Las buenas hijas Capíulo sesenta
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Capíulo sesenta

CAPÍTULO SESENTA

BEATRICE

Una luz débil, tibia y pálida, se filtra a través de las cortinas translúcidas que rodean la cama con dosel.

Le ilumina la piel, las venas azules y el hueso de la muñeca que sobresale como si fuera de mármol.

Mira a través de las largas pestañas, con los ojos casi cerrados, se da cuenta de que es bien entrada la tarde pero todavía lleva puesto el camisón blanco.

Y hace días que no se peina o tal vez semanas.

Todo lo que la rodea es suave: el colchón relleno de finas plumas de ganso, el edredón de satén color crema.

Hasta las voces que vienen del pasillo se escuchan apagadas: pertenecen a las criadas que se preguntan qué le pasa a la señora.

Pero su corazón es un bloque de hielo frío y afilado.

Beatrice se hunde en las almohadas deseando que desaparezca el mundo.

A Beatrice estas últimas semanas le trajeron sus propios desafíos.

Ni siquiera su formación en derecho y diplomacia la ha preparado para negociar el delicado equilibrio entre el humor de su marido, las expectativas de su familia y la soledad aplastante, desgarradora, que invade su vida.

Beatrice leía los periódicos religiosamente para informarse sobre las actividades de las suffragettes y la posición del Parlamento durante un tiempo, pero Daniel empezó a arrojar el periódico al fuego después de leerlo en el desayuno para, según él, ahorrarle la agitación a su esposa.

Beatrice leyó un artículo sobre las sufragistas estadounidenses unas semanas después de la partida de Sadie.

Un grupo había organizado una protesta masiva contra el presidente Woodrow Wilson, que se oponía al sufragio femenino.

Cientos de miles de mujeres marcharon por las avenidas de Washington D.

C. por primera vez en la historia de Estados Unidos.

Beatrice sabe que Sadie estaba detrás de la manifestación no porque lo haya escuchado directamente, sino porque reconoció el toque dramático típico de Sadie por las pocas líneas que llegó a leer antes de que Daniel destruyera el periódico.

Beatrice se resignó a verlo arder en lugar de rescatarlo de las llamas.

Beatrice se queda en la cama y, al principio, está bastante satisfecha con su confinamiento.

Al menos está sola. Un pozo negro de melancolía la arrastra hacia abajo y no tiene sentido resistirse.

No encuentra la energía para levantarse.

¿Y por qué debería tenerla si ya se ahoga?

No tiene nada que hacer, ningún propósito mayor al que servir.

No importa lo que diga Daniel, no soporta la idea de tener un bebé.

Por Dios, la sola idea de sentir la semilla de Daniel retorciéndose dentro de ella le provoca arcadas.

Su noche de bodas fue un desastre. Beatrice cayó al piso temblando cuando Daniel intentó tocarla. Se vio por un instante en las húmedas celdas de Holloway con aquel hombre que le metió los dedos a la fuerza. Daniel se limitó a mirar cómo lloraba en el suelo.

Durmieron espalda contra espalda esa noche y la noche siguiente también.

Ella se ponía a temblar sin control cada vez que él la tocaba.

Gritó el nombre de Sadie durante una pesadilla.

En la tercera noche de su luna de miel, cuando la paciencia de Daniel se agotó, ella se encontró boca arriba con los ojos cerrados y las lágrimas quemándole las mejillas mientras él se introducía sin compasión entre sus piernas.

Lo peor de todo fue que, cuando pasó el dolor y la invadió la insensibilidad, no había nada que ella pudiera hacer, así que se desconectó.

No escribió a sus amigas. Estaba aplastada bajo el peso de las mentiras que estaba obligada a contar, de las sonrisas que estaba obligada a fingir.

Y ahora que Sadie se ha ido —no se perdona haber dejado ir a Sadie—, ¿qué sentido tiene?

Hasta el voto, esa idea luminosa que le había dado el coraje de citar a miembros del Parlamento y a marchar por las calles de Westminster, no tiene ningún sentido.

El médico la revisa y diagnostica que es un caso de neurastenia.

Oye que su esposo y el doctor conversan sobre su dolencia fuera del cuarto, con susurros apenas disimulados.

—La hembra es un animal sensible —explica el doctor—. Hay muchas causas posibles para su padecer. ¿A su esposa le gusta leer?

—Sí —dice Daniel—. Periódicos, novelas; en realidad, lee de todo… aunque traté de persuadirla.

—Ah, sí. Con una naturaleza tan frágil no debería leer nada que la ponga nerviosa.

Sugiero que solo lea la Biblia, aunque también hay que desalentar su lectura en exceso.

Bien, creo que mencionó que tanto usted como Lady Rosseter asistieron a Cambridge.

¿Diría que su esposa alberga alguna aspiración antinatural?

—¿Como qué?

—Cualquier tipo de síntoma: ambición profesional, interés en la política, pasión por el ejercicio físico…

Beatrice percibe que su marido aprieta los dientes incluso detrás de la puerta.

—Ya veo —dice el doctor interpretando la expresión de Daniel—. Claramente Lady Rosseter tiene tendencia a la morbilidad histérica. Necesita descansar y no recibir estimulación excesiva. Debe guardar cama, no debe leer, escribir, ni recibir visitas. Volveré a verla en un mes.

—Gracias, doctor —dice Daniel—. Algo más. Me estaba preguntando sobre la… concepción.

—¿Lady Rosseter se resiste? —tantea el doctor—. Tal vez, después de uno o dos meses de cura de descanso, cambie de idea. Si no, puedo solicitar su ingreso en un sanatorio por un tiempo, que siempre hace maravillas para liberar a las mujeres de sus tendencias obstinadas.

Beatrice imagina las sonrisas, el lenguaje compartido de catedráticos de Cambridge, las mangas de camisa planchadas y el patriarcado que se transmite a través de un apretón de manos.

Quiere gritar. Se casó con Daniel para escapar de la amenaza de sus padres, eligió los grilletes del matrimonio a la camisa de fuerza de un asilo.

Pero no sirvió de nada, siempre hubo algo malo en ella, ¿no es cierto?

Tendría que haberse quedado con Sadie, tendría que haber escapado y arriesgarlo todo. Ahora es demasiado tarde.

Pasa una semana. Pasan dos. Siente que está en la cárcel otra vez porque tiene prohibido leer o escribir; mucho más tomar aire fresco o cabalgar.

Perdió el contacto con el mundo exterior; no hay nada con qué entretenerse, solo le quedan sus pensamientos obsesivos y el arrepentimiento, que, como una película que se proyecta una y otra vez ante sus ojos, se convierte en un ciclo tortuoso.

Está confundida hasta que deja de estarlo.

Hasta que las imágenes de Holloway se filtran en sus pensamientos junto con el recuerdo del dolor en el abdomen y la sangre en las piernas.

¿Por qué nunca contó a nadie lo que pasó?

Ni siquiera a Sadie. La expresión de su amiga cuando le vio la falda empapada de sangre, una mezcla de amor y furia, bastó para silenciarla.

Siempre se esforzó por ahorrar a los demás el peso de su propio dolor, pero ya no lo soporta.

No es algo que pueda guardar bajo llave en su cabeza, se escapa en cada inhalación. Quisiera poder dormir para siempre.

Pero la luz… fluye sin parar. Siente su calidez en la piel, el delgado vello de sus brazos se ilumina con destellos dorados.

El pesado diamante que lleva en el dedo titila como el sol sobre el mar.

El mar, azul y expansivo y embravecido e infinito.

Quisiera sumergirse en él, nadar lo más lejos y profundo posible, quedarse sin aire y dejarse ir.

Sueña con sirenas, ballenas y delfines, con corrientes y mareas.

Con barcos. Como el barco que la trajo de Italia. Como el que se llevó a su amor.

Por fin, Beatrice sale arrastrándose de la cama y se sostiene sobre sus frágiles piernas por primera vez en semanas. Daniel ha salido a cabalgar. Está sola, aprovecha para acorralar a la criada y ordenarle que traiga papel y lápiz.