Las buenas madres CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Rocío no durmió aquella noche. A las cinco y media abrió el portátil en la mesa de la cocina.

Alma dormía en la habitación. Fuera todavía estaba oscuro.

Escribió el nombre completo de Samuel que había alcanzado a leer en el teléfono de Teresa.

Encontró poco. Un equipo de fútbol. Un instituto.

Una fotografía de un torneo. Un perfil privado.

Después buscó el apellido de Adrián junto al nombre.

Nada. Probó con el nombre de la madre que aparecía etiquetada en una fotografía pública.

Irene Valcárcel. El perfil tenía años de publicaciones.

Rocío empezó a bajar. Samuel de pequeño. Samuel en la playa.

Samuel con un diente menos. Samuel en una función escolar.

Ninguna fotografía de Adrián. Siguió buscando.

Encontró una publicación reciente. Una mesa de restaurante.

Tres platos. Samuel al fondo. En una esquina, una mano masculina.

En la muñeca había un reloj de esfera oscura.

Rocío amplió la fotografía. Reconoció el reloj.

Había visto a Adrián llevarlo en la nave hasta que Teresa se lo obligó a dejar junto con el resto de sus cosas.

Rocío cerró la imagen. Abrió un perfil profesional de Irene.

Trabajaba en una asesoría de seguros a una hora de distancia. Podía escribirle. No sabía qué.

«Hola, tengo secuestrado al padre de su hijo y necesito saber si es un pedófilo.»

Se llevó las manos a la cara. El teléfono vibró. Un mensaje de Clara.

«Javier sabe demasiado. Creo que ha hablado con la policía.»

Rocío leyó dos veces.

Escribió:

«¿Cómo que crees?»

Clara:

«No me coge el teléfono. Ayer dijo que iba a llamar a Pardo.»

Rocío levantó la vista hacia el pasillo. Alma seguía durmiendo.

Escribió:

«Tenemos que soltarlo hoy.»

Clara necesitó un momento.

«Sí.»

Rocío apretó los labios. Había leído esa palabra demasiadas veces. Sí. Después nada. Abrió otra vez el perfil de Irene. Encontró un número de contacto profesional. Lo guardó. A las ocho y cuarto dejó a Alma en el colegio. A las nueve llamó. Una mujer contestó.

—Asesoría Valcárcel, buenos días.

A Rocío apenas le salía la voz.

—¿Irene?

—Soy yo.

—Perdona. Me llamo Rocío.

—Dime.

—Necesito preguntarte algo sobre Adrián Montalvo.

Al otro lado tardaron en responder.

—¿Quién eres?

Rocío miró el volante.

—Una persona que lo conoce.

—Eso no me dice nada.

—Es por Samuel.

Irene perdió el tono profesional.

—No vuelvas a llamar a este número.

—Espera. No quiero hacerle nada.

—¿Cómo has conseguido mi nombre?

—Necesito saber qué relación tiene Adrián con Samuel.

—¿Eres periodista?

—No.

—Entonces dime quién eres.

Rocío apartó la mirada un momento.

—Conozco a Clara.

La pausa fue más larga.

—¿Qué Clara?

—Clara, la madre de Nico.

Irene no respondió. Rocío continuó.

—El niño del parque.

—Sé quién es.

—Entonces sabes lo que pasó.

—Sí.

—Necesito saber si Adrián ha tenido algún problema con Samuel.

—¿Qué clase de problema?

—Si lo ha seguido. Si le ha hecho fotos. Si se ha acercado a él sin permiso.

Irene respiró al otro lado.

—¿Dónde está Adrián?

Rocío sintió un golpe de miedo.

—No lo sé.

—La policía lo busca.

—Lo sé.

—Entonces ¿por qué me preguntas por mi hijo?

Rocío apretó el volante.

—Porque encontramos fotos de Samuel entre sus cosas.

—¿Encontramos quiénes?

Rocío tardó.

—Clara y algunas personas.

—¿Habéis entrado en casa de Adrián?

—No exactamente.

—¿Dónde está?

—No puedo decirte eso.

Irene guardó silencio.

—Voy a colgar.

—Espera. Solo dime una cosa. ¿Adrián es el padre de Samuel?

La mujer no respondió al momento.

—Sí.

Rocío apoyó la frente en el volante.

—¿Desde cuándo lo sabe?

—Cuatro meses.

—¿Cuatro?

—Adrián y yo estuvimos juntos hace dieciséis años. Terminamos antes de que yo supiera que estaba embarazada.

—¿Nunca se lo dijiste?

—No.

—¿Por qué?

—Eso no es asunto tuyo.

—Tienes razón.

Irene continuó.

—Samuel lo encontró.

Rocío levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—Una prueba genética de esas de genealogía. Un regalo de su abuela. Salió un parentesco con un primo de Adrián. Ató cabos. Me preguntó. Terminé contándole la verdad.

—¿Y Adrián?

—Se quedó hecho polvo.

—¿Ha visto a Samuel?

—Varias veces. Siempre conmigo al principio. Ahora quedan solos a veces.

—¿Samuel quiere verlo?

—Sí.

—Dios.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—No me mientas. ¿Dónde está Adrián?

—No lo sé.

—Lo sabes.

Rocío guardó silencio. Irene habló con una calma que dio más miedo.

—Si le ha ocurrido algo, voy a averiguar quién eres.

—No le ha ocurrido nada.

Rocío contestó demasiado deprisa.

—Acabas de decir que no sabes dónde está.

Rocío tragó saliva.

—Está vivo.

Hubo un silencio. Rocío ya no podía retirar aquellas palabras. Irene habló despacio.

—¿Qué has dicho?

—No puedo seguir.

—Rocío, escúchame. ¿Dónde está Adrián?

Colgó. Las manos le temblaban. El teléfono volvió a sonar. Irene. Rocío rechazó la llamada. Volvió a sonar. Lo apagó. Se quedó dentro del coche varios minutos. Después arrancó hacia la nave.

***

Teresa estaba allí. Rocío la encontró fuera, fumando. Nunca la había visto fumar.

—¿Desde cuándo fumas?

—Desde hoy.

—Samuel es su hijo.

Teresa dio una calada.

—Eso dice Adrián.

—He hablado con la madre.

La mano de Teresa se detuvo.

—¿Qué has hecho?

—Lo que tú querías. Averiguar.

—¿Le has dicho algo?

—He preguntado.

—¿Le has dicho dónde estamos?

—No.

—¿Cómo se llama?

—Ya sabes cómo se llama.

—La madre.

—No voy a darte nada más.

Teresa tiró el cigarrillo y lo pisó.

—¿Qué te ha contado?

—Que Adrián descubrió hace cuatro meses que Samuel es su hijo. El chico también quiere verlo. No es otra víctima.

Teresa cruzó los brazos.

—Eso no explica las fotos.

—¿Qué fotos quieres que tenga un padre de su hijo? ¿Radiografías?

—Lo escondió.

—De nosotras. Cinco mujeres que lo tienen encerrado.

Teresa apretó la mandíbula. Rocío se acercó.

—Se acabó tu excusa.

—Mi excusa.

—Sí.

—¿Y la tuya?

Teresa señaló la nave.

—Tú volviste cada día.

—Lo sé.

—Tú ayudaste con la muestra del niño.

—Lo sé.

—Tú lo sujetaste cuando intentó coger las llaves.

—Eso lo sé.

—Entonces deja de hablar como si yo te hubiera obligado.

Rocío tuvo ganas de golpearla y se contuvo.

—He dicho a Irene que Adrián está vivo.

Teresa palideció.

—¿A quién?

—A la madre de Samuel.

—Eres gilipollas.

—Se me escapó.

—¿Se te escapó?

—Me estaba preguntando dónde estaba.

—¿Y qué crees que va a hacer ahora?

—Buscarlo.

Teresa sacó el móvil.

—Hay que moverlo.

Rocío le quitó el teléfono de la mano.

—Ni se te ocurra.

—Dámelo.

—No vamos a mover a nadie. Vamos a abrir la puerta.

—La policía puede venir.

—Mejor.

Teresa intentó recuperar el móvil. Rocío dio un paso atrás.

—No.

—Rocío, no tenemos tiempo.

—Tenemos todo el tiempo que llevamos robándole.

Teresa la miró.

—Qué frase tan bonita.

—Vete a la mierda.

Entraron. Adrián estaba tumbado en el suelo con la mano derecha apoyada sobre una chaqueta doblada.

Eva le había improvisado una inmovilización ligera en dos dedos y había insistido en que necesitaba una radiografía.

Él se había negado a ir a urgencias mientras la única alternativa fuera volver después a la nave.

—He hablado con Irene —dijo Rocío.

Adrián se incorporó de golpe.

—¿Qué?

—Está bien. Samuel también.

—¿Qué le has dicho?

—Que estabas vivo.

—Dios.

—Lo siento.

—¿Le has dicho dónde?

—No.

—¿Qué más?

—Le pregunté por Samuel.

—No tenías derecho.

Rocío asintió.

—Lo sé.

Adrián la miró sorprendido.

—No voy a justificarlo. Necesitaba saber.

—Eso decimos todos.

Rocío se quedó callada al oírlo. Teresa cerró la puerta. Adrián la oyó.

—No.

Teresa guardó las llaves.

—Puede venir la policía.

—Entonces déjalos.

—No voy a esperar aquí.

—Pues vete.

—No te voy a dejar para que les cuentes dónde vivimos.

Adrián se puso de pie.

—Ya saben quiénes sois.

Teresa se quedó inmóvil.

—¿Qué?

Adrián miró a Rocío.

—Irene sabe su nombre.

El estómago se hundía.

—Solo el mío.

—¿Crees que la policía no va a saber que estabais juntas?

Teresa se acercó a Rocío.

—¿Le diste tu apellido?

—No.

—¿Desde tu número?

Rocío no respondió. Teresa apartó la mirada un momento.

—Perfecto.

Adrián caminó hacia la puerta.

—Ahora sí vais a abrir.

Teresa se interpuso.

—No hasta decidir.

—No hay nada que decidir.

—Para ti.

—Para todos.

Rocío miró a Teresa.

—Dame las llaves.

—No.

—Dámelas.

—No voy a entregarte nada hasta que llegue Clara.

Adrián se rio con incredulidad.

—Esto ya ni siquiera os pertenece.