CAPÍTULO 10 #3
Veinte minutos después llegó Eva. Mónica apareció poco más tarde y Clara tardó casi una hora.
Cuando supieron lo de la llamada, nadie gritó a Rocío.
La ausencia de reproches dejó aún más claro que todas entendían por qué lo había hecho.
Sentada, Mónica empezó a calcular en voz baja qué datos podían obtener de un número de teléfono.
Eva preguntó si Irene conocía el apellido. Clara se quedó mirando a Rocío.
—¿Por qué la llamaste?
—Porque estaba cansada de esperar a que alguien nos dijera quién era Samuel.
Teresa negó.
—Nos has puesto a todas en peligro.
Rocío se volvió.
—El peligro está aquí desde que cerramos la puerta.
Clara apoyó las manos en una caja.
—Javier también puede haber hablado con la policía.
Mónica levantó la cabeza.
—¿Cómo que puede?
—Ayer me amenazó con llamar a Pardo.
—¿Y no nos lo dijiste?
—No sabía si lo había hecho.
Teresa soltó una maldición. Adrián permanecía junto a la pared.
—Abrís ahora o dentro de una hora os encontrarán aquí discutiendo.
Eva miró la puerta.
—Tiene razón.
Mónica negó.
—Tenemos que pensar qué decimos.
—La verdad —dijo Rocío.
Teresa se rio.
—La verdad.
—Sí.
—Empieza tú.
Rocío se fijó en ella.
—Lo haré.
Clara levantó la cabeza.
—¿Estás diciendo que vas a confesar?
—Estoy diciendo que no voy a seguir reteniéndolo.
Adrián miró a Rocío.
—Gracias.
Ella cerró los ojos un segundo.
—No me des las gracias.
Mónica se levantó. A esas alturas, la frase podía haberla dicho cualquiera de ellas.
—Si sale ahora y va directo a la policía, tenemos cinco versiones distintas antes de haber hablado entre nosotras.
Eva la miró con incredulidad.
—¿Quieres coordinar una mentira?
—Quiero saber qué pasó.
—Estuvimos allí.
—Cada una vio cosas distintas.
Teresa asintió.
—Necesitamos una versión.
Rocío dio un paso atrás.
—Escucha cómo hablas.
—Escúchate tú. Has llamado a la madre de un menor y le has dicho que un desaparecido está vivo.
—Porque lo está.
Mónica se llevó las manos al pelo.
—Por favor.
Clara miró a Adrián.
—Danos media hora.
Él se rio.
—No.
—Media hora.
—Llevo días aceptando plazos que inventáis vosotras.
—Adrián.
—Abre.
Clara se volvió hacia Teresa.
—Las llaves.
Teresa no se movió.
—Dámelas.
—Cuando sepamos qué hacemos.
—Ya sé qué hacemos.
—Tú no sabes nada.
Clara acortó la distancia.
—Dame las llaves.
—¿Y Javier?
—Me ocuparé.
—¿Y tus hijos? —preguntó Teresa a las demás—. ¿También os vais a ocupar?
Mónica bajó la vista. Rocío apretó las manos. Teresa vio la duda.
—Eso pensaba.
Adrián habló desde la pared.
—No está protegiendo a vuestros hijos.
Teresa lo miró.
—Cállate.
—Está usando a vuestros hijos para que hagáis lo que ella quiere.
—Cállate.
—Porque si salgo por esa puerta, tú eres la que peor queda.
Teresa caminó hacia él. Eva se movió.
—Quietas las dos partes.
Adrián no retrocedió.
—Fuiste la primera en pegar. Me ataste. Me rompiste dos dedos.
—Te los rompiste intentando quitarme las llaves.
Rocío abrió la boca.
—Eso es mentira.
Teresa se fijó en ella.
—Lo viste desde atrás.
—Vi la barra.
—La cogí porque venía hacia mí.
—Intentaba salir.
—Me golpeó.
—Después de que lo agarraras.
Clara observó a las dos. La historia ya estaba cambiando. No habían salido de la nave y cada una empezaba a contarla de una forma distinta. Mónica habló.
—Necesito sentarme.
Eva fue hacia ella. Teresa aprovechó el movimiento. Adrián también. Él avanzó hacia la puerta. Teresa bloqueó. Adrián no la tocó. Se quedó frente a ella.
—Apártate.
—No.
—Sabes que Samuel es mi hijo.
—Sí.
—Sabes que Nico no lo es.
Teresa no respondió.
—Sabes que no soy lo que dijiste que era.
La nave entera esperaba la respuesta. Teresa miró a Adrián.
—Ya no importa.
Rocío dejó de respirar un segundo. Adrián no apartó los ojos.
—A ti no.
—Te llevaste a un niño.
—Y responderé por ello.
—Muy fácil decirlo ahora.
—Lo dije antes.
—Ahora tienes el discurso aprendido.
Adrián negó despacio.
—No buscas la verdad desde hace días.
Teresa se acercó medio paso.
—Y tú llevas años buscándola de la peor manera posible.
—Puede ser.
—Entonces deja de hacerte el inocente.
—Nunca he dicho que lo sea.
Teresa perdió el impulso para lanzar otro reproche. Adrián miró a las otras cuatro.
—Solo digo que no soy culpable de lo que necesitáis que sea culpable.
Rocío perdió la última excusa para fingir que seguían allí por Nico. Caminó hacia Teresa.
—Las llaves.
Teresa no respondió. Rocío extendió la mano.
—Dámelas.
Teresa miró a cada una. Eva asintió y, tras una vacilación, Mónica hizo lo mismo. Clara abrió la mano. Teresa sacó del bolsillo el llavero y lo dejó en su palma.
—Cuando estemos detenidas, acuérdate.
Clara cerró la mano. Adrián miró la puerta. Ella caminó hacia la cerradura. El teléfono de Mónica empezó a sonar. Todas se detuvieron. Mónica miró la pantalla. Número desconocido. El teléfono volvió a sonar antes de que contestara. Rocío palideció.
—Puede ser la policía.
Mónica dejó que terminara. Clara introdujo la llave. La cerradura giró. En ese momento, alguien golpeó desde fuera. Tres golpes firmes. Nadie se movió. Una voz de hombre llegó amortiguada a través de la chapa.
—¿Hay alguien?
Clara retiró la mano de la llave.
Teresa susurró:
—Ahora sí.