CAPÍTULO 7 #3
La duda que había empezado a abrirse dentro del grupo volvió a cerrarse. Un menor. Fotografías. Un hombre que se negaba a hablar. Adrián lo vio también.
—Eso es lo que necesitabais, ¿verdad?
Rocío frunció el ceño.
—¿Qué?
—Otra excusa.
—Nadie necesita excusas.
—Lleváis desde ayer construyéndolas.
Teresa dio un paso. Eva la frenó con una mano.
—No.
Adrián miró a Clara.
—Pregúntame algo que de verdad quieras saber.
Todas esperaban.
—¿Por qué me seguiste durante tantos años?
—No te seguí todos esos años.
—Guardaste fotos.
—Sí.
—Mirabas nuestras redes.
—A temporadas.
—Fuiste al colegio.
—Dos veces.
—Sabías dónde vivíamos.
—Sí.
—¿Qué querías?
Adrián tardó.
—Dejar de preguntarme si Nico era mi hijo.
Clara sintió la garganta tensa.
—Podías haberte olvidado.
—Tú pudiste hacerte una prueba.
—No era tu decisión.
—Tampoco era solo la tuya.
—Sí lo era.
—Por supuesto.
El tono de Adrián cambió. Clara lo reconoció. Aquella manera de rendirse sin aceptar. La misma que había usado años atrás.
—¿Qué significa eso?
—Nada.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Hablar como si supieras lo que hice.
Adrián se fijó en ella.
—Sé lo que hiciste conmigo.
—Terminamos una relación.
—Me dijiste que estabas embarazada. Me mandaste una ecografía. Me dejaste veinticuatro horas creyendo que podía ser mío y después dijiste que no.
Rocío miró a Clara. Clara sintió el calor subirle por el cuello.
—Ya lo explicamos.
—No. Tú lo cambiaste.
—¿Qué cambié?
—Dijiste que yo me enteré por otras personas.
Mónica habló.
—A la policía dijiste eso.
Clara se volvió hacia Mónica.
—No recordaba bien cómo fue.
Adrián soltó una risa.
—Conveniente.
—Cállate.
—Tú me escribiste.
—Después te dije que no era tuyo.
—Porque habías decidido volver con Javier.
—Porque era de Javier.
Adrián ladeó la cabeza.
—¿Estás segura?
El suelo cambiaba bajo sus pies. Lo que la paralizó fueron las cuatro mujeres que acababan de escucharla. Rocío habló despacio.
—Clara.
—Estoy segura.
—¿Hiciste una prueba? —preguntó Eva.
—No hacía falta.
—Eso no responde.
Clara miró a Eva.
—Nico es hijo de Javier.
—Nadie está diciendo que no lo sea.
Adrián se levantó.
—Yo sí lo dije. Durante años.
Teresa lo miró.
—Y por eso te llevaste al niño.
—Sí.
—Te parece normal.
—No.
—Entonces ¿qué?
Adrián apretó los dientes.
—Me parece que hice una barbaridad.
Teresa frunció el ceño ante el silencio de las demás.
—¿Qué has dicho?
—Que hice una barbaridad.
—Ayer no parecías tan arrepentido.
—Ayer estaba intentando que cinco desconocidas me dejaran ir.
Rocío miró a Clara.
—¿Has oído?
—Sí.
Adrián continuó.
—No tenía derecho a llevármelo. No debería haberme acercado. No debería haberle hecho preguntas. Si queréis oírme decirlo, ahí está.
Teresa negó con la cabeza.
—Muy bonito.
Adrián la ignoró.
—Pero no le hice daño.
Clara sintió una punzada de rabia.
—Lo asustaste.
—Sí.
—Nos asustaste a todos.
—Sí.
—¿Y eso te parece poco?
—No.
La facilidad con la que aceptaba cada acusación desarmaba algo. Teresa lo vio.
—¿Y el chico?
Adrián la miró.
—No voy a hablar de él.
—Entonces seguimos.
Rocío giró hacia ella.
—¿Qué significa seguimos?
—Hasta saber quién es.
—No tienes derecho.
—Tú tampoco. Y aquí estás.
Mónica se llevó las manos a la cara.
—Dios.
Eva miró a Adrián.
—Necesito hacerte una pregunta médica.
—Adelante.
—¿Has tomado medicación hoy?
—No.
—¿Tienes alguna enfermedad?
—No.
—¿Alergias?
—Penicilina.
Teresa resopló.
—¿Ahora hacemos la ficha clínica?
Eva se volvió.
—Quiero saber en qué estado está.
—Está hablando.
—Eso no significa que esté bien.
Adrián miró a Eva.
—Soy alérgico a la penicilina. Nada más.
—¿Has comido algo desde ayer?
—El bocadillo.
—¿Antes?
—A mediodía.
Eva abrió otra botella de agua.
—Bebe.
Adrián obedeció. Rocío observó a las demás. La situación ya no tenía ninguna forma que pudiera explicar sin usar la palabra secuestro. Un hombre retenido. Agua medida. Comida controlada. Preguntas. Una puerta cerrada. Y cinco mujeres decidiendo a qué hora podía irse.
—Voy a llamar a la policía —dijo.
Teresa se volvió.
—Hazlo.
Rocío sacó el teléfono. Mónica dio un paso.
—Espera.
—No.
—Rocío, espera un segundo.
—No quiero esperar.
—Piensa en lo que vas a decir.
—La verdad.
—¿Toda?
Rocío abrió la boca, pero Mónica continuó.
—Que lo seguimos. Que entramos en su trastero. Que lo metimos en un coche. Que lo hemos tenido aquí toda la noche.
—Sí.
—Que Teresa le pegó.
—Sí.
—Que tú estabas aquí.
Rocío apretó el teléfono.
—También.
Mónica tragó saliva.
—Y luego vuelve a casa y explícale a Alma dónde vas.
—No uses a mi hija.
—No la estoy usando.
—Todas estáis haciendo lo mismo.
Clara intervino.
—Rocío, dame unas horas.
Rocío la miró con desprecio.
—¿Para qué?
Clara no supo responder. Adrián sí.
—Para encontrar una razón mejor.
Nadie volvió a hablar durante unos segundos. Rocío guardó el móvil.
—A mediodía me voy de aquí. Con policía o sin ella.
Teresa sonrió apenas.
—Veremos.
Rocío se fijó en ella.
—No. Esta vez no veremos nada.
Eva cerró la bolsa de farmacia. Clara miró a Adrián. Él estaba de pie junto al palé, con la botella entre las manos. Estaba cansado y enfadado, pero sobre todo parecía un hombre corriente. Lo que más le costó soportar fue precisamente su aspecto corriente.