Las buenas hijas Capíulo sesenta y tres
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Capíulo sesenta y tres

CAPÍTULO SESENTA Y TRES

BEATRICE

El derbi es un gran tambor que suena sin cesar.

Los cascos de los caballos sobre la pista, los aplausos de los espectadores, la ansiedad que retumba en el pecho.

Beatrice ve que Emily y Charlotte están esperando, como habían acordado, cerca de la curva final; llevan el estandarte con la leyenda “VOTO FEMENINO” cuidadosamente cosido, doblado y escondido entre los pliegues de sus faldas.

—Hola —dice Beatrice.

—¡Ah! ¡Menos mal que nos has encontrado! —dice Charlotte y le hace un sitio junto a la valla mientras los caballos pasan a toda velocidad.

Beatrice endereza los hombros. Mira a Emily y a Charlotte, examina los rostros de las dos. Es como si los últimos seis meses y su vida en Londres estuvieran pasando por delante de sus ojos, tan claros en su memoria como el agua que corre.

—¿Qué pasa? —pregunta Emily.

—Es que me hace muy bien verlas. —Beatrice se muerde los labios y sonríe de oreja a oreja.

Charlotte le rodea los hombros y le da un beso en la mejilla.

—Muy bien, mi señora, vamos a posicionarnos.

—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —pregunta Emily.

Beatrice asiente con la cabeza. Les dijo una y otra vez que puede hacerlo, que esta es su última oportunidad.

Está tan tranquila como el día del juicio, cuando el vértigo de sus pensamientos se cristalizó en una certeza nítida; sin embargo, los caballos ya están en la pista, galopando a toda velocidad como un tren sobre las vías. Todo está pasando muy rápidamente.

Emily y Charlotte se miran.

—Es el momento —insiste Beatrice.

Los gritos de la multitud se elevan sobre el estruendo de los cascos; los caballos toman la curva como un latigazo. Una ráfaga de viento les revuelve el pelo.

—Miren, es la penúltima vuelta, ¿verdad? —Charlotte se inclina hacia adelante.

—Vamos, prepárense —dice Beatrice.

No hay tiempo para dudar. Emily tira del estandarte cosido a su falda y le entrega un extremo a Charlotte.

Beatrice saca su banda de entre los pliegues de su vestido; pasa los dedos por la suave cinta violeta, por la costura de satén entre el blanco y el verde.

Dignidad, pureza y esperanza. Falta dignidad estos días y también parece que la pureza está amenazada, pero queda la esperanza. Tiene que quedar.

—Ahí vienen —dice Emily.

Los caballos que van a la cabeza se van haciendo más grandes cada segundo hasta que pasan por la curva y levantan el polvo a su paso.

El caballo del Rey, Anmer, va rezagado. Las tres mujeres pasan por debajo de la valla.

El martilleo de los cascos retumba cada vez más cerca, rítmico.

Beatrice lo escucha como un conjuro. Sadie. Sadie. Sadie.

—Confíen en mí —susurra.