CAPÍTULO 6
La nave
Adrián cayó mal sobre el asiento trasero y una pierna quedó fuera. El hombro golpeó el marco de la puerta y soltó un grito. Rocío tiró de él desde dentro mientras Teresa intentaba doblarle la otra rodilla.
—¡Soltadme, joder!
—Deja de moverte —dijo Teresa.
—¡Estáis locas!
Clara se quedó inmóvil junto al carro de la compra. Todo había ocurrido en menos de medio minuto. Mónica estaba al volante. Rocío ocupaba el asiento trasero con Adrián. Teresa cerró la puerta y se volvió hacia Clara.
—Sube.
Clara miró alrededor. Una pareja salía del supermercado. Un hombre colocaba bolsas en un maletero. Nadie parecía estar mirando directamente hacia ellas.
—¿Qué estamos haciendo?
—Sacarlo de aquí antes de que venga la policía.
—La policía tiene que venir.
—¿Después de esto?
Clara miró dentro del coche. Adrián intentaba incorporarse. Rocío le sujetaba un brazo.
—Clara, haz algo —gritó.
Ella abrió la puerta del acompañante.
—¿Adónde vamos?
Mónica arrancó.
—A un sitio donde podamos pensar.
—Mónica.
—Conozco una nave.
Clara la miró.
—¿Una nave?
—Está vacía.
—¿Desde cuándo tienes una nave vacía?
—Es de un cliente de la gestoría, no mía. Lleva meses cerrada y tengo una copia de la llave porque estamos gestionando unas deudas.
Desde atrás llegó un golpe. Adrián había intentado abrir la puerta. El seguro estaba activado.
—Parad el coche —dijo—. Ahora.
Teresa, sentada a su derecha, le agarró la muñeca.
—Estate quieto.
—No me toques.
—Entonces deja la puerta.
Adrián miró a Clara por el hueco entre los asientos.
—¿Tú estás permitiendo esto?
Clara se volvió hacia delante.
—Solo queremos hablar.
—Pues párate en cualquier cafetería y hablamos.
Nadie respondió. El coche salió de la zona comercial. Mónica conducía demasiado rápido.
—Baja la velocidad —dijo Clara.
—Quiero salir de aquí.
—Pues no nos mates por el camino.
Rocío empezó a respirar deprisa.
—Esto es secuestro.
Teresa la miró.
—Ahora te das cuenta.
—No tiene gracia.
—No me estoy riendo.
Adrián volvió a tirar de la manilla.
—Dejadme bajar.
Mónica frenó en un semáforo. Él golpeó la ventanilla con la palma.
—¡Ayuda!
Teresa le tapó la boca. Adrián la mordió. Ella retiró la mano con un insulto.
—Hijo de puta.
—Abre la puerta y dejo de morder a nadie.
El semáforo cambió. Mónica arrancó. Clara miró por el retrovisor.
Adrián tenía el pelo revuelto y una pequeña herida en la frente, probablemente del golpe contra la puerta al meterlo.
Sangraba poco. Se parecía menos al hombre de las fotografías que a alguien a quien acababan de meter a la fuerza en un coche. Clara apartó la vista.
—¿Cuánto falta?
—Diez minutos —respondió Mónica.
—¿Y luego qué?
—Hablamos.
—Eso no responde.
—Porque no sé qué hacemos luego.
Rocío soltó una carcajada nerviosa.
—Genial. Me tranquiliza muchísimo.
Teresa llevaba las bridas en la mano. Clara las miró.
—Guarda eso.
—Como vuelva a intentar abrir…
—He dicho que las guardes.
Teresa se las metió en el bolsillo. El polígono estaba casi vacío a aquella hora. Algunas naves tenían actividad. Otras llevaban persianas bajadas y carteles de alquiler descoloridos. Mónica giró dos veces y entró en una calle estrecha.
—Es esa.
Señaló un edificio bajo con una puerta metálica y un portón para vehículos. Aparcó pegada a la fachada.
—¿Hay cámaras? —preguntó Clara.
—No lo sé.
Rocío se echó a reír otra vez.
—Fantástico plan.
—No había plan.
Adrián respondió desde atrás:
—Eso ya ha quedado bastante claro.
Teresa abrió la puerta.
—Baja.
—No.
—Adrián.
—Me habéis metido en un coche contra mi voluntad. Si queréis hablar, hablamos aquí. No entro en ningún sitio con vosotras.
Mónica tenía las llaves de la nave en la mano. Clara se volvió hacia Teresa.
—Tiene razón.
—¿Y qué hacemos? ¿Lo dejamos aquí para que llame a la policía?
—Eso es exactamente lo que deberíamos hacer.
Adrián señaló a Clara.
—Escúchate.
Teresa se inclinó hacia el coche.
—Sal.
—No.
Ella sacó otra vez las bridas. Rocío se apartó.
—Ni se te ocurra.
—Necesitamos que no eche a correr.
—Necesitamos dejarlo marchar.
Mónica abrió la nave. El ruido de la persiana metálica cubrió la discusión unos segundos.
Clara vio el interior. Un espacio rectangular con cajas apiladas, estanterías metálicas y varios palés vacíos.
Había una oficina pequeña al fondo y un fluorescente que tardó en encender cuando Mónica accionó el interruptor.
Nada en aquel sitio estaba preparado para encerrar a una persona.
Eso no la tranquilizó. Teresa y Adrián seguían discutiendo.
Él intentó salir por el lado contrario. La puerta estaba bloqueada por el seguro infantil.
—Abre —dijo.
Rocío miró a Mónica.
—Quita el seguro.
Mónica no reaccionó.
—Mónica.
—Si lo quito, se va.
—Claro que se va. ¿Qué esperabas?
Teresa habló sin mirar a nadie.
—Que responda unas preguntas y después se va.
Adrián soltó una risa corta.
—¿Después me devolvéis también el teléfono roto?
La situación se hacía más absurda con cada frase.
—Entramos diez minutos —dijo—. Hablamos. Después te llevamos donde quieras.
Adrián la miró.
—¿De verdad crees que voy a confiar en ti ahora?
Le dolió más de lo que esperaba.
—No te estoy pidiendo confianza.
—Pues abre la puta puerta.
Teresa perdió la paciencia. Se inclinó, agarró a Adrián por la chaqueta y tiró. Él se resistió. Rocío intentó apartarla. El cuerpo de Adrián salió mal del coche. Apoyó un pie, perdió el equilibrio y cayó de rodillas contra el asfalto.
—¡Joder!
Clara acortó la distancia.
—Basta ya.
Adrián intentó levantarse. Teresa colocó una brida alrededor de una muñeca.
—¿Qué haces?
Él reaccionó de inmediato. Tiró del brazo y golpeó a Teresa con el hombro. Mónica sujetó la otra mano.
—Quieto.
—¡Soltadme!
Rocío gritó:
—¡Parad!
Clara agarró la brida.
—Teresa, quítasela.
—Cuando esté dentro.
—No.
Adrián tiró otra vez. La brida se cerró un punto más.
—Me estás haciendo daño.
Teresa respondió:
—Entonces deja de tirar.
Clara vio el plástico hundido en la piel.
—Afloja eso.
—Luego.
Entre las cuatro consiguieron meterlo en la nave.
Al verlas actuar juntas, a Clara le entraron náuseas.
Entre las cuatro. Ninguna podía decir ya que solo estaba mirando.
Mónica bajó la persiana. El último rectángulo de luz exterior desapareció.
Adrián se quedó de pie junto a una estantería.
Tenía una mano inmovilizada por la brida. La otra seguía libre.
—Quitádmela.
Teresa cerró la segunda. Adrián la insultó.
—Teresa —dijo Eva desde la entrada.
Todas se giraron. Eva acababa de entrar por la puerta pequeña lateral. Clara tardó un segundo en comprender.
—¿Qué haces aquí?
—Teresa me mandó la ubicación y dijo que había problemas.
Eva miró a Adrián. Luego las bridas. Luego a las cuatro mujeres.
—¿Qué coño habéis hecho?
Rocío señaló a Teresa.
—Una pregunta estupenda.
Eva dejó el bolso sobre una caja y se acercó a Adrián.
—¿Estás herido?
Él la miró con incredulidad.
—Estoy secuestrado.
—Ya lo veo. Te pregunto por la sangre.
—Me habéis metido a golpes en un coche.
—Yo acabo de llegar.
Eva miró la frente.
—Es superficial.
Adrián levantó las manos atadas.
—¿También vas a decirme que esto es superficial?
Eva se volvió hacia Teresa.
—Córtalas.
—No.
—Le estás cortando la circulación.
Teresa miró las muñecas.
—Que no tire.
Eva se acercó más.
—No funciona así. Córtalas.
Mónica encontró unas tijeras en la oficina. Teresa cedió. Cortaron las bridas. Adrián se frotó las muñecas.
—Bien. Ahora abrid la puerta.
Nadie se movió. Él miró a Eva.
—Tú pareces la única con algo de cerebro. ¿Puedes explicarles qué va a pasar cuando llame a la policía?
Eva respondió:
—Lo sé perfectamente.
—Pues abre.
—Un momento.
Adrián se sentó sobre un palé y se frotó la nariz con dos dedos.
—Claro. Un momento.
Clara se dio cuenta de que tenía el teléfono en la mano.
Podía llamar. No sabía a quién llamar. Si elegía a la policía tendría que explicar cómo habían llegado hasta allí.
Si llamaba a Javier tendría que contarle que estaba en una nave con Adrián.
Guardar el teléfono significaba continuar. Teresa se colocó delante de Adrián.
—¿Por qué estabas esperando a Clara?
—Ya lo he dicho.
—Dilo otra vez.
—No tengo por qué responderte.
—Te llevaste a un niño.
—Y estoy siendo investigado por eso.
—¿Por qué a Nico?
Adrián miró a Clara.
—Pregúntaselo a ella.
Mónica intervino.
—Te lo preguntamos a ti.
Adrián se levantó.
—Pues llamad a mi abogado.
Teresa bloqueó el paso.
—Siéntate.
—Apártate.
—Siéntate.
Adrián dio un paso hacia ella. Teresa no retrocedió. Eva se metió entre ambos.
—Todos tranquilos.
—Quiero irme —dijo Adrián.
—Ya lo sé.
—Entonces abre.
Eva miró a Clara.
—Clara.
Todas la miraron. Ella entendió lo que esperaban.
—Cinco minutos —dijo.
Adrián se rio.
—Otra vez los cinco minutos.
Clara se aproximó.
—Contesta y te llevamos de vuelta.
—No te creo.
—¿Por qué te llevaste a Nico?
—Porque quería saber si era mío.
Las cinco callaron. Rocío buscó la mirada de Clara. Mónica apretó los labios, Eva frunció el ceño y Teresa no apartó los ojos de Adrián. La nave se volvía demasiado pequeña.
—Ya sabías que no lo era.
Adrián negó.
—Tú me dijiste que no lo era.
—Es lo mismo.
—No. No lo es.
—Te dije la verdad.
—Nunca hiciste una prueba.
Eva miró a Clara.
—¿Eso es cierto?
Clara prefirió callar. Adrián señaló con una mano.
—Ahí la tienes.
—Cállate —dijo Clara.
—¿Qué parte? ¿La de que estuvimos juntos cuando te quedaste embarazada o la de que me mandaste una ecografía y después desapareciste?
Rocío abrió mucho los ojos.
—¿Una ecografía?
Clara sintió la cara caliente.
—No se la mandé para decirle que fuera suyo.
—Me la mandaste porque te pregunté si estabas embarazada.
—Y al día siguiente te dije que era de Javier.
—Después de pasar veinticuatro horas sin contestarme.
Teresa miró a Clara.
—¿Había posibilidades?
—No.
Adrián soltó una carcajada incrédula.
—Dios.
—¿Qué?
—Sigues haciéndolo.
Clara dio un paso.
—No sabes nada de mi vida.
—Sé suficiente.
—Te llevaste a mi hijo.
—Porque llevo nueve años intentando saber si también era el mío.