CAPÍTULO 14 #2
Nico frunció el ceño.
—No entiendo.
—Cuando seas mayor te lo explicaré mejor.
—Siempre decís eso.
Clara sonrió con lágrimas.
—Porque es verdad.
Nico se apoyó en ella.
—¿Vas a ir a la cárcel?
Clara apartó la mirada un momento.
—No lo sé.
El niño la abrazó más fuerte. Javier miró hacia otro lado. Clara pensó que aquella pregunta iba a acompañarlos durante mucho tiempo. Dejó de buscar una respuesta bonita porque aquella respuesta no existía.
***
Teresa no llevó el reloj durante dos días. Lo dejó en un cajón. La tercera mañana lo sacó. Lo miró sobre la mesa. Había limpiado la sangre con un bastoncillo y alcohol. La esfera tenía un arañazo. Se lo puso. Su marido entró en la cocina.
—¿Ese reloj es nuevo?
Teresa miró la muñeca.
—No.
—No te lo había visto.
—Lo tenía guardado.
Él abrió un armario.
—Te queda grande.
—Ya lo ajustaré.
Teresa bebió café. Los niños discutían en el pasillo. Uno gritó que el otro había cogido su sudadera. Teresa levantó la voz.
—¡Cada uno con lo suyo y nos vamos!
Su marido sonrió.
—Hoy estás de buen humor.
—¿Por qué no iba a estarlo?
Él la miró.
—No sé. Con todo lo que está pasando.
Teresa dejó la taza.
—No puedo dejar de vivir.
—No digo eso.
—Pues parece.
—Solo te pregunto.
Teresa se acercó y le dio un beso.
—Estoy bien.
Su marido aceptó la respuesta. Llevaban muchos años aceptando respuestas.
***
Pardo encontró el reloj en una fotografía.
La pista del reloj apareció en redes, lejos de la nave.
Una madre había publicado una imagen de una actividad escolar dos días después de la desaparición de Adrián.
Teresa aparecía al fondo. La manga subida.
El reloj en la muñeca. La inspectora amplió.
Pidió fotografías del objeto a Pilar Montalvo.
La madre respondió en menos de una hora.
«Es de Adrián.»
Pardo citó a Teresa. El abogado llegó antes. Teresa entró tranquila.
—¿Otra vez?
—Tenemos una pregunta.
Pardo colocó la fotografía. Teresa miró. No cambió de expresión.
—¿Qué?
—El reloj.
—¿Qué pasa?
—Era de Adrián.
Teresa observó la imagen.
—Puede parecerse.
Pardo puso otra fotografía. Adrián saliendo de un restaurante. Mismo reloj.
—Es el mismo reloj.
Teresa cruzó los brazos.
—No sé.
—Lo lleva usted.
—Tengo uno parecido.
—Enséñemelo.
El abogado intervino.
—Mi cliente no tiene obligación de entregar objetos personales sin requerimiento.
Pardo miró a Teresa.
—Podemos solicitarlo.
—Solicítelo.
—¿Por qué lo tenía?
—No lo tenía.
—Teresa.
—Tengo un reloj.
—De Adrián.
—Eso dice usted.
Pardo cerró la carpeta.
—Eva la vio quitarlo del cuerpo.
Teresa parpadeó.
—Miente.
—Clara recuerda que quedó en una caja.
—Entonces quedó en una caja.
—Y usted volvió sola unos minutos durante el traslado.
—Se me cayó una llave.
—¿Qué llave?
Teresa tardó.
—No recuerdo.
Pardo dejó escapar una sonrisa. No fue una sonrisa agradable.
—Una llave que nadie más vio.
Teresa miró al abogado. Él no habló. Pardo continuó.
—Rocío recuerda que volvió con la mano cerrada.
—Rocío recuerda muchas cosas ahora.
—¿Qué quiere decir?
—Que está colaborando y necesita dar nombres.
—¿Cree que la culpa es de ella?
—Creo que todos estamos contando una historia que nos conviene.
—¿Usted también?
Teresa no apartó los ojos.
—Yo no he matado a nadie.
Pardo no reaccionó.
—Nadie ha dicho que lo hiciera sola.
—Yo no lo empujé.
—Tampoco hemos dicho eso.
—Entonces ¿qué buscan?
—Qué hizo después.
Teresa cruzó las piernas.
—Lo mismo que las demás.
—¿Y el reloj?
—No sé nada.
La inspectora respiró.
—Teresa, llevar el reloj de un hombre cuyo cadáver ayudó a esconder no es un detalle pequeño.
—Está dando por hecho que es suyo.
—Lo vamos a saber.
Teresa sonrió.
—Pues cuando lo sepan me llaman.
Se levantó. El abogado la siguió. En el pasillo, él habló.
—¿Lo tienes?
Teresa caminó.
—¿Qué?
—No juegues conmigo.
Ella se detuvo.
—Sí.
El abogado cerró los ojos.
—Dios.
—No es para tanto.
—Es evidencia.
—No prueba que lo matara.
—Prueba que cogiste un objeto del cadáver.
—Puedo decir que lo retiré para que no se perdiera.
—Y después te lo pusiste.
Teresa se encogió de hombros.
—No pensé.
El abogado la miró.
—Eso no te lo va a creer nadie.
—Entonces inventaremos algo mejor.
Él se quedó quieto. Teresa siguió caminando.
—No vuelvas a decir eso delante de mí.
Ella se volvió.
—¿Qué?
—Inventaremos.
Teresa sonrió apenas.
—Era una forma de hablar.
El abogado no pareció convencido.
***
Rocío declaró por segunda vez. Esta vez con abogado de oficio. Contó la llamada a Irene. Contó que Teresa había buscado a Samuel. Contó las frases. Contó el reloj. Cuando Pardo preguntó por el momento en que Adrián cae, Rocío empezó a temblar.
—Teresa lo agarró.
—¿Lo empujó?
—No sé.
—¿Usted tocaba a alguien?
—A Teresa.
—¿Eva?
—A Adrián.
—¿Clara?
—Creo que también.
—¿Mónica?
—No lo sé.
—Entonces no puede afirmar que Teresa lo tirara.
—No.
—¿Pero sí que impedía que se fuera?
—Sí.
—¿Y usted?
Rocío tardó.
—Antes también.
Pardo esperó.
—Eso es importante.
—Lo sé.
—¿Por qué volvió cada día?
Rocío lloró.
—Porque tenía miedo de irme.
—¿De Teresa?
—De todo.
—Concrete.
Rocío se limpió la cara.
—De que saliera. De que denunciara. De perder a Alma. De ser la única que abandonaba al grupo. De que Teresa tuviera razón. De que Adrián tuviera razón. De que si me iba y pasaba algo fuera todavía fuera culpa mía.
Pardo anotó.
—¿Cuándo dejó de creer que Adrián era un peligro?
—Cuando hablé con Irene.
—¿Y antes?
—Ya dudaba.
—¿Por qué no lo soltó entonces?
—Porque era cobarde.
—Eso es una valoración.
—Es la verdad.
Pardo no insistió.
***
Eva entregó su declaración completa. Fue la más técnica. Horas. Estado físico. Agua. Lesiones. Las bridas. La mano. La herida fatal. Pardo pidió que describiera el momento del 112. Eva se quedó callada.
—Necesito saber cuánto tiempo transcurrió.
—No puedo asegurarlo.
—¿Segundos?
—Sí.
—¿Minutos?
—Puede que uno.
—¿Adrián podía haberse salvado?
—No puedo saberlo.
—Como enfermera.
—Ni como enfermera.
—¿Era posible?
Eva lloró.
—Sí.
Pardo esperó.
—¿Probable?
—No lo sé.
—¿Pidió ambulancia?
—Sí.
—¿Cuántas veces?
—Varias.
—¿Por qué no llamó usted misma?
—Mi teléfono estaba lejos.
—¿Podía levantarse?
—Sí.
—¿Por qué no lo hizo?
Eva miró sus manos.
—Porque estaba presionando la herida.
—¿Y después?
—Después ya estaba en parada.
—¿Entonces?
—Empecé reanimación.
—¿Pidió que otra persona llamara?
—Sí.
—¿Quién?
—Clara. Rocío.
—¿Teresa?
Eva apretó la mandíbula.
—Teresa dijo que no.
—¿Y Mónica?
—No hizo nada.
Pardo tomó nota.
—¿Usted dejó de reanimar por indicación de Teresa?
Eva levantó la cabeza.
—No.
—¿Por qué dejó de hacerlo?
—Porque no respondía y llevaba demasiado tiempo.
—¿Cuánto?
Eva cerró los ojos.
—No lo sé.
—Eva.
—Perdí la cuenta.
Sintió vergüenza al oírlo.
—¿Le había pasado antes?
—¿Qué?
—Perder la cuenta durante una reanimación.
Eva negó.
—No.
Pardo bajó la voz.
—Porque no estaba trabajando.
Eva empezó a llorar.
—Porque estaba aterrada.
La inspectora dejó el bolígrafo.
—Entiendo lo que dices.
—No me diga eso.
Pardo la miró. Eva se limpió la cara.
—Todo el mundo me dice que entiende. Nadie debería entenderlo.
***
Mónica tardó más. Su declaración se quebraba en los detalles pequeños: la furgoneta, las llaves, la ruta, la lona, la ubicación.
Recordaba perfectamente dónde había comprado el agua, que Rocío perdió un pendiente y un perro ladrando a lo lejos.
En cambio, no podía decir quién había propuesto mover el cuerpo, quién abrió las puertas traseras ni cómo llegó ella a casa. Pardo no la presionó igual.
Mónica terminó diciendo:
—Soy la que hizo posible casi todo.
La inspectora levantó la vista.
—¿Qué quiere decir?
—La nave. Las llaves. La furgoneta. Sabía que nadie iba a entrar. Sabía qué caminos tenían cámaras y cuáles no.
—¿Lo hizo para facilitar un crimen?
—Al principio no.
—¿Después?
—Después sí.
—¿Por qué?
—Porque se me da bien resolver problemas.
Pardo esperó. Mónica lloró.
—Y convertí a un muerto en un problema que había que resolver.
La inspectora no dijo nada.
***
Clara recibió una llamada de Pilar. No sabía cómo había conseguido su número.
—Soy la madre de Adrián.
Clara se sentó.
—Sí.
—No voy a insultarte.
—Puede hacerlo.
—No me sirve.
—Lo siento.
—Ya.
—Sé que no significa nada.
—Significa algo. Solo que no arregla nada.
Clara apretó el teléfono.
—¿Por qué me llama?
—Samuel quiere saber cómo murió.
Se quedaba sin aire.
—No sé si debería hablar con él.
—No te estoy pidiendo que hables con Samuel.
—Entonces.
—Quiero saberlo yo.
—Fue un accidente.
Pilar guardó silencio.
—Esa frase la he oído mucho.
—Cayó durante un forcejeo.
—¿Quién lo empujó?
—No lo sé.
—¿Tú estabas allí?
—Sí.
—¿Le tocaste?
—Sí.
—¿Estaba vivo después?
Clara empezó a llorar.
—Sí.
Pilar respiró al otro lado.
—¿Cuánto?
—No sé.
—¿Pidió ayuda?
Clara necesitó un momento.
—No con palabras claras.
—¿Podía hablar?
—Un poco.
—¿Y no llamasteis?
Pilar encontró la respuesta en aquel silencio.
—Eso quería saber.
—Pilar.
—No.
—Lo siento.
—No vuelvas a llamarme.
—No pensaba hacerlo.
—Mejor.
La llamada terminó. Clara se quedó sentada. Javier entró en la habitación.
—¿Quién era?
—Su madre.
Él se quedó quieto.
—¿Qué quería?
—Saber si estaba vivo después de caer.
—¿Y se lo has dicho?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque era su hijo.