CAPÍTULO 11
La puerta
Los golpes se repitieron.
—¿Hay alguien dentro?
Mónica miró a Clara.
—No abras.
Adrián soltó una risa seca.
—Claro que va a abrir.
Teresa levantó una mano.
—Silencio.
—No me mandes callar.
—Como grites…
—¿Qué?
Teresa se quedó quieta. Adrián dio un paso hacia la puerta. Clara seguía con la llave metida en la cerradura.
—Adrián —dijo Eva.
—Llevo días esperando.
Desde fuera volvieron a llamar a Mónica.
—¿Mónica? ¿Eres tú?
Mónica palideció.
—Me conoce.
Rocío se volvió.
—¿Quién?
—No sé.
—Ha dicho tu nombre.
Mónica pegó la boca a la chapa.
—¿Quién es?
—Ramón. De Talleres Cervera.
—Joder.
—¿Qué quiere? —preguntó Clara.
—Es cliente de la gestoría.
Ramón volvió a llamar.
—He visto tu coche.
Teresa miró a Mónica.
—Dijiste que nadie venía aquí.
—Y no viene nadie.
—Pues alguien ha venido.
Adrián levantó la voz.
—¡Ramón!
Eva reaccionó por instinto y le puso una mano delante de la boca. Adrián la apartó de un golpe. Eva retrocedió.
—Perdón.
—No vuelvas a tocarme.
Fuera se hizo silencio.
Luego Ramón preguntó:
—¿Está todo bien?
Mónica abrió apenas la puerta y salió. Clara oyó voces amortiguadas que no llegaba a distinguir. Adrián miró la salida y Teresa se colocó delante.
—Ni se te ocurra.
—Apártate.
—No.
Eva se metió entre ambos.
—Nadie toca a nadie.
Rocío miró a Clara.
—Esto tiene que terminar ahora.
Clara asintió.
—Sí.
Teresa volvió la cabeza.
—¿Sí qué?
—Que se va.
—Clara.
—No aguanta otra noche aquí. Y nosotras tampoco.
—¿Nosotras?
—Todas.
Teresa negó.
—Cuando llegue a la policía, se acabó nuestra vida.
—Eso no cambia por dejarlo aquí.
—Cambia el momento.
Rocío la miró con asco.
—Es increíble que puedas decirlo así.
—Estoy siendo realista.
Adrián se apoyó contra una estantería.
—No. Estás ganando tiempo.
Teresa lo miró.
—Cállate.
—Porque cada minuto que pasa os da otra razón para no abrir.
—Cállate.
—Ya no va de Nico.
—Lo sé.
—Por fin.
Mónica regresó. Cerró la puerta.
—Era una factura.
Rocío abrió los ojos.
—¿Una factura?
—Ha visto el coche y ha parado.
—¿Ha oído algo?
—No lo sé. Le he dicho que tenía la radio puesta.
Adrián soltó una carcajada.
—Fantástico.
Mónica lo miró.
—No sé si se lo ha creído.
Clara giró la llave.
—Entonces no esperamos.
Teresa dio un paso.
—Clara.
—Se acabó.
Abrió. La luz de fuera entró por la rendija. Adrián se detuvo. Tal vez no esperaba que ocurriera de verdad. Rocío abrió más.
—Vete.
Adrián miró a las cinco.
—Voy a la policía.
—Ya lo sabemos —dijo Eva.
—Y a urgencias.
—También.
Mónica empezó a llorar. Teresa no se movió. Adrián caminó hacia la puerta. Al pasar junto a Clara se detuvo.
—Tú sabías desde el principio que podía haber una explicación.
A Clara todavía le dolía oírlo.
—No toda.
—La suficiente para parar esto.
—Sí.
Adrián asintió.
—Eso es lo que vas a tener que explicar.
Siguió. Teresa habló.
—¿Y Samuel?
Adrián se volvió.
—No vuelvas a decir su nombre.
—Ya sé quién es.
—Entonces sabes que no tiene nada que ver.
—Sé lo que me habéis contado.
—Has visto una foto y has construido otra historia.
—Tú hiciste exactamente lo mismo con Nico.
Adrián apartó la mirada un momento.
—Sí.
Teresa se frenó.
—Y por eso voy a responder ante un juez —añadió él—. Tú también tendrás que hacerlo.
Teresa se acercó. Eva la sujetó del brazo.
—Déjalo.
—Solo estoy hablando.
—Ya has hablado suficiente.
Adrián salió. Rocío lo siguió dos pasos.
—Te llevo.
—No.
—La mano está mal.
—Prefiero caminar.
—Hay bastante hasta la carretera.
—Me da igual.
Mónica le acercó una caja.
—Tus cosas.
Adrián cogió la cartera, las llaves, el teléfono apagado y el reloj. Se lo puso con dificultad por los dedos dañados. Teresa observó el gesto. Clara también. Adrián guardó el móvil.
—Ahora sí.
Salió de la nave. Rocío abrió la boca como si fuera a decir algo, pero no lo hizo. Adrián avanzó por el camino de servicio. A Clara la sacudió un alivio tan grande que le produjo náuseas. A sus espaldas, Teresa habló.
—No llegará a la carretera.
Eva se volvió.
—¿Qué has dicho?
—Con esa mano, sin teléfono, sin agua…
—Está andando.
—Y cuando llegue llamará.
Rocío se giró.
—Ese es su derecho.
Teresa empezó a caminar tras Adrián. Eva volvió a agarrarla.
—No.
—Suéltame.
—No vas detrás de él.
—Quiero hablar.
—No.
Teresa forcejeó. Mónica intervino.
—Teresa, déjalo.
Adrián oyó las voces y se volvió.
—¿Qué pasa ahora?
Teresa levantó la voz.
—Ven un segundo.
—Ni de coña.
—Tu teléfono está sin batería.
—Ya lo sé.
—Tengo un cargador.
Adrián la miró con incredulidad.
—No quiero nada tuyo.
—Entonces sigue andando.
Adrián volvió a girarse. Teresa se soltó de Eva con un tirón.
—¿Vas a contar que te rompí los dedos?
Él se volvió otra vez.
—Sí.
—¿Que me pegaste antes?
—También.
—¿Y que intentaste atacarme?
Rocío se quedó helada.
—Eso es mentira.
Teresa la ignoró. Adrián dio unos pasos hacia ellas.
—No intenté atacarte.
—Me golpeaste.
—Cuando me agarraste.
—Eso lo dices tú.
—Lo vimos todas.
Teresa miró a Mónica.
—¿Tú lo viste?
Mónica abrió la boca. Teresa miró a Clara mientras la respuesta seguía sin llegar.
—¿Tú?
La historia empezaba a deformarse delante de ella. Adrián lo entendió.
—Ya estáis preparando la versión.
—No necesitamos preparar nada —dijo Teresa.
—Tú sí.
Él volvió hacia la nave. Eva intentó detenerlo.
—Adrián, vete.
—No. Quiero escuchar.
—No te conviene.
—Me conviene saber qué vais a decir.
Teresa cruzó los brazos.
—Que te llevaste a un niño. Que nos seguiste. Que amenazaste a Clara. Que te pusiste violento cuando intentamos hablar contigo.
Rocío dio un paso.
—No digas «nos».
—Estabas allí.
—No con esa versión.
Teresa sonrió.
—Cuando te pregunten si me ayudaste a meterlo en el coche, acuérdate de tu versión.
Adrián miró a todas.
—Ahí está.
—Adrián, vete.
—No hasta que deje de decir que la ataqué.
—No merece la pena.
—Para ti no.
Teresa dio otro paso.
—Lo que no merece la pena es que sigas haciéndote la víctima.
Adrián la miró.
—Me secuestraste.
—Te llevamos a hablar.
—Me cerraste una puerta.
—Intentaste escapar.
—Porque estaba secuestrado.
—Te llevaste a un niño.
—Y tú llevas tres días repitiendo lo mismo para justificar cualquier cosa.
Teresa levantó la barbilla.
—Porque sigue siendo verdad.
—También es verdad que Samuel es mi hijo.
—No lo sabíamos.
—Ahora sí.
—También es verdad que Nico no es mío.
Teresa calló.
—Ahora también lo sabes.
Adrián miró a Clara.
—Y ella sabía desde el principio que podía haber una explicación.
Clara no bajó la vista.
—Sí.
Teresa miró a Clara.
—¿Qué estás haciendo?
—Dejar de mentir.
—Muy oportuno.
—No.
—Cuando él está saliendo por la puerta, de repente todas sois buenas.
Rocío apretó los labios.
—Nadie ha dicho eso.
Teresa señaló a Adrián.
—Míralo. Va a destruir nuestras vidas y vosotras estáis ayudándolo.
Eva habló despacio.
—Nuestras vidas las hemos puesto aquí nosotras.
Teresa se rio.
—Habla por ti.
—Hablo por mí.
—Y por tu hijo, supongo.
Eva se puso tensa.
—No metas a Lucas.
—Tú lo metiste cuando decidiste venir.
Adrián dio un paso hacia Teresa.
—Deja a los hijos fuera.
Ella lo miró.
—Tú no eres quien para decir eso.
—Lo soy cuando los usas para asustarlas.
Teresa se acercó.
—¿Y tú qué hiciste con Nico?
—La peor estupidez de mi vida.
—Qué cómodo.
—No. Cómodo habría sido seguir diciendo que tenía derecho.
Teresa apretó la mandíbula.
—No eres mejor que nosotras.
Adrián negó.
—No necesito serlo.
Teresa le dio un empujón. Eva gritó. Adrián retrocedió.
—No me toques.
—Vete entonces.
—Eso estaba haciendo.
Teresa lo empujó otra vez. Adrián le apartó los brazos. Teresa perdió el equilibrio y golpeó una mesa de trabajo. La expresión cambió. Rocío lo vio.
—Teresa, no.
Ella agarró la barra metálica que seguía apoyada junto a la estantería. Eva se lanzó.
—Suéltala.
Adrián levantó una mano.
—¿Otra vez?
Teresa avanzó. Rocío se interpuso.
—Bájala.
—Apártate.
—Bájala.
Mónica empezó a llorar.
—Teresa.
La barra cayó al suelo. Durante un segundo pareció terminar. Adrián miró hacia la puerta. Empezó a caminar. Teresa lo agarró por detrás de la camiseta. La tela se tensó. Adrián giró con fuerza.
—¡Suéltame!
Teresa tropezó. Mónica intentó sujetarla.
Rocío entró entre ambas. Eva cogió a Adrián del brazo.
Todos se movieron a la vez. Adrián intentó soltarse.
Su pie chocó con el borde de un palé. Cayó hacia atrás.
El cuerpo golpeó una mesa baja y después el lateral de una estructura metálica.
El ruido fue seco y húmedo. Adrián cayó al suelo.
Durante un segundo nadie entendió. Luego Eva gritó.
—¡No lo mováis!
Se arrodilló. Había sangre debajo de la cabeza y otra mancha que crecía en el cuello. Clara se quedó paralizada.
—Eva.
—Llama al 112.
Rocío sacó el teléfono. Teresa la agarró.
—Espera.
Rocío la miró.
—¿Qué?
—Espera.
—¡Está sangrando!
Eva presionó con ambas manos.
—¡Llama ya!
Rocío marcó. Teresa le quitó el móvil.
—¡Dámelo!
—Si llamas, se acabó.
—¡Se está muriendo!
—Piensa.
—¡Dame el teléfono!
Rocío intentó recuperarlo. Mónica se quedó pegada a una estantería. Clara se volvió hacia Adrián. Los ojos estaban abiertos. Eva presionaba.
—Clara, llama tú.
Clara metió la mano en el bolso. Teresa la miró.
—Si llamas, nos detienen a todas.
—Me da igual.
—¿Y Nico?
Eva levantó la cabeza.
—¡Clara!
Teresa habló rápido.
—Nico se despierta mañana sin madre. Alma sin Rocío. Lucas sin Eva. Las hijas de Mónica. Mis hijos. Piensa diez segundos.
Rocío golpeó el brazo de Teresa.
—¡No hay diez segundos!
Eva miró la herida.
—Necesito una ambulancia.
Clara tenía el teléfono en la mano, con la pantalla encendida y lista para marcar. Adrián movió los labios. Al inclinarse, ella no entendió la frase, pero Eva sí.
—No hables.
Adrián intentó respirar. La sangre siguió saliendo entre los dedos de Eva.
—Clara.
Eva bajó la voz, y Clara entendió que ya no estaba discutiendo.
—Llama.
Clara miró a Teresa. Luego a Rocío. Mónica lloraba. Teresa sostenía el teléfono de Rocío. Clara miró la pantalla de su teléfono. El número de emergencias ocupaba tres cifras. Rocío dejó de forcejear con Teresa sin llegar a marcar. Se acercó a Adrián.
—Por favor.
Eva seguía presionando.
—No te duermas.