CAPÍTULO 13
Cinco versiones
La madre de Adrián se llamaba Pilar. Clara lo supo por televisión.
La entrevista se emitió en directo a las siete de la tarde.
Pilar Montalvo estaba sentada en el salón de su casa.
Detrás había una estantería llena de libros y una fotografía de Adrián con unos veinte años.
Clara no quería verla. La vio entera. El periodista empezó por la desaparición.
—¿Cuándo habló con su hijo por última vez?
—Hace cinco días.
—¿Le notó preocupado?
—Mucho.
—¿Tenía miedo?
Pilar tardó.
—No me lo dijo.
—¿Y usted?
—Yo sí.
Las palabras se le clavaron.
—¿Por lo ocurrido con el niño?
—Por todo.
—Su hijo estaba siendo investigado.
—Y tendría que responder por lo que hizo.
El periodista pareció sorprendido.
—¿No cree que fue tratado injustamente?
Pilar lo miró.
—Una cosa no quita la otra.
—¿Qué quiere decir?
—Que mi hijo no tenía derecho a llevarse a ese niño.
—Pero…
—No necesito que nadie lo convierta en santo porque haya desaparecido.
El periodista calló. Pilar continuó.
—Tampoco necesito que lo conviertan en un monstruo para justificar cualquier cosa que le hagan.
El estómago se cerraba.
—¿Cree que alguien le ha hecho daño?
—No lo sé.
—¿Sospecha de alguien?
Pilar miró directamente a cámara.
—La policía sabe más que yo.
El periodista intentó insistir.
—¿Qué le diría a Clara, la madre del niño?
Clara dejó de respirar. Pilar tardó unos segundos.
—Que entiendo el miedo.
Se le llenaron los ojos.
—¿La perdona?
Pilar negó.
—No me corresponde perdonar nada.
—¿Entonces?
—Solo digo que entiendo que una madre asustada puede hacer cosas de las que luego se arrepiente.
Clara se tapó la boca.
—¿Y qué no entiende?
Pilar miró hacia un lado.
—Lo que pasa cuando el miedo ya ha terminado y una persona sigue.
Clara apagó la televisión, incapaz de seguir. Javier estaba en la puerta y ella no sabía cuánto había escuchado.
—Nico está durmiendo.
Clara se limpió la cara.
—Lo entiendo.
—¿Quieres que me vaya?
—No.
Javier entró. Se sentó en el otro extremo del sofá.
—Mañana vas a declarar.
—Sí.
—¿Vas a contarme algo antes?
Clara miró sus manos.
—No puedo.
—Lo sé.
—Quiero.
—No parece.
Clara respiró.
—Si te cuento algo, te convierto en parte.
Javier la miró.
—Ya soy parte.
—No de esto.
—Soy el padre de Nico. Tú eres su madre. Adrián se lo llevó. Tú tuviste una relación con él. Ahora ha desaparecido. ¿Cuánto más cerca quieres que esté?
Clara no respondió. Javier se inclinó.
—¿Sabes dónde está?
Javier lo preguntó sin rodeos. Clara se tensó.
—No.
La mentira fue más fácil de lo que esperaba. Eso la asustó. Javier la observó.
—Vale.
Javier no insistió y ese gesto estuvo a punto de hacerla confesar.
***
A la mañana siguiente, Pardo empezó por la furgoneta de Adrián. La habían encontrado en el aparcamiento del supermercado. Aquella fila quedaba fuera del ángulo útil de las cámaras y los testigos solo recordaban una discusión entre varias personas.
Después colocó varias fotografías sobre la mesa. Las imágenes mostraban coches, la entrada de la nave y una furgoneta. A Clara se le fue el color de la cara.
—¿Reconoce esto?
—Sí.
—¿Qué?
—La nave.
—¿Y la furgoneta?
—No.
Pardo la miró.
—Está registrada a nombre de una empresa cliente de la gestoría donde trabaja Mónica.
Clara guardó silencio.
—Aparece saliendo de la zona de la nave la noche posterior a la última vez que se vio a Adrián.
—No sé quién la llevaba.
—La cámara no permite ver el conductor.
Clara respiró un poco. Pardo sacó otra foto. El coche de Mónica. Otra. El de Eva. Otra. El de Rocío. Otra. El de Clara.
—Todas estuvieron allí esa noche.
Clara apretó los dedos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Nos reunimos.
—¿Para qué?
—Hablar.
Pardo la observó.
—¿En una nave industrial a medianoche?
—No queríamos estar en casa de nadie.
—¿Adrián estaba allí?
Clara hizo un gesto negativo. Pardo no apartó la vista.
—Clara.
Ella mantuvo la cara quieta.
—No.
La inspectora guardó las fotografías.
—Tenemos sangre de Adrián en la nave. El laboratorio ha comparado el perfil con una muestra de referencia recogida en su domicilio durante la investigación de su desaparición.
El corazón le golpeaba la garganta.
—Ya estuvo allí antes.
—¿Cuándo?
Clara buscó una respuesta que no la comprometiera.
—Cuando hablamos con él.
—¿Entonces sí estuvo?
—Sí.
Pardo no dijo nada.
—Estuvo antes.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—Horas.
Clara asintió.
—¿Días?
Ella no respondió. Pardo dejó el bolígrafo.
—Cada vez que corrige una mentira con una verdad pequeña, se mete más.
Clara miró la mesa.
—Lo sé.
—Entonces ayúdeme.
En Javier. En las demás. En la cantera.
—No puedo.
—Es posible.
—No.
Pardo respiró.
—¿Está muerto?
Clara no consiguió responder y su silencio le bastó a la inspectora.
—¿Dónde está?
—No sé.
—¿Quién lo sabe?
Le vino a la cabeza Teresa. En la mano cerrada. En el reloj.
—No sé.
Pardo se levantó.
—Entonces voy a averiguarlo sin usted.
Clara volvió a sentir miedo. Lo que la inquietaba era la posibilidad de que Teresa decidiera adelantarse, más que la policía.
***
Los abogados empezaron a hablar entre ellos. Al principio ocurrió de manera informal, a través de llamadas y mensajes.
«Conviene que las versiones no sean incompatibles.»
«No coordinen hechos.»
«No borren mensajes.»
«No contacten con testigos.»
Las cinco recibieron instrucciones parecidas y las interpretaron de forma distinta. A Mónica le preocupaba qué había dicho cada una. Eva prefería no hablar con nadie, Rocío estaba a punto de confesar y Clara seguía sin poder pronunciar la palabra cadáver. Teresa se puso a llamar. Empezó por Mónica.
—Necesitamos hablar.
—Mi abogado dice que no.
—Tu abogado no sabe todo.
—Precisamente.
—Mónica.
—No me llames.
Después a Eva. Eva no contestó. A Rocío.
—¿Qué quieres?
—Saber qué has dicho.
—La verdad.
—Eso no existe.
Rocío sintió rabia.
—Claro que existe.
—¿Quién dijo «mételo»?
Rocío permaneció inmóvil un instante.
—No me acuerdo.
—Yo tampoco.
—¿Quién cerró la puerta?
—Mónica.
—La primera noche.
—No sé.
—¿Quién decidió que Adrián no saliera?
—Todas.
Teresa guardó silencio.
—¿Quién impidió llamar al 112?
Las manos empezaban a temblar.
—Tú.
—Yo te quité el teléfono.
—Sí.
—Clara tenía otro.
—No lo uses.
—No uso nada. Te recuerdo lo que pasó.
—Tú dijiste que pensáramos en nuestros hijos.
—Y pensaste.
Rocío se frotó los párpados.
—Eres una monstruo.
Teresa soltó una risa breve.
—Eso te sirve.
—¿Qué?
—Necesitas que yo sea el monstruo para que tú puedas ser otra cosa.
Teresa continuó.
—Pero ayudaste a meterlo en el coche.
—Sí.
—Volviste.
—Sí.
—Conseguiste la muestra de Nico.
—Sí.
—Estabas allí cuando murió.
—Sí.
—Ayudaste a moverlo.
Rocío empezó a llorar.
—Sí.
—Entonces deja de hablar de mí como si tú hubieras llegado al final por accidente.
Rocío colgó. Tardó diez minutos en llamar a su abogado.
—Quiero contarlo todo.
El hombre guardó silencio.
—¿Todo qué?
—Dónde está Adrián.
***
Eva confesó a Nuria esa misma noche. No contó todos los detalles, aunque sí los suficientes. Nuria no gritó. Escuchó. Cuando Eva terminó, se levantó.
—Voy a llevarme a Lucas a casa de mi hermana.
El cuerpo se le rompía.
—No me lo quites.
—No te lo estoy quitando.
—Nuria.
—Necesito pensar.
—Puedo perderlo.
—Lo entiendo.
Eva lloró.
—No quería hacerle daño.
Nuria la miró.
—Pero se lo hiciste.
Eva asintió.
—Sí.
—¿Y murió?
—Sí.
Nuria se tapó la boca. Pasaron varios segundos.
—¿Llamaste a emergencias?
Eva negó. Nuria empezó a llorar.
—Eres enfermera.
Eva bajó la cabeza. El reproche pesó más que cualquier insulto.
—Lo sé.
Nuria cogió las llaves.
—No vengas detrás.
Se marchó. Eva se quedó sola. A los cinco minutos llamó a la inspectora Pardo.
***
Mónica recibió una llamada de su exmarido.
—¿Qué está pasando?
—Nada.
—Las niñas han oído cosas en el colegio.
—¿Qué cosas?
—Que tú estabas con las otras madres cuando desapareció ese hombre.
Mónica sintió náuseas.
—La gente habla.
—¿Es mentira?
Mónica no respondió.
—Mónica.
—No puedo hablar.
—¿Necesitas abogado?
Ella empezó a llorar.
—Sí.
—¿Estás metida en algo grave?
Mónica miró la mesa. Las llaves de la nave ya no estaban allí.
—Sí.
Su exmarido guardó silencio.
—Voy a por las niñas.
—No.
—Sí.
—Son mis hijas.
—Y mías.
—Por favor.
—Hasta que sepa qué pasa.
La llamada terminó. Mónica se quedó de pie en la cocina. Comprendió entonces que esconder el cuerpo únicamente había aplazado el golpe que recibirían sus hijas.
***
Clara recibió tres llamadas casi seguidas. Tenía llamadas de Rocío, Eva y Pardo. No respondió a ninguna. Javier la encontró sentada en el suelo del baño.
—¿Qué pasa?
Clara levantó la cabeza.
—Se están rompiendo.
—¿Quiénes?
Ella cerró los ojos. Javier entendió.
—Las madres.
Él se sentó frente a ella.
—¿Y tú?
—También.
—Entonces habla.
—No puedo.
—Siempre puedes.
Clara empezó a llorar.
—Está muerto.
Javier se quedó inmóvil.
—¿Quién?
Clara no pudo decir el nombre, pero Javier lo entendió y se levantó.
—No.
—Javier.
—No.
—Fue un accidente.
—No me digas nada más.
—Necesito que sepas…
—No.
Clara intentó levantarse. Javier dio un paso atrás.
—¿Dónde está?
Ella cerró los ojos.
—No puedo.
—¿Lo movisteis?
Clara lloró. Javier se cubrió la cara con ambas manos.
—Dios mío.
—No quería.
—¿Llamasteis?
Clara no respondió. Javier la miró.
—¿Estaba vivo?
A Javier le bastó el silencio para entenderlo. Apartó la mirada un momento.
—Dios mío.
Se marchó del baño. Clara oyó una puerta. Después otra. Se quedó sola.
***
Teresa fue la última en saber que Eva había llamado a la policía.
Pardo la citó. Teresa acudió con abogado.
Negó saber dónde estaba Adrián. Negó haber participado en el traslado.
Dijo que se había marchado antes. Pardo colocó sobre la mesa varias fotografías de tráfico: la furgoneta, un coche detrás y Teresa.
La mentira duró poco. Cambió la versión.
Había ido para intentar convencer a las demás de llamar. Pardo tomó nota.
—¿Quién decidió mover el cuerpo?
—No lo sé.
—¿Usted ayudó?
—Sí.
—¿Por qué?
—Estaba asustada.
—¿Quién quitó el reloj de Adrián?
Teresa no cambió la cara.
—No recuerdo ningún reloj.
Pardo la miró.
—Llevaba uno.
—Puede ser.
—No apareció en la nave.
—No sé dónde está.
La inspectora guardó silencio. Teresa no apartó los ojos.
—¿Algo más?
—Sí.
Pardo sacó otra fotografía. La cantera.
—Rocío y Eva están colaborando.
Teresa no reaccionó.
—Han indicado una zona.
Teresa apretó los labios.
—Entonces ya no me necesita.
—La necesito para saber si el cuerpo sigue allí.
Teresa parpadeó demasiado rápido. Pardo lo vio.
—¿Ha vuelto?
—No.
—¿Está segura?
—Sí.
—¿Cogió algo?
—No.
—¿El reloj?
Teresa negó y Pardo se inclinó hacia ella.
—Teresa, si el cuerpo no está donde ellas dicen, esta conversación cambia mucho.
Sin perder la calma, Teresa esperó la siguiente pregunta.
—Estará.
—¿Cómo lo sabe?
Esta vez necesitó un segundo para responder.
—Porque nadie tendría motivo para moverlo.
Pardo se quedó quieta. Teresa comprendió demasiado tarde lo que acababa de revelar. La inspectora anotó algo.
—Gracias.
Al salir, Teresa sacó el teléfono en el pasillo.
Clara no respondió y tampoco consiguió que contestaran Mónica, Rocío o Eva.
Caminó hasta el coche, se sentó y miró la muñeca izquierda.
El reloj de Adrián seguía allí, cubierto bajo la manga desde hacía días.
Se lo quitó. En la palma pesaba más de lo esperado.
En vez de tirarlo, lo guardó en el bolso y arrancó.
***
La policía encontró el cuerpo al amanecer siguiente. La lona. Los bloques. La cinta. El lugar. Todo. Clara recibió la noticia de Pardo. Contuvo el llanto y se limitó a preguntar:
—¿Está su madre?
La inspectora tardó.
—La avisaremos cuando corresponda.
—Está bien.
—Clara.
—Dime.
—Esto cambia el caso.
—Lo sé.
—Rocío y Eva han colaborado.
—Lo sé.
—Mónica quiere hacerlo.
Clara apoyó la cabeza contra la pared.
—Lo sé.
—¿Y usted?
Clara miró hacia la habitación de Nico.
—Voy.
Pardo esperó.
—Voy a contarlo todo.
La llamada terminó. Clara entró en el dormitorio. Nico dormía. Se sentó a su lado y le acarició el pelo sin despertarlo. Pensó en los cuarenta minutos, en los tres días y en los segundos del teléfono. Después salió de la habitación. Javier estaba en el pasillo.
—¿Dónde vas?
Clara lo observó un instante.
—A comisaría.
Él asintió.
—De acuerdo.
Clara esperó algo más y, al no llegar nada, bajó las escaleras. Antes de salir, Javier habló.
—Clara.
Ella se volvió.
—Nico te quiere.
Clara se echó a llorar.
—Ya lo sé.
—No uses eso para mentir otra vez.
Clara asintió. Abrió la puerta. Esta vez sí.