Las buenas madres CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Cuarenta y ocho horas

Clara no consiguió la muestra de Nico aquella tarde. Su suegra no le abrió la puerta. La llamó desde el portal.

—Soy yo.

—Javier me ha pedido que Nico se quede aquí hasta que habléis.

Clara se fijó en el telefonillo.

—Soy su madre.

—Lo sé, cariño.

—Entonces abre.

La mujer guardó silencio unos segundos.

—No quiero meterme.

—Ya estás metida si no me dejas ver a mi hijo.

—Nadie te está prohibiendo verlo. Javier viene ahora.

Clara bajó la cabeza un instante.

—Necesito hablar con Nico a solas.

—¿Ha pasado algo?

—No.

—Entonces espera a Javier.

Clara colgó. Volvió al coche. La caja blanca seguía dentro del bolso. Pensó en ir al colegio al día siguiente y hacerlo allí. Rechazó la idea. Necesitaba frotar el interior de la mejilla del niño durante medio minuto. No podía improvisarlo delante de profesores o familias. Llamó a Eva.

—No puedo conseguir la muestra.

—¿Por qué?

—Javier sabe que he comprado una prueba.

Se produjo una pausa.

—¿Cómo?

—La encontró. O casi.

—Clara, tenemos un problema.

—¿Qué ha pasado?

—Adrián se ha mareado.

Clara apretó el volante.

—¿Está bien?

—Ahora sí. Pero no quiero tenerlo otra noche aquí.

—Yo tampoco.

—Entonces tenemos que soltarlo.

Clara miró por el parabrisas.

—Dame hasta mañana.

Eva soltó una maldición.

—No puedo seguir cuidándolo para que vosotras tengáis tiempo.

—No te estoy pidiendo eso.

—Es exactamente lo que está pasando.

Clara bajó la voz.

—Si la prueba sale negativa, Teresa no tendrá argumento.

—Teresa no necesita argumentos.

Eva continuó.

—Hoy me dio las llaves.

—¿Qué?

—Me dijo que abriera.

—¿Y no lo hiciste?

Eva tardó en responder.

—No.

Clara apoyó la frente en el volante.

—Entonces no me juzgues.

—No te estoy juzgando.

—Parecía que sí.

—Estoy asustada.

Clara levantó la cabeza.

—Yo también.

—Rocío va a romper.

—Lo sé.

—Mónica está haciendo listas de horas y coches.

—Lo sé.

—Y Teresa está cada vez más tranquila.

Clara miró el portal de su suegra.

—Voy para allá.

—¿Y la muestra?

—La conseguiré.

Colgó. Javier apareció cinco minutos después. Aparcó detrás de ella. Clara bajó del coche.

—Quiero ver a Nico.

—Está arriba.

—Tu madre no me deja entrar.

—Le pedí que esperara.

—No tienes derecho.

—Y tú no tienes derecho a hacerle una prueba a escondidas.

—No sabes para qué era.

—Dímelo.

—Para saber la verdad.

Javier se acercó.

—¿Qué verdad?

Clara notó que había llegado a un lugar del que no podía salir con otra mentira pequeña.

—Si Adrián puede ser su padre.

Javier se fijó en ella.

—¿Por qué ahora?

—Porque ya no puedo seguir con la duda.

—¿Tú?

—Nosotros.

—No me metas en una decisión que ya habías tomado.

—Pensaba decírtelo.

—Claro que sí.

Clara apretó las manos.

—Quiero hacerlo cuanto antes.

—Yo también.

—Entonces dame una muestra de Nico.

Javier se quedó mirándola.

—¿Para qué necesitas que te la dé yo?

—Porque no quiero que piense que pasa algo raro.

—¿Y cómo piensas explicárselo?

—Como una prueba médica.

Javier negó.

—No voy a mentirle.

—Tiene ocho años.

—Precisamente.

—No necesita saber ahora que dudamos de quién es su padre.

—Yo no dudo de quién soy para él.

El golpe le llegó entero.

—Sabes a qué me refiero.

—Sí.

Javier miró hacia el portal.

—Subimos. Se lo explicamos como podamos. Hacemos dos pruebas.

Tuvo miedo.

—¿Dos?

—Una contigo y Adrián. Otra conmigo.

—No hace falta hacer las dos.

—A mí sí me hace falta.

—De acuerdo.

Javier observó el bolso.

—¿La tienes ahí?

Clara asintió. Subieron. Nico estaba en la mesa del salón haciendo deberes con su abuela.

—Mamá.

Se levantó y corrió hacia ella. Clara lo abrazó.

—¿Por qué no me dejaban bajar?

La abuela miró a Javier.

—Estábamos hablando de unas cosas.

—Siempre habláis de cosas y luego no me contáis ninguna.

Javier se agachó.

—Esta te la vamos a contar un poco.

Nico frunció el ceño.

—Suena mal.

—No es nada malo. Queremos hacer una prueba con saliva.

—¿Tengo covid?

—No.

—Entonces ¿para qué?

Las palabras se le quedaban atrapadas. Javier respondió.

—Para comprobar una cosa de la familia.

—¿Qué cosa?

—Una de esas que cuando seas mayor te parecerá más importante que ahora.

Nico miró a Clara.

—Eso no explica nada.

—Tienes razón —dijo ella—. Pero no te va a doler.

—¿Me vais a pinchar?

—Solo pasarte un bastoncillo por la boca.

Nico se encogió de hombros.

—Pues vale.

La facilidad con la que aceptó hizo que Clara se sintiera peor. Esperaron media hora desde la última vez que el niño había bebido agua. Clara leyó las instrucciones dos veces. Abrió el sobre. El hisopo parecía insignificante.

—Abre la boca.

Nico obedeció. Clara frotó el interior de la mejilla. Treinta segundos. El niño empezó a reír porque le hacía cosquillas.

—Para, mamá.

—Queda poco.

—Es asqueroso.

Javier miraba desde el otro lado de la mesa. Clara contó hasta treinta en silencio. Retiró el bastoncillo y lo colocó en el tubo. Nico bebió agua en cuanto le dejaron.

—¿Ya está?

—Ya está.

—Pues vaya prueba más tonta.

Clara guardó la muestra en el sobre. Javier extendió la mano.

—Ahora la mía.

Clara lo miró.

—Ese kit solo tiene dos perfiles.

—Compra otro.

—Javier.

—Compra otro.

Nico los observaba. Clara sonrió al niño.

—Ve a terminar los deberes con la abuela.

—Ya casi los había terminado.

—Pues mejor.

Cuando se alejó, Javier bajó la voz.

—¿Cómo vas a conseguir la muestra de Adrián?

El cuerpo entero se tensaba.

—La policía tiene muestras.

—No te las van a dar.

—El laboratorio puede gestionar algunas cosas.

Javier se quedó mirándola.

—Eso es mentira.

—Sabes dónde está.

—No.

—¿Entonces cómo piensas hacer la prueba?

Clara guardó la caja dentro del bolso.

—Tengo que irme.

Javier la agarró del brazo. El gesto fue rápido. Clara miró su mano. Javier la soltó de inmediato.

—Perdona.

Ella retrocedió.

—No vuelvas a hacerlo.

—Dime dónde está Adrián.

—No lo sé.

—Clara, mírame.

Ella lo hizo.

—No lo sé.

Javier la observó durante demasiado tiempo.

—Voy a llamar a la inspectora Pardo.

Clara temió lo que Javier pudiera contarle a Pardo.

—¿Para qué?

—Para decirle que mi pareja ha comprado una prueba de paternidad para un hombre desaparecido y no sabe explicar cómo piensa conseguir su ADN.

—No hagas una estupidez.

Javier se rio sin alegría.

—Ahora resulta que soy yo.

Clara abrió el bolso. Sacó la caja.

—Dame hasta mañana.

—¿Por qué?

—Porque necesito resolver algo.

—¿Qué?

Ya no quedaba espacio. Podía contarlo. Podía decir que Adrián estaba vivo.

Que estaba encerrado. Que cinco mujeres habían convertido una discusión en un secuestro.

Podía acabar allí. Pensó en Teresa, Rocío, Eva y Mónica, en sus hijos y en Nico, que estaba a diez metros terminando una ficha de lengua.

—Mañana te lo cuento todo.

Javier negó.

—No te creo.

—Solo te pido una noche.

—Llevas nueve años pidiendo tiempo sin decirlo.

Clara agarró el bolso.

—Mañana.

Salió antes de que él pudiera responder.

***

En la nave, Adrián se negó a abrir la boca. Eva sostenía el hisopo.

—No te va a doler.

—No he dicho que me dé miedo.

—Entonces ¿qué problema hay?

—Que no pienso colaborar con cinco personas que me tienen secuestrado.

Teresa estaba junto a la puerta.

—La prueba la has propuesto tú.

—Cuando pensaba que servía para que me soltarais.

—Sirve para eso.

Adrián miró a Rocío.

—¿Tú te lo crees?

Rocío no contestó. Había vuelto hacía media hora y seguía sin llamar a la policía. Adrián sonrió con cansancio.

—No.

Eva levantó el hisopo.

—Si sale que no eres el padre, se termina la excusa de la paternidad.

—¿Y las fotos del chico?

Teresa contestó.

—Eso también tendrás que explicarlo.

Adrián miró a Eva.

—¿Ves?

Eva bajó un poco la mano.

—Haz la prueba.

—Después me soltáis.

Rocío habló.

—Yo sí.

Mónica asintió.

—También.

Eva miró a Teresa. Ella tardó.

—Si sale negativo y nos dice quién es el chico.

Rocío se volvió.

—No.

—Es una pregunta.

—Has añadido otra condición en cinco segundos.

—Porque sigue sin explicar algo importante.

Adrián se levantó.

—No hay trato.

Teresa caminó hacia él. Eva se interpuso.

—No lo toques.

—Solo quiero que se siente.

—Puede estar de pie.

Adrián miró el hisopo.

—Dámelo.

Eva dudó. Él extendió la mano.

—Me lo hago yo.

—Tengo que asegurarme de que la muestra es correcta.

—Entonces mira.

Adrián cogió el bastoncillo. Abrió la boca. Lo pasó por el interior de una mejilla. Eva miró el reloj.

—Treinta segundos.

Adrián empezó a contar mentalmente. Sentada en una caja, Rocío lo observó. Mónica mantuvo la vista en la puerta y Teresa, en la mano de Adrián. Cuando terminó el tiempo, Eva avisó. Él colocó el hisopo dentro del tubo.

—Ya tenéis otra parte de mí.

Eva cerró el recipiente.

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga?

Rocío se levantó.

—Cuando llegue el resultado, te vas.

Adrián se fijó en ella.

—Si llega.

—Va a llegar.

—No me preocupa el laboratorio.

Miró a Teresa. Rocío también. Teresa no apartó los ojos.

—Deja de hacerte la víctima.

Adrián levantó las muñecas marcadas.

—Me lo estás poniendo bastante fácil.

Teresa avanzó. Eva levantó una mano.

—Ni te acerques.

Esta vez Teresa se detuvo. Clara entró en la nave minutos después con la muestra de Nico dentro del bolso. Nadie le preguntó cómo la había conseguido. Lo que más le dolió fue que nadie se lo preguntara.

***

El laboratorio recibió las muestras a las cinco y diecisiete de la tarde.

Eva había encontrado un servicio urgente que prometía resultados en cuarenta y ocho horas desde la recepción.

La prueba carecía de validez judicial, algo que a ninguna le importaba en ese momento.

Necesitaban una respuesta. Clara pagó y evitó que las demás dejaran su nombre en el pedido.

—Eso nos hace parecer todavía más culpables —dijo Rocío.

Estaban en el coche de Mónica, aparcadas a dos calles de una oficina de mensajería. Teresa se había quedado en la nave. Clara guardó el recibo.

—No quiero que haya cinco tarjetas, cinco correos y cinco teléfonos vinculados.

—Pero sí tu tarjeta.

—Alguien tenía que pagar.

Rocío miró por la ventanilla.

—Podíamos haber llamado a la policía ayer. Salía más barato.