CAPÍTULO 4 #2
—Esto es una barbaridad.
Rocío miró la caja en el suelo.
—La barbaridad estaba dentro.
—También acabamos de entrar sin permiso en un local y llevarnos cosas.
Teresa cerró la puerta.
—Lo devolveremos.
—Claro. Dejaremos una nota.
Mónica arrancó.
—¿Dónde vamos?
Teresa respondió:
—A mi casa no. Mi marido trabaja desde casa hoy.
Rocío negó.
—A la mía tampoco. Tengo una clienta a las cuatro.
Clara miró el reloj.
—Javier cree que estoy en la oficina.
Mónica suspiró.
—Mi casa está vacía hasta las cinco.
Fueron allí. Mónica vivía en un piso nuevo, demasiado ordenado para dos adolescentes. Dejó la caja en la mesa del comedor y cerró las persianas a medias.
—Me siento como una delincuente.
Eva respondió:
—Porque acabamos de delinquir.
Teresa quitó la tapa.
—Pues aprovechemos.
Durante casi una hora fotografiaron cada documento.
Separaron las imágenes tomadas por Adrián de las capturas de redes.
Había menos fotografías propias de las que al principio parecía, pero suficientes para demostrar que había seguido a Nico durante meses.
También encontraron recibos de una agencia de investigación privada.
Dos facturas. Nombre de Clara. Nombre de Javier. Rocío dejó una sobre la mesa.
—Pagó a alguien para investigaros.
Clara leyó la fecha. Cinco años atrás. Otra era de hacía seis meses.
—Está enfermo.
Eva cogió la factura.
—O estaba intentando saber si Nico era suyo.
Teresa se volvió.
—¿Por qué te empeñas en defenderlo?
—No lo estoy defendiendo. Me niego a llamar pedófilo a alguien sin una sola prueba de que lo sea.
—Se llevó a un niño.
—Y eso ya es gravísimo.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No exactamente.
Mónica levantó una mano.
—Podéis discutir luego. Quiero terminar y sacar esto de mi casa.
Clara volvió a la caja. En el fondo había un sobre más grueso. Su nombre estaba escrito delante.
CLARA.
Sin decir nada, esperó a que las otras miraran una serie de fotografías y deslizó el sobre debajo de su bolso.
El gesto salió tan rápido que nadie pareció verlo.
Nadie salvo Teresa. Clara levantó los ojos.
Teresa estaba al otro lado de la mesa. Siguió ordenando papeles sin decir nada.
A las cuatro y veinte terminaron. La caja volvió a quedar como estaba, aunque ninguna podía asegurar que el orden fuera idéntico.
—¿Qué hacemos? —preguntó Rocío.
Eva respondió:
—Llamamos a la inspectora. Contamos la verdad.
Teresa apoyó ambas manos en la mesa.
—Y Adrián sabrá que hemos estado aquí.
—Eso es secundario.
—Para ti.
Clara se fijó en el sobre escondido bajo su bolso.
—Esperemos hasta mañana.
Eva abrió la boca.
—¿Para qué?
—Quiero revisar las fotos que hemos hecho. Saber exactamente qué hay.
—Ya sabemos qué hay.
—Yo necesito verlo otra vez.
Mónica asintió con desgana.
—Una noche. Mañana decidimos.
Eva se levantó.
—No pienso volver a entrar en ese local.
Teresa cogió la caja.
—Voy yo.
Clara la miró.
—¿Ahora?
—Cuanto antes vuelva a estar donde estaba, mejor.
Mónica negó.
—No vas sola.
—Entonces ven conmigo.
Las dos salieron con la caja. Clara esperó a que la puerta se cerrara. Rocío recogió su chaqueta. Eva seguía enfadada.
—Mañana llamo yo si nadie lo hace.
—Vale —dijo Clara.
Eva la miró como si esperara otra respuesta.
—De acuerdo. Mañana.
Clara salió con el bolso pegado al cuerpo.
No abrió el sobre hasta llegar al aparcamiento de un centro comercial a diez minutos de casa.
Se metió en el asiento trasero del coche, cerró las puertas y lo sacó.
Dentro había una carta. Varias páginas escritas a mano.
La fecha era de tres meses atrás. Clara leyó la primera línea.
«No necesito que me dejes ser su padre. Necesito saber si lo soy.»
Cerró los ojos. Luego siguió leyendo.
***
Adrián había escrito cinco páginas. Clara leyó las dos primeras deprisa y volvió al principio. La letra seguía siendo la misma. Pequeña, inclinada y demasiado ordenada para alguien que nunca conseguía mantener limpia una mesa.
«No necesito que me dejes ser su padre. Necesito saber si lo soy. Sé que he hecho las cosas mal y que llevo demasiado tiempo mirando una vida que no me pertenece. Si pudiera dejarlo, lo habría hecho hace años.»
El papel quedó sobre las rodillas de Clara.
Fuera del coche, una mujer colocaba bolsas dentro de un maletero.
Dos adolescentes discutían junto a unos carros.
La normalidad del aparcamiento le resultó casi ofensiva.
Siguió. Adrián hablaba de Nico con un tono distinto al que Clara esperaba después de ver aquella caja.
Casi nunca escribía «mi hijo». Usaba «el niño» y, a veces, su nombre.
Explicaba que había contratado a un investigador porque Clara lo había bloqueado y porque no quería acercarse a ella.
Reconocía que aquello había sido una mala decisión.
También reconocía haber pasado varias veces por el colegio.
«Me quedaba lejos. Quería verlo salir con Javier. Quería saber si estaba bien. Suena peor cuando lo escribo, así que supongo que también lo era mientras lo hacía.»
Apretó los labios. Había algo insoportable en que Adrián supiera describir su propia conducta. Habría preferido una carta delirante. Sonaba a amenaza y también a exigencia. Cualquier cosa que encajara mejor con la historia que se había contado durante años. Llegó a un párrafo sobre el embarazo.
«Tú me enseñaste aquella prueba en mi cocina. Te temblaban las manos y dijiste que no sabías qué hacer. Tres días después ya estabas segura de que era de Javier. Nunca entendí cómo pasaste de una cosa a la otra.»
Dejó de leer. Recordó la cocina. El azulejo blanco.
Una bolsa de mandarinas encima de la mesa.
Adrián con el pelo mojado porque acababa de ducharse.
Ella sentada con la prueba dentro de una bolsa de farmacia.
Había llorado. Él también había llorado.
Durante unas horas hablaron de qué harían si el bebé era suyo.
Clara había borrado aquella tarde de su propia versión de la historia.
Cuando volvió con Javier, empezó a contar que Adrián se había enterado después.
Con el tiempo, incluso ella dejó de separar del todo lo que había ocurrido de lo que necesitaba recordar. Volvió a la carta.
«No te culpo por elegir a Javier. En aquel momento quizá yo tampoco me habría elegido. Te hice la vida pequeña y tardé mucho en entenderlo. Pero una cosa era que no quisieras estar conmigo y otra que decidieras que yo no tenía derecho a saber.»
Dobló la hoja por la mitad. Quiso romperla, aunque terminó doblándola y dejándola intacta. El teléfono vibró. Teresa.
«Caja devuelta.»
Otro mensaje llegó enseguida.
«Todo bien.»
Clara escribió:
«Gracias.»
Teresa respondió:
«¿Qué había en el sobre?»
Antes de contestar, se irritó consigo misma.
«Papeles viejos.»
«Ya.»
Después de bloquear el móvil, retomó la tercera página, que hablaba de Javier. Adrián decía que lo había investigado porque quería saber qué clase de hombre criaba a Nico. Había averiguado dónde trabajaba, antecedentes que no existían, deudas que tampoco, incluso multas.
«Sé que esto suena enfermizo. No encontré nada que me hiciera preocuparme por él. Parece un buen padre. Supongo que eso debería haberme bastado.»
Se quedó mirando aquella frase. Adrián no reclamaba a Nico.
La carta no describía un plan para llevarse a Nico ni para entrar en su vida.
Adrián pedía una prueba. Había una sola.
La cuarta página explicaba que había descubierto recientemente algo relacionado con otra persona, aunque no daba nombres.
Decía que aquello le había obligado a pensar de otra manera en la paternidad y en el derecho a irrumpir en la vida de un menor.
«Estoy entendiendo tarde que la sangre no concede permiso para aparecer en casa de nadie.
Aun así, necesito cerrar esta pregunta. Si sale que no es mío, desapareceré de verdad.
Si sale que sí, aceptaré las condiciones que pongáis tú y Javier.
Incluso que él no lo sepa hasta que sea mayor, si es lo mejor para Nico. »
Clara apoyó la cabeza en el asiento.
—Cobarde —murmuró.
No sabía si hablaba de Adrián o de ella. La última página era la más corta.
«Si has llegado a leer esto, probablemente he vuelto a hacer algo mal para conseguir que me escuches. Lo siento. No quiero asustarte. Tampoco quiero asustarlo a él. Solo quiero dejar de mirar fotografías intentando encontrar mi cara en un niño.»
Debajo había una firma.
A. M.
Clara dobló las páginas con cuidado. Permaneció en el coche durante varios minutos. Después cogió el teléfono y llamó a Javier.
—¿Dónde estás? —preguntó él.
—Saliendo de la oficina.
La mentira salió sin esfuerzo.
—Nico quiere hamburguesa.
—Vale.
—He comprado pan.
—En veinte minutos estoy.
Colgó. Clara miró la carta. Podía llevarla a la policía. Debía llevarla. La inspectora Pardo había pedido cualquier mensaje o documento relacionado con Adrián. Guardó el sobre en el bolso. Condujo hasta casa. Javier estaba cortando tomates cuando entró.
—Has tardado.
—Había tráfico.
—A esta hora.
—Sí.
Javier dejó el cuchillo.
—¿Has estado con ellas?
Clara se quitó la chaqueta.
—¿Con quién?
—Con Teresa y las demás.
—He pasado por el trabajo.
Javier la miró.
—He llamado a tu oficina.
Clara se quedó quieta.
—¿Para qué?
—Porque quería preguntarte una cosa y no me cogías el teléfono.
—Podías haberme escrito.
—Lo hice.
Clara sacó el móvil. Tenía dos mensajes que no había visto.
—¿Y qué te dijeron?
—Que hoy trabajabas desde casa.
La cocina se quedó demasiado pequeña.
—He ido un momento.
—Clara.
—¿Qué quieres?
—Que dejes de hacerme sentir imbécil.