Las buenas madres CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

Teresa se acercó hasta quedar a medio metro.

—No vuelvas a llamarlo tu hijo.

Adrián la miró.

—¿Y tú quién eres exactamente?

—La madre de uno de los niños que juegan con él.

—Entonces esto no tiene absolutamente nada que ver contigo.

Teresa le dio una bofetada. El sonido rebotó contra las paredes de la nave. Nadie habló durante unos segundos. Adrián giró despacio la cara. Tenía una marca roja en la mejilla. Teresa parecía tan sorprendida como las demás. Rocío reaccionó.

—¿Pero qué coño haces?

Eva agarró a Teresa por el brazo.

—Se acabó.

Adrián se tocó el labio. Había sangre. Miró el dedo manchado. Luego a Teresa.

—Perfecto.

Sonrió de una forma que Clara reconoció. Clara habría dicho que sentía nervios, rabia e incomodidad. Teresa interpretó otra cosa.

—¿Te hace gracia?

—Me hace gracia que todavía penséis que sois las buenas.

Teresa dio otro paso. Eva se interpuso.

—Ni uno más.

Clara miró la puerta cerrada. Cinco minutos atrás todavía podía haberse convencido de que aquello era una conversación absurda que acabaría con todos yéndose a casa. Ahora había un hombre con el labio abierto dentro de una nave cerrada. Y cinco mujeres alrededor.

***

Eva soltó el brazo de Teresa.

—Nadie vuelve a tocarlo.

Teresa se pasó una mano por la boca.

—Ha sido una bofetada.

—Me da igual lo que haya sido.

Adrián seguía con los dedos en el labio. La sangre era poca, una línea estrecha en la comisura. Se la limpió con el dorso de la mano y miró alrededor.

—Abrís la puerta y me voy. Ahora.

Mónica respondió desde junto a la entrada.

—No podemos dejarte salir así.

Adrián se quedó mirándola.

—¿Así cómo?

Nadie contestó.

—¿Con el labio roto? ¿Eso es lo que os preocupa?

Mónica apretó el llavero dentro del puño.

—No he dicho eso.

—Habéis cerrado una puerta, me habéis quitado el teléfono y una de vosotras acaba de pegarme. Si creéis que ahora os vais a ir todas a casa y yo voy a olvidarlo, sois más idiotas de lo que parecéis.

Rocío se volvió hacia Clara.

—Tenemos que abrir.

Teresa negó.

—Claro. Y que vaya directo a comisaría.

—Eso es lo que tendría que haber hecho desde el principio.

—Tú estabas dentro del coche igual que las demás.

Rocío dio un paso.

—Yo no he pegado a nadie.

—Todavía.

Eva alzó la voz.

—Basta.

Adrián se sentó otra vez en el palé. Tenía la respiración rápida, aunque intentaba disimularlo.

—Quiero agua.

Eva miró a Mónica.

—¿Hay?

—En la oficina debe quedar algo.

—Voy yo.

—No —dijo Teresa.

Eva giró hacia ella.

—¿Qué problema tienes ahora?

—Que estáis actuando como si fuera un invitado.

—Tiene sed.

—Se llevó a Nico.

Adrián dejó escapar una risa corta. Eva lo señaló.

—Y tú deja de provocar.

—Estoy sentado en un almacén con cinco mujeres que me han metido aquí a la fuerza. Perdona si no estoy cuidando las formas.

A Clara le empezó a doler la cabeza detrás de los ojos.

—Eva, ve a por agua.

Esta vez, Teresa no discutió. Eva desapareció por una puerta lateral.

Mónica se apartó para dejarla pasar y volvió a colocarse delante de la salida principal.

Clara observó la nave como si acabara de verla.

Un espacio de techo alto, cajas apiladas, estanterías de metal y una vieja carretilla pegada a una pared.

Había olor a polvo y a humedad. El fluorescente más cercano parpadeaba cada pocos segundos.

—¿De quién es esto? —preguntó Adrián.

Mónica no respondió.

—Me interesa saber dónde estoy.

—No te hace falta —dijo Teresa.

—A mi abogado sí le hará falta.

—Tu abogado no sabe que estás aquí.

Adrián la observó un instante.

—Eso te pone contenta.

Teresa no cambió de expresión.

—No sabes absolutamente nada de mí.

—Sé que has sido la primera en pegar.

Rocío cerró los ojos un momento.

—¿Podemos dejar de hacer esto peor?

Clara se acercó a Adrián.

—Contesta a las preguntas y terminamos.

—Ya he contestado.

—Quiero saber por qué guardabas fotografías de Nico.

Adrián miró al suelo.

—Porque intentaba averiguar si podía ser mi hijo.

—Eso ya lo sabemos.

—Entonces ¿qué quieres?

—Quiero saber por qué ibas al colegio.

—Fui dos veces.

—Dos veces que sepamos.

—Dos.

—¿A qué?

—A verlo salir.

Rocío se removió.

—Eso es enfermizo.

—Puede ser.

Todas se miraron, desconcertadas. Adrián se encogió de hombros.

—No he dicho que estuviera bien.

—¿Y las fotos? —preguntó Mónica.

—Algunas son capturas de redes. Otras las hice yo.

—¿Sin permiso?

—Desde la calle.

—Eso no responde.

Adrián se pasó la lengua por el labio roto.

—No pedí permiso.

Teresa sonrió sin humor.

—Qué casualidad.

Eva regresó con una botella de agua y una caja pequeña de plástico.

—He encontrado esto.

Adrián miró la caja.

—¿Qué es?

—Un botiquín.

—No necesito que me cures.

—Tienes el labio abierto.

—He sobrevivido a cosas peores.

Eva le dio la botella. Adrián bebió durante varios segundos. Teresa observó cómo el agua le bajaba por la garganta.

—Despacio.

Él bajó la botella.

—¿También vas a decidir cuánto bebo?

—Estoy diciendo que no te la acabes.

Eva se volvió.

—Hay más.

Teresa no respondió. Adrián bebió otra vez. Clara lo miró y sintió algo parecido a vergüenza. La situación, más que él, era lo que la incomodaba. Estaban discutiendo sobre una botella de agua como si hubiera reglas que cualquiera entendiera.

—¿Por qué sabías lo de la marca de Nico? —preguntó.

Adrián cerró la botella.

—Porque aparecía en una foto de cuando era bebé.

—¿Qué foto?

—Una que subió Javier.

Clara permaneció inmóvil un instante.

—¿Seguías a Javier?

—Busqué su perfil.

—¿Durante cuánto tiempo?

—A ratos. No todos los días, si eso es lo que estás imaginando.

—No sé qué imaginar.

—Pues piensa que no tenía otro modo de saber nada.

Teresa intervino.

—También podías aceptar que Clara te había dicho que no era tuyo.

Adrián se fijó en ella.

—Y ella podía haber hecho una prueba.

—No tenía por qué.

—De acuerdo. Entonces yo tampoco tenía por qué creerla.

Clara sintió la rabia subir.

—Tenías que respetar mi vida.

—Tú decidiste qué parte de mi vida era mía.

Mónica se acercó antes de que el silencio se hiciera más incómodo.

—¿Por qué hoy? ¿Por qué te acercaste al aparcamiento?

Adrián apoyó los codos sobre las rodillas.

—Porque quería hablar con Clara.

—Tenías una orden.

—Eso lo sé.

—Entonces sabías que no podías acercarte.

—También lo sé.

—Y aun así lo hiciste.

—Sí.

Mónica lo observó.

—¿Para pedirle una prueba?

—Para pedirle que dejara de mentir.

Clara dio un paso.

—No estaba mintiendo.

Adrián la miró con cansancio.

—Ya no sé qué haces.

—No vuelvas a hablarme como si me conocieras.

—Te conozco lo suficiente como para saber que cuando te asustas decides por todo el mundo.

Clara abrió la boca y no encontró respuesta. Eva se arrodilló delante de Adrián con una gasa.

—Déjame mirar el labio.

—No hace falta.

—No te estoy pidiendo permiso para torturarte. Quiero saber si necesita puntos.

Él la miró.

—Qué tranquilizador.

Eva le levantó el mentón.

—No se ha abierto mucho. Presiona aquí.

Le dio una gasa.

—Gracias.

—No me las des.

Teresa empezó a caminar por la nave. Rocío la siguió con la vista.

—Tenemos que decidir qué hacemos.

—Ya lo hemos decidido —respondió Teresa—. Que hable.

—Está hablando.

—A medias.

Adrián bajó la gasa.

—¿Qué parte quieres oír?

—La de los otros niños.

—¿Qué otros niños?

—Las fotos.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué fotos?

—Las que tenías.

—Había fotos de Nico.

—Y de un chico mayor.

Adrián cambió la expresión. Fue rápido. Suficiente para que Teresa lo viera.

—Ahí está.

—No sabes de qué hablas.

—Entonces explícalo.

Adrián negó.

—No.

—¿Quién es?

—No tiene nada que ver con esto.

—¿También lo seguías?

—He dicho que no.

—¿Es menor?

Adrián apretó la mandíbula. Rocío miró a Clara.

—Yo vi esa carpeta. Había fotos de un chaval.

—Era casi un adolescente —dijo Mónica.

—Quince o dieciséis —añadió Teresa.

Adrián se puso de pie.

—Se acabó.

Teresa se acercó.

—Siéntate.

—No voy a hablar de él.

—Entonces igual sí tenemos algo.

Eva se interpuso otra vez.

—Teresa, apártate.

Adrián señaló la puerta.

—Abrís y me voy. Lo demás se lo cuento a la policía.

—¿Y quién es el chico? —insistió Teresa.

—No es asunto vuestro.

—Entonces sí importa.

Adrián cogió la botella de agua y caminó hacia la salida. Mónica se colocó delante.

—No puedo abrirte.

—Puedes.

—Ahora mismo no.

—¿Cuándo?

Mónica no respondió. Adrián miró a las cinco.

—Escuchad bien. Cada minuto que pasa os mete más dentro.

Rocío tragó saliva.

—Tiene razón.

Teresa negó.

—Lo que quiere es asustarnos.

—No necesito asustaros —dijo Adrián—. Ya os habéis asustado solas.

Eva miró a Clara.

—Tenemos que dejarlo ir.

Javier apareció en su cabeza. En Nico. En la policía. En la fotografía de Adrián saliendo de comisaría. En el hombre de la nave con una marca roja en la cara.

—Cinco minutos más.

Rocío soltó una maldición.

—Llevamos diciendo eso desde que entramos.

—Quiero saber quién es el chico.

Adrián la miró.

—Claro que quieres saberlo.

—¿Por qué lo dices así?

—Porque si encuentras otro niño, todo esto te sale gratis.

Adrián acusó el golpe. Teresa sonrió.

—Habla.

Adrián se sentó otra vez.

—No.

El cansancio de aquella negativa inquietó a Clara más que cualquier desafío o insulto.