Las buenas madres CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

El cuerpo

Volvieron a las once y media de la noche.

Ninguna habló de lo que había hecho durante las horas anteriores.

Clara cenó con Nico. Javier preguntó dónde había estado.

Ella dijo que con Mónica. Otra mentira. Nico le enseñó un dibujo.

Clara sonrió. Después condujo de vuelta a la nave con la sensación de estar viviendo dos vidas que ya no podían tocarse.

La primera en llegar fue Mónica. Eva apareció cinco minutos después y Rocío fue la última. Teresa las esperaba dentro.

—¿Has estado aquí todo el tiempo? —preguntó Clara.

—No. Volví hace media hora.

El olor había cambiado. Aún no era fuerte, pero bastaba para que Rocío se cubriera la nariz.

—No puedo.

Eva encendió todas las luces. Adrián seguía en el mismo lugar. La sangre se había oscurecido. La piel tenía un tono que Clara no quiso mirar demasiado.

—Tenemos que moverlo ya —dijo Mónica.

Eva se acercó al cuerpo. No lo tocó.

—La rigidez ha empezado.

—Por favor.

—Necesitamos saberlo.

Teresa había extendido una lona gruesa en el suelo. Eva la miró.

—¿De dónde has sacado eso?

—Estaba en el almacén.

—¿Y las bolsas?

—También.

—No vamos a cortarlo.

Teresa la miró.

—Nadie ha dicho eso.

Rocío se apartó.

—No digáis esa palabra.

Mónica empezó a llorar. El estómago se le revolvió.

—¿Cómo lo hacemos?

Eva se frotó los párpados.

—Entre varias.

—¿Puede romperse algo?

Rocío miró a Mónica con horror.

—¿De verdad has preguntado eso?

—No sé.

Eva habló.

—Sí. Puede pasar. Sujetad bien.

Clara se acercó. Adrián parecía más pesado antes de tocarlo. Cuando lo agarraron comprendió que lo era. El cuerpo ya no ayudaba ni corregía la postura cuando ellas tiraban. Entregaba todo su peso. Rocío soltó un gemido.

—No puedo.

—Sí puedes —dijo Teresa.

—No me hables.

—Sujeta.

—No me mandes.

—Se cae.

Rocío apretó los dientes. Entre las cinco lo movieron sobre la lona. La cabeza de Adrián quedó girada hacia Clara. Ella la corrigió con cuidado. El gesto le produjo una vergüenza absurda. Eva la observó. Teresa empezó a envolver la lona sin decir nada.

—Espera.

—¿Qué?

—El reloj.

Clara señaló la muñeca.

—¿Qué hacemos con él?

Teresa lo miró.

—Se queda.

Eva negó.

—No. Todo lo que lleve puede ayudar a identificarlo.

Rocío soltó una risa nerviosa.

—Creo que si encuentran el cuerpo lo van a identificar igual.

Mónica se tapó la boca.

—Tienes razón.

Teresa se agachó. Quitó el reloj.

—¿Para qué?

—Para que no se enganche.

Clara siguió el movimiento. El reloj quedó sobre una caja después de que Teresa se lo quitara.

Siguieron envolviendo. Como la lona no cerraba bien alrededor de Adrián, Mónica buscó cinta industrial.

Rocío salió a vomitar y Clara se quedó dentro.

El olor a plástico y sangre seca se mezcló con humedad.

Con el rostro endurecido, Eva continuó trabajando mientras Teresa cortaba cinta y Mónica temblaba.

A Rocío le vino la imagen de las cinco mujeres del parque y le costó reconocerse en aquellas que tenía delante, aunque sabía que eran las mismas.

Lo insoportable era que seguían teniendo la misma cara y las mismas manos que preparaban meriendas, sujetaban mochilas y limpiaban mocos.

Ahora levantaban un muerto.

—¿Dónde? —preguntó Eva.

Teresa señaló a Mónica.

—Dijiste que conocías una zona.

Mónica negó.

—Dije que había un terreno de una empresa cerrada.

—¿Acceso?

—Una pista.

—¿Cámaras?

—No lo sé.

—Necesitamos algo mejor.

Rocío volvió.

—No pienso enterrarlo.

Teresa se fijó en ella.

—Nadie ha dicho enterrar.

—Entonces ¿qué?

Silencio. Clara se volvió hacia las demás.

—Podemos dejarlo en algún sitio donde parezca que apareció allí.

Eva negó.

—Con las lesiones va a saberse que estuvo retenido.

—Entiendo lo que dices.

—Y la sangre de la nave.

—También está eso.

Teresa habló.

—No necesitamos que crean que murió allí. Necesitamos que no lo encuentren aquí.

Mónica asintió despacio. Rocío la observó un instante.

—¿Cómo podéis hablar así?

—Porque tenemos que sacarlo.

—No. Porque ya estáis pensando como si esto fuera un problema de logística.

Mónica se volvió.

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que me siente a llorar hasta que amanezca?

Rocío calló. Mónica temblaba.

—Llevo toda la tarde pensando en mis hijas. En quién las recogerá. En si me dejarán verlas. En si su padre va a pedir la custodia. En si van a enterarse en el colegio. No puedo pensar en Adrián porque si pienso en Adrián no me levanto del suelo.

Rocío bajó la mirada.

—Perdón.

Mónica negó.

—No me pidas perdón.

Aquella frase también empezaba a pertenecerles. Decidieron usar la furgoneta de un cliente de Mónica que estaba guardada en una parte trasera de la nave. Las llaves seguían en una caja de seguridad porque el vehículo estaba pendiente de traslado.

—Esto añade otro delito —dijo Eva.

Teresa la miró.

—Podemos hacer una lista mañana.

Eva no respondió. Mover el cuerpo hasta la furgoneta fue peor.

Las ruedas de una carretilla vibraban sobre el suelo.

La lona se desplazó. Una mano quedó fuera.

Rocío gritó. Clara se agachó y la metió dentro.

Los dedos estaban fríos. Dejó de pensarlo cuando cerraron las puertas traseras.

Todas respiraban como si hubieran corrido.

Mónica condujo. Teresa fue con ella. Las otras tres siguieron en coches separados.

El lugar elegido era una zona de obras paralizada cerca de una vieja cantera.

Había caminos de tierra y montones de material abandonado.

Era imperfecto, como todo lo que rodeaba el caso.

Aparcaron sin luces los últimos metros.

—Aquí —dijo Mónica.

Eva miró alrededor.

—Demasiado cerca de la pista.

—Más dentro no entra la furgoneta.

Teresa abrió atrás. El olor salió de golpe. Rocío se apartó.

—No.

—Ayuda.

—No puedo.

Clara se aproximó.

—Rocío.

—No puedo tocarlo otra vez.

—Yo tampoco.

—Entonces no lo hagas.

Clara lo miró.

—Si no lo hago, lo harán ellas.

Se acercó. Bajaron la lona. La arrastraron unos metros. Eva pidió parar.

—No así.

—¿Qué?

—Se está abriendo.

Teresa buscó cinta. Clara miró la cara parcialmente visible de Adrián.

La cubrió porque ella misma no soportaba seguir viéndolo.

Terminaron dejándolo en una depresión del terreno detrás de unos bloques de hormigón.

Descartaron enterrarlo porque carecían de herramientas y, sobre todo, de tiempo.

Teresa cubrió parte de la lona con materiales viejos. Eva se volvió.

—Esto lo van a encontrar.

—No mañana.

—Lo van a encontrar.

—Lo sé de sobra.

Mónica lloraba.

—Vámonos.

Clara se quedó unos segundos. Miró la zona. Intentó memorizarla. Rocío la agarró del brazo sin saber exactamente por qué.

—No mires.

Clara se volvió. Regresaron a los coches. Teresa fue la última en subir. Antes de hacerlo volvió hacia el cuerpo.

—¿Qué haces? —preguntó Eva.

—Se me ha caído algo.

—¿Qué?

—Una llave.

Teresa desapareció unos segundos detrás de los bloques. Volvió con la mano cerrada.

—¿La encontraste?

—Sí.

Subió al coche. Nadie vio que no llevaba ninguna llave.

***

A las tres y doce de la madrugada, PARQUE 17:30 recibió un mensaje.

Mónica:

«¿Todo bien?»

Eva tardó un minuto.

«No.»

Rocío no respondió. Desde la cama, Clara se fijó en la pantalla. A su lado, Javier dormía de espaldas y Nico estaba en la habitación contigua.

Teresa escribió:

«Borrad la conversación.»

Eva respondió:

«NO.»

Después corrigió con otro mensaje.

«No borréis nada. Sería peor.»

Teresa:

«Como queráis.»

Clara cerró el grupo. Dejó el teléfono boca abajo.

Se giró hacia Javier. Quiso acercarse. Pensó en Adrián y, enseguida, en Samuel.

En la madre de Adrián. En el reloj que había quedado sobre una caja.

Recordó que, antes de irse de la nave, la caja estaba vacía.

Clara abrió los ojos. No supo quién lo había cogido y tampoco tuvo fuerzas para preguntarlo.

***

La noticia apareció a las once y veinte de la mañana.

ADRIÁN MONTALVO, EN PARADERO DESCONOCIDO.

Clara estaba en la cocina cuando recibió el enlace.

Dejó el vídeo cerrado y leyó el texto. La familia había denunciado su desaparición.

Adrián no respondía al teléfono, no había pasado por casa y había faltado a una revisión médica pendiente.

La policía pedía colaboración. Javier entró en la cocina mientras Clara seguía mirando la pantalla.

—¿Qué pasa?

Ella bloqueó el teléfono.

—Nada.

Él se quedó quieto.

—Otra vez.

Clara lo miró.

—¿Qué?

—Otra vez esa cara.

—Estoy cansada.

—Llevas cuatro días cansada.

—¿Qué quieres que haga?

Javier abrió la nevera.

—Decirme la verdad alguna vez.

El corazón golpeaba más fuerte.

—¿Sobre qué?

—Sobre dónde estabas anoche.

—Con Mónica.

—Eso ya me lo dijiste.

—Entonces no sé qué más quieres.

Javier cogió una botella de leche.

—Mónica ha llamado esta mañana.

—¿Para qué?

—Se equivocó de número. O eso dijo.

—¿Y?

—Le pregunté cómo estabas.

Clara apretó los labios.

—¿Qué te dijo?

—Que no te había visto desde ayer por la tarde.

Clara sintió frío en la espalda. Javier dejó la botella sobre la encimera.

—¿Dónde estabas?

Clara miró hacia el pasillo. Nico estaba en su habitación.

—No aquí.

—Claro que aquí.

—No quiero que nos oiga.

—Entonces baja la voz.

—No puedo contártelo.

Él se quedó inmóvil.

—¿No puedes o no quieres?

—Las dos cosas.

Javier soltó una risa sin humor.

—Perfecto.

Clara dio un paso.

—Javier.

—No.

—Escúchame.

—Llevo días escuchando.

—No es tan sencillo.

—Nunca lo es contigo.

El reproche dolió. Javier salió de la cocina. Clara se quedó sola. Abrió de nuevo la noticia. El rostro de Adrián ocupaba media pantalla. Era una fotografía reciente y sonreía. La imagen le devolvía a otro Adrián, lejos del hombre de la nave. Clara cerró el teléfono.

***

El grupo PARQUE 17:30 volvió a activarse.

Eva escribió:

«Ya está en medios.»

Mónica:

«Lo he visto.»

Rocío:

«Su madre está hablando con prensa.»

Teresa tardó más.

«Era cuestión de tiempo.»

Rocío:

«No escribas así.»

Teresa:

«Cómo quieres que escriba.»

Rocío:

«Como una persona.»

Pasaron dos minutos.

Teresa:

«No voy a discutir.»

Eva:

«Nadie borra nada.»

Mónica:

«Mi abogado dice que tampoco.»

Rocío:

«No tengo abogado.»

Clara escribió:

«Busca uno.»

Rocío:

«Con qué dinero.»

Nadie respondió. Clara sintió vergüenza.

Teresa:

«Yo puedo pasarte uno.»

Rocío:

«No quiero nada tuyo.»

El grupo quedó en silencio.

***

La policía llamó a Clara por la tarde. La inspectora Pardo.

—Necesito que venga mañana.

—¿Por qué?

—Queremos ampliar declaración.

—¿Han encontrado algo?

—Mañana hablamos.

—Pardo.

—Dígame.

Le vino a la cabeza el cuerpo. En la cantera. En la lona.

—Nada.

La inspectora guardó silencio.

—A las nueve.

—Estaré.

Cuando colgó, Clara fue al baño y vomitó.

***

Rocío no fue a trabajar. Pasó el día en casa. Alma regresó del colegio con una nota para una excursión.

—Mamá, hay que pagar antes del viernes.

Rocío cogió el papel.

—Vale, lo pago.

—Son dieciocho euros.

—Lo he visto.

—La madre de Lucía dice que puedo ir con ellas si tú no puedes.

—¿Por qué no iba a poder?

Alma se encogió de hombros.

—Porque últimamente siempre estás ocupada.

Rocío sintió una punzada.

—No estoy ocupada.

—Pues estás rara.

—¿Rara cómo?

La niña pensó.

—Como cuando te peleaste con la abuela.

Rocío sonrió con esfuerzo.

—No estoy peleada con nadie.

—Con Teresa sí.

—¿Por qué dices eso?

—Porque ya no quedáis en el parque.

—Las madres también se enfadan.

—¿Por lo de Adrián?

El estómago se cerraba.

—¿Quién te ha hablado de Adrián?

—Todos.

—¿Quiénes son todos?

—En el cole.

Rocío apretó el papel de la excursión.

—¿Qué dicen?

—Que se ha escapado.

Rocío miró a su hija.

—No hagas caso de rumores.

Alma asintió.

—¿Tú sabes dónde está?

Rocío se levantó.

—Voy a preparar la cena.

—Mamá.

—No.

Rocío contestó con demasiada dureza. Alma bajó la vista. Rocío se arrodilló.

—Perdona.

—Siempre estás enfadada.

—No contigo.

—Ya lo sé.

Rocío la abrazó. Alma tardó en corresponder. Ese segundo le dolió más que cualquier otra cosa del día.

***

Eva pidió una baja. Nuria la encontró sentada en la cama con el uniforme todavía puesto.

—¿No ibas a trabajar?

—No puedo.

—¿Qué ha pasado?

Eva negó.

—Nada.

Nuria se quedó en la puerta.

—Me vas a volver loca.

Eva levantó la cabeza.

—No sé cómo contártelo.

Nuria se acercó.

—Empieza por algo.

Eva miró sus manos.

—Hice una cosa muy mala.

Nuria no habló.

—No fue una sola cosa.

—Eva.

—No puedo decirte más.

—¿Es ilegal?

Eva bajó la cabeza un instante. Nuria se sentó.

—Mírame.

Eva lo hizo.

—¿Has hecho daño a alguien?

A Rocío se le secó la boca.

—Sí.

Nuria dejó de moverse.

—¿A quién?

—No puedo.

—¿Está vivo?

Nuria se levantó.

—Dios mío.

—Nuria.

—¿Está vivo?

Eva empezó a llorar. Nuria dio un paso atrás.

—No me toques.

Eva se quedó sentada.

—Lo siento.

—No sé quién eres ahora mismo.

Sin fuerzas, Eva vio salir a Nuria y no la siguió.

***

Mónica volvió a la gestoría. Era incapaz de quedarse en casa. Los expedientes la tranquilizaban. Números, fechas, facturas y papeles ocupaban su sitio exacto. Hasta que su jefe dejó una carpeta sobre la mesa.

—¿Te acuerdas de la nave de Cervera?

Mónica se quedó inmóvil.

—Sí.

—Ha llamado Ramón.

—¿Qué quería?

—Dice que estuvo allí ayer y oyó voces.

Mónica bajó la vista.

—Yo estaba revisando documentación.

—Eso me dijo.

—Entonces.

—También dice que vio varios coches.

Mónica levantó la cabeza.

—¿Qué coches?

—No sabe.

—Pues entonces no sé qué quiere.

Su jefe la miró.

—Nada. Solo me ha preguntado si tenemos algo que hacer allí estos días.

—No.

—Perfecto.

Se marchó. Mónica se quedó sentada. Tardó varios minutos en volver a respirar con normalidad. Abrió el correo. No leyó nada.

***

Teresa fue al parque. Sola. Se sentó en el banco habitual. Sus hijos jugaban. Otra madre se acercó.

—¿Qué tal Clara?

Teresa sonrió.

—Tirando.

—Qué horror lo de ese hombre.

—Sí.

—Ahora dicen que ha desaparecido.

Teresa asintió.

—Lo he visto.

—Yo creo que se ha largado.

—Puede ser.

La mujer se sentó.

—Después de todo, no me extraña.

Teresa miró a sus hijos.

—A mí tampoco.

Su aspecto tranquilo empezó a comentarse por el barrio sin que nadie supiera muy bien de dónde había salido la historia. Una madre la había visto y otra lo había repetido.

«Teresa está como si nada.»

El mensaje permaneció en el chat. Pardo lo leería más adelante junto al resto.