿Has hablado con alguien?
Javier se sentó.
—He pedido consejo.
—¿A un abogado?
—Sí.
—¿Y?
—Que espere.
—Haré lo que diga el juez.
—No quiero que un juez tenga que decirnos todo.
—Yo tampoco.
—Pero ya estamos aquí.
Clara asintió.
—Sí.
Nico apareció en la puerta.
—¿Estáis discutiendo?
—No —dijo Javier.
Clara sonrió apenas.
—Estamos hablando.
—Papá habla así cuando está enfadado.
Javier soltó una risa cansada.
—Ven aquí.
Nico se sentó entre los dos. Clara sintió el calor de su cuerpo. Pensó que podía perderlo. Lo que podía destruirle la vida eran decisiones concretas que ella misma había tomado, no una amenaza abstracta. El miedo había dejado de servirle.
***
Javier llamó tres días después.
—Necesito que vengas a casa.
Clara miró la hora.
—¿Ha pasado algo con Nico?
—Nico está bien. Ven cuando puedas.
Dejó ahí las preguntas. Javier la esperaba en la cocina con un sobre blanco junto al frutero. Clara reconoció el logotipo del laboratorio antes de sentarse.
—¿Qué es eso?
—Una prueba.
Clara miró el sobre.
—Ya hicimos una.
—Vosotras hicisteis una prueba entre Adrián y Nico.
Javier apoyó las manos en la mesa.
—Yo he hecho otra.
Clara tardó en entender.
—¿Con Nico?
—Conmigo y con Nico.
El ruido de la nevera llenó la cocina.
—No tenías que hacerlo.
Javier soltó una risa corta.
—Claro que tenía que hacerlo.
—La otra prueba ya descartó a Adrián.
—La otra prueba la compraste tú, recogiste tú y utilizaste mientras un hombre estaba retenido en una nave. Perdona si no me apetecía construir el resto de mi vida sobre eso.
Clara bajó la cabeza.
—Tienes razón.
—No necesito que me des la razón.
Javier empujó el sobre hacia ella.
—Ábrelo.
Clara no lo tocó.
—Dímelo tú.
Javier la miró durante unos segundos.
—Soy su padre.
Clara apoyó una mano en la mesa. No apareció la felicidad que había imaginado durante tantos años cada vez que pensaba en aquella posibilidad. Tampoco alivio limpio. Solo una certeza que llegaba cuando ya había hecho todo el daño que podía hacer la incertidumbre.
—Javier…
—La probabilidad es la que esperas. No hay duda razonable.
Clara se fijó en el sobre.
—Me alegro.
Él frunció el ceño.
—¿Te alegras?
—Sí. Por ti. Por Nico.
—Yo no necesitaba que saliera esto para ser su padre.
—Lo sé.
—No, Clara. Creo que todavía no lo entiendes.
Javier se sentó frente a ella.
—Yo siempre fui su padre. Cuando tenía fiebre. Cuando empezó el colegio. Cuando se partió la ceja. Cuando no encontraba las zapatillas y juraba que alguien se las escondía. Todo eso ya estaba decidido.
Clara notó que se le cerraba la garganta.
—Eso lo sé.
—Lo que acabo de descubrir no es que Nico sea mi hijo.
Javier señaló el sobre.
—Lo que acabo de descubrir es que durante nueve años tú supiste que existía una duda y decidiste que yo no necesitaba conocerla.
Clara no bajó la vista.
—Tenía miedo de perderte.
—Lo sé.
—Y de que Adrián apareciera.
—También.
—Creí que si lo dejaba fuera…
Javier levantó una mano.
—Ahí está otra vez.
Clara calló.
—Tú decidías quién podía entrar, quién podía saber, qué verdad podía soportar cada uno. Adrián hizo una barbaridad porque creyó que la biología le daba un derecho. Tú hiciste otra cosa distinta, pero también te adjudicaste un derecho que no tenías.
La comparación dolió al señalar el único lugar en el que se parecían, sin convertirlos en iguales.
—Lo siento.
Javier miró el sobre.
—Yo también.
—¿Por qué lo sientes tú?
—Porque quería que saliera positivo con una desesperación que me da vergüenza.
Clara negó con la cabeza.
—Es normal.
—No me digas lo que es normal.
Clara aceptó el golpe. Javier abrió el sobre y sacó la hoja.
—Cuando vi el resultado me puse a llorar en el coche. Diez minutos. Como un idiota.
—No eres idiota.
—Después me enfadé contigo.
—También es normal.
Javier casi sonrió.
—No aprendes.
Clara soltó una risa débil.
—Estoy intentando.
Él volvió a guardar el papel.
—Nico no va a saber esto ahora.
Clara levantó la cabeza.
—¿No?
—Tiene ocho años. Sabe que soy su padre. No necesita conocer una duda que ya está resuelta para arreglar un problema de adultos.
Clara pensó antes de responder.
—De acuerdo.
Javier la miró con atención.
—¿No vas a decirme que estamos ocultándole la verdad?
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no estoy decidiendo yo sola.
Javier permaneció callado.
—Eso sí —dijo al final—. Eso es distinto.
Javier dejó una mano sobre el sobre.
—Hay otra cosa que prefiero que sepas por mí.
Clara esperó.
—Estoy viendo a alguien.
La noticia dolió menos de lo que habría imaginado unos meses antes.
—Se llama Elena. Nico todavía no la conoce de verdad. No he querido meterla en medio de todo esto.
—No tienes que darme explicaciones.
—Sí tengo que darte esta. Seguimos siendo los padres de Nico.
Clara asintió.
—Gracias por decírmelo.
—No cambia lo que acabamos de hablar.
—Lo sé.
Clara se levantó. Antes de salir miró el sobre una última vez. Javier era el padre biológico de Nico. Había necesitado una hoja para confirmar algo que nunca había hecho falta confirmar para quererlo. Y aquella certeza no reparaba la relación.
***
Rocío pidió más horas en el salón donde trabajaba. Necesitaba dinero para el abogado. Su madre cuidaba a Alma por las tardes. No preguntaba mucho. Un día, mientras preparaban la cena, habló.
—¿Tú mataste a ese hombre?
Rocío dejó el cuchillo.
—No.
—¿Estabas allí?
—Sí.
Su madre asintió.
—Entonces no me mientas más.
—Estuve allí cuando murió.
—¿Pudiste ayudar?
—No sé.
—Eso es mentira.
Rocío levantó la cabeza.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque cuando dices no sé y sí sabes, mueves la boca hacia un lado.
Rocío se quedó quieta. Su madre siguió cortando cebolla.
—Lo hacías de niña.
Rocío empezó a llorar.
—Podía llamar.
La mujer dejó el cuchillo.
—¿Y por qué no llamaste?
—Por Alma.
Su madre la miró.
—No me pongas a la niña ahí.
Rocío recibió el reproche de lleno.
—Tenía miedo de perderla.
—Y ahora puedes perderla igual.
Rocío lloró.
—Lo sé.
Su madre se acercó.
—Entonces no digas que fue por ella.
Rocío bajó la cabeza.
—Fue por mí.
—Eso sí te lo creo.
La abrazó. Rocío lloró contra su hombro. Clara no confundió aquella mirada con perdón. Se sintió simplemente vista. Fue peor y mejor al mismo tiempo.
***
Eva no volvió a trabajar en urgencias. La dirección abrió un expediente y el colegio profesional pidió información.
Nuria se quedó con Lucas en casa de su hermana.
Eva podía verlo, aunque todavía no podía dormir con él.
Una tarde fueron a otro parque. Lucas jugó con una pelota mientras Eva y Nuria se sentaban a cierta distancia.
—¿Comes?
—Algo.
—Estás más delgada.
—No tengo hambre.
Nuria miró a Lucas.
—Pregunta por ti.
—Lo sé.
—No sabe qué ha pasado.
—Mejor.
—No sé cuánto va a durar eso.
—No quiero que se entere por internet.
—Entonces tendremos que contárselo.
—¿Qué?
—Lo que pueda entender.
Eva miró a su hijo.
—Que su madre ayudó a secuestrar a un hombre y luego no llamó a una ambulancia.
Nuria cerró los ojos.
—No así.
—Es lo que pasó.
—Tiene seis años.
Eva se llevó una mano a la cara.
—No sé ser su madre ahora mismo.
Nuria la miró.
—Pues aprende.
Eva bajó la mano.
—¿Vas a volver?
Nuria tardó.
—No lo sé.
Eva asintió.
—Ya.
—No me agradezcas que no te haya dicho que no.
Eva sonrió con tristeza.
—Se está volviendo una costumbre.
***
Mónica perdió la gestoría. Rocío lloró por miedo, antes incluso de que existiera una condena.
El dueño le dijo que los clientes preguntaban.
Que la nave estaba vinculada. Que la furgoneta pertenecía a un expediente de la empresa.
Que había abogados. Que necesitaban distancia.
Mónica recogió sus cosas en una caja. Su exmarido la esperaba fuera.
—Las niñas están conmigo.
—Lo sé.
—Puedes verlas esta tarde.
Mónica asintió.
—Gracias.
Él la miró.
—No tienes que darme las gracias.
Mónica soltó una risa rota.
—Todo el mundo dice eso.
Subieron al coche.
—¿Necesitas dinero?
—No.
—Mónica.
—Tengo ahorros.
—Para cuánto.
Ella no respondió. Su exmarido arrancó.
—No voy a dejar que las niñas pasen necesidades por esto.
Mónica empezó a llorar.
—No quiero que pienses que intento volver.
—No lo pienso.
—Está bien.
—Solo intento que sigas siendo su madre.
Mónica miró por la ventanilla y se aferró a esa pequeña oportunidad.
***
Teresa siguió trabajando. Fue la única. Su empresa no la suspendió porque aún no había cargo firme ni condena. Algunos compañeros la evitaban y otros la defendían.
«Fue por proteger a un niño.»
«La prensa exagera.»
«El hombre había secuestrado al crío.»
Teresa no corregía. Tampoco alimentaba demasiado. Una mañana, una compañera se acercó a la máquina de café.
—Yo te entiendo.
Teresa miró el vaso.
—No hace falta.
—Tengo dos hijas. Si alguien les hace algo…
—No les hizo nada a mis hijos.
La mujer se quedó quieta.
—Se llevó al hijo de Clara.
—Sé lo que hizo.
—Y no le hizo lo que todo el mundo cree.
La compañera bajó la voz.
—Pero algo habría.
Teresa sintió una incomodidad.
—Se lo llevó.
—Eso digo.
—No. Tú estás diciendo otra cosa.
La mujer se encogió de hombros.
—Bueno, ya me entiendes.
Teresa se llevó el café. Le irritó que alguien le diera la razón.
***