Las buenas hijas Capíulo sesenta y cuatro
99%

Capíulo sesenta y cuatro

CAPÍTULO SESENTA Y CUATRO

EMILY

El tiempo se ralentiza hasta detenerse, desgra ciado, doloroso.

Beatrice se cruza la faja tricolor sobre el hombro y corre hacia la pista en el momento en que Anmer toma la curva.

Aunque Emily y Charlotte despliegan el estandarte como habían planeado, parece que algo no está bien.

Ahora que están allí, el plan parece demasiado peligroso, hasta delirante.

Beatrice está unos pasos adelante, con su cabello rubio y sus rasgos delicados. Tan frágil...

¿Por qué decidieron llevar adelante este plan descabellado? Las muñecas de Beatrice están justo allí, a un brazo de distancia, para Emily sería muy fácil tomarla de una de ellas para que no se mueva del lugar.

Pero es demasiado tarde. Anmer era un punto en la pista y ahora es una roca.

Beatrice levanta los brazos como si empuñara la espada invisible de Juana de Arco y se lanza hacia la bestia.

Se oye el sonido horrible del impacto, como el golpe seco de un libro al cerrarse.

Es cuestión de elegir el momento había dicho Beatrice.

Y ahí yace, hecha un ovillo en el suelo.

El caballo y el jockey se estrellan y caen, hay una pila de cuerpos retorciéndose en el polvo. No, no, no, no, no…

La multitud contiene el aliento.

Un grito de terror.

Emily está arrodillada con Charlotte junto a ella, las dos se acercan a la silueta inerte, tumbada, que es Beatrice. Los rizos dorados se han soltado de los broches del sombrero y están cubiertos por el polvo de la pista.

Fue un error. Un error insensato, desesperado, temerario.

Les consume cada gramo de fuerza ponerse de pie cuando aparece Constance y se lleva a Emily y a Charlotte de la mano para retirarlas del campo de batalla; los médicos se llevan a Beatrice en una camilla.

El chofer de los Cunningham escolta a las mujeres en la multitud, los cuerpos empujan, gritan y palpitan, se burlan; están vivos.

Si Emily no estuviera tan aturdida, se habría puesto a gritar.

Emily y Charlotte consiguen subir a la ambulancia. Charlotte vomita dentro de su sombrero. Arrancan.

Es una historia que va a cautivar al mundo, en las primeras páginas de los periódicos baratos, como una escena salida de una novela barata: “Hermosa joven atropellada por el caballo del Rey”.

Los pies de foto hacen sensacionalismo libremente: “Sensual suffragette recibe su merecido”; “Neurasténica histérica encuentra su trágico desenlace”.

Pero esos periodistas y su público insaciable que devora las historias…

no saben quién es ella. No conocen toda la historia… en realidad no conocen nada.

Emily se despierta con pesadillas, el camisón de algodón se le pega a la piel húmeda de transpiración.

Oye a Charlotte al otro lado de la habitación, que también se retuerce y solloza, las dos han quedado marcadas por aquel día, por los errores que cometieron o que podrían haber evitado, por las palabras que podrían haber elegido con más cuidado.

Estuvo demasiado cerca. Y, sin embargo, cuando recuerda que está soñando, se siente aliviada.

Las dos lloran durante la investigación cuando la policía las interroga en los sótanos húmedos y sombríos de Scotland Yard. El recuerdo de Beatrice, batallando con valentía en el juicio, impregna todo: el espacio, las paredes manchadas y el aliento rancio de los policías.

—¿Conocían el plan para interrumpir la carrera de Beatrice Rosseter?

—No.

—¿Tienen conocimiento de algún tipo de conspiración entre Beatrice Rosseter y algún otro miembro de la Unión Social y Política de las Mujeres?

—No.

—¿Mostró Beatrice Rosseter alguna señal de locura en los momentos previos a su muerte?

—No.

Lloran lágrimas verdaderas y la policía las deja ir exhibiendo, por una vez, un gentil sentimiento de compasión.

Es probable que no sea compasión sino una petición de discreción por parte de Daniel: Escóndanlo bajo la alfombra, que parezca un accidente, una tragedia .

Emily imagina las instrucciones acompañadas por un cheque firmado y entregado por debajo de la mesa.

Aleguen locura, aleguen demencia pero no suicidio .

Así que Emily y Charlotte sollozan, pero están felices detrás de los pañuelos, porque mientras están hablando, saben que hay una joven en la proa de un buque a vapor; el viento frío del Atlántico le sacude los rizos rubios y mira hacia el horizonte.

Tiene el brazo izquierdo en cabestrillo pero, por lo demás, está ilesa y se siente más libre que nunca.

Emily imagina que Beatrice se quita el sombrero y lo deja flotar en el mar.

Primero se zambulle, como un pájaro que levanta vuelo antes de caer en picada, no lo ve hundirse porque, aunque se aferra a la fría barandilla de acero del barco, ese pedazo de ella ya no existe.

Emily no sabría por dónde empezar si alguien preguntara.

Pero nadie pregunta. Nadie tiene motivos para dudar.

Cada poco cruza miradas con Charlotte, que solo atina a mover la cabeza en señal de incredulidad.

No necesitan decir en voz alta lo cerca que estuvo aunque, bien pensado, lo hicieron por Beatrice. No podían fallar.

Cuando ella cayó en la pista, con las nubes de polvo como el hollín del motor de un coche elevándose alrededor del cuerpo inmóvil, como de cera, el corazón de Emily dejó de latir, congelado por el pánico.

¿Qué hicimos? Su mente gritaba. Pero Charlotte y ella se lanzaron a ciegas al caos.

El jockey quedó tendido en el suelo a algunos metros de donde cayó Anmer; la gran bestia ya se había incorporado y había recuperado el equilibrio aunque le temblaban los cuartos traseros.

“Confíen en mí”, fueron las palabras de Beatrice antes de precipitarse a la pista.

A pesar de todo lo que planificaron en cartas secretas y mensajes en código, a pesar de las garantías que les daba Beatrice, no podían estar seguras de que sobreviviría.

Beatrice había crecido entre caballos les recordaba una y otra vez.

Había saltado de caballos, caído de caballos, había rodado bajo sus estruendosos cascos para evitar ser aplastada cien veces.

Podía hacerlo con los ojos cerrados y no tenía miedo.

Pero eso, para Emily, era la parte más aterradora.

Beatrice no tenía miedo a morir porque una parte de ella ya había muerto, o al menos, estaba enterrada.

Solas, Emily y Charlotte habían debatido el plan, habían discutido por las cartas manchadas con lágrimas de Beatrice y sus crípticas instrucciones.

Pero la verdad que no podían evitar era que tenían que ayudarla, aunque fuera en contra de su propio criterio.

Tenían que ayudar a Beatrice a arriesgar su vida para que pudiera sobrevivir; quedarse era una muerte segura pero si huía había una oportunidad de vivir.

Pero ¿quién podía garantizarlo? Cuando Emily corrió a la pista llevando a Charlotte con ella y vio el cuerpo de Beatrice derribado y retorcido, pensó que había cometido un terrible error.

Los llantos y los gritos que escaparon de la garganta de Emily y Charlotte no eran fingidos.

Alguien consiguió una camilla y cargó a Beatrice con un brazo muerto y flácido colgado a un lado.

Emily le susurró algo al oído a Charlotte para tranquilizarla, para que se recompusiera, y la ayudó a subir a la parte de atrás de la ambulancia.

Y allí, mientras el carromato avanzaba lentamente por las calles congestionadas de Epsom, Beatrice se sentó.

—Mierda —gritó Charlotte y las lágrimas le caían por las mejillas.

—Les dije que confiaran en mí —dijo Bea.

Solo tenían unos momentos para estar juntas y rápidamente intentaron vendar el brazo lastimado de Beatrice lo mejor que pudieron.

El auto de Lady Constance frenó junto a ellos y en las caóticas calles del derbi, nadie notó que una joven, con la ropa polvorienta y el pelo despeinado, saltó de la parte de atrás de una ambulancia y se metió en un auto Siddeley azul brillante que tenía la puerta abierta.

Durante las horas siguientes, con toda la conmoción, nadie pidió ver el cuerpo.

Lo único que hizo falta fue que el chofer de la ambulancia la declarara muerta al llegar, inducido por un gran fajo de billetes de Lady Constance.

La prensa dio privacidad al viudo en duelo: una cortesía para la clase alta porque sería inapropiado entrometerse.

El cielo del amanecer tiene el color de una rosa de primavera cuando aparece el horizonte de Nueva York, pálido, rosado y luminoso.

Un faro de libertad alza su brazo a modo de bienvenida recortado contra el cielo.

Más tarde ese día, unas pulsaciones cruzan el océano y llega un telegrama a Park Lane.

Tiene cinco palabras: “Iris en flor con Anémona”.