Las buenas madres CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Las casas

Salieron de la nave a las diez y cuarto.

Adrián se quedó dentro. La decisión nunca se formuló con claridad: nadie levantó la mano ni anunció que iban a mantenerlo retenido toda la noche.

Mónica explicó que podía regresar a las seis.

Eva tenía turno de mañana, Rocío debía llevar a Alma al colegio y Clara necesitaba volver antes de que Javier empezara a llamar.

Teresa fue quien resumió:

—Nos turnamos.

Rocío la miró.

—¿Te escuchas?

—Perfectamente.

—Estamos hablando de vigilar a una persona secuestrada.

Teresa señaló la puerta de la nave.

—Estamos hablando de un hombre que se llevó a un niño y que se niega a explicar quién es otro menor al que tenía fotografiado.

—Eso no nos convierte en policías.

—Tampoco tenemos que dejarlo marchar antes de saberlo.

—¿Y cuándo sabremos suficiente?

Teresa no respondió. Mónica cerró la puerta con llave. El ruido metálico hizo que Rocío se llevara ambas manos a la cabeza.

—No puedo creer que estemos haciendo esto.

Eva se acercó a ella.

—Mañana lo solucionamos.

—¿Cómo?

—Hablamos. Lo soltamos. Lo que sea.

—No existe «lo que sea», Eva.

Clara miró el coche de Mónica.

—Tengo que irme.

Rocío se volvió.

—¿Y quién se queda?

Teresa levantó una mano.

—Yo.

Mónica la miró.

—No deberías estar sola con él.

—Puedo manejarlo.

—Eso es lo que me preocupa.

Teresa no apartó los ojos.

—Entonces quédate.

Mónica dudó.

—Hasta medianoche.

Rocío caminó hacia el coche de Eva.

—Yo me voy.

Nadie intentó detenerla. Eva miró a Clara.

—Os llevo.

—Sí.

—No tienes buena cara.

—Tú tampoco.

Eva miró hacia la nave.

—Mañana no podemos seguir así.

Clara miró hacia Rocío, que ya esperaba junto al coche.

—Mañana hablamos.

—No. Hablar no basta.

Clara asintió.

—Lo sé.

El trayecto hasta casa pareció más corto de lo habitual.

Clara viajó en silencio, pendiente de cada semáforo y de cada coche que quedaba detrás.

No había ninguna razón para pensar que las seguían.

Aun así, miró por la luneta demasiadas veces.

Al llegar al portal, Eva aparcó. En el asiento trasero, Rocío seguía callada.

Clara dio las gracias y subió. Javier estaba despierto.

Lo encontró en la cocina con el portátil abierto y una taza de café frío.

—¿Dónde estabas?

Clara dejó el bolso sobre una silla.

—Con Mónica.

—¿Hasta ahora?

—Se alargó.

—¿Qué se alargó?

—La conversación.

Javier cerró el portátil.

—Clara, son las diez y media.

—Ya sé qué hora es.

—Nico te ha preguntado dos veces.

—Estaba con vosotras.

—¿Vosotras quiénes?

—Las del parque.

Javier la miró.

—¿Las cinco?

—Sí.

—¿Para qué?

Clara abrió la nevera. No tenía hambre. Cogió una botella de agua para justificar el gesto.

—Queríamos hablar de todo lo que está pasando.

—¿Y necesitabais cuatro horas?

—No estaba mirando el reloj.

Javier se levantó.

—¿Habéis bebido?

—No.

—Hueles raro.

Clara se miró la camiseta.

—¿A qué?

—A humedad. A polvo.

—Estuvimos en el local de una amiga de Mónica.

La mentira apareció antes de que tuviera tiempo de medirla. Javier frunció el ceño.

—¿Qué local?

—Uno que está vacío. Queríamos estar tranquilas.

—¿Para hablar de Adrián?

Clara bebió agua.

—También.

—¿Qué más?

—Nada importante.

Javier se apoyó en la encimera.

—Tu manera de decir «nada importante» está empezando a ponerme nervioso.

Clara dejó la botella.

—Estoy cansada.

—Yo también.

—Pues vamos a dormir.

—He encontrado otra foto.

Clara cerró los ojos un instante.

—Javier, por favor.

—No estáis solo tú y Adrián.

Ella abrió los ojos. Javier giró el portátil. En la pantalla había una fotografía de una comida. Clara aparecía sentada junto a Adrián. Había otras personas alrededor.

—¿De dónde la has sacado?

—Un perfil viejo.

—No deberías estar haciendo esto.

—¿Mirar fotos de la persona que se llevó a mi hijo?

—Obsesionarte.

Javier se rio.

—Me hablas tú de obsesionarme.

—¿Qué quieres saber?

—Cuánto tiempo estuviste con él.

—Ya te lo dije.

—¿Seguías viéndome?

Clara miró hacia el pasillo.

—Nico está durmiendo.

—He cerrado su puerta.

—No voy a hablar de esto ahora.

—Entonces dime cuándo.

Clara apretó la botella.

—Mañana.

Javier la observó durante varios segundos.

—Cada día lo dejamos para mañana.

Clara no respondió. Subió las escaleras.

Entró en la habitación de Nico. Dormía boca abajo, con una pierna fuera de la manta.

En la mesilla había un vaso de agua y una figura de plástico que había dejado al acostarse.

Clara se sentó junto a él. Le acarició el pelo.

Pensó en Adrián encerrado en la nave. Pensó en el agua que Eva le había dado.

Pensó en Teresa quedándose allí. El teléfono vibró en su bolsillo.

PARQUE 17:30.

Mónica:

«Todo tranquilo.»

Después:

«Teresa se queda hasta las dos. Yo vuelvo a casa.»

Rocío escribió al momento.

«No debería quedarse sola.»

Mónica:

«No quiere irse.»

Eva:

«Que no le toque.»

Teresa respondió.

«Estoy leyendo esto.»

Rocío:

«Entonces sabes que lo digo por ti.»

Pasaron casi dos minutos.

Teresa:

«Está sentado. Tiene agua. No voy a hacerle nada.»

Clara escribió:

«Mañana a primera hora tenemos que decidir.»

Rocío:

«¿Decidir qué?»

Clara no contestó. Guardó el móvil. Nico se movió y abrió los ojos.

—Mamá.

—Duerme.

—¿Dónde estabas?

—Con las madres del parque.

—¿Hablando de Adrián?

A Clara le dolió la pregunta.

—También.

—¿Va a ir a la cárcel?

—No lo sé.

Nico se frotó la cara.

—A mí no me hizo daño.

—Ya lo sé.

—Papá dice que es malo.

Clara miró al niño.

—Papá está enfadado.

—¿Tú también?

—Mucho.

Nico asintió como si la respuesta le pareciera lógica.

—El batido estaba bueno.

—¿Qué batido?

—El que me compró.

—Ya me acuerdo.

—No gritaba.

—¿Quién?

—Adrián.

Clara sintió un nudo en el estómago.

—Duerme, cariño.

—Lo entiendo.

La palabra salió casi dormida. Clara permaneció allí hasta que la respiración del niño volvió a ser lenta. Cuando entró en su habitación, Javier fingía dormir. Ella se acostó sin tocarlo. A varios kilómetros, Teresa estaba sola con Adrián. No quiso pensar en ello.

***

Eva encontró a Nuria en el sofá. La televisión estaba encendida sin sonido.

—Llegas tarde.

Eva se quitó la chaqueta.

—Ya lo sé.

Nuria miró el reloj.

—¿Qué ha pasado?

—He estado con Clara.

—¿Está bien?

—Como puede.

Nuria apagó la televisión.

—Tienes sangre.

Eva miró la manga. Había una mancha pequeña cerca del puño.

—Me he rozado.

—Eso no es tuyo.

La mentira tardaba demasiado en llegar.

—Una mujer se abrió la ceja en el bar.

Nuria la miró.

—¿Qué bar?

—Donde estuvimos.

—Pensaba que estabais en casa de Mónica.

Eva dejó la chaqueta en una silla.

—Fuimos a varios sitios.

Nuria se levantó.

—Eva.

—Estoy cansada.

—Y yo estoy preguntando porque llevas dos días sin contarme nada.

—No hay nada que contar.

—Entonces mírame.

Eva lo hizo. Nuria se acercó.

—¿Estás metida en algún problema?

—No.

—Te conozco.

—Y yo te estoy diciendo que estoy bien.

Nuria miró la mancha otra vez.

—Eso no he preguntado.

Eva cogió la chaqueta.

—Voy a lavarla.

—A estas horas.

—Si se seca, sale peor.

Nuria se quedó en medio del salón. Eva entró en el baño y cerró la puerta. Metió la manga bajo el grifo. El agua se tiñó de rosa. Pensó en el labio de Adrián. En la forma en que había dicho gracias. En Teresa observándolo beber. Se apoyó contra el lavabo. Nuria golpeó suavemente la puerta.

—¿Quieres que entre?

Eva abrió el grifo más.

—Déjame un momento.

Esta vez Nuria no insistió.

***

Rocío llegó a casa y encontró a Alma dormida en el sofá con la abuela.

—¿Qué hora es esta?

—Se me complicó.

Su madre se levantó con cuidado.

—La niña ha preguntado por ti.

—Ya está bien.

—¿Y tú?

Rocío dejó el bolso.

—Yo también.

—No tienes pinta.

—Mamá, no empieces.

La mujer miró sus manos.

—Tienes las uñas hechas polvo.

Rocío se las escondió.

—Trabajo con ellas todo el día.

—Eso es precisamente por lo que nunca las llevas así.

Rocío besó a Alma en la frente.

—Gracias por quedarte.

—No me has contestado.

—Porque no quiero hablar.

Su madre cogió el abrigo.

—Llama si necesitas algo.

—Lo haré.

Cuando se quedó sola, Rocío despertó a Alma lo justo para llevarla a la cama. La niña protestó sin abrir los ojos.

—Mamá, hueles mal.

Rocío se detuvo.

—¿A qué?

—A garaje.

La palabra le puso la piel tirante.

—Duerme.

Arropó a la niña y fue al baño. Se quitó la ropa.

La dejó dentro de una bolsa. Entró en la ducha.

El agua caliente no consiguió quitarle la sensación de polvo de la piel.

Apoyó las manos en los azulejos. Adrián había dicho una frase que seguía repitiéndosele.

Cada minuto que pasa os mete más dentro.

Rocío cerró el grifo. Miró su reflejo en el espejo empañado. Cogió el móvil. Escribió en el grupo.

«A las 8 estoy allí. Lo soltamos.»

Teresa respondió casi al momento.

«Ven.»

Nada más. Rocío se quedó mirando la pantalla. La palabra le produjo más inquietud que una discusión.

***

Mónica entró en casa sin encender la luz del recibidor. Sus hijas dormían. Dejó las llaves sobre una bandeja y se quitó los zapatos. En la cocina encontró una nota de la mayor.

«Mamá, mañana necesito 12€ para una excursión. No se te olvide.»

Mónica abrió el bolso. Sacó veinte euros y los dejó junto a la nota.

Después miró el llavero de la nave. Lo llevaba todavía.

Tenía una copia. Teresa se había quedado con la otra.

Mónica dejó las llaves sobre la mesa. Pensó en llamar a Teresa y acabó abriendo el portátil.

Revisó la ficha del antiguo cliente al que pertenecía la nave: fechas, contactos y documentos.

El contrato llevaba meses paralizado, no había actividad y ningún trabajador debía aparecer por allí durante varios días.

El dato la tranquilizó. Después comprendió por qué. Cerró el ordenador.

Fue al dormitorio y se tumbó sin cambiarse. Tardó más de una hora en dormir.

***

Teresa llegó a casa a las dos y veintitrés. Su marido abrió un ojo cuando entró en la habitación.

—¿Todo bien?

—Sí. Clara necesitaba compañía.

—¿Cómo está el niño?

—Está bien.

—Menos mal.

Teresa se quitó la ropa y la dejó doblada sobre una silla.

—Mañana llevo yo a los niños.

—No hace falta.