Las buenas hijas Capíulo cincuenta y nueve
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Capíulo cincuenta y nueve

CAPÍTULO CINCUENTA Y NUEVE

CHARLOTTE

Mis queridísimas Hiedra y Malva real:

Flor de la pluma y yo llegamos a la isla de Ellis y tuvimos lo que los estadounidenses llaman “un pequeño traspié”.

Según parece, el gobierno de los Estados Unidos recibió información de que se buscaba a cierta pasajera de nuestro barco para ser arrestada en la querida y vieja Inglaterra.

Flor de la pluma estuvo detenida doce horas, una llegada espantosa, ya que mi madre y mi hermana nos esperaban en Manhattan.

Temí que la deportaran pero, finalmente, la dejaron entrar.

Creo que nos ayudaron algunas de nuestras amigas de Nueva York.

De todos modos, logramos pisar tierra firme y no tengo palabras para expresar el alivio que fue sentir el suelo bajo nuestros pies.

Lo mismo le pasó a Flor de la pluma; los mareos no son para nosotras.

Deben disculparme por decir que estoy feliz por haber vuelto a mi patria.

Mi hermanita ha crecido mucho, ¡está más alta que yo!

Y mi querida madre ha perdonado mis imprudencias ahora que he regresado.

Como predije, mi padre estaba demasiado ocupado con el periódico como para viajar y venir a recibirme.

Es tranquilizador, ¿saben?, confirmar que hay cosas que no cambian.

Nuestros asuntos en Nueva York marchan bien por ahora.

Es probable que lean las crónicas en los periódicos.

Hemos conocido a las mujeres más brillantes de la sociedad neoyorquina (¿les suena el nombre Alva Belmont?

Estoy segura de que nuestra Mariquita la conoce bien).

Me temo que todas esas mujeres se desmayarían si supieran todo el lío que armamos en Londres, así que envíen sales, queridas, ¡porque quiero traer la revolución a Nueva York!

No estoy completamente sola en esta empresa, por suerte.

¿Se acuerdan de que en marzo hubo un incendio trágico en la fábrica textil?

Tuve la oportunidad de reunirme con una joven dirigente, una mujer llamada Rose Schneiderman, que está trabajando para conquistar el derecho al voto y mejorar las condiciones laborales en Nueva York.

Mi idea es colaborar con ella cuando termine la gira de Flor de la pluma.

Echo de menos nuestras risas y, aunque no lo crean, extraño el sabor terroso del té.

Sin embargo, es emocionante volver a casa y poder ver mi país con ojos nuevos.

Por favor, digan a Helecho que Flor de la pluma le manda cariños y pueden enseñar esta carta a cualquiera de nuestras amigas en Londres.

Estoy en camino a Hartford y luego de unos días en Newport, volveremos a Boston los últimos días de la semana.

Con todo mi amor,

Anémona

—“A cualquiera de nuestras amigas”… Quiere que se la demos a Beatrice —dice Emily cuando Charlotte termina de leer la carta en voz alta.

—Es evidente, pero es demasiado orgullosa para decirlo.

—Pobre Bea. Bueno, parece que Sadie se está volviendo bastante extremista a los ojos de sus compatriotas.

—Dios salve al presidente —sonríe Charlotte.

Sadie las tiene al tanto de sus actividades a través de las cartas que escribe con frecuencia, pero no saben casi nada de Beatrice.

—Estará muy ocupada con sus obligaciones conyugales —dice Charlotte.

A pesar de lo agradecida que se siente por haber escapado de Martin, algún día, confiesa Emily, le gustaría encontrar un hombre, un compañero, alguien con quien construir una vida.

Charlotte, por el contrario, promete que nunca va a casarse.

La idea de atarse a otra persona para siempre no le interesa en absoluto.

No es que no quiera disfrutar de la compañía de un hombre…

por la noche, cuando desliza las manos bajo el camisón, se sorprende pensando en el verano con Jack y quisiera invitar al cuerpo de él a entrar en el de ella.

Pero, bajo ningún concepto, quiere una vida dominada por la voluntad de un hombre y el silencio ensordecedor de Beatrice es, ni más ni menos, la prueba que confirma lo que piensa.

—Me pregunto si Sadie se casará —dice Emily.

—Lo dudo —dice Charlotte—. Ella y yo pensamos igual. Prefiero ser soltera, libre y remar mi propia canoa a estar casada.

—Eres muy independiente. Pero creo que a Sadie le gustaría tener una compañera.

Charlotte arquea una ceja.

—¿Una compañera, no un esposo?

Emily se encoge de hombros.

Tal vez Emily tenga razón. En otro mundo, en otra vida, podría imaginarse a Sadie y a Beatrice envejeciendo juntas.

Invitarían a Emily y a sus hijos a tomar el té, y Charlotte organizaría reuniones literarias en su casa si no estuviera vagando por el mundo.

Pero hoy y ahora, en este mundo, Sadie está sola en el extranjero.

Y, a pesar de estar casada, parece que Beatrice también está terriblemente sola.