Las buenas madres CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Durante unos segundos, quizá un minuto, Adrián miró a Clara sin que ella supiera si podía verla. Después, su pecho dejó de moverse. Eva mantuvo la presión. Después buscó pulso. Cambió de posición. Empezó maniobras de reanimación.

—Eva —dijo Teresa.

Eva continuó.

—Eva.

—Cállate.

Siguió. Rocío lloraba. Mónica se había sentado en el suelo. Clara seguía con el teléfono en la mano. Eva continuó hasta que ya no tenía sentido. Se quedó arrodillada. Miró sus manos. Luego a Adrián.

—Está muerto.

Nadie habló. Teresa dejó el teléfono de Rocío sobre una caja.

—Ahora sí tenemos un problema.

Eva levantó la cabeza. La miró con una expresión que Clara no olvidaría.

—El problema lo teníamos antes.

***

Durante varios minutos nadie se movió. Adrián estaba en el suelo.

Eva seguía arrodillada a su lado. Tenía sangre en las manos, en las muñecas y en la parte delantera de la camiseta.

Rocío permanecía junto a la puerta. Mónica lloraba en silencio.

Clara miraba el teléfono. La pantalla se había apagado.

Teresa fue la primera en caminar. Se acercó a la entrada y cerró la puerta.

El ruido de la cerradura hizo que Eva levantara la cabeza.

—¿Qué haces?

—No puede entrar nadie.

—Ábrela.

—Eva.

—Ábrela.

Teresa se volvió.

—¿Para qué?

—Voy a llamar.

—Ya está muerto.

Eva se puso de pie.

—Por eso.

—¿Y qué vas a decir?

—La verdad.

Teresa la miró.

—Dila.

Eva dudó un instante.

—Di que lo secuestramos. Que lo retuvimos tres días. Que le hicimos una prueba genética con un niño. Que le rompimos dos dedos. Que cuando se golpeó y todavía respiraba decidimos no llamar.

—No decidimos.

Teresa la observó sin hablar.

—Nadie llamó.

—Tú me quitaste el teléfono.

—Y Clara tenía otro.

—No metas a Clara para repartirlo —dijo Eva.

Teresa señaló a todas.

—No estoy repartiendo nada. Estábamos aquí.

Mónica se secó la cara.

—Tenemos que llamar.

Teresa se fijó en ella.

—Hazlo.

Mónica sacó el teléfono. Lo sostuvo. Teresa esperó mientras el número seguía sin marcarse.

—Eso pensaba.

Rocío se acercó a Mónica.

—Yo llamo.

Cogió el móvil. Teresa no se lo quitó.

—Hazlo.

Rocío miró la pantalla. Pensó en Alma. Clara lo vio. Teresa también.

—Si llamamos ahora —dijo Teresa—, nuestros hijos se despiertan mañana sin madre.

Eva soltó una maldición.

—No uses eso.

—Es verdad.

—Está muerto.

—Precisamente.

Mónica se cubrió la boca con la mano.

—Mis hijas.

Rocío empezó a llorar otra vez.

—Alma tiene a mi madre.

—Durante cuánto tiempo.

—Cállate.

—No intento convencerte. Te digo qué pasa después.

Eva señaló el cuerpo.

—Esto pasa después.

Teresa miró a Adrián.

—No podemos cambiarlo.

—Podíamos haber llamado.

—Y no llamamos.

Cada frase colocaba otra piedra encima.

—¿Qué propones? —preguntó.

Teresa la miró.

—Pensar.

—¿Pensar qué?

—Cómo salimos de aquí.

Rocío se volvió.

—No pienso mover un cadáver.

Teresa mantuvo la voz baja.

—Entonces llama.

Rocío sacó el teléfono otra vez. Eva se apartó de Adrián sin haber marcado. Se sentó en una silla.

—No puedo creer esto.

Mónica miró hacia el suelo.

—¿Cuánto tiempo puede estar aquí?

Eva levantó la cabeza.

—No me preguntes eso.

—Necesitamos saberlo.

—No.

—Eva…

—No voy a usar mi trabajo para ayudaros a esconder un cadáver.

Teresa se acercó.

—Ya has usado tu trabajo para mantenerlo vivo.

Eva la miró.

—Vete a la mierda.

—No te estoy atacando.

—Llevas tres días atacando a todos.

—Y tú llevas tres días volviendo.

Eva se levantó.

—No me compares contigo.

—No hace falta. La policía lo hará.

—Basta.

Las dos la miraron.

—Tenemos que decidir.

Rocío soltó una risa rota.

—Ahora sí.

—No quiero hacer esto.

—Ninguna quería.

Teresa se sentó en una caja.

—Yo tampoco.

Rocío la miró con odio.

—A ti te gustaba.

Ninguna habló. Teresa pareció no oírlo.

—¿Qué has dicho?

—Que te gustaba.

—No sabes de qué hablas.

—Te vi.

—¿Cuándo?

—Cada vez que él tenía miedo.

Teresa se levantó.

—Cuidado.

Eva se interpuso.

—Déjala.

Rocío siguió.

—Cuando lo ataste. Cuando le pegaste. Cuando le rompiste los dedos. Tú estabas tranquila.

Teresa dio un paso.

—Y tú estabas allí.

—Sí.

—Entonces no uses mi cara para limpiar la tuya.

Rocío abrió la boca. Clara se fijó en el cuerpo sin encontrar una respuesta. El reloj de Adrián seguía en la muñeca. Había sangre cerca de la esfera. Le pareció obsceno que siguiera funcionando.

—No podemos dejarlo aquí mucho tiempo —dijo Mónica.

Eva apartó la mirada un momento.

—Eso es verdad.

Todas la miraron.

—¿Qué pasa?

—El cuerpo va a cambiar.

Rocío se tapó la boca.

—No necesito detalles.

—Pues los vais a necesitar si decidís no llamar.

Teresa se sentó otra vez.

—Dinos lo mínimo.

Eva la miró.

—Rigidez. Temperatura. Olor. Fluidos. Depende de muchas cosas.

Mónica tragó saliva.

—¿Horas?

—Sí.

—¿Esta noche?

Eva no respondió. Mónica entendió. Le dieron náuseas. Teresa miró alrededor.

—Lo dejamos aquí hasta mañana.

Rocío negó.

—No.

—No podemos moverlo ahora. Hay luz.

—No pienso volver.

—Tendrás que hacerlo.

—No.

—Tu coche ha estado aquí.

Rocío se quedó inmóvil. Teresa continuó.

—Y el de Mónica. Y el de Eva. Si alguien encuentra el cuerpo aquí, buscan quién ha venido.

—La policía ya puede hacerlo.

—Entonces no les dejemos el cuerpo.

Eva se puso de pie.

—No.

—¿Qué?

—No voy a ayudar a moverlo.

—Entonces vete.

Eva miró la puerta. Después a Adrián.

—No puedo dejarlo.

—Está muerto.

—Lo sé.

Mónica se agachó junto a una caja y vomitó. Clara fue hacia ella. Le sujetó el pelo. Mónica lloró mientras terminaba.

—Mis hijas no pueden verme así.

—No te verán.

—No sabes eso.

—Mónica.

—No sé qué he hecho.

Clara se quedó a su lado. Teresa empezó a recoger cosas sin encontrar consuelo en el movimiento. Botellas. Restos de comida. Gasas.

—¿Qué haces?

—Lo que tendríamos que haber hecho hace horas.

Eva la miró.

—No toques nada.

—Si llamas, no toco nada.

Eva no respondió. Teresa recogió otra botella.

Clara vio el mecanismo. Cada vez que alguien pedía detenerse, Teresa ofrecía la puerta.

Llamar. Confesar. Nadie la cruzaba. Teresa seguía allí.

Como si el consentimiento naciera del silencio.

Clara pensó en la noche en que Adrián había pedido salir.

Pensó en las llaves. En Eva guardándolas.

En Rocío regresando. En Mónica cerrando.

En ella misma. Teresa tenía razón en una cosa.

Ninguna podía convertirla en única culpable.

—Hay que irnos —dijo Clara.

Rocío la miró.

—¿Y dejarlo?

—Hasta que oscurezca.

Eva negó.

—No.

—No podemos estar aquí seis horas.

—No voy a irme a casa dejando un cadáver.

Teresa señaló el suelo.

—Si te quedas, alguien tiene que relevarte.

Eva la miró con odio.

—No es un turno de hospital.

—Ya lo sé.

Clara dio un paso hacia ella.

—Eva.

—No.

—Tenemos hijos.

—No digas eso tú también.

Clara bajó la voz.

—Tengo que ver a Nico.

—Y él tenía un hijo.

Clara se quedó inmóvil. Samuel. Miró a Adrián. Durante días había pensado en él como padre posible de Nico. Ahora sabía que era padre de otro niño. Y ese niño no sabía que su padre estaba muerto en una nave.

—Dios.

Rocío se sentó en el suelo.

—No puedo.

Teresa recogió el teléfono descargado de Adrián.

—Esto tiene que desaparecer.

Eva la miró.

—Déjalo.

—Tiene localización.

—Está apagado.

—No sabemos desde cuándo guarda datos.

Mónica se limpió la boca.

—Teresa tiene razón.

Rocío levantó la cabeza.

—No digas eso.

—En esto sí.

El cambio obedecía a una razón práctica. Habían dejado de preguntarse si ocultarían el crimen. Empezaban a discutir cómo. Y aquello fue más rápido de lo que cualquiera habría admitido.