Las buenas hijas Capíulo sesenta y dos
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Capíulo sesenta y dos

CAPÍTULO SESENTA Y DOS

CHARLOTTE

Un cielo azul incandescente se abre paso entre las nubes de la mañana en el Derbi de Epsom.

Las gradas están abarrotadas y los cuerpos se empujan unos a otros.

Hay caballeros con sombrero de copa que llevan a sus esposas colgadas lánguidamente del brazo en los palcos privados del sector superior.

Abajo, en el suelo, hay chicos que corren por ahí, gritando y zigzagueando entre las patas de los caballos y los jockeys.

El mismísimo rey George supervisa la pista de carreras en algún lugar.

—Ahí están los Cunningham —dice Emily, señalando hacia arriba. Se ve el inmenso sombrero adornado con flores de Constance en uno de los palcos. Charlotte saluda con la mano y la dama responde con un gesto sutil.

Isabel no está con ellas, se aloja en la casa de campo de una simpatizante.

Se ha vuelto demasiado famosa, demasiado célebre para llegar a semejante evento sin provocar revuelo.

Y, como decidieron entre todas, el efecto será más espectacular si el interés está centrado en la demostración política en sí y no en la presencia de las mujeres.

Es mejor que Isabel se mantenga a distancia pero que llegue a tiempo para dirigir la atención de la prensa después.

El despliegue de una bandera sufragista frente al mismísimo Rey, y frente a una multitud de periodistas y de la nobleza terrateniente, va a llegar, seguramente, a la primera página de los periódicos vespertinos.

Charlotte busca a Beatrice en la multitud, recorre el mar de rostros tratando de encontrar una melena rubia. Alguien sopla un silbato y los chicos se ponen a gritar. Hay niños que llevan carteles vendiendo cintas y medallas alusivas; los hombres se ponen en fila para hacer sus apuestas.

—¡Ah! Mira, creo que está por allí —dice Charlotte.

Atraviesan la ruidosa multitud y se acercan a Beatrice y Daniel; la pareja está intentando llegar a su palco.

—Lord y Lady Rosseter —dice Charlotte delicadamente—. ¿Cómo están?

Beatrice se vuelve y lo primero que nota Charlotte al verle la cara es lo cansada que está. Tiene los ojos rodeados de círculos que parecen moratones, con la piel pálida y llena de marcas grises. Sin embargo, sonríe al ver a sus amigas.

—Miss Evans, Miss Brown —dice Beatrice con voz serena.

Daniel sonríe y aprieta el antebrazo de su esposa con más fuerza.

—¿Qué las trae al derbi el día de hoy, señoras?

—Vinimos a ver la carrera, por supuesto —dice Charlotte.

—¿Nada de tonterías entonces? —dice Daniel con tono burlón, aunque detrás de ese buen humor Charlotte detecta cierta gravedad.

—Puedo asegurarle que no sabemos a qué se refiere —dice Emily. Le muestra las entradas y se encoge de hombros.

—Ah, ya veo lo que está pasando aquí —dice Daniel—. Han estado conspirando.

Beatrice se queda paralizada. Charlotte conserva su practicada expresión inconmovible y Emily inclina la cabeza con inocencia.

—Han estado conspirando para socializar con mi querida esposa —concluye—.

Sí, me daba mucha curiosidad saber por qué, de pronto, estabas tan interesada en venir al derbi, querida Lady Rosseter.

Más cuando, últimamente, nada logra despertar tu interés.

—Se da un golpecito en la nariz y arquea las cejas.

El gesto es, a la vez, juguetón y algo siniestro.

—Me preguntaba, Lord Rosseter, si podría recomendarme alguna apuesta —dice Emily para distraer la atención de Daniel como estaba planeado.

—Bueno, bueno, las señoritas que son decentes no apuestan —bromea él.

—Ah, señor. Solo me pregunto si usted podría compartir conmigo alguna de sus preferencias. Seguramente será capaz de arriesgar alguna conjetura…

—Bueno, supongo que sí. El caballo de Su Majestad, Anmer, es una bestia hermosa.

Aquel corcel negro con la estrella, por allí —dice y lo señala.

Mientras Daniel instruye a Emily sobre qué mirar en una carrera de caballos, Charlotte le pasa una banda a Beatrice.

Ella disimula las cintas violetas, blancas y verdes entre los pliegues de su falda. Emily tose.

—Gracias, Lord Rosseter. Ha sido muy instructivo. Creo que debemos dejarlos llegar a su palco antes de que empiece la carrera.

Mientras Emily está hablando, Charlotte dice a Beatrice al oído:

—Vamos a estar en Tottenham Corner, la curva anterior a la recta final. Ven cuando puedas. —Charlotte señala algo con la barbilla pero, salvo por una inclinación de cabeza casi imperceptible, Beatrice mantiene una expresión neutra.

—Ven, esposa —dice Daniel, ofreciéndole el brazo. Él inclina el sombrero y se la lleva. Beatrice no se vuelve a mirar a sus amigas.

—Buen trabajo —murmura Charlotte cuando los Rosseter ya no pueden escucharlas.

—Qué estúpido —dice Emily—. Me ha explicado todo como si yo fuera una imbécil. Los caballos “corren” en círculos, es una “carrera” —repite con voz exageradamente lenta—. ¡Explicar, explicar! Es tan… tan…

—¿Tan hombre? —dice Charlotte.

—Tienes toda la razón. ¿Cómo viste a Beatrice?

—No dijo demasiado —admite Charlotte—. Tenía los ojos apagados, casi vidriosos.

—A mí me pareció lo mismo.

—Es como el fantasma de sí misma —dice Charlotte con tristeza. Incluso al sol, tiene escalofríos—. Espero que valga la pena.

Se acercan a la curva justo cuando suena el silbato que anuncia el comienzo de la carrera. Se agachan para pasar bajo la valla y se sitúan en un lugar seguro, fuera de la pista.

—Eso espero —dice Emily.