Las buenas madres CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Mostró una fotografía. Adrián salía de un edificio con una mochila al hombro. La imagen parecía tomada desde la acera de enfrente. Clara notó que se le tensaban los dedos.

—¿De dónde has sacado eso?

—De una cuenta vieja.

—¿Qué cuenta?

—Flickr. Tenía un perfil de fotografía. Hay muchas fotos antiguas.

Clara cogió el teléfono. Conocía aquella mochila.

También conocía el abrigo azul de la imagen y la forma en que Adrián llevaba siempre una manga ligeramente recogida porque el reloj le molestaba al rozarle la muñeca.

La fotografía tendría nueve o diez años.

Deslizó sin querer. Apareció una calle mojada después de la lluvia.

Otra imagen mostraba una estación de tren.

Luego una terraza. Clara devolvió el móvil.

—Esto no demuestra nada.

Teresa arqueó las cejas.

—No pretendía demostrar nada.

—Entonces, ¿qué hacemos?

Rocío contestó antes.

—Yo quiero saber si hay más niños.

Eva asintió.

—Eso sí me preocupa.

—La policía está revisando su teléfono —recordó Clara.

Mónica miró hacia ella.

—¿Te han dicho algo más?

Clara pensó en la declaración. En las fotografías que la inspectora había colocado delante de ella. En Javier preguntando cuánto no coincidían las fechas.

—Solo que había muchas imágenes de Nico.

—¿Y no te parece suficiente? —preguntó Teresa.

—Me parece suficiente para estar aterrada. No para presentarnos en su casa.

Teresa se guardó el teléfono.

—Nadie va a presentarse en ninguna parte.

La discusión terminó cuando Lucas empezó a llorar porque se había caído de una plataforma.

Eva corrió hacia él. La tarde recuperó durante unos minutos el ritmo habitual.

Rodilla raspada. Agua. Gusanitos. Un niño pidiendo ir al baño.

Una discusión por una pelota. Clara se sorprendió de la facilidad con que una conversación sobre vigilar a un hombre podía mezclarse con una merienda.

A las seis y media, Javier apareció. No solía bajar al parque entre semana, pero aquella tarde salió antes del trabajo. Nico corrió hacia él.

—Papá, mira.

Le enseñó un arañazo diminuto en el antebrazo.

—¿Eso requiere amputación?

—Creo que sí.

—Pues nos vamos al hospital.

Nico se rio y regresó con los demás. Javier saludó al grupo. Clara notó que Teresa observaba su cara más de lo necesario.

—¿Todo bien? —preguntó Mónica.

—Estamos tirando.

Javier se sentó junto a Clara.

—¿De qué hablabais?

—De nada importante.

Teresa abrió la boca, pero la mirada de Clara la hizo cambiar de idea.

—De que el colegio tendría que controlar mejor quién se queda en la puerta.

Javier asintió.

—He hablado con el director. Van a revisar el protocolo de salida.

—Algo es algo —dijo Eva.

Clara sintió el teléfono vibrar dentro del bolso. Esperó unos segundos antes de mirarlo. Era un mensaje privado de Teresa.

«No te preocupes. No voy a decirle nada.»

Teresa estaba hablando con Mónica.

Escribió:

«No tengo nada que ocultarle.»

Teresa contestó enseguida.

«Mejor.»

Clara guardó el teléfono. A las siete se marcharon. Javier caminó junto a Nico. Clara iba un par de pasos detrás.

—¿Por qué Teresa te ha escrito? —preguntó él sin girarse.

Clara tardó un momento en comprender.

—¿Qué?

—He visto que te ha llegado un mensaje suyo.

—Estamos en el mismo grupo.

—Era un privado.

—¿Ahora miras mi teléfono?

Javier se detuvo. Nico siguió caminando unos metros y volvió al ver que no iban detrás.

—¿Venís?

—Sí —respondió Clara—. Sigue, cariño.

Javier esperó a que el niño se alejara un poco.

—No he mirado tu teléfono. He visto su nombre en la pantalla.

—Me ha dicho que no comentará delante de ti lo que estábamos hablando.

—¿Y qué estabais hablando que no pueda escuchar?

Clara supo que volver a mentir empeoraría las cosas.

—Están buscando información sobre Adrián.

Javier la miró.

—¿Qué información?

—Dónde trabaja, perfiles antiguos, cosas así.

—¿Y tú participas?

—Estoy en el grupo.

—No te he preguntado eso.

Clara bajó la voz.

—Quiero saber qué sabe sobre Nico.

—Para eso hay una investigación abierta.

—Ayer querías matarlo.

—Ayer estaba furioso.

—Yo también.

Javier se pasó una mano por la barba.

—Una cosa es buscar su nombre en Google y otra organizarse con cuatro mujeres para seguirlo.

—Nadie lo está siguiendo.

Clara recordó la fotografía que Teresa había enseñado.

—Todavía.

Javier la oyó.

—¿Qué has dicho?

—Que nadie lo sigue.

Nico volvió a llamarlos. Caminaron hasta casa sin continuar. Esa noche el grupo estuvo silencioso hasta las once y veinte. Teresa envió una fotografía. Era una captura de una página con datos mercantiles. Debajo escribió una dirección.

Rocío respondió:

«¿Es su casa?»

Teresa:

«No. Un trastero/local a nombre de la empresa.»

Mónica:

«¿Para qué tiene un local aparte?»

Eva:

«Para guardar material, supongo.»

Teresa:

«O fotografías.»

Clara leyó aquella última palabra con una incomodidad difícil de situar. Durante unos minutos nadie escribió. A las once y treinta y cuatro, Mónica preguntó:

«¿Y si vamos mañana a mirar desde fuera?»

Rocío respondió casi al momento.

«Solo mirar.»

Eva tardó más.

«Desde fuera.»

Teresa:

«Desde fuera.»

Clara mantuvo los dedos sobre el teclado. Sabía que debía decir que no. Abrió el chat.

Escribió:

«¿A qué hora?»