Las buenas madres CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Contarlo todo

Clara llegó a comisaría a las ocho y trece. La inspectora Pardo la esperaba sin carpeta, y eso le dio más miedo a Clara que verla con veinte.

—¿Abogado?

—Está de camino.

—Esperamos.

Clara se sentó. No sabía dónde poner las manos. Pardo no dijo nada durante varios minutos. Al final fue Clara quien habló.

—Está en la cantera.

La inspectora levantó la vista.

—Ya lo hemos encontrado.

—Entonces llego tarde.

—Llega cuando puede.

Clara abrió los ojos.

—No me diga cosas amables.

Pardo mantuvo la expresión neutra.

—No intento ser amable.

—Entonces mejor.

El abogado llegó veinte minutos después. Un hombre de unos cincuenta años que Clara había visto una vez en una comida de empresa de Javier. No recordaba su nombre hasta que se lo dijo.

—Álvaro Prieto.

Clara estrechó la mano.

—Gracias por venir.

—Me ha llamado Javier.

A Clara le dolió que Javier hubiera llamado. Se sentaron. Álvaro pidió unos minutos a solas. Pardo salió.

—Clara —dijo el abogado—, necesito saber qué vas a contar.

—Todo.

—Eso no es una estrategia.

—No quiero una estrategia.

—La vas a necesitar.

Clara se fijó en él.

—Un hombre está muerto.

—Precisamente.

—No quiero seguir mintiendo.

Álvaro se inclinó hacia ella.

—Contar la verdad no significa hablar sin orden. Necesito saber qué ocurrió.

Clara respiró. Empezó por el parque. Álvaro la detuvo.

—Eso ya consta.

—Quiero contarlo desde ahí.

—De acuerdo.

Clara siguió. El nombre de Adrián. La mentira.

Las fotografías. La investigación. La nave.

La puerta. Teresa. La bofetada. La noche.

Las bridas. La prueba genética. Samuel. Los dedos.

La salida que nunca llegaba. El forcejeo.

La caída. El teléfono. Álvaro no la interrumpió durante varios minutos.

Cuando Clara llegó a la llamada que no hicieron, su voz cambió.

—Eva dijo que llamáramos.

—¿Y tú?

—Tenía el teléfono en la mano.

—¿Marcaste?

—No.

—¿Por qué?

—Teresa habló de Nico.

Álvaro se quedó callado.

—¿Te amenazó?

—No.

—¿Te impidió físicamente llamar?

—No.

—Entonces no digas que Teresa te impidió.

Clara abrió los ojos.

—No iba a hacerlo.

—Bien.

—Quiero dejar claro que fui yo.

—Fuiste una de las que no llamó.

—Sí.

Álvaro asintió.

—Eso es distinto a decir «fui yo».

La rabia volvió con fuerza.

—¿De verdad importa?

—Legalmente, sí.

—Moralmente me da igual.

—La moral no dicta la prisión provisional.

Álvaro continuó.

—¿Quién decidió mover el cuerpo?

—No sé.

—Necesito precisión.

—Teresa empezó a recoger cosas. Mónica preguntó cuánto tiempo podía quedarse allí. Eva dijo que el cuerpo iba a cambiar. Luego ya estábamos hablando de moverlo.

—¿Tú propusiste lugar?

—No.

—¿Condujiste?

—Mi coche iba detrás.

—¿Tocaste el cuerpo?

—Sí.

—¿Lo ayudaste a envolver?

—Sí.

—¿Lo arrastraste?

Clara cerró los ojos.

—Sí.

Álvaro anotó.

—¿Cogiste objetos personales?

—No.

—¿Viste quién cogió el reloj?

Teresa apareció en su cabeza.

—No.

—¿Sospechas?

—Sí.

—Eso no es lo mismo.

Clara hizo un gesto de acuerdo.

—Teresa.

—¿Por qué?

—Porque volvió sola un momento. Porque la caja estaba vacía. Porque lleva días actuando como si todavía tuviera algo que controlar.

Álvaro guardó silencio.

—¿La has visto con él?

—No.

—Entonces di únicamente lo que viste.

Clara se hundió en la silla.

—Estoy cansada de medir cada palabra.

—Vas a tener que hacerlo durante meses.

Pardo regresó. La declaración empezó a las diez y veinte.

Duró más de cuatro horas. Clara habló. Esta vez no recortó.

Clara mantuvo las fechas aunque la perjudicaran y evitó cargar todo sobre Teresa.

Admitió que ella misma había empujado al grupo cada vez que calló información. Admitió que encontró una carta.

—¿Qué hizo con ella? —preguntó Pardo.

Clara miró al abogado. Álvaro no reaccionó.

—La quemé.

Pardo dejó el bolígrafo.

—¿Dónde?

—En casa.

—¿Por qué?

—Porque demostraba que Adrián no se estaba inventando la relación.

—¿Y eso qué cambiaba?

—Todo.

—Explíquelo.

—Las otras creían que él me acosaba desde hacía años. Yo dejé que lo creyeran.

—¿Era falso?

—No del todo.

—Clara.

—Adrián fue controlador. Insistente. Se presentó una vez en mi casa. Me llamó demasiado. Quiso saber cosas que ya no le correspondían. Pero no fue lo que yo dejé que las demás imaginaran.

Pardo escribió.

—¿Usted sabía que no era un depredador sexual?

—No sabía qué era.

—Pero no tenía pruebas de que lo fuera.

—No.

—¿Y aun así siguió?

—Sí.

Pardo hizo una pausa.

—¿Por qué?

Clara tardó en responder.

—Porque si Adrián solo era un hombre obsesionado con saber si Nico era suyo, entonces yo tenía parte de responsabilidad en que estuviera allí.

—¿Y si era un depredador?

—Entonces yo podía odiarlo.

Pardo no escribió al momento.

—¿Lo entendías entonces?

Clara negó despacio.

—No. Solo lo he entendido yo ahora.

La inspectora siguió.

—Cuando la prueba salió negativa, ¿por qué no lo liberaron?

—Rocío quiso.

—¿Usted?

—Yo dije que necesitaba pensar.

—¿Pensar qué?

Clara apretó las manos.

—Qué pasaba después.

—¿Prisión?

—Sí.

—¿Custodia de su hijo?

—Sí.

—¿Su relación con Javier?

—Sí.

—¿Su trabajo?

—Sí.

—¿Su reputación?

Clara pensó antes de contestar.

—También.

—¿Entonces Adrián dejó de ser retenido para proteger a Nico?

—Sí.

—¿Para protegerlas a ustedes?

—Sí.

La palabra quedó clara y Pardo cambió de hoja.

—La muerte.

Notó el golpe directamente en el estómago.

—Teresa lo agarró.

—¿Por qué?

—Porque él se iba.

—¿Adrián la golpeó?

—Le apartó los brazos. Antes ya había forcejeado con ella.

—¿Intentó atacarla?

—No.

—¿Ella cogió la barra?

—Sí.

—¿Llegó a golpearlo con la barra en ese momento?

—No. La soltó.

—¿Entonces cómo cae Adrián?

Clara reconstruyó. Había intentado hacerlo muchas veces desde aquella noche. Cada vez veía algo distinto. Eva agarrando un brazo. Rocío entre ambas. Mónica tropezando. Teresa tirando de la camiseta. Adrián girándose. El palé. La mesa. El metal.

—No sé quién lo empujó.

—¿Alguien lo empujó?

—Todos estábamos tocándonos.

—Necesito que sea más concreta.

—No puedo.

—¿Lo agarró usted?

Clara dejó pasar unos segundos.

—Creo que del brazo.

—¿Por qué?

—Para separarlo.

—¿De Teresa?

—Sí.

—¿Y Eva?

—También.

—¿Rocío?

—A Teresa.

—¿Mónica?

—Intentó sujetar a Teresa cuando tropezó.

Pardo anotó.

—¿Puede afirmar que una sola persona provocó la caída?

—No.

—Es suficiente.

El alivio llegó antes de que pudiera evitarlo. Lo odió. La inspectora continuó.

—Después de la caída, Eva pide llamar.

—Sí.

—Rocío saca el teléfono.

—Sí.

—Teresa se lo quita.

—Sí.

—¿Por cuánto tiempo?

—No sé. Segundos.

—¿Usted tenía teléfono?

—Sí.

—¿Podía llamar?

—Sí.

—¿Alguien se lo impidió?

—No.

—¿Adrián estaba vivo?

—Sí.

—¿Consciente?

—Al principio.

—¿Respiraba?

—Sí.

—¿Eva dijo que necesitaba ambulancia?

—Varias veces.

—¿Y usted no llamó?

Las lágrimas empezaban.

—No.

Pardo esperó.

—¿Por qué?

Clara se limpió la cara.

—Porque pensé en Nico.

La inspectora bajó el bolígrafo.

—¿Y Adrián?

Clara tragó saliva.

—No pensé suficiente en él.

Durante un rato, Pardo no formuló ninguna otra pregunta.

***

Cuando terminó, Álvaro pidió que Clara no hablara con prensa ni con las otras mujeres.

Pardo añadió:

—Especialmente con Teresa.

Clara miró a la inspectora.

—¿Por qué?

—Porque estamos comprobando algo.

—¿El reloj?

Pardo no respondió. Clara entendió.

—Lo tiene ella.

—No sabemos eso.

—Yo sí.

Álvaro intervino.

—Clara.

—Eso lo sé.

Pardo cerró la carpeta.

—Vaya a casa. No salga de la ciudad y manténgase localizable.

—¿Voy a prisión?

—Eso lo decidirá el juzgado cuando corresponda.

—¿Puedo ver a Nico?

—No depende de mí.

Clara asintió. Al salir, había periodistas. Álvaro quiso sacarla por otra puerta. Clara negó.

—Da igual.

Caminó entre cámaras. Preguntas.

«¿Mató usted a Adrián?»

«¿Por qué escondieron el cadáver?»

«¿Eran amigas?»

«¿Lo torturaron?»

Clara siguió. Una mujer gritó desde detrás de una valla:

—¡Asesina!

Clara no se detuvo. Subió al coche. Álvaro cerró la puerta.

—No mires redes.

—No pensaba.

—Sí piensas.

Clara dejó caer la nuca contra el respaldo.

—Quiero ver a Nico.

—Habla con Javier.

—No me va a dejar.

—Pregúntale.

Clara sacó el teléfono. Tenía un mensaje. Javier.

«Nico sale a las cinco. Puedes verlo conmigo delante.»

Lloró de puro cansancio.

***

Nico estaba sentado en un banco cuando Clara llegó. El mismo parque. Javier había elegido aquel lugar. Clara se detuvo en la entrada. Durante un segundo no pudo caminar. El barco de madera seguía allí. Los columpios. La heladería. Todo. Nico la vio. Corrió. Clara se agachó. Lo abrazó.

—Mamá.

—Hola.

—Papá dice que estás metida en un lío.

Clara se volvió hacia Javier. Él permanecía a unos metros.

—Sí.

—¿Por Adrián?

—Sí.

Nico bajó la voz.

—¿Está muerto?

El corazón se le cerraba.

—¿Quién te lo ha dicho?

—En el cole.

Clara miró a Javier. Él negó.

—Lo oyó.

Nico tiró de la manga de Clara.

—¿Está muerto?

—Sí.

El niño bajó la mirada.

—Ah.

Clara se sentó con él.

—¿Estás triste?

Nico se encogió de hombros.

—No sé.

—Puedes estarlo.

—Pero se llevó a un niño.

Clara bajó la mirada.

—Sí.

—A mí.

—Sí.

—Entonces era malo.

Clara miró a su hijo.

—Hizo una cosa mala.

—¿No es lo mismo?

Clara tardó.

—No siempre.

Nico pensó.

—Papá dice que la gente puede hacer cosas malas sin ser mala todo el rato.

Clara se volvió hacia Javier. Él apartó la vista.

—Papá tiene razón.

—Adrián me compró un batido.

Clara tragó saliva.

—Lo sé.

—Y lloró.

—También.

—¿Por qué?

Ya no podía mentirle. No con todo.

—Porque pensaba que podía ser tu padre.

Nico frunció el ceño.

—Pero papá es mi padre.

—Sí.

—Entonces Adrián se equivocó.

—Sí.

—¿Y tú sabías que estaba equivocado?

Para un niño de ocho años, aquella pregunta resultaba demasiado grande.

—No estaba segura.

Nico miró a Javier. Después a Clara.

—¿Y papá sí?

—Papá siempre supo que era tu padre.

—Entonces vale.

Nico aceptó la explicación con una sencillez que estuvo a punto de quebrar a Clara. Nico volvió a jugar con la cremallera de la chaqueta.

—¿Tú le hiciste daño?

Javier se tensaba.

—Sí.

Nico levantó los ojos.

—¿Mucho?

Clara no pudo responder. Javier se acercó.

—Nico.

—Quiero saberlo.

Clara respiró.

—Hice cosas que no debía. Y no hice otras que tenía que haber hecho.