Las buenas madres CAPÍTULO 4 #3
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CAPÍTULO 4 #3

Ella dejó el bolso sobre una silla.

—Hemos ido a mirar un local de Adrián.

Javier tardó un segundo en responder.

—¿Qué significa mirar?

—Desde fuera.

La mentira duró poco incluso en su propia boca. Javier lo notó.

—¿Habéis entrado?

Clara guardó silencio.

—Me cago en la hostia.

—Baja la voz. Nico está arriba.

—¿Habéis entrado en un local suyo?

—La puerta estaba abierta.

Javier se llevó una mano a la frente.

—No me puedo creer esto.

—Había una caja con el nombre de Nico.

Javier bajó la mano.

—¿Qué?

—Fotografías. Documentos. Horarios. Direcciones.

—¿Y has llamado a la policía?

Clara se fijó en el bolso.

—Todavía no.

—¿Por qué?

—Porque hemos tocado cosas. Hemos entrado donde no debíamos. Necesito pensar cómo explicarlo.

Javier abrió la boca y volvió a cerrarla.

—¿Necesitas pensar cómo explicar que encontraste información sobre nuestro hijo en un local de ese hombre?

—No quiero que usen contra nosotras haber entrado.

—¿Contra vosotras?

—No me mires así.

—¿Cómo quieres que te mire?

Clara oyó un golpe arriba. Nico corrió por el pasillo. Javier bajó todavía más la voz.

—¿Qué había exactamente?

—Fotos. Fechas. Una investigación privada sobre nosotros.

—¿Sobre mí también?

—Sí.

Javier apoyó ambas manos en la encimera.

—Llama ahora.

—Mañana.

—Ahora.

—He dicho mañana.

—¿Por qué mañana?

Le vino a la cabeza la carta.

—Porque las otras quieren decidir juntas cómo hacerlo.

—Me importa una mierda lo que quieran las otras.

—No empieces.

—Ese hombre se llevó a nuestro hijo y lleva años observándolo. Habéis encontrado pruebas y estáis discutiendo cómo protegeros vosotras por haber entrado en un puto local.

La rabia le subió de golpe.

—Yo fui la que pasó cuarenta minutos sin saber dónde estaba Nico.

—Yo también.

—Llegaste cuando ya llevaba media vida buscándolo.

Clara supo que había herido a Javier en cuanto habló. Él retrocedió un poco.

—No conviertas esto en una competición.

Clara quiso disculparse. No encontró la manera sin abrir otras cosas. Nico apareció en la puerta.

—¿Habéis empezado sin mí?

Javier se giró.

—Estamos preparando la cena.

—¿Por qué gritáis?

—No gritamos —dijo Clara.

Nico miró a uno y a otro.

—Pues parece.

Javier forzó una sonrisa.

—Ve poniendo la mesa. En diez minutos cenamos.

Nico obedeció con pocas ganas. La conversación terminó allí.

Después de cenar, Javier ayudó al niño con una ficha de lengua.

Clara recogió la cocina. El bolso permanecía sobre una silla.

Cada vez que pasaba cerca sentía el peso del sobre dentro.

A las diez, Nico se acostó. Javier bajó con el portátil.

—Quiero ver las fotos que hicisteis.

—No tengo todas.

—Las que tengas.

Clara abrió el grupo. Mónica había creado una carpeta compartida con las imágenes de los documentos. Se la enseñó. Javier fue pasando una a una. La cara se le endureció con cada foto de Nico. Llegó a la cronología. Leyó las fechas. Clara supo cuándo entendió lo que estaba viendo.

—Aquí pone «última semana con Clara».

—Ya sabes que estuvimos juntos.

—Y luego «mensaje embarazo».

—Te lo expliqué.

—No me explicaste que se lo dijeras tú.

Clara se sentó enfrente.

—No recuerdo cada detalle.

Javier siguió leyendo.

—Pone que volviste conmigo en octubre.

—Más o menos.

—Nico nació en abril.

—Prematuro.

Javier levantó la vista.

—Tres semanas.

Clara se quedó callada.

—¿Cuándo fue la última vez que te acostaste con él?

—No pienso responder así.

—¿Así cómo?

—Como si estuvieras interrogándome.

—Lo pregunto como el padre de Nico.

Clara apretó las manos.

—Eres su padre.

—Quiero saber si puedes asegurarlo.

—Sí.

Javier la miró durante varios segundos. Clara no apartó los ojos. Él volvió al portátil.

—Entonces tendremos una prueba y se acabó.

El estómago de Clara se cerró.

—No voy a someter a Nico a eso por la obsesión de un hombre.

—Una muestra de saliva no le hace daño.

—Le hace daño saber por qué.

—No tiene por qué saberlo ahora.

—No.

—¿Por qué te niegas tanto?

—Porque soy su madre y no quiero meterlo más en esta mierda.

Javier cerró el portátil.

—Voy a hacerla.

—No sin mí.

—También soy su padre.

—Precisamente.

Javier se levantó.

—No entiendo qué significa eso.

Clara tampoco estaba segura. Él subió sin despedirse.

Clara se quedó sola. Sacó la carta del bolso.

La leyó otra vez. Luego abrió un cajón de la cocina y buscó un mechero que usaban para las velas de cumpleaños.

Fue hasta el fregadero. Encendió una esquina del primer folio.

La llama avanzó despacio. Clara la observó hasta que el calor le obligó a soltar el papel dentro del fregadero.

Quemó las cinco páginas. El humo activó el extractor.

Quedaron trozos negros, bordes blancos y frases incompletas. Clara abrió el grifo.

El papel se convirtió en una pasta gris que desapareció por el desagüe poco a poco. Cuando terminó, limpió el fregadero. El teléfono vibró sobre la mesa. Era Teresa.

«Mañana quiero hablar contigo a solas.»

Clara escribió:

«¿Por qué?»

Teresa contestó antes de que pasara un minuto.

«Porque sé que lo conocías.»