Las buenas madres CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

Teresa dejó de escribir. Clara amplió la fotografía.

El adolescente tendría quince o dieciséis años.

Adrián estaba inclinado hacia él, escuchándolo.

No había nada extraño en la imagen. El chico se parecía un poco a Adrián.

Clara cerró la foto. Aquella noche Javier le dijo que había pedido un kit de paternidad por internet.

—Lo voy a devolver —respondió Clara.

—No puedes decidirlo tú sola.

—Y tú tampoco.

—Llevas nueve años decidiéndolo tú sola.

Clara lo miró. Javier bajó la voz porque Nico estaba duchándose.

—He encontrado mensajes antiguos.

—¿Dónde?

—En una copia de seguridad de tu portátil viejo.

Clara sintió un frío incómodo en la espalda.

—Has estado mirando mis cosas.

—Encontré una carpeta mientras buscaba fotos de cuando Nico era bebé.

—Claro que sí.

—No te estoy pidiendo permiso para desconfiar después de que hayas mentido a la policía, a tus amigas y a mí.

—¿Qué mensajes?

Javier sacó el teléfono. Había fotografiado la pantalla. Clara reconoció una conversación con Adrián. La fecha era de septiembre, nueve años atrás.

Él había escrito:

«Necesito que me digas si estás embarazada.»

Clara:

«No vuelvas a escribirme.»

Adrián:

«Dímelo y desaparezco.»

Clara:

«Sí. Estoy embarazada.»

El siguiente mensaje era de Adrián.

«¿Puede ser mío?»

Clara había dejado aquel mensaje sin contestar. Su negativa aparecía veinticuatro horas después.

«No. Es de Javier.»

Javier guardó el teléfono.

—Me dijiste que él se enteró por amigos comunes.

Clara se sentó.

—No recordaba cómo fue.

—Pues él sí.

—Han pasado nueve años.

—Para algunas cosas parece que han pasado nueve minutos.

Clara se frotó los párpados.

—No puedo seguir así todos los días.

—Yo tampoco.

—Entonces confía en mí.

Javier soltó una risa breve.

—Eso se pide antes de mentir.

La puerta del baño se abrió arriba. Javier se apartó.

—Mañana llega el kit.

—No lo vas a usar.

—Mañana hablamos.

Subió. Clara se quedó en la cocina. Su teléfono vibró. Era un número desconocido. Dejó la llamada sin responder y enseguida llegó un mensaje.

«Necesito hablar contigo cinco minutos. No volveré a acercarme a Nico.»

***

Borró el mensaje sin contestar. Luego bloqueó el número.

No se lo dijo a Javier ni a la policía. Durante dos días no ocurrió nada.

El kit de paternidad llegó el jueves dentro de una caja blanca sin logotipo.

Javier lo guardó en el cajón de su escritorio.

No intentó utilizarlo delante de Clara, pero tampoco devolvió el paquete.

El viernes por la tarde Nico tenía entrenamiento.

Lo dejó en el campo y se quedó a verlo desde la grada. Había cambiado algunas rutinas desde la desaparición. Ya no aprovechaba aquellos cincuenta minutos para hacer la compra. Tampoco permitía que Nico saliera del vestuario con otros padres. A las siete menos diez recibió una llamada de Rocío.

—¿Sigues en el fútbol?

—Sí.

—Alma quiere que Nico venga mañana al cine con nosotras.

Desde la grada, Clara miró al campo.

—¿A qué hora?

—A las cinco. Puedo recogerlo yo.

Contestó antes de pensarlo.

—Lo llevo yo.

Rocío guardó un segundo de silencio.

—Clara, no voy a secuestrártelo.

—No he dicho eso.

—Ya sé lo que has dicho.

Clara se frotó la frente.

—Perdona. Estoy pesada.

—Estás asustada. Es diferente.

—Lo llevo yo y ya está.

—Vale. Luego te mando la hora.

Cuando terminó el entrenamiento, Nico apareció con el pelo mojado de sudor y pidió una bebida isotónica como si acabara de jugar una final europea.

—Agua.

—Todos toman de colores.

—Y todos acabarán meando fluorescente.

Nico se rio. Caminaron hacia el coche. Clara vio a Adrián al otro lado de la calle. Estaba de pie junto a una furgoneta gris. Esta vez no llevaba cámara y tenía los ojos puestos en Clara, no en Nico. Clara agarró la mano de su hijo.

—Sube al coche.

Nico siguió su mirada.

—Es él.

—Sube.

—Mamá…

—Nico, entra ahora mismo.

El niño obedeció. Clara cerró la puerta y activó el seguro. Adrián no se movió. Ella sacó el teléfono. Él levantó ambas manos, mostrando las palmas, y empezó a caminar hacia atrás. Clara marcó el número de la inspectora Pardo. Adrián se fue antes de que ella contestara.

—Está aquí —dijo Clara cuando la inspectora atendió—. En el campo de fútbol.

—¿Quién?

—Adrián.

La inspectora cambió de tono al oír el nombre.

—¿Se ha acercado a usted?

—No. Estaba al otro lado de la calle.

—¿Ha hablado con Nico?

—No.

—¿Sigue ahí?

Clara miró hacia la esquina.

—Se ha ido.

—Quédese donde está. Envío una patrulla.

—Ha incumplido la orden.

—Tenemos que comprobar distancias y circunstancias. No lo siga.

—No pensaba hacerlo.

Clara colgó. Nico bajó la ventanilla dos dedos.

—¿Por qué estaba ahí?

—Cierra.

—Pero si ya se ha ido.

—Nico.

El cristal subió. La patrulla tardó quince minutos. Adrián no volvió. Las cámaras del campo mostraron que había aparcado en la zona poco antes de terminar el entrenamiento y que permaneció al otro lado de la calle. La policía recogería las imágenes. Javier reaccionó peor.

—Se acabó. Mañana Nico no sale de casa.

—No vamos a encerrarlo.

—Él está incumpliendo la orden.

—Ya lo sabe la policía.

—La policía también sabía que se llevó a Nico y salió del juzgado andando.

Nico estaba cenando en su habitación por decisión de Clara. No quería que escuchara la discusión. Javier caminaba de un lado a otro del salón.

—Voy a pedir que cambien las medidas.

—Hazlo.

—Y tú vas a contarles todo lo de los mensajes.

Clara lo miró.

—¿Qué mensajes?

—Los que te esté mandando.

—No me ha escrito.

Javier se detuvo. La mentira quedó entre todos, demasiado visible.

—Dame el teléfono.

—No.

—Clara.

—No soy una niña.

—Dámelo.

—He dicho que no.

Javier se quedó mirándola.

—Te ha escrito.

Clara no encontró nada que decir.

—¿Cuándo?

—Hace unos días.

—¿Qué quería?

—Hablar.

—¿Y no lo dijiste?

—Lo bloqueé.

Javier apoyó ambas manos en la mesa.

—¿Tú entiendes lo que estás haciendo?

—Perfectamente.

—Un hombre con una orden de alejamiento intenta contactar contigo y tú lo ocultas.

—No quería darle más importancia.

—¿Más importancia que llevarse a nuestro hijo?

—No mezcles las cosas.

—Son la misma puta cosa.

Clara bajó la voz.

—Nico puede oírte.

Javier respiró hondo.

—Mañana se lo cuentas a Pardo. Si no, lo hago yo.

Subió. Clara esperó varios minutos antes de abrir el grupo del parque.

Escribió:

«Adrián estaba hoy fuera del campo de fútbol de Nico.»

Las respuestas aparecieron enseguida. Rocío preguntó si se había acercado. Eva quiso saber si la policía estaba avisada. Mónica escribió que aquello ya era demasiado. Teresa no dijo nada durante casi cinco minutos.

Después:

«¿Sigue ahí?»

Respondió que no.

Teresa:

«Mañana hablamos.»

Dejó el teléfono. El sábado llevó a Nico al cine con Alma y Rocío. Se quedó cerca durante toda la película. Al salir, Rocío la miró y señaló una cafetería.

—Te invito a algo mientras estos dos destrozan la tienda de chuches.

Aceptó. Se sentaron junto al cristal.

—Estás fatal —dijo Rocío.

—Gracias.

—Me refiero a que no puedes seguir mirando cada puerta como si fuera a entrar él.

Abrió un sobre de azúcar y lo dejó entero al lado de la taza.

—Ayer apareció en el entrenamiento.

—Lo sé de sobra.

—¿Qué harías tú?

Rocío miró hacia Alma y Nico, que discutían delante de un expositor.

—Seguramente lo mismo. Y luego me volvería loca por hacerlo.

Clara sonrió un poco.

—Teresa está convencida de que sigue a Nico.

—Teresa está convencida de demasiadas cosas.

—Encontramos fotografías.

—También sabemos por qué las tenía.

—¿Eso te parece normal?

—No. Pero hay un montón de espacio entre normal y pedófilo.

Clara bajó la vista.

—Nadie ha dicho esa palabra.

Rocío la miró de frente.

—La hemos pensado todas.

Nico llegó con una bolsa enorme.

—Rocío dice que puedo llevar esto.

—Rocío no es tu madre.

—Por suerte —dijo ella.