Las buenas madres CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Clara abrió el enlace. Una cuenta local había publicado una fotografía de Adrián con un texto que mezclaba información confirmada con rumores.

Alguien comentaba que el hombre llevaba semanas fotografiando niños.

Otra persona aseguraba que una amiga lo había visto en un parque diferente.

Un usuario afirmaba que tenía denuncias previas.

Clara sabía que internet podía inventar una vida entera en una tarde. Aun así, siguió leyendo.

«Que den su dirección y ya verás qué rápido aprende.»

«Un tipo así no debería volver a pisar la calle.»

«Seguro que hay más niños.»

Clara cerró la publicación. Javier estaba detrás.

—¿Qué lees?

—Cosas del barrio.

—Déjalo.

—Eso intento.

—No. No estás intentando dejar nada.

Clara bloqueó el teléfono.

—¿Qué quieres que haga?

—Quiero que me cuentes todo.

—Ya sabes lo que pasó.

—Sé que me ocultaste quién era.

Nico estaba a pocos metros. Clara bajó la voz.

—Luego hablamos.

La tarde resultó interminable. La noticia creció.

Una televisión local colocó una unidad móvil cerca de la comisaría.

Otra habló con padres del colegio. El director envió un correo pidiendo que nadie facilitara imágenes de los menores.

Alguien publicó una foto de Adrián saliendo del edificio.

En un vídeo corto, una mujer gritaba «pedófilo» desde detrás de una valla.

Adrián giraba la cabeza. Durante un instante parecía sonreír.

El fragmento empezó a compartirse acompañado de frases indignadas.

Clara lo vio sin sonido. Conocía aquel gesto.

Adrián sonreía cuando estaba incómodo. Lo hacía incluso en funerales. Una vez había tenido que salir de una iglesia porque empezó a reír durante un responso y Clara estuvo enfadada con él todo el día. Guardó ese recuerdo para sí. Por la noche, la inspectora Pardo llamó.

—Adrián Montalvo va a quedar investigado formalmente. Mañana pasará a disposición judicial.

Clara se sentó en el borde de la cama.

—¿Va a salir?

—No puedo anticiparle una decisión judicial.

—Se llevó a un niño.

—Lo sabemos.

—¿Y puede volver a su casa?

—El juzgado valorará las medidas que correspondan.

Clara escuchó respirar a la inspectora.

—Hay algo más. Hemos revisado parte de su teléfono.

—¿Y?

—Hay fotografías de Nico.

Clara dejó de moverse.

—¿Cuántas?

—Bastantes.

—¿Qué significa bastantes?

—No puedo darle un número todavía. Algunas parecen capturas de redes. Otras fueron tomadas en espacios públicos.

Clara apretó el teléfono.

—¿En el colegio?

—Hay imágenes en las inmediaciones.

—Me está diciendo que lleva siguiendo a mi hijo.

—Le estoy diciendo lo que hemos encontrado.

—¿Y siguen pensando en dejarlo salir?

—La decisión no es mía.

Clara se levantó.

—¿Hay fotos de otros niños?

—Estamos revisándolo.

—Quiero saberlo.

—Cuando podamos informarla, lo haremos.

La llamada terminó. Clara bajó al salón. Javier estaba sentado con el portátil.

—¿Quién era?

—La inspectora.

Él cerró la pantalla.

—¿Qué ha dicho?

Clara tardó unos segundos.

—Tiene fotos de Nico.

Javier se puso de pie.

—¿Dónde?

—En el teléfono.

—¿Qué fotos?

—Algunas del colegio. De la calle. No lo saben todavía.

Javier se quedó blanco.

—Ese hijo de puta llevaba siguiéndolo.

Clara no contestó.

—¿Y tú sigues pensando que estamos exagerando?

—Jamás he dicho eso.

—Lleva fotografías de nuestro hijo en el móvil.

—Lo he entendido.

Javier cogió las llaves del coche.

—¿Dónde vas?

—A ninguna parte.

Dejó las llaves otra vez. Se apoyó en la mesa.

—Si lo ponen en la calle y se acerca a Nico, lo mato.

Clara sintió una punzada de miedo que no tenía que ver únicamente con la frase.

—No digas eso.

—¿Qué quieres que diga?

—Que vamos a dejar trabajar a la policía.

Javier se rio sin humor.

—Ahora confías muchísimo en que otros se ocupen de las cosas.

Clara se quedó mirándolo.

—¿Qué significa eso?

—Lo sabes.

Javier subió las escaleras. Clara permaneció sola. El grupo del parque seguía activo.

Teresa había escrito:

«Fotos. Lo han confirmado.»

Eva respondió:

«¿Quién te lo ha confirmado?»

«Una amiga trabaja con una prima de Clara.»

Rocío:

«Eso no es confirmar nada.»

Teresa:

«Clara, ¿te han dicho algo?»

Clara escribió.

«La policía ha encontrado fotos de Nico en su teléfono.»

Los puntos de escritura aparecieron al momento.

Mónica:

«Dios.»

Rocío:

«Qué puto miedo.»

Eva:

«¿Fotos normales o hechas por él?»

Clara:

«De las dos.»

Teresa tardó algo más.

«Entonces sabía perfectamente lo que hacía.»

Clara leyó la frase varias veces. Podía contestar que no lo sabían.

Podía explicar que Adrián creía que Nico podía ser su hijo.

Podía contarles que lo conocía. Que había dormido con él.

Que nueve años atrás había esperado un resultado de embarazo con una certeza que no tenía.

Dejó el teléfono sobre la mesa. A la mañana siguiente, Adrián pasó a disposición judicial.

La noticia llegó al mediodía. Quedaba en libertad provisional mientras continuaba la investigación, con prohibición de acercarse a Nico, a Clara, a Javier, al colegio y al parque, además de obligación de comparecer ante el juzgado.

El titular que circuló por el barrio fue mucho más sencillo.

EL HOMbrE QUE SE LLEVÓ A NICO, EN LIBERTAD.

A las doce y siete, Teresa escribió en PARQUE 17:30:

«Pues habrá que averiguar quién coño es.»

***

El mensaje de Teresa tuvo doce respuestas en menos de diez minutos.

La mayoría no aportaba nada. Rocío escribió que habría que empezar por saber dónde vivía.

Mónica preguntó si la policía podía facilitar esa información y Eva respondió que, aunque pudiera, no lo haría.

Teresa mandó una captura de una página profesional donde aparecía el nombre completo de Adrián, la empresa para la que trabajaba y una fotografía de hacía cuatro años. Clara leyó todo sin intervenir.

Habían vuelto al parque aquella tarde porque Nico insistió. Javier se opuso al principio. Decía que podían ir a otro sitio, quedarse en casa, pasar unos días con sus padres. Nico quiso bajar con Lucas y Alma.

—Si no voy, parece que he hecho algo malo yo —protestó.

Clara y Javier se miraron. No supieron qué responder.

A las cinco y media, Nico estaba otra vez subido al barco de madera.

Había dos patrullas dando vueltas por la zona y bastantes más adultos de lo habitual.

Algunos padres que Clara apenas conocía se acercaron a preguntar cómo estaba.

Otros miraban desde lejos. Una mujer a la que no recordaba haber visto nunca le dio un abrazo sin pedir permiso.

—Qué susto, hija.

Clara soportó el contacto unos segundos y se apartó.

—Gracias.

La mujer se marchó contando a otra que Nico parecía estupendamente. Rocío llegó con Alma y una bolsa de pan de leche.

—No sabía si bajar.

—Nosotros tampoco.

Rocío miró hacia el barco.

—¿Él quería venir?

—Muchísimo.

—Entonces habéis hecho bien.

Clara no necesitaba otra opinión, aunque agradeció que coincidiera con la decisión que ya había tomado. Mónica llegó después. Eva apareció con Lucas y Nuria. Teresa fue la última. Traía una bolsa de gusanitos, toallitas húmedas y una botella de agua grande.

—Por si alguien se queda sin nada.

Parecía una tarde cualquiera hasta que se sentaron. Nadie habló de cafeteras. Durante un rato miraron a los niños. Teresa rompió el silencio.

—He encontrado dónde trabaja.

Eva giró la cabeza.

—Eso estaba en la página que has mandado.

—También he encontrado dónde vive.

Rocío dejó de abrir el envoltorio de un pan de leche.

—¿Cómo?

—No es difícil. Su empresa está registrada a su nombre junto con otro socio. Hay documentación pública. Luego buscas un poco y acabas encontrando una dirección.

—¿Su casa? —preguntó Mónica.

—Creo que sí.

Clara miró a los niños antes de intervenir.

—No deberíamos ir a su casa.

Teresa la miró con calma.

—No he dicho que vayamos.

—Lo estabas pensando.

—Estaba pensando que conviene saber dónde está alguien que se llevó a Nico.

Clara cruzó los brazos.

—Tiene una orden de alejamiento. No puede acercarse.

—Ya. Y todo el mundo respeta las órdenes judiciales.

Eva negó.

—Si lo seguimos, podemos meternos en un problema.

—¿Seguirlo? —Teresa abrió la bolsa de gusanitos—. Tampoco he dicho eso.

Rocío sonrió al fin.

—Tú dices las cosas sin decirlas y luego nos haces quedar como unas locas a las demás.

—Es un talento.

Mónica soltó una risa corta. El humor alivió algo el ambiente.

Clara incluso sonrió, aunque dejó de hacerlo al mirar hacia la puerta lateral.

Nico seguía en el barco. Esta vez Clara sabía exactamente dónde estaba.

Había aprendido a localizar la camiseta verde de su hijo cada pocos segundos, entre la barandilla, el tobogán y los columpios.

Nuria se acercó a Eva para entregarle unas llaves.

—Voy al súper. ¿Quieres algo?

—Leche.

—¿Solo leche?

—Y café.

—Tenemos café.

—Pues leche.

Nuria miró al grupo.

—Si vais a fundar una asociación vecinal, avisadme para salir corriendo.

—Estamos hablando de hombres peligrosos —dijo Rocío.

Nuria señaló a Teresa.

—Con ella delante, yo tendría más miedo por ellos.

Teresa levantó la bolsa de gusanitos a modo de brindis. Nuria se alejó. Clara vio cómo Eva seguía mirándola unos segundos.

—¿Ella sabe que estamos buscando información sobre Adrián? —preguntó Mónica.

—Sabe que estamos preocupadas.

—Eso significa que no —dijo Rocío.

Eva se encogió de hombros.

—No quiero meterla en algo que seguramente no sirva para nada.

Teresa sacó el teléfono.

—Puede servir.