CAPÍTULO 9 #3
—Tampoco tú.
Clara se puso de pie.
—No voy a seguir hablando contigo.
—Entonces abre la puerta.
—He dicho que no.
Adrián cerró los ojos y descansó la nuca en la pared.
—Pues quédate.
Clara permaneció de pie. Los dos escucharon el zumbido del fluorescente. Cinco minutos después, Clara escribió a Eva para que fuera a relevarla.
***
Javier llamó a la inspectora Pardo a las nueve y diez. Clara no lo supo hasta más tarde. Él llevaba treinta minutos sentado dentro del coche frente a la comisaría. Había pensado en entrar, pero al final llamó desde allí.
—Soy Javier Robles, el padre de Nicolás.
—Sí, señor Robles. ¿Ha ocurrido algo?
Javier miró el edificio.
—No sé.
—Cuénteme.
—Clara ha comprado una prueba de paternidad.
La inspectora tardó un segundo.
—¿Para usted?
—Dice que no.
—¿Para quién?
—Para Adrián Montalvo.
Hubo una pausa.
—¿Cómo lo sabe?
—La vi tomar la muestra de Nico.
—¿Con qué finalidad se lo explicó al niño?
—Una prueba médica. Nada más.
—¿Y usted le preguntó por Adrián?
—Sí.
—¿Qué respondió?
—Que el laboratorio podía conseguir una muestra.
—Eso no funciona así.
—Ya lo sé.
Pardo guardó silencio.
—Señor Robles, necesito que me diga exactamente por qué me está llamando.
—Creo que Clara sabe dónde está Adrián.
—¿Tiene algún dato concreto?
—No.
—¿La ha visto con él?
—No.
—¿Ha escuchado algo?
—No.
—Entonces ¿qué le hace pensar eso?
Javier miró sus manos.
—Porque lleva días mintiéndome. Porque sale durante horas con las madres del parque. Porque ayer volvió oliendo a almacén o a garaje. Porque tiene una prueba para un hombre desaparecido y porque cuando le pregunté cómo pensaba conseguir su muestra me pidió un día.
Pardo no interrumpió.
—¿Dónde suelen reunirse esas mujeres?
—En el parque.
—¿Conoce alguna propiedad, local, garaje o nave que utilicen?
—No.
—¿Alguna trabaja en un polígono?
—Mónica trabaja en una gestoría.
—Apellidos.
Javier se los dio. Después dio los nombres de Eva, Rocío y Teresa. Al terminar, sintió náuseas.
—¿Qué va a hacer?
—Comprobar información.
—No quiero acusar a Clara de algo que no ha hecho.
—No lo está haciendo. Está comunicando una sospecha.
—Si me equivoco…
—Ojalá se equivoque.
Javier colgó. Se quedó diez minutos más dentro del coche. Cuando arrancó, no volvió a mirar la comisaría.
***
Eva llegó a la nave con una bolsa de comida. Clara le dio las llaves.
—No quiero que Teresa se quede sola esta noche.
—Yo tampoco.
—¿Puedes estar hasta las doce?
—Nuria cree que estoy trabajando.
Clara la miró.
—¿Le has mentido?
—¿Tú a Javier?
Clara prefirió callar. Eva cogió el llavero.
—Eso pensaba.
Adrián seguía en el mismo sitio.
—Cambio de guardia —dijo.
Eva dejó la bolsa.
—No lo llames así.
—¿Cómo quieres que lo llame?
—No sé.
—Pues cuando encuentres una palabra bonita me avisas.
Clara se dirigió a la puerta. Adrián habló.
—Clara.
Ella se volvió.
—Cuarenta y ocho horas.
Clara asintió.
—Cuarenta y ocho.
Adrián señaló el bolso.
—Y cuando llegue el resultado, abre.
Clara no prometió nada. Salió. Eva cerró detrás. Adrián miró la puerta.
—No va a hacerlo.
—No lo sabes.
—Tú sí.
Eva dejó una botella de agua junto a él.
—Come.
—¿Qué es?
—Tortilla.
—Gracias.
—Te dije que no me dieras las gracias.
Adrián abrió el recipiente.
—¿Por qué?
Eva tardó en contestar.
—Porque me hace sentir peor.
Él dejó de mover el tenedor.
—Me parece bien.
Eva lo miró.
—No tienes que hacer eso.
—¿Qué?
—Intentar que me sienta culpable.
—No lo intento.
—Cada frase…
—Eva, me has comprado una tortilla y después vas a cerrar una puerta con llave para que no pueda salir. No necesito construirte ninguna culpa.
Ella apretó los labios.
—Come.
Adrián comió. Eva se sentó al otro lado. A los pocos minutos, él preguntó:
—¿Cuántos años tiene tu hijo?
Eva levantó la mirada.
—No hables de mi hijo.
—De acuerdo.
—¿Cómo sabes que tengo uno?
—Os escucho hablar.
—Pues deja de hacerlo.
—Es difícil.
Eva se frotó las manos.
—Lucas tiene seis.
Adrián no dijo nada.
—No sé por qué te lo he contado.
—Porque llevamos muchas horas aquí.
—Tú sí.
—Tú también vuelves.
Eva lo miró.
—No tenía que haber venido aquella vez.
—Eso ya no sirve.
—Eso lo sé.
Adrián bajó el tenedor.
—¿Quién se quedaría con Lucas si te detuvieran?
Eva reaccionó al instante.
—No vuelvas a hablar de él.
—No te estoy amenazando.
—No me importa.
—Solo quiero que pienses en algo.
Eva se levantó.
—No necesito que me enseñes moral.
—No. Necesitas decidir si vas a abrir esa puerta.
Eva miró el llavero. Adrián también.
—Podría hacerlo —dijo ella.
—Sí.
—Y tú irías a la policía.
—Sí.
—Nos detendrían.
—Probablemente.
—Podría perder mi trabajo.
—Sí.
—Podrían quitarme a mi hijo mientras se aclara todo.
Adrián tardó en responder.
—Puede ser.
Eva apretó las llaves.
—Entonces deja de hablar como si abrir fuera fácil.
—No he dicho que lo sea.
—Lo dices con la cara.
—Estoy encerrado, Eva.
Ella cerró los dedos. Durante varios segundos no se movió. Después guardó las llaves en el bolsillo. Adrián bajó la vista a la tortilla.
—Ya soy consciente.
Eva quiso decir algo. No encontró una frase que no sonara peor.