Las buenas madres CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Cinco minutos

Teresa llegó diez minutos antes de la hora y eligió una mesa al fondo de la cafetería.

Clara la vio desde la calle. Durante unos segundos pensó en seguir caminando.

Habían quedado a las nueve y media, después de dejar a los niños en el colegio.

Teresa llevaba una chaqueta vaquera y el pelo recogido de cualquier manera.

Tenía un café delante y otro sin tocar al otro lado de la mesa. Clara entró.

—Te he pedido uno solo —dijo Teresa—. No sabía si habías desayunado.

—He tomado algo en casa.

—Pues se queda ahí.

Clara dejó el bolso en el respaldo de la silla y se sentó. Teresa no empezó inmediatamente. Sacó el teléfono, lo puso boca abajo y apartó el azucarillo que había junto a la taza de Clara.

—Ayer vi tu cara cuando encontramos la carta.

Clara miró hacia la barra.

—Ayer viste demasiadas cosas.

—No hablo de la caja. Hablo de ti.

—¿Qué quieres que te diga?

—La verdad me sirve.

Clara soltó una risa seca.

—No eres policía.

—Por suerte.

—Entonces deja de interrogarme.

Teresa bebió café.

—Lo conocías.

Clara apoyó las manos sobre la mesa.

—Ya se lo he contado a Javier.

—No te he preguntado por Javier.

—Estuve con Adrián hace años.

Teresa no mostró sorpresa.

—¿Cuánto?

—Unos meses.

—¿Antes de Nico?

—Sí.

—¿Cuánto antes?

Clara sintió el cansancio acumulado detrás de los ojos.

—No pienso reconstruir mi calendario sexual contigo.

—No hace falta. Él ya lo hizo.

Clara levantó la vista. Teresa señaló con la cabeza el bolso de Clara.

—Ayer te llevaste algo.

—Me llevé papeles para enseñárselos a Javier.

—Mónica fotografió todos los documentos antes de salir. He repasado las fotos esta mañana. Hay una esquina de un sobre que aparece debajo de la carpeta y luego desaparece.

Clara tardó demasiado en responder. Teresa se inclinó hacia atrás.

—No me interesa cotillear a quién te tirabas hace nueve años. Me interesa saber por qué el hombre que se llevó a Nico guardaba una carta para ti dentro de una caja llena de cosas sobre tu hijo.

—No era importante.

—Entonces dámela.

—La tiré.

—¿La tiraste?

—Sí.

—¿Sin enseñársela a la policía?

Clara cogió el café que no había pedido. Estaba casi frío.

—Era una carta vieja.

—¿Qué decía?

—Que quería una prueba.

Teresa dejó de tocar la cucharilla.

—¿Una prueba de paternidad?

Clara asintió.

—Adrián siempre creyó que Nico podía ser suyo.

Teresa la observó en silencio. Clara sabía qué pregunta llegaría.

—¿Podía serlo?

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué guardaba fechas de cuándo estabais juntos, cuándo volviste con Javier y cuándo nació Nico?

—Porque estaba obsesionado.

—Eso ya lo sabemos.

Teresa apoyó los antebrazos en la mesa.

—Ayer, cuando vimos las fotografías, todas pensamos lo mismo. Un tío siguiendo a un niño. Guardando horarios. Comparando su cara. Hoy resulta que también creía que podía ser su hijo. No cambia lo que hizo, pero cambia por qué lo hizo.

Clara miró hacia ella.

—¿Ahora lo estás defendiendo?

—Estoy intentando saber qué coño tenemos delante.

—Un hombre que se llevó a mi hijo.

—Y tú conocías al hombre.

Clara dejó la taza.

—¿Qué quieres conseguir con esto?

—Que no me vuelvas a mentir.

—No te debo explicaciones.

—A mí quizá no. A las otras sí.

Clara notó una punzada de rabia.

—¿Por qué?

—Porque ayer entramos contigo en un trastero ajeno buscando pruebas contra ese hombre. Si mañana aparece la policía preguntando por qué lo hicimos, todas vamos a estar dentro de la misma mierda. Me gustaría saber qué parte de la historia te has guardado.

—Yo no os pedí que vinierais.

Teresa sonrió sin humor.

—Esa frase te la puedes guardar para el abogado.

Clara se levantó.

—He terminado.

Teresa no intentó detenerla.

—Clara.

Ella recogió el bolso.

—¿Qué?

—Mónica ya sabe que lo conocías.

—¿Se lo has dicho?

—No. Lo dedujo ayer. Eva también sospecha. Rocío es la única que todavía piensa que tu silencio fue porque estabas asustada.

—Lo estaba.

—No digo que no.

Teresa terminó el café.

—Esta tarde vamos al parque. Díselo tú.

Clara salió sin responder. Pasó la mañana trabajando desde casa.

Hizo lo mínimo. Respondió tres correos, corrigió una factura y abrió cuatro veces el mismo documento sin recordar qué estaba buscando.

A las doce recibió una llamada de la inspectora Pardo.

Habían terminado de revisar parte del material intervenido a Adrián.

No había fotografías sexuales de menores.

Tampoco vídeos ocultos ni archivos borrados de contenido similar.

Las imágenes de Nico seguían siendo preocupantes por su cantidad y por la forma en que habían sido obtenidas.

—¿Han encontrado fotos de otros niños? —preguntó Clara.

—Hay menores en imágenes tomadas en el entorno del colegio y del parque, pero en muchos casos aparecen de manera incidental.

—¿Y el chico que vimos con él?

La inspectora guardó silencio un segundo.

—¿Qué chico?

Clara comprendió el error.

—Nada. Creí ver una foto en redes.

—Si tiene información sobre otros menores relacionados con Adrián, necesito que me la facilite.

—No tengo nada concreto.

—Clara, ayer entraron en una propiedad vinculada al señor Montalvo.

El estómago se le tensó.

—¿Cómo sabe eso?

—Porque el propietario ha presentado una denuncia por acceso no autorizado. Hay una cámara en la entrada del garaje.

—No rompimos nada.

—Eso no convierte la entrada en legal.

—Encontramos información sobre mi hijo.

—Información que ahora puede quedar contaminada como prueba y que debería haber entregado de inmediato.

Clara pensó en las cinco páginas convertidas en pasta gris dentro del fregadero.

—Mónica va a llevarles las fotografías.

—Quiero que lo hagan hoy.

—Lo haré.

La inspectora bajó el tono.

—Y necesito preguntarle algo más. ¿Adrián tenía alguna forma de saber que ustedes habían entrado?

—No.

—¿Está segura?

—No estaba allí.

—Eso no responde a la pregunta.

Clara miró por la ventana.

—No creo que lo sepa.

—Pues procuren no acercarse más a él. Tiene prohibido aproximarse a usted y a Nico, pero esa orden no les autoriza a ustedes a seguirlo, vigilarlo ni entrar en sus cosas.

—Entendido.

—No quiero tener esta conversación otra vez.

La llamada terminó. Clara escribió a Mónica.

«La policía sabe lo del garaje. Hay cámara.»

Mónica contestó enseguida.

«Joder.»

Después:

«Llevo las fotos esta tarde.»

En PARQUE 17:30 nadie mencionó la conversación.

A las cinco y media, Clara bajó con Nico.

El parque había cambiado sin haber cambiado nada.

Habían colocado una pegatina nueva en el columpio roto.

La heladería seguía abierta. Dos hombres ocupaban el banco donde Teresa había preguntado a un desconocido si había visto salir a Nico. El niño corrió hacia Lucas.

—No sales de aquí —dijo Clara.

Nico puso cara de cansancio.

—Ya me ha quedado claro.

—Y si quieres ir a cualquier sitio, me avisas.

—Mamá.

—¿Qué?

—Llevas diciéndomelo todos los días.

Clara le arregló el cuello de la sudadera.

—Pues hoy también.

Nico se fue. Rocío fue la primera en llegar. Llevaba una bolsa con bollos que había sobrado de la peluquería de al lado de su trabajo.

—Como sigamos reuniéndonos así voy a acabar pesando cien kilos.

—No tienes obligación de comértelos.

—Eso no se le dice a una persona que trae palmeras de chocolate.

La normalidad duró hasta que aparecieron Mónica, Eva y Teresa. Se sentaron en dos bancos enfrentados. Clara empezó antes de que Teresa pudiera hacerlo.

—Conocía a Adrián.

Rocío dejó de abrir una servilleta. Eva la miró sin cambiar de postura. Mónica ya lo sabía.

—Estuvimos juntos unos meses hace nueve años —continuó Clara—. Cuando Javier y yo estábamos separados.

Rocío parpadeó.

—¿Y no nos lo dijiste?

—No quería que eso cambiara lo que había hecho.

—¿Cómo no iba a cambiarlo? —preguntó Eva—. Si se llevó a Nico porque cree que puede ser su hijo, importa.

—No es su hijo.

—¿Lo sabe él?

—Se lo dije hace años.

Teresa intervino.

—También pidió una prueba.

Clara la observó un instante.

—Eso no te tocaba contarlo.

—Tampoco te tocaba esconder la carta.

Rocío levantó las manos.

—Espera. ¿Qué carta?

Clara explicó lo mínimo. Que Adrián había dejado escrito que quería saber si Nico era suyo.

Que llevaba años convencido de que las fechas podían cuadrar.

Que la carta no contenía amenazas. No explicó que hablaba de una ecografía.

No explicó que Adrián recordaba el día en que ella le dijo que estaba embarazada. Tampoco contó que la había quemado.

—¿Y por qué coño se llevó al niño? —preguntó Rocío.

—Porque está enfermo —respondió Clara.

Eva negó despacio.

—Puede estar obsesionado y no ser un depredador sexual. Son dos cosas diferentes.

—Mi hijo desapareció cuarenta minutos.

—Nadie está quitándole gravedad.

—Pues lo parece.

Mónica había permanecido callada.

—Lo que tenemos que hacer es entregar todo y parar.

Teresa la miró.

—¿Parar qué?

—Seguir investigando por nuestra cuenta.

—Hay un chaval al que vimos con él.

—Y puede ser su sobrino, un vecino o cualquiera.

Rocío señaló a Teresa con media palmera en la mano.

—En eso estoy con Mónica. Nos estamos montando una película con cada persona que se cruza con él.

Teresa se encogió de hombros.

—O estamos viendo cosas que la policía todavía no ha mirado.

Eva respondió:

—La policía ha revisado su teléfono. Nosotras hemos entrado en un garaje por una puerta que dejó abierta un repartidor. No estamos haciendo una investigación mejor.

Clara observó a Teresa. La expresión no cambió.

—Entonces se acabó —dijo Mónica—. Entrego las fotos. Si nos llaman por la entrada, contamos la verdad.

—Yo no pienso seguirlo —añadió Rocío.

Teresa miró hacia los niños.

—Perfecto.

Clara no creyó aquella respuesta. Dos días después, Teresa envió una fotografía al grupo. Adrián estaba sentado en una terraza con el adolescente que habían visto semanas atrás.

El mensaje debajo decía:

«Me lo he cruzado. Casualidad, antes de que preguntéis.»

Rocío respondió:

«¿Y?»

Teresa:

«Nada. Solo os lo enseño.»

Eva:

«No hagamos esto otra vez.»