CAPÍTULO 2
El señor que conoce a mamá
La sala donde hablaron con Nico tenía una mesa redonda, cuatro sillas y una caja de rotuladores gastados en una estantería.
Clara esperaba algo distinto de una comisaría.
Un despacho lleno de archivadores, quizá.
La mujer que se presentó como psicóloga les explicó que habían preparado aquel espacio para que los menores estuvieran más tranquilos.
Nico entró agarrado a la mano de Javier.
—¿Tenemos que quedarnos mucho?
—Lo que necesites para contarme lo que pasó —respondió la psicóloga—. Después te vas con tus padres.
—Tengo hambre.
Clara miró sus manos y recordó el bocadillo. Se había quedado en el parque, quizá encima de un banco o dentro de una papelera. Le pareció absurdo sentir pena por un trozo de pan.
—En cuanto terminemos te compro lo que quieras.
Nico se sentó. La psicóloga pidió a Clara y Javier que permanecieran al otro lado del cristal. Un agente les acompañó hasta una sala contigua. Clara protestó. Quería estar con su hijo.
—Es mejor que hable sin que nadie complete sus respuestas —explicó el agente—. Pueden verlo y escucharlo.
Javier asintió. Clara se quedó delante del cristal.
Nico parecía pequeño bajo la luz blanca.
Tenía las manos sobre las rodillas y movía una zapatilla de un lado a otro.
La psicóloga empezó hablando de fútbol. Descubrió que apoyaba al Real Madrid y que aquella temporada el portero era, según Nico, bastante malo.
La conversación duró varios minutos antes de llegar al parque.
—Cuéntame qué estabas haciendo antes de irte.
—Jugaba con Lucas y con Alma.
—¿A qué?
—Al barco. Después encontramos un palo.
—¿Y qué pasó con el palo?
Nico sonrió apenas.
—Lucas decía que era suyo, pero lo encontré yo.
Javier miró a Clara.
—Está tranquilo.
Clara dejó la pregunta sin respuesta. La psicóloga continuó.
—¿Cuándo viste al señor?
—Cuando fui a mirar fuera.
—¿Por qué miraste fuera?
—Había un perro.
—¿Te acuerdas del perro?
—Era blanco y tenía una oreja marrón.
Clara cerró los ojos un instante. Un perro había bastado.
—¿El señor estaba con el perro?
—El perro era de una señora.
—Entiendo. ¿Dónde estaba el señor?
—Cerca de la heladería.
—¿Te habló él o le hablaste tú?
—Me preguntó si yo era Nico.
Javier giró la cabeza hacia Clara. Ella mantuvo la vista en el cristal.
—¿Cómo sabía tu nombre? —preguntó la psicóloga.
—Porque conoce a mi madre.
—¿Eso te dijo?
—Me dijo: «Tú eres Nico, ¿verdad?». Yo le pregunté quién era y él dijo que conocía a mi madre de hace tiempo.
Clara notó a Javier a su lado sin necesidad de mirarlo.
—¿Te enseñó algo para demostrarlo?
Nico pensó.
—Una foto.
La garganta se le secaba.
—¿Qué foto?
—De mamá.
—¿Cómo era?
—Más joven.
Javier se volvió hacia ella.
—¿Tú sabías algo de esto?
—Déjame escuchar.
—Está diciendo que tenía una foto tuya.
—Puede haberla sacado de internet.
—¿Una foto antigua?
—No sé qué foto ha visto Nico.
El agente que estaba con ellos levantó una mano.
—Es importante que no saquemos conclusiones hasta que termine.
Clara agradeció la interrupción. Al otro lado, Nico seguía hablando.
—¿Qué pasó después de ver la foto?
—Me dijo que quería preguntarme una cosa. Luego otra. Dijo que podíamos tomar algo.
—¿Te obligó a acompañarlo?
—Me dijo que tardábamos poco.
—¿Podías haberte quedado en el parque?
Nico dudó.
—Supongo.
—¿Te agarró del brazo o de la mano?
—Cruzamos una calle y me cogió de la mano porque venía un coche.
—¿Te dijo que no gritaras?
—No.
—¿Te dijo que no se lo contaras a tus padres?
—Tampoco.
La psicóloga cambió de pregunta sin hacer ningún comentario. Adrián había elegido una cafetería a tres calles del parque. Caminaron hasta allí. Nico contó que se sentaron cerca de la ventana y que el hombre pidió café. A él le compró un batido de chocolate y un croissant.
—¿Tenías miedo?
—Al principio un poco.
—¿Y después?
—Era raro.
—¿Qué era raro?
—Las preguntas.
—Cuéntame alguna.
Nico bajó la vista hacia sus zapatillas.
—Quería saber cuándo cumplo años.
—¿Algo más?
—Dónde nací.
—¿Te preguntó por tu padre?
—Sí. Me preguntó cómo se llamaba y si vivía con nosotros.
Javier apoyó una mano en el cristal.
—Hijo de puta.
El agente le pidió que bajara la voz. Nico continuó.
—También preguntó si papá tiene una mancha.
—¿Qué tipo de mancha?
—Una de nacimiento.
Clara tuvo que apoyar una mano en el respaldo de una silla. Adrián tenía una mancha junto a las costillas. Pequeña. Irregular. Clara había pasado la yema de un dedo sobre ella más veces de las que quería recordar. Javier se giró.
—Clara.
—Escucha.
—¿Qué significa eso?
—No significa nada.
La psicóloga preguntó:
—¿Dónde tienes tú esa marca?
Nico señaló el costado derecho. La camiseta se levantó un poco. Clara conocía aquella marca desde el día en que nació. Nunca había pensado que se pareciera a la de Adrián. Quizá porque había dedicado años a no comparar.
—¿El señor te pidió que le enseñaras la marca?
—Me preguntó si todavía la tenía.
—¿Cómo sabía que la tenías?
Nico volvió a encogerse de hombros.
—Dijo que de bebé salía en una foto.
Javier daba un paso atrás. Esta vez el agente miró directamente hacia ella.
—Señora, cuando terminemos tendremos que hablar.
Clara hizo un gesto de acuerdo. No había forma de detenerlo ya.
Nico explicó que Adrián había usado el móvil varias veces.
Miró fotografías. Le enseñó una de Clara con el pelo más corto y otra en la que aparecía embarazada.
La segunda fotografía dejó a Clara sin una explicación sencilla.
Javier conservaba más imágenes del embarazo que ella y sus perfiles antiguos seguían existiendo, aunque apenas los usaran.
—¿Te tocó de alguna manera que te hiciera sentir incómodo? —preguntó la psicóloga.
—Me tocó el pelo.
Clara dio un paso hacia el cristal.
—¿Cómo?
Nico imitó el gesto. Se pasó una mano por la cabeza.
—Así.
—¿En algún otro sitio?
—Me miró las orejas.
—¿Te hizo daño?
—No me hizo daño.
La psicóloga esperó.
—¿Te pidió que hicieras algo que no querías hacer?
—Me dijo que me quitara la sudadera.
Clara notó que Javier contenía la respiración.
—¿Por qué?
—Porque quería ver la camiseta. Había dicho que en una foto llevaba una parecida.
Clara miró al agente.
—¿Cómo puede estar preguntando todo esto como si fuera normal?
—Está intentando obtener un relato limpio.
—Ese hombre se llevó a mi hijo.
—Y vamos a investigar cada minuto.
La psicóloga siguió con el recorrido. Nico explicó que Adrián había empezado a llorar después de preguntarle por su padre. Lo había intentado ocultar mirando hacia la calle.
—¿Te dijo por qué lloraba?
—Dijo que llevaba muchos años buscando una respuesta.
Clara se quedó inmóvil. Javier habló casi en un susurro.
—¿Qué respuesta?
El agente no contestó.
—¿Te explicó qué quería decir?
—Me preguntó si alguna vez mamá me había hablado de él.
—¿Y qué respondiste?
—Que no.
—¿Cómo reaccionó?
—Dijo que se lo imaginaba.
Nico hizo una pausa.
—Luego me preguntó si papá me trataba bien.
Javier dejó caer la mano.
—¿Y tú qué dijiste?
—Que sí, que a veces se enfada cuando suspendo lengua, pero que se le pasa.
La psicóloga sonrió.
—¿Qué hizo el señor?
—Se rio un poco.
—¿Y después?
—Miró el reloj.
Clara recordó un reloj de esfera oscura y correa metálica.
Adrián lo llevaba casi siempre cuando estuvieron juntos.
Podía haberlo cambiado hacía años. Aun así, la imagen apareció con una claridad que le molestó.
Nico explicó que Adrián pagó con tarjeta.
Salieron de la cafetería y caminaron otra vez.
—¿Te llevó al parque?
—Dijo que volveríamos, pero había mucha policía por la calle. Me preguntó si sabía dónde estaba la comisaría.
—¿Y lo sabías?
—Habíamos pasado por allí con papá.
—¿Te llevó hasta la puerta?
—Hasta la esquina. Después me dijo que entrara y dijera mi nombre.
—¿Él entró contigo?
—No.
—¿Viste dónde se fue?
—Caminó hacia atrás.
La psicóloga dejó unos segundos sin preguntas.
—Nico, ¿el señor te amenazó alguna vez?
—No me amenazó.
—¿Te dijo que haría daño a alguien?
—Tampoco.
—¿Intentó besarte?
—Qué asco.
La psicóloga sonrió apenas.
—Te lo pregunto porque necesito saberlo.
—Pues no hizo eso.
—¿Te tocó debajo de la ropa?
—No.
—¿Te pidió que lo hicieras tú?
—Eso tampoco.
Javier se pasó las manos por la cara. Clara sintió alivio y vergüenza por sentirlo.
Su hijo estaba bien. Había que celebrar exactamente eso.
Sin embargo, cada respuesta que descartaba una agresión dejaba más espacio para la explicación que ella llevaba años evitando.
La psicóloga terminó aclarando algunos detalles y permitió que Nico dibujara mientras hablaba de cosas sin relación con el episodio. El agente abrió la puerta de la sala.
—Vamos a otro despacho.
Javier miró a Clara.
—Tú vas delante.
Clara caminó detrás del policía por un pasillo estrecho. La llevó a un despacho donde había una mesa metálica, un ordenador y tres sillas.
—Puede esperar fuera —dijo el agente a Javier.
—Soy el padre.
—Precisamente por eso necesitamos hablar con su mujer sin que usted condicione las respuestas.
—No soy su mujer —dijo Clara—. Somos pareja.
Javier la miró como si la precisión le resultara ofensiva.
—Llevamos doce años juntos. Creo que puedo escuchar.
El agente negó con educación.
—Después hablaremos con usted.
Javier salió y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. Clara se sentó. El agente no ocupó la silla de enfrente al momento. Consultó algo en el ordenador y escribió unas líneas.
—Voy a preguntárselo de nuevo. ¿Conoce a algún Adrián?
Clara entrelazó las manos.
—He conocido a mucha gente.
—¿A alguien que pudiera tener fotografías suyas de hace ocho o nueve años?
—Mis fotos estaban en redes.
—Su hijo dice que una de ellas era de usted embarazada.
—También había fotos del embarazo.
—¿Y sabía de la marca de nacimiento de Nico?
Clara tardó un segundo.
—Puede verse en alguna foto de bebé.
—¿Hay fotografías públicas donde se vea?
—No llevo un inventario.
El agente la observó.
—Le estoy haciendo preguntas sencillas.