CAPÍTULO 8 #2
El teléfono de Clara vibró otra vez. Javier. Esta vez contestó.
—Hola.
—¿Dónde estás?
—Con Eva.
—Necesito que vengas a casa.
—¿Ha pasado algo con Nico?
—Nico está bien. Tengo que hablar contigo.
—Ahora no puedo.
Javier tardó un segundo.
—¿Sigues con ellas?
—Sí.
—¿Desde ayer?
Adrián la observaba.
—No hagamos esto por teléfono.
—Eso intento. Ven a casa.
—En cuanto pueda.
Javier colgó. Clara guardó el móvil. Rocío había encontrado una página.
—Aquí hay uno. Recogen muestras con hisopos. Resultado urgente en veinticuatro horas pagando más.
Mónica se acercó a leer.
—¿Es fiable?
Eva leyó la información.
—Para saber si hay relación biológica, sí. Otra cosa es utilizarlo en un juicio.
Teresa miró a Clara.
—Veinticuatro horas.
Clara sintió un rechazo inmediato. No quería tocar a Nico con un bastoncillo y convertir su boca en una prueba. No quería esperar un correo que pudiera cambiar nueve años. Tampoco quería seguir mirando a Adrián dentro de aquella nave. Rocío miró la hora.
12:02.
—Se acabó mi límite.
Teresa señaló el teléfono.
—Ya tenemos una salida.
Rocío la miró.
—Eso solo nos compra otro día.
—Un día.
—Con un hombre encerrado.
—Un día para saber la verdad.
Rocío guardó el teléfono.
—La verdad no os va a arreglar esto.
Nadie respondió.
***
Clara salió de la nave a las doce y veinte sin despedirse de Adrián.
Casi al mismo tiempo se marchó Rocío, enfadada y llorando.
Antes de subir al coche dejó claro que regresaría por la tarde y que, si encontraba a Adrián atado, volvería a llamar a la policía, aunque terminara detenida con las demás.
Eva se quedó para vigilar su estado. Mónica tenía que recoger a una de sus hijas.
Teresa se ofreció a permanecer allí, pero Eva se negó a quedarse sola con él.
Con la caja del laboratorio en el asiento del acompañante, Clara condujo hasta casa.
Rocío había pagado el envío urgente desde el móvil. Un mensajero llevó el kit a una farmacia concertada de la zona y Mónica lo recogió antes de marcharse. Todo había resultado demasiado sencillo. El kit venía en una caja blanca con tres sobres, hisopos estériles, un formulario y las instrucciones.
«No comer ni beber durante treinta minutos antes de la toma.»
Clara leyó esa frase en un semáforo y volvió a cerrar la caja. Javier estaba en casa. Lo encontró sentado en el salón con el teléfono en la mano.
—Por fin.
Clara colgó el bolso del respaldo de una silla.
—¿Dónde está Nico?
—Con mi madre.
—¿Por qué?
—Porque quería hablar contigo sin que estuviera delante.
Clara miró hacia el pasillo.
—Podías haber avisado.
—Te he llamado seis veces.
—Estaba ocupada.
—Ya lo sé.
Javier señaló el sofá.
—Siéntate.
Clara permaneció de pie.
—Prefiero estar así.
—Como quieras.
Él desbloqueó el teléfono.
—He encontrado los mensajes.
El corazón le golpeaba más rápido.
—¿Qué mensajes?
—Los tuyos con Adrián.
—No tienes acceso a mi cuenta.
—No. Pero hace años compartíamos una copia de seguridad en el ordenador viejo.
Clara recordó un portátil gris guardado en el armario del despacho.
—¿Has estado revisando mis cosas?
Javier la miró con cansancio.
—Nuestro hijo desapareció con un hombre al que tú jurabas no conocer.
—Eso no te da derecho a leer conversaciones privadas.
—Nueve años tarde para hablar de derechos, ¿no crees?
Clara apretó los labios. Javier abrió una captura.
—«Necesito saber si puede ser mío.»
Clara cerró los ojos un instante.
—No hace falta que lo leas.
—A mí sí me hace falta.
—Javier.
—«No puedo seguir esperando a que decidas qué contarme.»
—Para.
—«Hazte la prueba y me voy.»
Clara dio un paso.
—He dicho que pares.
Javier dejó el móvil sobre la mesa.
—¿Por qué no te la hiciste?
—Porque no quería que Adrián siguiera en nuestra vida.
—Nuestra vida.
—Sí.
—Decidiste eso tú sola.
Clara se sentó por fin.
—Estábamos empezando de nuevo.
—Yo creía que estábamos empezando de nuevo con toda la verdad.
—Sabías que había estado con otra persona.
—No sabía que esa persona podía ser el padre del niño que yo estaba esperando contigo.
El tono de Javier dolió más que las palabras. No gritó.
—No estaba segura de que pudiera serlo.
—Eso significa que tampoco estabas segura de que fuera mío.
Clara miró al suelo.
—Las fechas estaban muy cerca.
Javier se levantó. Caminó hasta la ventana.
—¿Cuánto?
—Una semana. Algo más quizá.
Javier dejó la palma contra el cristal.
—Nueve años.
Clara no contestó.
—He cambiado pañales, he pasado noches en urgencias, he aprendido a hacer un disfraz de astronauta con cartón, le he enseñado a montar en bici y he discutido con él por las matemáticas. Todo eso es mío. No puede quitármelo nadie.
—Nunca he pensado lo contrario.
Javier se volvió.
—Entonces ¿por qué no me lo dijiste?
Cualquier respuesta iba a sonar peor de lo que había sido en su cabeza durante años.
—Porque tenía miedo de perderte.
Javier permaneció inmóvil un instante.
—Eso sí me lo creo.
—Te quería.
—¿Y ahora?
—También.
Javier negó despacio.
—No sé qué significa quererte para ti.
A Clara se le clavaron las palabras.
—No hagas esto.
—No lo estoy haciendo yo.
Él recogió el teléfono.
—Voy a hacer una prueba.
Le entró frío.
—¿Qué?
—De paternidad.
La caja blanca dentro del bolso pareció pesar más.
—No hace falta.
Javier soltó una risa breve.