CAPÍTULO 10
Samuel
El correo llegó a las diez y cuarenta y seis de la mañana del segundo día. Clara estaba en el supermercado. Tenía una bandeja de filetes en una mano y el teléfono en la otra cuando vio el asunto.
RESULTADOS DISPONIBLES.
Dejó la carne en el carro. Abrió el enlace.
Le pidió una contraseña. La escribió mal.
Volvió a intentarlo. El documento tardó unos segundos en cargar.
Clara leyó las primeras líneas sin entenderlas.
Índices. Marcadores. Probabilidades. Buscó la conclusión.
La encontró al final. La paternidad biológica quedaba excluida.
Adrián Montalvo no era el padre de Nicolás Robles.
Clara apoyó una mano en el carro. Una mujer pasó a su lado buscando yogures.
Alguien anunció una oferta por megafonía.
El mundo siguió funcionando con una normalidad que le pareció insultante.
Nueve años. Nueve años de duda. Podía haber terminado en una tarde. Sacó una captura.
La mandó al grupo. Eva respondió primero.
«Voy para allí.»
Mónica:
«Yo también.»
Rocío escribió:
«Se acabó.»
Teresa no contestó. Clara dejó el carro donde estaba y salió del supermercado sin comprar nada. Llamó a Javier desde el coche. Como Clara no respondió, volvió a llamar. Nada.
Escribió:
«Tenemos que hablar.»
Vio que el mensaje quedaba entregado. Clara arrancó sin contestar.
***
Adrián supo el resultado por las caras antes de que nadie hablara. Estaba sentado en una silla, comiendo una manzana que Eva había llevado por la mañana. Cuando Clara entró seguida de Rocío y Mónica, dejó de masticar. Teresa estaba apoyada contra una estantería.
—Ha llegado —dijo Adrián.
Clara sacó el teléfono.
—Sí.
—¿Y?
Nadie respondió. Adrián miró a Clara.
—Dilo.
Ella sintió la boca seca.
—No eres el padre.
Adrián se quedó inmóvil. La manzana permaneció en su mano.
—¿Seguro?
—La paternidad está excluida.
Adrián miró al suelo. Pasaron varios segundos.
Empezó a reír. Rocío frunció el ceño. La risa duró poco y sonó mal, como si le hiciera daño.
Adrián se cubrió la cara con una mano. Siguió riendo.
Después dejó de hacerlo. Clara vio lágrimas entre sus dedos.
Nadie supo qué decir. Adrián respiró varias veces y se limpió la cara con la camiseta.
—Nueve años.
Clara bajó el teléfono.
—Adrián…
—Nueve años.
—Lo siento.
Él levantó la vista.
—No me digas eso.
—No sabía…
—Claro que no sabías. Ese era el problema.
Las palabras le llegaban sin filtro. Adrián miró a Rocío.
—¿Ya está?
Rocío asintió.
—Por mí, sí.
—Abre.
Mónica miró a Clara. Eva entró en ese momento.
—¿Ha salido?
Rocío le enseñó el móvil. Eva leyó. Cerró los ojos un instante.
—Entiendo.
Adrián se levantó.
—La puerta.
Teresa habló desde el fondo.
—Falta el chico.
Rocío se giró.
—No.
—Dijo que hablaría.
—Nunca dijo eso.
—Dijo que si hacíamos la prueba…
Adrián la interrumpió.
—Dije que me la haría si servía para salir.
—Y yo dije que quería saber quién era.
—Eso lo dijiste tú.
Teresa se separó de la estantería.
—Hay fotografías de otro menor.
—No está en peligro.
—No te creo.
Rocío alzó la voz.
—Me da igual que no le creas. Abrimos.
Mónica tenía las llaves. Las sacó. Teresa extendió la mano.
—Dámelas.
—Teresa.
—Dámelas un momento.
—¿Para qué?
—Para que nadie haga una estupidez.
Rocío soltó una carcajada.
—¿Ahora llamamos estupidez a liberar al secuestrado?
Teresa miró a Clara.
—Cuando salga, ¿qué pasa con Nico?
Clara frunció el ceño.
—¿Qué tiene que ver Nico ahora?
—Todo. Este hombre se lo llevó.
—Y va a responder por eso.
—Ya estaba respondiendo.
—Nosotras no somos parte de la condena.
—Eso díselo a él.
Adrián caminó hacia la puerta. Teresa se interpuso. Eva se movió al instante.
—Apártate.
Teresa se fijó en ella.
—¿Tú también?
—Sí.
—Anoche no abriste.
Eva se quedó inmóvil. Adrián había dado con el punto exacto y lo supo al verla bajar los ojos. Teresa aprovechó.
—Ninguna abrió. Ahora os ha salido un papel y de repente todo está bien.
Rocío avanzó.
—Nada está bien. Precisamente por eso tiene que irse.
—Y mañana estamos detenidas.
—Puede ser.
—Habla por ti.
—Estoy hablando por mí.
Mónica apretó las llaves.
—Tengo dos hijas.
Rocío se volvió.
—Yo tengo una.
—Entonces sabes lo que digo.
—Lo sé. Y por eso quiero terminar.
—Terminar no significa que desaparezca lo que hemos hecho.
Adrián habló.
—Por fin algo sensato.
Mónica lo miró.
—No ayudes.
—No estoy ayudando. Estoy diciendo que tiene razón.
Clara se sentó en una caja. Le temblaban las piernas.
—Necesito pensar.
Rocío la miró como si no la reconociera.
—¿Pensar qué?
—Cómo hacerlo.
—Se abre una puerta.
—Después.
—Después será después.
Teresa hizo un gesto de acuerdo.
—Exactamente. Y después estamos jodidas.
Rocío caminó hacia Clara.
—¿Sabes qué es lo más asqueroso? Que hace dos días lo teníamos aquí porque creíamos que era un monstruo. Hoy sabemos que nos equivocamos en la parte más importante y eso hace que nos dé más miedo soltarlo.
Clara levantó la vista. Nadie discutió. Adrián apoyó una mano en la pared.
—Dame las llaves, Mónica.
Mónica no se movió.
—Por favor.
La palabra hizo que ella apretara más el llavero.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No ahora.
—¿Cuándo?
Mónica miró a Teresa. Ese gesto fue suficiente. Adrián lo vio.
—Con eso me basta.
Se apartó de la puerta. Rocío negó.
—No. No vale.
Se acercó a Mónica.
—Dámelas.
—Rocío.
—Dámelas.
Mónica retrocedió. Teresa se interpuso.
—Déjala.
—Apártate.
—No vas a decidir por todas.
—Llevas dos días haciéndolo tú.
—Porque alguien tiene que pensar.
Rocío empujó a Teresa. El golpe no fue fuerte, aunque bastó para cambiar el aire. Teresa la agarró del antebrazo. Eva se metió entre ambas.
—Soltad.
Mónica dio un paso atrás. Las llaves cayeron. Adrián se movió. Fue rápido. Se agachó. Teresa también. Los dos llegaron casi al mismo tiempo. Adrián agarró el llavero. Teresa le sujetó la muñeca.
—Suéltalo.
—Quítame la mano.
—Suéltalo.
Adrián tiró. Al perder el equilibrio, Teresa chocó contra una caja. El grito de Eva se mezcló con el intento de Mónica por apartarse. Desde atrás, Rocío empujó a Teresa. Adrián logró ponerse en pie con las llaves y corrió hacia la puerta. Teresa lo agarró de la camiseta. La tela cedió. Él giró.
—¡Déjame!
Adrián lanzó un manotazo desesperado, más torpe que fuerte. Teresa recibió el dorso de la mano en la cara. Se quedó inmóvil un segundo. Clara vio la expresión cambiar.
—Teresa, no.
Ella agarró una barra corta de metal que había junto a una estantería. Eva reaccionó.
—¡Suéltala!
Teresa lanzó el brazo. Adrián levantó la mano para protegerse. La barra golpeó sus dedos. El sonido fue seco. Adrián gritó. Las llaves cayeron. Eva sujetó a Teresa por la cintura. Rocío recogió el llavero. Adrián se dobló sobre la mano.
—Hija de puta.
Teresa forcejeó.
—Me ha pegado.
—¡Estaba intentando salir! —gritó Rocío.
—Me ha pegado.
—Porque lo agarraste.
Eva consiguió quitarle la barra. La lanzó al suelo.
—Se acabó. Te vas.
Teresa la miró.
—¿Yo?
—Tú. Fuera.
Adrián seguía inclinado. Eva se acercó.
—Déjame ver.
—No me toques.
—Puede estar roto.
—Me da igual.
—A mí no.
Adrián levantó la cabeza. Tenía la cara desencajada.
—Pues debería.
Rocío estaba junto a la puerta con las llaves. La abrió. La luz exterior entró en la nave. Todos miraron. Adrián dio un paso. Eva lo sujetó del hombro.
—Espera. No puedes conducir con la mano así.
—No tengo coche.
—Te llevo.
Teresa soltó una risa breve.
—Perfecto. Llévalo a comisaría y explícales la mano.
Eva se volvió.
—Cállate.
—¿Qué vas a decir? ¿Que se cayó?
Rocío mantuvo la puerta abierta.
—Lo llevamos a urgencias.
Adrián negó.
—Voy a la policía.
—Necesitas que te miren eso.
—Después.
Clara se puso de pie.
—Adrián.
Se fijó en ella.
—No me pidas nada.
—No iba a hacerlo.
—Sí ibas.
Clara cerró la boca. Mónica empezó a llorar en silencio, pendiente de la puerta abierta y de las llaves en la mano de Rocío. Cuando Adrián caminó hacia la salida, Teresa habló.
—El chico se llama Samuel.
Adrián se detuvo. Todas la miraron. Teresa sonrió sin alegría.
—Lo encontré anoche. Tiré de la foto de la terraza hasta dar con su perfil.
La cara de Adrián cambió.
—¿Qué has hecho?
—Nada.
—¿Qué has hecho?
—Busqué.
Adrián caminó hacia ella. Eva se interpuso.
—Quieto.
—Dime qué has hecho con Samuel.
Teresa levantó la barbilla.
—Así que sí importa.
—No te acerques a él.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Qué respuesta tan curiosa.
Adrián intentó pasar. Eva lo frenó.
—Adrián.
—Tiene su nombre.
—Sabíamos que había otro chico desde hace días.
—No sabíais quién era.
Teresa sacó el móvil.
—Ahora sí.
Adrián palideció. Rocío miró la pantalla que Teresa mostraba. Un perfil. Un chico de quince años. Fotografías de fútbol, amigos, cumpleaños.
—¿Qué coño haces? —preguntó Rocío.
—Averiguar.
Adrián miró a Clara.
—Si alguna se acerca a él, os juro que…
Teresa dio un paso.
—¿Qué vas a hacer?
La puerta seguía abierta. Adrián podía irse, pero seguía mirando el móvil de Teresa.
—Borra eso.
—Dime quién es.
—Bórralo.
—¿Quién es Samuel?
Adrián apretó la mano herida contra el pecho.
—Mi hijo.
Nadie habló. Teresa dejó de sonreír. Adrián continuó.
—Mi hijo de verdad.
Mónica se sentó en el suelo. Eva bajó lentamente la mano con la que intentaba sujetarlo. El resultado de la prueba volvía a abrirse dentro de ella. Adrián señaló a Teresa con la mano sana.
—Y si vuelves a poner su nombre en vuestra mierda, esta vez no voy a necesitar una puerta abierta para ir a la policía.
Teresa guardó el teléfono.
—Pruébalo.
Adrián miró la salida. Después a Samuel en la pantalla apagada. La puerta se cerró. Rocío dejó de sostenerla por decisión propia.
***