CAPÍTULO 9 #2
Mónica arrancó. Nadie respondió. Regresaron por separado.
Aquella mañana habían creado reglas sin llamarlas así: nunca dos coches juntos, nunca las cinco a la vez en la entrada, nada de direcciones en el grupo y tampoco el nombre de Adrián por escrito.
Cada medida servía para ocultar algo que ninguna quería reconocer que estaba ocultando.
Cuando Clara entró en la nave, Teresa estaba sentada en una silla de plástico con las piernas cruzadas. Adrián dormía apoyado contra la pared.
—¿Desde cuándo duerme? —preguntó Clara.
—Media hora.
—¿Ha comido?
—Sí.
Clara dejó el bolso.
—¿Qué le has dado?
—Un sándwich.
—¿Agua?
Teresa señaló dos botellas vacías.
—No soy una carcelera de película.
Clara la miró. Teresa no apartó los ojos.
—He dicho que no voy a tocarlo.
—Ya lo dijiste otra vez.
—Y no lo he tocado.
Adrián abrió los ojos.
—Hablad más bajo si queréis fingir que sigo dormido.
Clara se volvió. Tenía la barba más marcada y el pelo aplastado por un lado. La ceja que se había golpeado al caer el día anterior se veía hinchada, aunque la herida no era profunda. Eva había limpiado la zona y colocado una tira adhesiva.
—Las muestras han llegado —dijo Clara.
Adrián tardó en entender.
—¿Cuándo sabremos algo?
—Cuarenta y ocho horas.
Él cerró los ojos otra vez.
—Dos días.
—Puede llegar antes.
—Fantástico.
Teresa se levantó.
—Si sale negativo, nos cuentas quién es el chico.
Adrián abrió los ojos.
—No.
—Entonces seguimos igual.
Clara giró hacia Teresa.
—No.
—¿Qué?
—Si sale negativo, se va.
Teresa sonrió de una manera mínima.
—¿Y el otro menor?
—Lo investigará la policía si tiene que investigarlo.
—¿Después de que él les cuente lo nuestro?
Clara bajó la voz.
—Eso ya será otro problema.
—Será nuestro único problema.
Adrián se rio desde el suelo.
—Me encanta cómo habláis de mí estando delante.
Teresa lo ignoró.
—¿Has pensado qué vas a decirle a Javier esta noche?
El estómago se le cerró.
—No es asunto tuyo.
—Si llama a la policía, sí.
Adrián levantó la cabeza.
—¿Javier sabe que estoy aquí?
Clara no contestó.
—¿Sabe algo?
—Cállate.
—No me hables así.
—No metas a Javier.
—No he metido a nadie. Me secuestrasteis vosotras.
Teresa caminó hacia la puerta.
—Tengo que recoger a los niños.
Clara la siguió con la mirada.
—¿Quién se queda?
—Tú.
—No puedo.
—Entonces llama a otra.
—No podemos vivir aquí por turnos.
Teresa cogió su bolso.
—Llevamos desde ayer haciéndolo.
Adrián habló desde el suelo.
—Qué bien organizado.
Clara quiso gritar. Teresa abrió la puerta y salió. Desde el aparcamiento, Clara y Adrián no habían vuelto a quedarse solos. Él se incorporó un poco.
—Suéltame.
Clara miró la puerta.
—No estoy atado.
—Abre.
—No tengo las llaves.
—Mientes peor cuando estás cansada.
Clara se sentó en una caja.
—No puedo dejarte salir ahora.
—Sí puedes.
—No puedo.
—Porque te denunciaré.
Clara no contestó. Adrián dejó caer la cabeza contra la pared.
—Al menos ya hemos dejado de fingir que esto va de Nico.
Adrián había acertado.
—Siempre ha ido de Nico.
—Al principio.
—Te lo llevaste.
—Lo sé.
—Deja de decirlo como si bastara.
—¿Qué quieres que haga? ¿Que invente una excusa más fea para que te sientas mejor?
—Quiero entender qué te pasó por la cabeza.
Adrián tardó.
—Vi a Nico salir del parque detrás de un perro.
—Eso lo contó Nico.
—Yo llevaba diez minutos sentado en la terraza de enfrente.
Clara notó la rabia subirle a las mejillas.
—¿Estabas vigilándolo?
—Había ido a verte a ti.
—¿A mí?
—Sabía que bajabais casi todos los días.
—Eso es seguirnos.
—Sí.
Adrián continuó.
—Vi al niño fuera. Solo. Pensé que podía hablarle dos minutos.
—Y te lo llevaste tres calles.
—Sí.
—Entraste en una cafetería.
—Sí.
—Cuarenta minutos.
—Treinta y seis.
Clara lo miró con incredulidad.
—¿Los has contado?
—Los contó la policía.
—Qué alivio. Solo fueron treinta y seis.
Adrián cerró la boca. Clara se levantó.
—¿Sabes lo que hice durante ese tiempo?
—Me lo imagino.
—No. No te lo imaginas.
La observó un instante.
—Creí que estaba muerto. Creí que alguien lo había metido en un coche. Pensé en todo lo que pueden hacerle a un niño en media hora. Lo pensé todo. Y tú estabas sentado con él tomando café.
—No tomaba café.
Clara frenó en seco. Adrián bajó la mirada.
—Perdón.
—Eres imbécil.
—Sí.
—No vuelvas a corregirme una mierda así.
—No lo haré.
Clara caminó unos pasos para alejarse.
—Cuando vi la policía me asusté —dijo Adrián.
Ella se volvió.
—¿Tú te asustaste?
—Entendí lo que había hecho.
—Demasiado tarde.
—Sí.
—¿Por qué no entraste con él en comisaría?
—Porque sabía que me iban a detener.
—Y lo dejaste solo.
—A veinte metros.
—Tenía ocho años.
—Lo sé.
Clara se llevó una mano a la frente.
—Siempre lo sabes después.
Adrián la miró.
—Tú también.
Clara bajó la mano.
—No compares.
—No estoy comparando lo del parque con lo que hiciste hace años.
—Entonces ¿qué haces?
—Te digo que los dos tomamos una decisión pensando que teníamos derecho a decidir por alguien más.
—No te permito…
—No necesito permiso para decirlo.
Clara se acercó.
—Yo no arranqué a un niño de un parque.
—Y yo no dejé a un hombre nueve años sin saber si tenía un hijo.
Clara levantó la mano. Adrián la vio. Ella también. Durante un segundo entendió que iba a pegarle. Bajó el brazo. Adrián no sonrió. Eso empeoró la vergüenza.
—¿Ves? —dijo él.
—Cállate.
—No te pareces a Teresa.
Clara se fijó en él.
—No la metas.
—Ella no tiene dudas.
—No la conoces.
—La suficiente.
—Llevas desde ayer encerrado con nosotras y ya eres experto.
—Llevo desde ayer mirando quién abre la puerta y quién no.
Mientras Clara guardaba silencio, Adrián señaló el bolso.
—Tienes las llaves.
Dentro del bolso pesaba el llavero. Clara había olvidado que Mónica le había dado las llaves al salir de la mensajería. Adrián lo supo por su cara.
—Eso pensaba.
Volvió a sentarse.
—No puedo.
—Puedes.
—No hoy.
—¿Mañana?
Clara no contestó.
—¿Cuando llegue el resultado?
—Sí.
—Aunque sea positivo.
Clara no respondió. Adrián apoyó los brazos sobre las rodillas.
—Eso creía.
—Si sale positivo, tendremos que pensar.
—¿Qué hay que pensar?
—Nico.
—¿Qué pasa con Nico?
—Que todo cambia.
—Para él no tiene por qué cambiar nada.
Clara lo miró.
—Tú no decides eso.