CAPÍTULO 8 #3
—Esa frase ya no te sirve.
—Nico no tiene por qué pasar por esto.
—No tiene por qué enterarse ahora.
—¿Cuándo?
—En cuanto pueda.
—¿Ya has buscado cómo hacerlo?
—Desde esta mañana.
El aire se volvía espeso en la habitación. Javier la observó.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Has puesto una cara rara.
—Estoy cansada.
—¿Qué llevas en el bolso?
Clara sintió un tirón en el estómago.
—Mis cosas.
—Clara.
—¿Qué?
—Ábrelo.
Ella se levantó.
—No voy a vaciar mi bolso porque me lo pidas.
—Entonces dime qué has mirado.
—Nada.
Javier dio un paso.
—¿Has comprado una prueba?
Clara guardó silencio. La cara de Javier cambió.
—La has comprado.
—No es para ti.
—¿Para quién coño va a ser?
Había hablado demasiado. Javier se quedó mirando el bolso.
—¿Para Adrián?
Ella levantó la cabeza.
—No.
—¿Cómo puede ser para Adrián si tiene una orden de alejamiento y está desaparecido desde ayer?
Clara notó un zumbido en los oídos.
—¿Desaparecido?
—Su abogado ha denunciado que no responde desde anoche. Lo acaban de publicar.
Clara se obligó a mantener la cara quieta.
—No lo sabía.
Javier la observó.
—¿Dónde estabas anoche?
—Ya te lo dije.
—En un local de una amiga de Mónica.
—Sí.
—¿Dónde?
—No recuerdo la dirección.
—Tú condujiste.
—Me llevaron.
Javier frunció el ceño.
—Ayer dijiste que habías ido en tu coche.
El cuerpo se le quedaba rígido.
—No dije eso.
—Llegaste conduciendo.
—Porque lo recogí después.
—¿Dónde?
—Javier, basta.
Él se acercó.
—¿Qué coño estás haciendo?
Clara retrocedió.
—Nada.
—Deja de decir nada.
El teléfono de Clara vibró dentro del bolso. El sonido pareció enorme. Lo sacó. Eva.
«Necesito que vuelvas. Está mareado y Teresa está insoportable.»
Clara bloqueó la pantalla antes de que Javier pudiera leer.
—Tengo que irme.
—¿Adónde?
—A ver a Eva.
—No.
Clara lo miró.
—¿Qué significa no?
—Que no vas a salir hasta que me expliques qué pasa.
—No puedes retenerme aquí.
Al oírse decirlo, los dos se quedaron quietos. Clara pensó en la puerta de la nave. Javier la miró como si hubiera notado algo en su cara.
—¿Qué pasa con Adrián?
—Nada.
—¿Sabes dónde está?
Clara agarró el bolso.
—No.
La mentira salió rápida. Demasiado rápida. Javier dio un paso atrás.
—Vete.
—Javier.
—He dicho que te vayas.
Clara se quedó inmóvil.
—¿Y Nico?
—Se queda con mi madre hasta que yo vaya a buscarlo.
—Es mi hijo.
Javier la observó en silencio.
—También el mío. Eso espero.
Clara salió de casa con la caja dentro del bolso. Se quedó sentada en el coche varios minutos. Tenía que conseguir la muestra de Nico. Y acababa de comprender que ya no podía hacerlo sin que Javier la vigilara.
***
Eva encontró a Adrián sentado con la espalda contra la pared.
—Mírame.
Él levantó la cabeza.
—Te estoy mirando.
—¿Te has mareado al levantarte o sentado?
—Al levantarme.
—¿Has comido?
—Lo que me habéis dado.
Eva miró a Teresa.
—¿Le has dado agua?
—Sí.
—¿Cuánta?
Teresa señaló dos botellas vacías.
—Eso.
Eva se agachó.
—¿Has vomitado?
—No.
—¿Dolor de cabeza?
—Un poco.
—¿Visión rara?
—Estoy encerrado desde ayer. Todo me parece raro.
Eva le tocó la frente. Adrián se apartó.
—No tengo fiebre.
—Déjame comprobarlo.
—No eres mi médica.
—Ahora mismo soy la única persona aquí que sabe distinguir un mareo por deshidratación de algo que requiera una ambulancia.
Adrián la observó un instante.
—Entonces llama a una ambulancia.
Eva bajó la mano. Teresa se apoyó en una estantería.
—Está bien.
—No lo sabes —dijo Eva.
—Está hablando.
—Deja de usar eso como prueba médica.
Adrián apoyó la cabeza contra la pared.
—Me está empezando a caer bien.
Eva le dio otra botella.
—Bebe poco a poco.
Teresa miró el reloj.
—Clara tarda.
—Tiene una vida —dijo Eva.
—También nosotras.
—Pues quizá deberíamos volver a ella.
Teresa sonrió.
—Abre la puerta.
Eva la miró.
—¿Qué?
—Llevas todo el día diciendo que hay que soltarlo. Hazlo.
Teresa sacó el llavero y lo dejó encima de una caja.
—Ahí tienes.
Adrián levantó la cabeza. Eva miró las llaves.
—No juegues conmigo.
—No juego.
—Sabes que si lo suelto ahora, nos denuncia.
—Lo sé.
—Y te da igual.
—Quiero saber si de verdad estás dispuesta.
Eva apretó los dientes.
—Eres una manipuladora.
—No. Solo estoy dejando que decidas.
Adrián miró a Eva.
—Puedes decidir bien.
Teresa soltó una pequeña risa.
—Mira. Ya te anima.
Eva cogió las llaves. Durante unos segundos no se movió.
Adrián tampoco. La puerta estaba a quince metros.
Eva podía abrirla. Podía llamar a la policía.
Podía terminar aquello. Pensó en Lucas, en Nuria, en su trabajo, en la sangre del labio de Adrián que llevaba en la manga y en las cámaras que podían haber grabado su coche.
Dejó las llaves otra vez sobre la caja. Teresa no dijo nada, y Eva entendió que nadie había tenido que impedírselo.
Eva sintió vergüenza.
—No es tan fácil.
—Para mí sí.
—Tú no tienes nada que perder por salir por esa puerta.
Adrián abrió los ojos.
—¿De verdad acabas de decirme eso?
Eva se quedó sin palabras. Teresa cogió las llaves y volvió a guardarlas.
—Cuando venga Clara hacemos la prueba.
Adrián miró a Eva. Ella apartó la vista.