Las buenas madres CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

El límite

A las once y media, Rocío seguía allí. Había dicho que a mediodía llamaría a la policía.

Cuanto más se acercaba la hora, menos hablaba.

Adrián estaba sentado en una silla de plástico que Mónica había encontrado en la oficina.

Eva había insistido en que dejara de estar en el suelo porque tenía la espalda rígida y una pierna empezaba a dormírsele.

Teresa ocupaba el otro extremo de la nave.

No se acercaba a él desde la discusión de la mañana, aunque tampoco apartaba la vista durante mucho tiempo. Clara miró el teléfono.

—No necesitamos esperar más —dijo Rocío.

Mónica llevaba varios minutos escribiendo algo en una libreta. Levantó la cabeza.

—Estoy intentando ordenar las horas.

—¿Para qué?

—Porque si esto termina en una denuncia necesito saber dónde estaba cada una.

Rocío la miró con incredulidad.

—¿Estás preparando una coartada delante de él?

Adrián levantó un poco la cabeza.

—Agradezco que me incluyáis en la reunión.

—Tú cállate —dijo Teresa desde el fondo.

Eva la señaló sin mirarla.

—Déjalo.

Mónica cerró la libreta.

—No estoy preparando ninguna coartada. Estoy intentando entender qué hemos hecho.

—Lo sabes perfectamente.

—Sé las partes. No sé quién decidió cada cosa.

—Da igual quién dijo qué.

—A la policía no le va a dar igual.

Rocío abrió la boca y terminó cerrándola. Adrián apoyó los brazos sobre las piernas.

—Eso sí lo habéis aprendido rápido.

Clara lo miró.

—No ayudes.

—Llevo aquí desde ayer. No tengo muchas opciones para ayudarme a mí mismo.

—Si hubieras hablado del chico, quizá estaríamos en otro punto.

Adrián la miró con cansancio.

—Seguimos con el chico.

—Sí.

—Pues vais a seguir sin respuesta.

Teresa se separó de la pared. Eva reaccionó antes de que avanzara.

—Quédate donde estás.

Teresa levantó las manos.

—No iba a hacer nada.

Rocío soltó una risa seca.

—Eso ya no se lo cree nadie.

El teléfono de Clara vibró. Javier. Lo dejó sonar. Volvió a hacerlo. Adrián miró la pantalla desde la silla.

—Deberías cogerlo.

—No te metas.

—Tu pareja lleva llamando toda la mañana.

Clara guardó el teléfono en el bolsillo.

—No sabes quién llama.

—Te he visto la cara.

Ella se acercó.

—No hables de mí como si supieras quién soy.

—Llevas diciendo eso desde ayer y sigues reaccionando igual que hace nueve años.

—Adrián.

—¿Qué quieres que haga? ¿Que finja que eres una desconocida?

Clara sintió las miradas de las demás.

—Quiero que entiendas que no tienes ningún derecho sobre mi vida.

—Nunca dije que lo tuviera.

—Te presentaste en mi casa.

—Una vez.

—Me llamaste durante meses.

—Porque estabas embarazada y me habías dicho que podía ser mío.

—Yo nunca dije eso.

—¿En serio vas a seguir con esa versión?

Clara apretó los dientes.

—Te mandé una ecografía. No te dije que fuera tu hijo.

—¿Por qué me la mandaste entonces?

No tuvo una respuesta que pudiera decir delante de las otras.

Recordaba aquella noche. Demasiado bien.

Había salido del centro médico con la fotografía metida dentro de un sobre.

Javier todavía no sabía que había pedido cita.

Tampoco Adrián. Se sentó en el coche y permaneció allí casi veinte minutos.

Después fotografió la ecografía y se la envió a Adrián.

El mensaje había llegado sin una sola palabra.

Él respondió con una llamada. Clara no contestó. Después llegaron los mensajes.

«¿Estás embarazada?»

«Clara, coge el teléfono.»

«Necesito saber si puede ser mío.»

Ella tardó hasta el día siguiente en escribirle que el bebé era de Javier. Había olvidado muchas cosas de aquellos meses. Esa no.

—Fue una estupidez —dijo Clara.

Adrián se apoyó contra el respaldo.

—Gracias.

—No te estoy dando la razón.

—No hace falta.

Rocío miró a Clara.

—¿Tú sabías que podía ser suyo?

—No.

—¿Ni una posibilidad pequeña?

Clara negó con la cabeza.

—Las fechas estaban claras.

Adrián se rio por lo bajo.

—No tanto.

—Cállate.

—Enséñales el calendario.

Se le helaban las manos.

—¿Qué calendario?

—El que hiciste.

Mónica frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Adrián miró a Clara.

—Durante unas semanas apuntó fechas. La última regla. Cuándo había estado conmigo. Cuándo había vuelto con Javier.

Rocío dejó caer los brazos.

—Joder.

—Eso fue hace nueve años —dijo Clara.

—Entonces sí dudabas —respondió Eva.

—Quería quedarme tranquila.

—¿Y lo conseguiste?

Clara se volvió hacia Eva.

—Sí.

Adrián negó despacio.

—No.

Teresa sonrió.

—Tú qué sabrás.

Adrián la ignoró.

—Si hubiera estado tranquila, habría hecho la prueba.

Clara avanzó un paso.

—No tenía que demostrarte nada.

—A mí quizá no. A Javier tampoco, por lo visto.

El nombre cayó peor que cualquier insulto. Clara se fijó en la puerta.

—No hables de él.

—¿Por qué? ¿Sabe algo de esto?

—No es asunto tuyo.

—Curioso.

Clara quiso golpearlo. La conciencia de esa posibilidad la obligó a retroceder. Eva lo vio.

—Clara, ven conmigo.

—Estoy bien.

—Ven un momento.

La llevó hasta la oficina pequeña de la nave y cerró la puerta sin llegar a encajarla. Había una mesa, dos archivadores y una silla rota. Eva apoyó las manos en el borde de la mesa.

—Necesito que me digas la verdad.

—Ya la estoy diciendo.

—No. Estás eligiendo partes.

Clara se cruzó de brazos.

—¿Qué quieres saber?

—Si existe alguna posibilidad real de que Adrián sea el padre.

—No.

Eva la miró durante varios segundos.

—Te acabo de escuchar admitir que calculaste fechas.

—Eso no significa que las fechas no terminaran cuadrando.

—¿Cuánto margen había?

Clara apartó la vista.

—Clara.

—Pocos días.

—¿Cuántos?

—No me acuerdo.

—Sí te acuerdas.

Clara apretó los labios.

—Una semana. Puede que algo más.

Eva se sentó.

—Entonces puede ser suyo.

—Nico es hijo de Javier.

—No estoy hablando de quién lo ha criado.

—Para mí es lo único importante.

—Para Adrián no.

Clara se volvió.

—¿Ahora lo defiendes?

Eva negó.

—Se llevó a Nico. Lo que hizo fue una barbaridad. Eso no cambia que quizá lleve nueve años preguntando algo que podías haber resuelto.

—No sabes cómo era nuestra relación.

—Entonces cuéntamelo.

Clara abrió la boca. No encontró una forma breve de explicar a Adrián.

Nunca le había pegado. Nunca la obligó a quedarse en casa.

Nunca le prohibió ver a nadie. Simplemente conseguía que todo acabara pasando por él.

Si Clara salía con amigas, Adrián aparecía después con una pregunta inocente sobre quién había ido.

Si tardaba en contestar, él mandaba otro mensaje.

Si ella cancelaba un plan, siempre había una razón que parecía lógica.

Durante meses se acostumbró a informar. Al romper, descubrió lo mucho que había dejado de hacer sin que nadie se lo hubiera prohibido.

—Era controlador —dijo.

—¿Te daba miedo?

Clara se tomó unos segundos.

—A veces me daba miedo lo mucho que sabía de mí.

—¿Te hizo daño?

—No de esa manera.

—¿Te amenazó?

—No.

Eva bajó la vista.

—Entonces tenemos dos problemas distintos.

—¿Cuáles?

—Lo que él hizo contigo y lo que nosotras estamos haciendo con él.

Se enfadó.

—No compares.

—No lo estoy comparando.

—Sí.

—Estoy diciendo que una cosa no borra la otra.

Desde la nave llegó la voz de Teresa.

—¡Eva!

Salieron. Adrián estaba de pie. Mónica sujetaba la puerta principal con una mano.

—Quiere ir al baño —dijo Teresa.

Rocío la miró.

—Pues que vaya.

—Hay una ventana dentro.

Adrián levantó las manos.

—Mide treinta centímetros.

—Puede pedir ayuda.

—Ojalá.

Mónica se pasó una mano por la frente.

—Voy con él.

Adrián la miró.

—¿También vas a entrar?

—Me quedo fuera.

—Qué detalle.

Mónica abrió la puerta del pequeño aseo. Después de que Adrián entrara y cerrara, Teresa se acercó al marco. Rocío la apartó con el hombro.

—Déjale mear en paz.

—No hace falta que me empujes.

—A ti sí empieza a hacerte falta que alguien te mueva de vez en cuando.

Teresa la observó sin hablar.

—¿Qué quieres decir?

—Lo sabes.

La cisterna sonó. Adrián salió. Mónica volvió a cerrar la puerta del aseo. Rocío miró la hora.

11:51.

—Nueve minutos.

Clara sintió el cansancio caer de golpe sobre ella.

—Rocío.

—He dicho mediodía.

—Lo sabemos.

—Entonces decidid.

Nadie habló. Adrián se sentó.

—Os puedo ahorrar otra reunión.

Teresa cruzó los brazos.

—No creo.

—Me hacéis una prueba.

Clara se fijó en él.

—¿Qué?

—De paternidad.

Durante unos segundos, nadie respondió.

—Si tanto queréis saber por qué hice lo que hice, resolvamos la pregunta.

Clara rechazó la idea con un gesto.

—No voy a meter a Nico en esto.

Adrián soltó una risa amarga.

—Llegas un poco tarde.

—No vas a acercarte a él.

—No necesito acercarme.

Eva miró a Clara.

—Existen pruebas informativas con muestras bucales.

Clara la miró.

—Ni hablar.

—Escúchame.

—He dicho que no.

—No tienen validez judicial, pero pueden resolver la duda.

—No vamos a sacarle una muestra a mi hijo para este hombre.

Rocío intervino.

—¿Y cuál es la alternativa?

Clara la miró.

—Soltarlo.

—Eso llevo diciendo toda la mañana.

Teresa se acercó.

—Si la prueba sale negativa, hablamos de soltarlo.

Rocío soltó una carcajada.

—¿Hablas de soltarlo? ¿Ahora necesitas un resultado de laboratorio para abrir una puerta?

—Necesito saber si toda esta historia de la paternidad es verdad.

Adrián señaló a Clara.

—Ella sabe que lo es.

—Sé que tú te lo crees —dijo Clara.

—Entonces haz la prueba.

—No.

—¿Por qué?

Clara notó todas las miradas. Adrián no apartó la suya.

—Porque tienes miedo de que salga que sí.

Clara se acercó hasta quedar delante de él.

—Tengo miedo de muchas cosas. De ti no.

Adrián la miró sin apartarse.

—Se nota.

Rocío sacó el teléfono.

—Voy a buscar cómo se hace.

Clara se volvió.

—No.

—Si a las doce no hemos abierto esa puerta, al menos necesito saber qué estamos esperando.

Eva se colocó a su lado.

—Busca laboratorios privados. Prueba informativa. Nada judicial.

Mónica se acercó.

—¿Cuánto tardan?

—Depende. Algunas urgentes pueden estar en uno o dos días.

Teresa miró a Adrián.

—Perfecto.

Rocío levantó la cabeza.

—Perfecto no. Ni de coña vamos a tenerlo aquí dos días.

Adrián se dejó caer contra el respaldo.

—Por fin coincidimos en algo.