CAPÍTULO 4
La caja
El local estaba en una calle trasera de un polígono pequeño, entre un taller de lunas y una empresa de máquinas recreativas.
Clara llegó la última. Había dicho a Javier que tenía que pasar por la oficina.
Él no preguntó demasiado. Eso la incomodó más que un interrogatorio.
Mónica esperaba dentro de su coche. Rocío estaba en el asiento del acompañante.
Teresa había aparcado dos calles más allá y Eva llegó andando desde la parada de autobús.
—Esto es ridículo —dijo Eva nada más entrar en el coche.
Rocío le hizo sitio detrás.
—Todavía podemos irnos.
—Eso sería lo sensato.
—Pues quédate cinco minutos y luego hacemos lo sensato.
Clara se sentó junto a Eva.
—¿Dónde está Teresa?
Mónica señaló con la barbilla hacia la esquina.
—Ha ido a mirar el portal.
—Claro que ha ido.
El local ocupaba la planta baja de un edificio de oficinas. La persiana metálica estaba bajada. En lugar de rótulo, había una placa pequeña con el nombre de la empresa de Adrián y su socio junto a un portero automático. Teresa volvió al coche.
—No parece que haya nadie.
—Perfecto —dijo Eva—. Ya hemos mirado desde fuera. Vámonos.
Teresa abrió la puerta trasera.
—Hay un garaje comunitario.
—No.
—No he propuesto nada.
—Tu cara lo ha propuesto.
Rocío se rio nerviosa. Mónica miró el reloj.
—Tengo una hora antes de recoger a las niñas.
Clara observó la persiana.
—¿Qué esperábamos encontrar?
—No sé —respondió Rocío—. A él.
—Tiene que estar trabajando.
—Pues quizá venga a por material.
Eva miró a Clara.
—¿Te das cuenta de que estamos sentadas delante de un local esperando a un hombre al que un juez ha ordenado que no se acerque a ti?
—Sí.
—Y somos nosotras las que nos estamos acercando a él.
Clara apartó la vista. Teresa seguía mirando el garaje. Un repartidor apareció diez minutos después. Bajó de una furgoneta y se acercó con una caja grande. Llamó al portero. Alguien abrió desde dentro del edificio. Teresa salió del coche.
—¿Dónde vas? —preguntó Mónica.
No respondió. Cruzó la calle justo cuando el repartidor entraba por la puerta peatonal junto al garaje. Sujetó la hoja antes de que se cerrara y desapareció dentro. Eva soltó una palabrota.
—Nos vamos.
Rocío miró a Mónica.
—No podemos dejarla ahí.
—Puede salir por donde ha entrado.
Clara ya estaba abriendo la puerta. Eva la agarró del brazo.
—No entres.
—Solo voy a sacarla.
—Eso ha dicho ella hace treinta segundos.
Clara se soltó. El portal olía a cemento húmedo. Al fondo había una puerta cortafuegos que llevaba al garaje. Teresa esperaba junto a ella.
—¿Qué haces?
—Escuchar.
—Nos vamos.
Teresa señaló la puerta.
—El local tiene acceso desde el garaje.
—Me da igual.
—Hay una puerta con el nombre de la empresa.
—Teresa.
—Ven a verla.
Clara no quería. Bajó con ella. El garaje tenía una fila de plazas, trasteros y pequeños almacenes cerrados con puertas metálicas. Teresa la llevó hasta el fondo. En una puerta gris había una pegatina con el logotipo de la empresa. Nada más. Clara respiró con fastidio.
—Ya la he visto.
—La cerradura está mal.
—¿Cómo sabes eso?
Teresa empujó. La puerta cedió dos centímetros. Clara retrocedió.
—Ni se te ocurra.
—Está abierta.
—Eso no significa que podamos entrar.
—¿Y si dentro hay fotos de Nico?
Clara sintió la misma punzada que la noche anterior.
—La policía ya tiene su teléfono.
—El teléfono. No esto.
Eva apareció detrás con Rocío y Mónica.
—Sabía que pasaría —dijo al verlas.
Mónica miró la puerta.
—¿Está abierta?
—Nos da igual —contestó Eva.
Teresa volvió a empujar. La puerta se abrió lo suficiente para que se viera un espacio oscuro. Rocío dejó de sonreír.
—Joder.
Podían irse. Nadie las había visto bajar. No tenían ningún motivo legítimo para cruzar aquella puerta. Teresa encendió la linterna del móvil.
—Cinco minutos.
Eva negó.
—Yo no entro.
—Entonces quédate fuera.
Teresa pasó con Mónica detrás. Desde la puerta, Rocío miró a Clara.
—Esto está fatal.
—Sí.
Entraron las dos. Eva se quedó en el umbral durante unos segundos y acabó siguiéndolas.
El local era más pequeño de lo que Clara imaginaba.
Había estanterías con cables, focos, trípodes, cajas de herramientas y maletas rígidas.
Una mesa ocupaba la pared del fondo. Encima descansaban dos monitores apagados, un teclado y varias tarjetas de memoria dentro de sus fundas.
No encontraron fotografías colgadas. Visto de cerca, el local parecía un almacén corriente, muy lejos del escondite de un depredador que algunas habían empezado a imaginar.
—Ya está —dijo Eva—. Nos vamos.
Teresa abrió un armario.
—No toques nada.
—Solo miro.
—Estás abriendo cajones.
Mónica se acercó a una estantería.
—Aquí hay cajas con nombres de clientes.
Rocío leyó algunas etiquetas.
—Hoteles. Bodas. Congresos.
Clara se sintió ridícula: el miedo de los últimos días había convertido cables y discos duros en amenazas.
—Nos vamos —dijo.
Teresa seguía junto a la mesa.
—Esperad.
Sacó una caja de cartón de debajo. Era una caja común de archivo, con una tapa blanca y una etiqueta escrita a mano.
NICO.
Clara dejó de respirar durante un segundo. Eva se acercó.
—No la abras.
Teresa ya tenía las manos en la tapa.
—No me jodas.
—Esto puede ser una prueba.
—Entonces llamamos a la policía.
Clara oyó su propia voz.
—Ábrela.
Eva la miró.
—Clara.
—Quiero saber qué hay dentro.
Teresa levantó la tapa. La caja contenía carpetas transparentes, sobres, fotografías impresas y folios doblados.
Mónica se llevó una mano a la boca. Rocío murmuró una palabrota.
Clara cogió la primera fotografía. Nico salía de espaldas frente al colegio.
Tendría seis años. Otra mostraba a Javier sujetándolo sobre los hombros durante una fiesta.
Otra era una captura de Instagram. Otra, una imagen tomada desde lejos en una terraza.
—Esto es enfermizo —dijo Rocío.
Clara siguió pasando. Había fotografías de cumpleaños, del parque, de la playa, de una carrera infantil, de la puerta del colegio.
Algunas procedían claramente de redes sociales.
Otras no. En una, Nico caminaba de la mano de Clara.
Ella no sabía que alguien los estaba fotografiando. Eva miró hacia la puerta.
—Tenemos que salir y llamar a la policía.
Teresa sacó un folio. Era una cronología.
Agosto de nueve años atrás. Última semana con Clara.
Septiembre. Mensaje embarazo. Octubre. Clara vuelve con Javier.
Abril. Nacimiento Nico. Debajo había cálculos escritos a bolígrafo.
Semanas. Días. Posibles fechas de concepción.
Se le helaban las manos. Mónica leyó por encima de su hombro.
—¿Qué coño es esto?
Rocío cogió otra hoja. Había dos columnas.
NICO.
ADRIÁN.
Debajo, observaciones sobre rasgos físicos. Las notas comparaban las orejas, la barbilla, los dientes, una marca en el costado y hasta la forma de andar. Rocío dejó el papel.
—Me está dando asco.
Eva miró a Clara.
—Esto encaja con lo que declaró.
—¿Qué quieres decir?
—Que estaba intentando compararse con Nico.
Teresa la interrumpió.
—También llevaba años siguiéndolo.
—No he dicho que esté bien.
—Pues lo parece.
—He dicho que encaja con la duda de paternidad.
Clara apartó la vista. Mónica abrió un sobre. Dentro había fotografías antiguas de Clara. Una en una playa. Otra delante de una estación. Otra dormida en un sofá. Clara se la arrebató.
—Dame eso.
Mónica soltó el sobre.
—Perdona.
Clara volvió a mirar la fotografía. Recordaba el sofá.
La casa de Adrián. Había dormido allí después de una cena con amigos.
Adrián le hizo aquella foto por la mañana.
Ella se enfadó y luego terminaron riéndose.
Una escena pequeña, guardada durante nueve años dentro de una caja con el nombre de su hijo. Teresa observó su cara.
—¿La conocías?
Clara levantó la vista demasiado rápido.
—¿Qué?
—La foto.
—Es una foto mía.
—Ya lo veo.
Eva intervino.
—Tenemos que irnos. Ahora.
Mónica asintió.
—Y llamar.
Teresa seguía revisando la caja.
—Un momento.
Sacó una carpeta azul. Dentro había impresiones de búsquedas. Dirección del colegio. Horarios de actividades. Nombre del pediatra de Nico. Dirección de los abuelos de Javier. Clara sintió una rabia limpia y directa.
—Hijo de puta.
Rocío la miró.
—Esto ya no es una duda de paternidad.
Eva no respondió.
—Se sabía nuestra vida —continuó Clara—. Sabía dónde estaba mi hijo cada día.
Teresa dejó la carpeta sobre la mesa.
—Por eso estamos aquí.
Clara cogió otra fotografía. Nico salía entrando en una piscina municipal. La fecha impresa era de hacía tres meses.
—Lleva años con esto.
—Clara —dijo Eva—. Vamos a llamar desde fuera.
Un ruido llegó desde el garaje. Las cinco se quedaron quietas. Una puerta. Voces. Mónica apagó la linterna del móvil.
—Nos han visto.
—Cállate —susurró Teresa.
Rocío cerró la caja de golpe. El ruido se acercó y luego se alejó hacia otra zona del garaje. Clara sentía el pulso en las sienes.
—Nos vamos.
Teresa agarró la caja. Eva le cortó el paso.
—Déjala.
—¿Para qué? ¿Para que venga y la haga desaparecer?
—No podemos robar una caja de pruebas.
—Tampoco podemos fingir que no la hemos visto.
Mónica miró hacia la puerta.
—Si llamamos ahora y les decimos que hemos entrado aquí, nos van a denunciar.
—Pues que nos denuncien —respondió Eva.
Rocío habló más bajo.
—¿Y si Adrián viene antes que la policía?
Nadie contestó. Teresa volvió a coger la caja.
—Nos la llevamos. La fotografiamos entera y después decidimos.
Eva se colocó delante.
—No.
Clara miró la caja. La imagen de Nico junto a la piscina seguía encima de la mesa. La recogió.
—Nos la llevamos.
Eva la miró con incredulidad.
—¿Tú también?
—Hay datos de mi hijo. Mi dirección. Su colegio. Sus abuelos.
—Y eso puede ser relevante para la investigación.
—Entonces se lo daremos a la policía.
—Después de manipularlo todo.
Teresa abrió la puerta.
—Podemos discutir arriba.
Salieron deprisa. Mónica llevó la caja tapada con una chaqueta. Cuando llegaron al coche, nadie habló durante varios segundos. Eva se sentó atrás y se llevó las manos a la cara.