CAPÍTULO 7 #2
—Puedo hacerlo.
—Como quieras.
Su marido volvió a dormirse. Teresa se metió en la cama. Cerró los ojos. Clara apartó de la cabeza la bofetada, la sangre y al hombre que seguía encerrado en la nave. A los pocos minutos estaba dormida.
***
Rocío llegó a las ocho menos diez. Teresa ya estaba allí. Estaba sentada en el capó de su coche con un café de máquina en la mano.
—Pensaba que seguías dentro.
—He vuelto a casa un rato.
—¿Y Adrián?
—Dentro.
Rocío miró la nave.
—¿Solo?
—No tenía pensado invitar a nadie.
—¿Está atado?
Teresa negó.
—Ayer no hacía falta.
—¿Y la puerta?
—Cerrada.
Rocío quiso gritarle.
—Ábrela.
Teresa bebió café.
—Esperamos a las demás.
—He venido para soltarlo.
—Haz lo que quieras cuando estén aquí.
—No necesito permiso.
Teresa bajó del capó.
—Entonces abre.
Le enseñó el llavero. Rocío estiró la mano. Teresa lo retiró.
—¿Qué haces?
—Quiero que pienses cinco minutos.
Rocío la miró con incredulidad.
—No vuelvas a decir cinco minutos.
Teresa guardó las llaves.
—La policía todavía no sabe dónde estamos. Si abres ahora, dentro de una hora lo sabrá.
—Perfecto.
—¿Perfecto para Alma?
Rocío se quedó inmóvil. Teresa continuó con el mismo tono.
—¿Quién se queda con ella si te detienen?
—No metas a mi hija.
—No la meto yo. Ya está metida.
—Eres una hija de puta.
—Puede ser. Pero tengo razón.
Rocío dio un paso hacia ella.
—Me da igual.
—No te da igual.
—Dame las llaves.
—Cuando lleguen las otras.
Un coche apareció al fondo. Era Eva. Detuvo el vehículo junto a ellas y salió con una bolsa de farmacia.
—¿Qué pasa?
—Teresa no quiere abrir.
Eva miró a Teresa.
—Dale las llaves.
Teresa las sacó y se las entregó. Rocío soltó una risa amarga.
—A ella sí.
—Ella sabe mantener la cabeza fría.
—Anoche le partiste la boca a un hombre y me hablas de cabeza fría.
Teresa no respondió. Eva abrió. El olor de la nave salió antes de que encendieran las luces. Adrián estaba sentado en el suelo, apoyado contra un palé. Tenía la cara pálida y una botella vacía a su lado.
—¿Estás bien? —preguntó Eva.
Él levantó la cabeza.
—Una maravilla.
—¿Has dormido?
—¿Tú qué crees?
Rocío se acercó.
—Te vamos a sacar de aquí.
Adrián la miró.
—¿Ahora?
—Sí.
Teresa cerró la puerta detrás. Rocío se volvió.
—Déjala abierta.
—Todavía no.
—Teresa.
Eva intervino.
—Esperamos a Clara y Mónica diez minutos.
Rocío la observó un instante.
—Tú también.
—Quiero que esto se haga con todas delante.
Adrián se puso de pie. Las piernas le fallaron un poco. Eva reaccionó y lo sujetó del brazo. Él se apartó.
—No me toques.
—Llevas toda la noche sentado.
—Porque me habéis encerrado.
—Ya lo sé.
—No creo que lo sepas.
Eva abrió la bolsa.
—He traído comida.
—¿Desayuno incluido en el secuestro?
—No estoy de humor.
Le dio un bocadillo pequeño y una botella de agua. Adrián cogió primero el agua. Bebió demasiado rápido. Eva le quitó la botella con suavidad.
—Despacio.
—Otra vez con eso.
—Si llevas horas sin beber, no te la tragues entera de golpe.
—Qué suerte tener una enfermera.
Eva apretó la mandíbula.
—Come.
Adrián abrió el envoltorio. Rocío observó sus manos. Tenía las muñecas marcadas.
—¿Eso de dónde sale?
Adrián miró las marcas.
—De anoche.
Rocío se volvió hacia Teresa.
—Dijiste que no estaba atado.
—Cuando me fui, no.
Adrián soltó una risa.
—Qué bonita precisión.
Eva levantó la vista.
—¿Lo ataste?
Teresa apoyó la espalda en la puerta.
—Intentó salir.
—¿Cómo?
—Esperó a que yo fuera al baño. Cuando volví estaba junto a la puerta.
—Porque quería irme —dijo Adrián.
—Le pedí que se sentara.
—Me empujaste.
—Te aparté.
—Después cogiste unas bridas.
Rocío abrió la boca.
—¿Bridas?
Teresa se encogió de hombros.
—Había una caja en una estantería.
Eva se acercó a Adrián.
—Enséñame las muñecas.
Él negó.
—Quiero irme.
—Te vas a ir, pero quiero ver eso.
—No necesito que me cures.
—Las bridas pueden lesionarte.
—Pues dile a tu amiga que no las use.
Eva extendió la mano. Adrián terminó enseñándole las muñecas. Había surcos rojos y una zona más oscura cerca de la izquierda. Eva tocó con cuidado.
—¿Hormigueo?
—Un poco.
—¿Puedes mover los dedos?
Adrián abrió y cerró las manos.
—Sí.
—¿Dolor?
—Menos que en el labio.
Teresa miró hacia otra parte. Rocío se acercó a ella.
—¿Cuánto tiempo?
—Una hora.
—¿Atado?
—Quizá algo más.
—¿Por qué?
—Porque intentó salir.
—La puerta estaba cerrada.
—Había encontrado una barra para forzarla.
Adrián mordió el bocadillo.
—Era un destornillador.
Teresa negó.
—Era una barra.
—Era un destornillador largo.
Rocío miró a Eva.
—Esto se acabó.
Mónica llegó poco después. Clara fue la última. Entró a las ocho y veintisiete. Tenía ojeras y el pelo recogido deprisa.
—¿Qué ha pasado?
Rocío contestó.
—Teresa lo ató anoche.
Clara miró a Adrián. Él estaba terminando el bocadillo.
—¿Por qué?
—Porque intentó escapar —dijo Teresa.
—Quise abrir una puerta.
—No vamos a discutir palabras.
Clara fue hacia ella.
—¿Estás herido?
Adrián sonrió.
—Qué bien que preguntes ahora.
—He preguntado.
—Tengo las muñecas marcadas y el labio roto. Sobreviviré.
Eva cerró el botiquín.
—Tenemos que sacarlo.
Mónica miró hacia la puerta.
—¿Y qué le decimos?
Rocío se volvió.
—No tenemos que decirle nada. Abrimos.
—Nos denuncia.
—Es lógico.
Mónica negó.
—No puedo perder a mis hijas.
—¿Y cuál es tu plan? ¿Dejarlo aquí hasta que prometa que no habla?
Mónica se quedó callada. Adrián dejó el papel del bocadillo en el suelo.
—Os ahorraré tiempo. Voy a hablar.
Clara lo observó un instante.
—Adrián.
—No me pidas que haga como si esto no hubiera pasado.
—No te estoy pidiendo eso.
—Todavía.
Teresa se acercó.
—¿Quién es el chico?
—Otra vez no.
—Si responde, terminamos.
Adrián miró a Teresa.
—No voy a hablar de él.
—¿Por qué?
—Porque no tiene nada que ver con vosotras.
—¿Es menor?
—Sí.
Rocío sintió un vuelco.
—¿Cuántos años?
Adrián no respondió. Teresa alzó las cejas.
—Ahí está.
—No sabes nada.
—Pues dilo.
—No.
Clara se acercó más.
—Adrián, si ese chico está en peligro, necesito saberlo.
Él la miró.
—No está en peligro.
—¿Quién es?
Adrián negó otra vez. Mónica habló con voz baja.
—¿Lo sigues?
—No.
—¿Tienes fotos suyas?
—Sí.
—¿Por qué?
Adrián apretó los labios.
—Porque son mías.
Teresa se rio.
—Qué explicación tan buena.
—No voy a daros ninguna otra.